domingo, 21 de febrero de 2010

Rommel VI



A finales de abril, la guerra relámpago lanzada por los alemanes en los Balcanes y en Grecia estaba a punto de concluir. Las tropas británicas enviadas a este teatro de operaciones no supusieron ninguna barrera efectiva al avance germano y, finalmente, el 19 de abril se acordó su evacuación. La nación helénica se rindió dos días después. La “distracción griega” había llegado a su fin. Al Reino Unido no le quedaba otra opción que centrarse en el Norte de África.


Acción Tigre

Tan solo un día después de ordenarse la evacuación de Grecia, a Churchill se le acumularon las malas noticias. El día 20 el premier británico recibió un informe desalentador del comandante supremo de sus fuerzas en Egipto, el general Wavell. En el se hacía saber que el grueso de la 15ª División Panzer estaba comenzando a desembarcar en Trípoli. El militar inglés entendía que el enemigo estaría en posición de lanzarse a un nuevo ataque en breve salvo que se hiciese algo serio para evitarlo. Churchill captó el mensaje. Londres, una vez abandonada la idea de defender Grecia, hizo de la necesidad virtud y se decidió a dar prioridad absoluta al frente norteafricano.

Tan solo un día después de recibirse el informe de Wavell, el Reino Unido envió un gran convoy cargado hasta los topes de material bélico con dirección a Egipto. Era una acción arriesgada ya que cualquier mercante era un objetivo apetecible para los submarinos y aviones italogermanos, pero salió muy bien. Los barcos ingleses sufrieron algunos ataques, pero consiguieron minimizar las pérdidas. Gracias a esta osada maniobra conocida como “Acción Tigre”, la Royal Navy logró hacer llegar a Alejandría unos 250 carros de combate y medio centenar de aviones, maquinas que se desembarcaron en esta ciudad a partir del día 12 de mayo. Los tanques fueron utilizados para reorganizar y reequipar a la maltrecha 7ª División Blindada y convertirla en una formación poderosa. Los británicos estaban, o al menos así lo creían ellos, listos para lanzarse a por el Afrika Korps.


Operación Battleaxe

Como ya indicamos en la entrada anterior, los primeros combates en la zona de Halfaya ya se habían iniciado en mayo. Dicho mes concluyó con la posición en manos del Eje, lo cual daba a este bando cierta ventaja táctica, ya que este era uno de los pasos que presumiblemente tendría que utilizar cualquier formación británica que se dirigiese hacia el oeste. Para aprovechar esta situación, los alemanes desplazaron a este enclave gran parte de sus piezas antitanque, incluyendo los famosos cañones de 8,8 mm. En aquellos momentos, el Afrika Korps solo contaba con 13 ejemplares de esta magnifica arma pero supo posicionarlos con gran acierto, localizando media docena de los mismos en pleno paso de Halfaya.

El ataque británico, denominado Operación “Battleaxe” (Hacha de Batalla), comenzó el 15 de junio. La moral inglesa, gracias a los refuerzos recibidos, estaba alta pese a los recientes reveses bélicos. Los anglosajones optaron por un ataque frontal contra Halfaya y algunos otros puntos fortificados alemanes (como la posición 208 al sur del frente) confiados en que su superioridad material les permitiría atravesar las líneas del Eje. Esta táctica británica otorgó a los germanos la posibilidad de emplear con gran efectividad sus armas contracarro. Las posiciones italoalemanas resistieron el envite de los tommies y sus cañones machacaron concienzudamente a los blindados enemigos. La RAF era superior a la Luftwaffe en la zona, pero los aparatos alemanes parecían desenvolverse mejor en la confusa guerra norteafricana, y defendían con habilidad a sus compañeros en tierra de los ataques aéreos británicos. El día 16, un vez que el avance inglés había sido detenido, Rommel se lanzó con la 5ª Ligera y la 15ª Panzer sobre los desconcertados anglosajones. El contraataque lanzado por el suabo termino de desarbolar a los ingleses, quienes no tuvieron más opción que admitir su fracaso y dar por terminada la operación apenas tres días después de iniciarse. Perdieron alrededor de un centenar de carros por apenas 12 del Eje. Fue el combate más intenso desde que Rommel llegó a África y en él el general germano demostró que sabía desenvolverse con destreza, no solo durante los ataques, sino también en operaciones defensivas.


Situación general:

A/ El Eje


Al concluir la operación Battleaxe se produjo un impasse. Los británicos habían sufrido una derrota apabullante, pero el Eje no tenía fuerzas suficientes para explotar la situación a su favor. Por otra parte y en lo que al panorama global se refiere, Alemania se lanzó contra la URSS el 22 de junio de 1941, apenas tres días después del final de Battleaxe. Debido a este acontecimiento, Rommel entendió que no iba a recibir grandes refuerzos, por lo menos hasta que la Wehrmacht pusiese de rodillas a la Rusia Soviética. Al inicio de Barbarroja esto parecía un objetivo alcanzable en el corto plazo, pero a medida que avanzó la campaña se vio que el régimen de Stalin no iba a ser precisamente pan comido. El Reich había optado por jugar la carta del Este y dejar en segundo plano la africana, y esta elección habría de mantenerse en el tiempo. Era algo que ya no se iba a poder cambiar.

En lo que respecta a las tropas al mando de Rommel, estas sufrieron una reorganización en agosto con el fin de de dar una estructura más oficial a la cooperación italoalemana. El día 15 de ese mes nacía el Panzer Gruppe Afrika, compuesto por las siguientes unidades:

El Afrika Korps (Alemán) General Crüwell
-15ª División Panzer – General Neumann-Silkow
-21ª División Panzer (antes 5ª ligera) – General Ravenstein
90ª División Ligera (alemana) – General Summermann (Esta unidad no formaba parte del DAK)
XX Cuerpo Blindado (Italiano) – General Gambara
-División Ariete
-División Trieste
XXI Cuerpo (Italiano) – General Navarrini
-División Brescia
-División Trento
-División Pavia
-División Bologna

Además se le asignó a Rommel un estado mayor, comandado por el general Gause, adecuado para cumplir con las responsabilidades inherentes a un mando sobre diez divisiones. Dicho esto, conviene indicar que el militar alemán no siempre tenía a sus ordenes a las unidades transalpinas. Era el mando italiano el que debía concederle autoridad sobre la mismas llegado el caso de que necesitase emplearlas.

A lo largo del verano de 1941, y a pesar de haber derrotado a los británicos, Rommel no inició operaciones de importancia y se limitó a utilizar sus fuerzas móviles en algunas operaciones de reconocimiento. ¿Por qué? La razón principal hay que buscarla en el desabastecimiento al que estaban sometidas sus tropas. Solo entre junio y septiembre los británicos mandaron al fondo del mar 220.000 toneladas de suministros destinadas a los soldados italogermanos en África. De estas pérdidas, la mitad fueron debidas a los ataques aéreos, gran parte de los cuales fueron lanzados desde Malta. Una prueba más de la importancia que tenía esta isla en las operaciones en el mediterráneo.

No obstante, el hecho de que los envíos llegasen con cuentagotas, a pesar de dificultar las operaciones de Rommel, le dio tiempo para planificar, esta vez meticulosamente, su ataque a Tobruk. La creación del Panzer Gruppe Afrika aumentó el número de tropas a su cargo y, consecuentemente, también incrementó sus posibilidades operativas. De los informes enviados por sus unidades móviles tras las incursiones antes mencionadas, Rommel creyó que los británicos no estaban listos para ninguna ofensiva tras la decepción sufrida en la operación Battleaxe. La luftwaffe tampoco encontró muestras de que los ingleses estuviesen llevando a cabo una concentración de soldados con vistas a un ataque a gran escala. Tanto sus topas móviles como la fuerza aérea se equivocaban, pero Rommel no tenía modo de saberlo. Lo que si sabía era que, antes o después, los anglosajones se lanzarían nuevamente a una ofensiva para tratar de liberar Tobruk. El suabo sabía que sus enemigos recibían no solo suministros (combustible y munición) sino también refuerzos (nuevos cañones y tanques) constantemente. Sus tropas, por el contrario -y debido a que el alto mando germano otorgaba la mayor parte de su atención al Frente del Este- sobrevivían con con una mínima cantidad de suministros y refuerzos.

En definitiva, Rommel se enfrentaba a una carrera no contra uno, sino contra dos rivales. Por un lado, sus pertrechos bélicos llegaban con una lentitud exasperante, lo que le impedía el inicio de operaciones de gran envergadura. Por otro, sabía que si no iniciaba – y concluía con éxito- el ataque sobre Tobruk, no podría concentrar todas sus tropas, es decir las diez divisiones del Panzer Gruppe Afrika, en la la frontera libio-egipcia para hacer frente a la previsible ofensiva inglesa.

Tras pasar el verano y gran parte del otoño en esta incomoda situación, el suabo se vio con suficientes recursos para iniciar el definitivo asalto a Tobruk en noviembre. Las cuatro divisiones italianas del XXI cuerpo estaban situadas en torno a la ciudad y Rommel emplazó además a la 15ª División Panzer y a la 90ª ligera en posición de asaltar el bastión. También tenía al XX cuerpo en posición. Solo se quedó al margen del operativo la 21ª Panzer, que se quedaba como fuerza móvil de reserva dispuesta a intervenir si las guarniciones de las posiciones fortificadas de la frontera (Bardia, Capuzzo, Solum y Halfaya) sufrían algún ataque.

El dispositivo para el asalto estaba listo. La operación debería iniciarse el día 23 y tendría que concluirse rápidamente, a tiempo de llevar a todas las formaciones italogermanas al este, para enfrentarse contra la previsible respuesta británica.


B/Los Británicos

Tras el fracaso de Battleaxe, los ingleses se pusieron a trabajar con el objetivo de recuperarse de su derrota. El hecho de que los alemanes estuviesen ahora empeñados en Rusia suponía que no iban a poder reforzar sus tropas en África convenientemente, al menos durante un tiempo. Es decir, desde el punto de vista británico, la situación parecía estar dando un vuelco a su favor. En aquellos momentos, el Reino Unido, aparte de la batalla del Atlántico desarrollada contra los submarinos germanos, no tenía más frentes abiertos que el teatro norteafricano. Por contra, su principal enemigo se había lanzado contra el coloso soviético empeñando en esta lucha la inmensa mayoría de sus fuerzas. Esto provocaba que, incluso aunque a la larga el Tercer Reich terminase derrotando a la URSS, al menos durante un tiempo su principal esfuerzo bélico debería estar orientado hacía sus operaciones en el Este europeo. En definitiva, para Alemania el teatro africano continuaría siendo un campo de batalla secundario, pero para los británicos en aquel momento era su campaña principal.

En lo referente a sus mandos, los ingleses volvieron a cambiar a sus lideres militares en África. Claude Auchinlek pasó a ser el comandante supremo de las fuerzas del Imperio Británico en la zona. A su vez, las tropas del Reino Unido se reorganizaron en el VIII Ejército, bajo mando del general Alan Cunningham. Londres además hizo un esfuerzo por enviar a Egipto todos los pertrechos y suministros bélicos posibles. Bajo el mando de Cunningham se agruparon unos 700 carros de combate, una cifrá impresionante si la comparamos con las que se manejaban hasta entonces en el teatro norteafricano. La cantidad de tanques con la que contaba Rommel se elevaba tan solo a la mitad de los británicos y, de ellos, el 50% eran modelos italianos, muy inferiores en calidad a los germanos.

Los británicos contaban además con el plan original de Rommel para atacar Tobruk. Su servicio de inteligencia les había pasado, no solo el dato, sino también una copia del propio plano esbozado por el suabo de su puño y letra. Lo único que desconocían los anglosajones era el día en el que el general pretendía lanzar el asalto. Las intenciones inglesas consistían en cargar contra los alemanes en el momento en el que estos se encontrasen entrampados frente a Tobruk, pero el hecho de que el Eje estuviese tardando tanto en iniciar el ataque sobre esta asediada localidad, provocó que finalmente los anglosajones diesen la orden de avance el día 18 de noviembre, antes de que los soldados italogermanos hubiesen iniciado el asalto al puerto libio. Para esta ofensiva, el Imperio Británico utilizó las siguientes divisiones:

XXX Cuerpo:
-7ª División Blindada inglesa
-1ª División Sudafricana
-22ª Brigada Inglesa
XIII Cuerpo
-4ª División India
-2ª División Neozelandesa
-1ª Brigada Inglesa

Además, las tropas situadas dentro de Tobruk (en aquellos momentos la 70ª División Inglesa y una brigada polaca), también colaboraron con sus camaradas, lanzando varios ataques contra las tropas italoalemanas emplazadas alrededor del enclave.

Como curiosidad, cabe señalar que unos comandos británicos trataron de asesinar a Rommel la noche del 17, justo antes de iniciarse la ofensiva inglesa. La operación fue un fracaso debido a que estos no pudieron localizar al general alemán.


Operación Crusader

El ataque británico recibió el nombre de Operación Crusader (Cruzado). La maniobra se inició el 18 de noviembre, y tuvo bastante más éxito que Battleaxe. Los ingleses no consiguieron romper el frente italoaleman, pero sí que consiguieron trabar combate con varias unidades sin quedarse parados frente a las posiciones fijas del Eje tal y como había sucedido durante la primavera.

Al iniciarse el ataque, los alemanes no reaccionaron con fuerza. Durante las primeras 24 horas, Rommel pensó que la maniobra enemiga podría ser contenida por las posiciones fortificadas de Bardia, Sollum y Capuzzo. El suabo ni siquiera se hizo cargo personalmente de las operaciones y dejó el mando al comandante del Africa Korps, el general Crüwell. El líder del Panzer Grupe Afrika no se convenció hasta el día 19 de que se trataba de una operación británica de gran calado que no le iba a dejar más remedio que posponer el previsto ataque sobre Tobruk. En ese momento, retomó el control de todas las tropas y se preparó para hacer frente a los anglosajones.

El ataque inglés, al no conseguir romper las líneas enemigas pese a ser muy violento, se tradujo en una serie de combates desordenados lo largo de todo el frente. Varias unidades británicas e italoalemanas se enzarzaron en luchas sin objetivos definidos, y sin direcciones claras. Los anglosajones, aprovechando el desorden, lograron capturar a parte de los oficiales del estado mayor del Afrika Korps el día 23, lo que dificultó sobremanera la coordinación de las unidades del Eje. Esa mismo jornada se bautizó con el nombre de “Domingo de difuntos”, debido a que durante el mismo tuvieron lugar enfrentamientos de extraordinaria dureza que dejaron maltrechos a ambos bandos. Al concluir el día, ningún contendiente parecía tener fuerzas suficientes para ganar, pero ninguno estaba dispuesto tampoco a tirar la toalla.

En definitiva, el Eje consiguió salvar el primer envite. No obstante, la situación podía haber terminado mucho peor debido al peculiar estilo de lucha de Rommel. Como ya hemos indicado, el suabo gustaba de posicionarse en primera linea del frente pero, al no existir un “frente” como tal, el comandante supremo germano se extravió en medio del fragor de los combates. Una avería en su vehículo de mando provocó que quedase separado del resto de sus hombres y, literalmente, el desierto se lo tragó. La noche del 24 Rommel, acompañado únicamente por su jefe de estado mayor, Gause, se encontró perdido e incomunicado en medio de la mayor batalla desarrollada hasta la fecha en el norte de África. Y esto no fue todo. A Rommel le encontraron los generales Crüwell (comandante del Afrika Korps) y Bayerlein (comandante de la 21ª División Panzer), quienes a su vez habían perdido todo contacto con sus unidades. Es decir, el 24 de noviembre de 1941, los cuatro militares alemanes más importantes del teatro de operaciones africano se encontraron aislados por completo del resto de sus tropas en medio de ninguna parte y en mitad de un caos de formaciones amigas y enemigas repartidas entre todos los puntos del mapa.

Cabe tratar de imaginar cual habría sido el resultado de la captura de estos oficiales en manos británicas durante aquellas extrañas horas. El destino del Afrika Korps, y por ende el de todas las tropas italogermanas en África, hubiese cambiado por completo. Se hubiese descabezado al Panzer Gruppe Afrika en un momento crítico, privando a los alemanes de sus principales mandos. El caos, presumiblemente, se hubiese transformado en desastre. Pero incluso en esta desconcertante situación salió a relucir el genio de Rommel. El vehículo en el que viajaban los generales germanos tuvo que evitar lo mejor que pudo a las unidades enemigas que se encontraban próximas, y lo consiguió hasta que se dio de bruces contra un hospital de campaña neozelandes. Era evidente que los alemanes habían sido localizados. Había que pensar en algo rápido y Rommel lo hizo. Salió del vehículo y se dirigió con calma hacía los oficiales médicos y los heridos. Conversó con ellos dando a entender que él era el captor y sus interlocutores los capturados. La interpretación del germano debió de haber sido algo digno de un premio, ya que los sanitarios se lo tragaron por completo. El suabo dialogó pausadamente con ellos, interesándose por el tipo medicinas y demás materiales que pudiesen necesitar, y prometiendo hacer lo posible por conseguirlos. Poco después, se despidió amablemente de los neozelandeses y abandonó el lugar. Cuando estos pudieron contactar con sus aliados y se dieron cuenta del engaño era demasiado tarde. Rommel y sus acompañantes se habían desvanecido. El zorro del desierto se la había vuelto a jugar a los tommies.

En el momento en que Rommel consiguió recuperar el contacto con sus tropas, automáticamente pretendió explotar a su favor el punto muerto que se produjo tras el Domingo de Difuntos. Contra el consejo de sus oficiales, quienes pensaban que sus soldados estaban extenuados hasta límites muy peligrosos, se lanzó con sus hombres contra los igualmente fatigados británicos. Estos no se encontraban en su mejor momento, cierto; pero los italoalemanes, quienes habían quemado gran parte de sus fuerzas conteniendo la inicial ofensiva británica, tampoco disponían de efectivos suficientes para efectuar un contraataque con efectividad. No obstante, incluso en esta situación, a Rommel pudo haberle salido bien la jugada. Cunningham, el comandante del VIII Ejército, perdió la esperanza en la victoria y pensó que una avalancha germana se les venía encima. Auchinlek se vio obligado a cambiar a este desmoralizado militar por el general Ritchie, quién tuvo éxito en la tarea de insuflar nuevamente valor a sus hombres para resistir lo que en realizad era el último movimiento de Rommel, la última carta que el germano podía poner sobre el tapete. Una vez que los británicos lograron aguantar con firmeza, fue evidente que al suabo no le quedaban más triunfos por jugarse.


Consecuencias

Tras el fracaso en el contraataque de Rommel, la situación se reveló en toda su crudeza para el Eje. Los británicos habían sufrido graves pérdidas, cierto, pero a estas alturas de la campaña habían logrado un ritmo de recuperación muy bueno, consiguiendo reponer sus bajas con mucha mayor eficacia que los italogermanos. Estos, por el contrario, se las veían y se las deseaban para sustituir cada hombre y cada maquina que perdían en el desierto.

En este contexto, a finales de noviembre Rommel comprendió que no podía seguir sosteniendo el frente contra los británicos y, al mismo tiempo, mantener el asedio de Tobruk. En caso de insistir en ello, cabía el riesgo de perder a todo el Panzer Gruppe Afrika en lucha de desgaste contra un enemigo a todas luces mejor abastecido que él, lucha en la que los italoalemanes ya no tenían nada que ganar. El germano, en una decisión quizá prematura pero sin duda prudente, optó por perder el territorio, pero conservar sus tropas. Entre los días 4 y 8 de diciembre se llevó a cabo un primer repliegue, situando las unidades a unos 100 km al oeste de Tobruk. Ni el mariscal Kesselring (en aquellos momentos supervisor general de las tropas alemanas en el área mediterránea), ni los mandos italianos apoyaron el proceder de Rommel, pero este no se dejó convencer por quienes, en definitiva, habían sido los mismos que se habían opuesto a su ataque sobre Cirenaica apenas nueve meses antes.

El Afrika Korps contaba en aquellos momentos con unos cuarenta tanques, cifra a todas luces insuficiente para enfrentarse a los bien pertrechados británicos. Rommel continuó la retirada hasta el Ageila, donde finalmente pudo asentarse en una posición lo suficientemente firme como para detener a los ingleses quienes tuvieron que pararse, no solo por la resistencia italoalemana sino también para reorganizar sus líneas de suministros. Al final del año, las únicas ganancias que quedaban de las campañas africanas del Eje eran las posiciones fortificadas a lo largo de la frontera libio-egipcia, pero todos estos enclaves fueron rindiéndose a lo largo del mes de enero. A inicios de 1942, Rommel volvía a estar en la misma situación que al principio.

sábado, 6 de febrero de 2010

Rommel V



Tras el éxito de la Operación Sonnenblume, Rommel rebosaba optimismo. “Objetivo: el Canal de Suez” señaló el 10 de abril. Pero no todo iba a ser tan fácil. En su camino se encontraba un obstáculo, un baluarte de extraordinaria importancia que iba a provocar la primera gran derrota del militar germano: la ciudad de Tobruk.


El asalto

Tobruk era un punto clave para el conflicto en el Norte de África. Arrebatar la ciudad a los británicos, quienes a su vez la habían tomado de manos transalpinas pocos meses antes, supondría recuperar un puesto avanzado clave para las futuras operaciones en el mediterráneo. Hasta ese momento, la marina italiana, en su papel de cordón umbilical que mantenía vivo al Afrika Korps, desembarcaba los pertrechos bélicos para las tropas del Eje en el puerto de Trípoli. La utilización de este puerto, al estar muy cerca de Italia, suponía que los buques de este país tuviesen que recorrer un trayecto corto, con lo que se reducía el riesgo de sufrir un ataque por parte de la Royal Navy. No obstante, el extraordinario avance de Rommel en el mes de abril había dado lugar a que el puerto de Trípoli quedase demasiado lejos del frente. Esto provocaba que los suministros desembarcados en esta ciudad tuviesen que ser trasladados por tierra hasta donde se encontraban los ejércitos combatientes. Dicho trayecto, además de suponer un consumo adicional de combustible, tampoco estaba exento de peligro, principalmente en forma de ataques aéreos por parte de aparatos británicos. Rommel había sugerido que se empezase a utilizar el puerto de la recientemente conquistada Bengasi, pero este no tenía capacidad suficiente para reemplazar al de la capital libia.

Rommel suponía que con Tobruk en sus manos la delicada situación de su tropas mejoraría. Esta ciudad sí que podía sustituir a Trípoli como puerto principal, con la ventaja añadida de que se encontraba cerca de la frontera Libio-Egipcia, lugar que se iba a convertir en la línea del frente durante los meses siguientes. Tenía además una ventaja añadida: Tobruk estaba mucho más lejos de Malta que Trípoli, con lo que su captura implicaría que disminuyesen considerablemente las posibilidades que tendrían los británicos de hostigar el traslado de combustible, armas y municiones del Eje. En definitiva, Tobruk se presentaba como el punto de apoyo principal para la continuación de las operaciones bélicas germano-italianas en el norte de África.

Los anglosajones, por su parte, conocían tan bien como sus enemigos la importancia estratégica que tenía la localidad de Tobruk en la partida de ajedrez que se estaba jugando en África. Si la pérdida de Cirenaica había supuesto una conmoción, la caída de este puerto podía poner en jaque al rey del Mediterráneo. Por ello, antes de encontrarse en esta desafortunada situación, el Imperio Británico se dispuso a enrocarse y mantener en su poder a toda costa el vital baluarte norteafricano.

¿Cómo planeó Rommel tomar Tobruk? En terminos generales, siguiendo las mismas pautas que durante los días anteriores. Durante la ofensiva de Cirenaica, las mejores bazas del militar germano habían sido: por un lado, su capacidad de improvisación; y por otro, la asombrosa rapidez con la que era capaz de conducir a sus tropas. Con ellas había derrotado a los británicos y con ellas pretendía volver a salir victorioso. Pero esta vez no todo iba a salir como el general alemán pretendía.


La reacción británica

El líder del Afrika Korps era consciente de que Tobruk era una posición bien defendida. Por ello, para facilitar la toma de este enclave, el militar germano desistió de intentar un ataque frontal y ejecutó un movimiento envolvente rodeando la ciudad. El día 11 de abril las tropas del Eje ya tenían completado el cerco de la ciudad y el día 14 lanzaron su primer ataque. En el transcurso de este, los italoalemanes pudieron comprobar que las tropas británicas no habían perdido sus ganas de pelear y, por primera vez desde el inicio de la ofensiva, fracasaron de manera estrepitosa.

Las razones de la derrota hay que buscarlas principalmente en la limitada capacidad bélica de los alemanes en el teatro de operaciones norteafricano. Los éxitos del Eje en la zona en las jornadas anteriores, tan sorprendentes como inesperados para todos menos para Rommel, dieron una imagen del Afrika Korps muy alejada de la realidad. Las unidades italogermanas aparecían como todopoderosas frente a unos británicos repentinamente empequeñecidos y venidos a menos, pero esta no era en absoluto la situación real. Una gran parte del merito de la victoria del Eje, como ya indicamos en la entrada anterior, se debe atribuir directamente a los británicos, quienes debilitaron el frente facilitando de este modo la ruptura que protagonizarían los soldados de Rommel. Sin embargo, lo cierto es que las tropas de este seguían siendo demasiado escasas para realizar operaciones de gran envergadura; por lo que una vez que los británicos se recuperaron de la sorpresa inicial (cosa que ya estaba sucediendo en la segunda semana de abril) pudieron agarrarse al terreno y hacer frente a las reducidas fuerzas enemigas.

En definitiva, a mediados de abril la maestría de Rommel había logrado provocar que el púgil italo-alemán quién parecía a punto de besar la lona en el anterior asalto, le lanzase una serie de certeros y repetidos golpes al inglés aprovechando que este, confiado por lo que parecía ser una victoria ya hecha, había bajado la guardia. Pero el británico no se iba a quedar de brazos cruzados eternamente.

Durante la segunda semana de abril, los anglosajones empezaron a reorganizar sus dispersas tropas para hacer frente a la agresividad de sus oponentes. Para ello, además de con su característica tenacidad, iban a contar con otra herramienta más útil si cabe: las fortificaciones defensivas que había construido los italianos en 1940 en torno a Tobruk antes de ser expulsados de la zona por la ofensiva inglesa. En ellas se atrincheraron la 9ª división australiana y los restos de varias unidades británicas derrotadas en Cirenaica con un único objetivo en mente: hacer de esta ciudad libia un bastión inexpugnable.

En definitiva, por primera vez desde su llegada a África, Rommel se encontró con una sólida posición defensiva guarnecida por tropas resueltas a no dejarse expulsar. En estas circunstancias, por mucha pericia que pueda tener un comandante (y Rommel la tenía), la toma del enclave generalmente ha de ser llevada a cabo a través de un metódico, planeado y, por tanto, lento asedio. El general suabo no se inclinó por esta opción y, como ya hemos indicado, optó por ejecutar una maniobra envolvente e iniciar un ataque casi inmediatamente después, sufriendo su primera derrota de importancia. El militar alemán lanzó sus hombres desde el sur con la intención de abrir varias brechas en las líneas enemigas, pero el resultado fue del todo menos satisfactorio. Las tropas del Imperio Británico estaban fuertemente atrincheradas en sus posiciones y además hacían gala de un fuego antitanque extraordinariamente preciso que diezmó los blindados alemanes, verdadera columna vertebral del Afrika Korps. El fracaso fue absoluto.

Para Rommel sin duda supuso una desagradable sorpresa la renacida capacidad bélica de sus enemigos, pero reorganizó sus fuerzas rápidamente y se preparó para reiniciar el asalto dos semanas después del fallido primer ataque. No obstante, antes de que este tuviese lugar, Rommel recibió la visita de un enviado del OKH, el general Paulus, quién llegó al teatro de operaciones el día 27, a tiempo de ser testigo del segundo intento de tomar Tobruk. Esta embestida se lanzó finalmente el día 30, pero el resultado no fue mejor que en la ocasión anterior. Los sitiados volvieron a rechazar a las tropas del Eje causándoles graves pérdidas.

A causa de este fracaso, Paulus, quien había autorizado a Rommel a que se lanzase por segunda vez a por la ciudad norteafricana, envió a Berlín un informe que hacia hincapié en los aspectos negativos del estilo de mando del suabo. Es evidente que las relaciones entre el comandante del Afrika Korps y el alto mando no se vieron favorecidas gracias a esta información. No obstante, en descargo de Paulus hay que decir que, efectivamente, el Rommel de aquellos días no fue el mejor Rommel.

Con todo, Paulus no fue el único que expresó sus dudas acerca de la manera que tenía Rommel de dirigir las operaciones bélicas. Varios altos oficiales de las fuerzas alemanas en el continente africano se mostraron muy en desacuerdo con las operaciones ordenadas por su jefe para la toma de Tobruk . Los más destacados fueron el general al mando de la 5ª división ligera, Streich, y el comandante de las fuerzas panzer de dicha unidad, Olbricht. Ambos serían destituidos de sus puestos poco después por el general suabo en lo que podemos considerar una decisión poco ética de este, ya que las quejas de ambos podían ser, al menos en buena parte, fundadas. No obstante, desde un punto de vista pragmático, es comprensible también que Rommel no pudiera permitirse -ni tampoco quisiese hacerlo- estar al mando de unos oficiales que desconfiasen de su manera de conducir las operaciones.


Combates en la frontera Libio-Egipcia: vuelve la guerra de posiciones

Tras el fracaso del asalto a Tobruk, las fuerzas del Eje tuvieron que resignarse a plantear un asedio en firme a la plaza. Era evidente que, al menos en el corto plazo, ni los anglosajones se iban a rendir, ni los alemanes iban a derrotarlos con facilidad. Por ello, Rommel tuvo que enfrentarse a la desagradable tarea de continuar las operaciones contra los británicos sabiendo que dejaba a su espalda un enclave enemigo, enclave que supondría una constante amenaza sobre la siempre precaria ruta de suministros del Eje. El suabo dirigió entonces sus vista al oeste ya que temía, con todo fundamento, que los británicos antes o después intentarían algún tipo de operación con el objetivo de liberar a sus camaradas sitiados.

Las fuerzas del Eje se desquitaron de su fracaso ante Tobruk tomando a lo largo del mes de abril Bardia, Sollum y Capuzzo y conquistando asimismo el estratégico paso de Halfaya, lugar por donde necesariamente tendría que pasar la previsible contraofensiva británica. Como las tropas alemanas eran insuficientes para ocupar adecuadamente todos estos enclaves, Rommel echó mano de la infantería italiana. Estas unidades, cuya movilidad era mucho más reducida que la de sus compañeros de armas, no eran muy útiles en las operaciones rápidas a las que tan aficionado era Rommel, pero sí se confiaba en que desempeñasen un buen papel sirviendo de guarnición en las posiciones recientemente tomadas.

Al mismo tiempo que desplegaba sus hombres a lo largo de la nueva línea del frente, Rommel presionaba al alto mando germano para que le hiciesen llegar cuanto antes la 15ª División Panzer, cuyos primeros efectivos ya habían empezado a desembarcar en Trípoli. A juicio del comandante del Afrika Korps, quién siempre parecía tener prisa, la lentitud en estas tareas volvía a ser excesiva; pero su impaciencia, como en la mayor parte de las ocasiones, no era un mero capricho. Su instinto le decía que algo iba pasar.


Los Británicos contraatacan

“Fritz”, la palabra clásica para designar al soldado alemán, fue el término radiado por los británicos a sus unidades de vanguardia -comunicación que el servicio de información de Rommel logró interceptar- el día 14 de mayo. Los operadores de radio germanos no estaban muy seguros de lo que significaba, pero el ataque lanzado al día siguiente por los “tommies” se encargó de sacarles de dudas. La intención de los anglosajones era poner a prueba las defensas del Eje, debilitandolas antes de que los alemanes pudiesen poner en juego sus refuerzos. Los ingleses sabían que la 15ª División Panzer estaba llegando, aun con cuentagotas, al frente; y este era un movimiento que preocupaba sumamente al alto mando del Reino Unido. Y es que, si con una sola división los alemanes les habían expulsado de Cirenaica, ¿que no podrían hacer con dos?

El ataque pareció tener éxito al principio. Las tropas del Imperio Británico consiguieron retomar el paso de Halfaya, causando considerables bajas a los defensores. Sin embargo, Rommel no se dejó intimidar. Contraatacó y retomó el enclave el 27 de mayo. Los ingleses, viendo que los italoalemanes no cedían, detuvieron la ofensiva. Era una situación de punto muerto, pero nadie se hacía ilusiones de que fuese a durar demasiado.

Es en este momento cuando el comandante del Afrika Korps se deshizo de los oficiales mencionados anteriormente y los sustituyó por personas más dignas de su confianza. También fueron aquellas las jornadas en las que el suabo perfeccionó una de las tácticas que mejores réditos le daría durante su estancia en el desierto: las cortinas de fuego anticarro. Rommel llegaría a ser un maestro en la maniobra de atraer a los blindados enemigos bajo el radio de acción de sus cañones al tiempo que mantenía a sus propios tanques libres para hostigar al enemigo. En la guerra del desierto, los antiaéreos germanas, principalmente los famosos 88 pero también otros cañones de menor calibre, se desempeñaron en funciones antitanque con con una efectividad brutal. Una vez que se perfeccionó esta táctica por parte de los germanos, la acción combinada de sus carros junto con sus armas contracarro produjo extraordinarios resultados.

En otro orden de cosas, también empezó a ponerse de manifiesto otra de las características más criticadas de Rommel: su tendencia a venirse arriba o a caer en el pesimismo con excesiva rapidez. Esto provocaba que los mensajes que enviaba al alto mando fuesen o muy optimistas o demasiado lóbregos. Dichos informes no solían ser bien recibidos por el alto mando en Berlín y sus integrantes terminaron por no tomarlos demasiado en serio. Pero los ingleses, quienes interceptaban con regularidad las comunicaciones gracias a sus servicios de inteligencia, no conocían esta peculiaridad del comandante de sus adversarios, razón por la cual daban más crédito a sus mensajes. Y en aquellos momentos, las informaciones enviadas desde África por los alemanes presentaban una situación bastante deprimente del lado germano, poniendo énfasis en el reducido número de tropas realmente fiables que se hallaban en la zona y en la crónica escasez de suministros que estas sufrían. Gracias a estos datos, el mando británico creyó que que se acercaba su oportunidad. A juicio de los anglosajones, era el momento de pasar a una contraofensiva de gran envergadura.

lunes, 18 de enero de 2010

Rommel IV


La situación en el Norte de África previa a la llegada de Rommel

El 10 de junio de 1940, poco antes del colapso del Ejército Francés y cuando parecía que la causa aliada estaba definitivamente perdida, Italia declaró la guerra a los franco-británicos. Con este movimiento, Mussolini pretendía dos cosas: en primer lugar, estar sentado al lado de los vencedores en el momento del armisticio; en segundo y como consecuencia de lo anterior, adueñarse de las colonias africanas que los anglo-franceses atesoraban. La maniobra del dictador transalpino estaba bien concebida, pero la jugada no le salió como esperaba. Francia se rindió, cierto, pero Gran Bretaña no estuvo dispuesta a seguir el mismo camino que su antigua compañera de armas, y como consecuencia de esta desafiante actitud los italianos se vieron embarcados en una contienda más larga de lo previsto, contienda para la que no estaban en absoluto preparados.

En septiembre de 1940, las fuerzas italianas en Libia (un numeroso contingente de aproximadamente 200.000 soldados) penetraron en Egipto, llegando a introducirse unos 90 km en el territorio del país del Nilo. Los británicos, comandados por el general O´Connor, contraatacaron el 9 de diciembre y a pesar de ser muy inferiores en número consiguieron infligir a los transalpinos una severísima derrota, que en pocos días se convirtió para estos en una desbandada absoluta. A lo largo del mes de enero de 1941, los ingleses persiguieron a los italianos consiguiendo no solo expulsarlos de Egipto, sino además arrebatarles Cirenaica. Con este movimiento, los dominios del Eje en la zona quedaron reducidos al territorio de Tripolotania. La ofensiva británica concluyó con la toma de El Ageila, posición situada en un punto intermedio entre las mencionadas regiones libias. La derrota italiana fue total. Los ejércitos de Mussolini perdieron 130.000 hombres, medio centenar de carros de combate y unos 800 cañones. Las bajas de los anglosajones fueron mínimas.


La actitud alemana

En lo que se refería al Mediterraneo, los germanos no habían terminado de tener las cosas claras desde el inicio de la guerra. Berlín seguía la contienda en África con expectación, cierto, mas no entendía el continente africano como un teatro principal de guerra, sino como una manera de lograr que los británicos estuvieran ocupados. Los alemanes habían ofrecido ayuda a los italianos en varias ocasiones, pero estos siempre la habían rechazado; y el Reich, deseando no ofender a su aliado, nunca insistió mucho al respecto. Sin embargo, tras la serie de ininterrumpidos fracasos transalpinos, el Reino Unido parecía estar a punto de convertirse en el dueño y señor del campo de batalla norteafricano, con lo que sus tropas quedarían libres para ser trasladadas a otras zonas de operaciones. En esa situación, y con el fin de evitar la victoria británica, es cuando Alemania se decide finalmente a intervenir. Los germanos optarán por enviar al norte de África una cantidad limitada de soldados, no solo como ayuda militar, sino también como un apoyo psicológico a los italianos, cuya moral de combate se estaba viniendo abajo. Los transalpinos, aunque inicialmente remisos a aceptar que los alemanes se inmiscuyesen en un asunto que consideraban exclusivo, terminaron dando su brazo a torcer.

Con los mencionadas intenciones en mente, Hitler llama a Rommel a Berlín el día 6 de febrero de 1941. Allí, el Führer le expone que se le va a designar como comandante de una pequeña fuerza expedicionaria de dos divisiones, una panzer y una ligera, que será enviada a África a apoyar a los italianos. La operación recibe el nombre de Sonnenblume (Girasol).

Sin embargo, lo que iba a ser determinante de los acontecimientos que estaban a punto de sucederse en el norte del continente africano no era solo la actitud de los germanos sino también la de sus oponentes, quienes estaban a punto de cometer un error fatal.


La actitud británica

En el lado inglés, el alto mando consideraba que el asunto africano estaba prácticamente solucionado, razón por la cual ordenó un alto en las operaciones. Esta detención no estaba motivada por la defensa italiana, sino por la decisión que habían tomado los estrategas del Reino Unido de trasladar unidades desde África hasta Grecia, país que había sido atacado por los transalpinos en octubre de 1940. Los helenos, tras protagonizar una tenaz y exitosa defensa contra los italianos, estaban a punto de ser agredidos por los alemanes, enemigos que, sin duda, iban a causarles muchos más problemas. En este contexto, los británicos consideraron que sus fuerzas se emplearían mejor combatiendo contra el Eje en Grecia que en África.

O´Connor protestó abiertamente contra esta dispersión de fuerzas y solicitó que se le permitiese seguir avanzando hasta derrotar definitivamente a los italianos y expulsarlos del norte de África, pero el mando británico desestimo su petición y optó por jugar la carta griega. Los ingleses se detuvieron y comenzaron a retirar a sus unidades fogueadas de la primera línea del frente. El Reino Unido emplazó en la zona a tropas recientemente llegadas al desierto, entendiendo que no habría peligro para ellas, ya que se suponía que enfrente iban a tener a un enemigo prácticamente derrotado


Rommel al otro lado del Mediterraneo: nace el Afrika Korps

Poco después de su entrevista con el Führer, Rommel viaja a la capital italiana y de ahí a Sicilia donde, el día 12 y acompañado por el coronel Schmundt (uno de los ayudantes más próximos a Hitler), se entrevista con Geissler, el comandante de la Luftwaffe en el mediterráneo central. El suabo solicita de su interlocutor que esa misma noche bombardee Bengasi -localidad que había caído en manos británicas durante la anterior ofensiva- y que, desde el día siguiente, inicie una serie de continuas incursiones contra las columnas de aprovisionamiento inglesas en Cirenaica. La respuesta que recibe le deja de piedra. Geissler indica que los transalpinos le han pedido encarecidamente que no bombardee Bengasi. ¿La razón? Varios altos oficiales italianos tienen propiedades en la zona. El futuro mariscal no acepta la postura del comandante de las fuerzas aéreas y solicita a Schmundt que se ponga en contacto telefónico con Hitler y le explique la situación. Este lo hace, y el Führer autoriza a Geissler a proceder de acuerdo a las instrucciones de Rommel. Es decir, antes incluso de poner el pie en África, el héroe de Caporetto ya había logrado que las cosas empezasen a cambiar.

Rommel llegó a Tripoli el día 12 e inmediatamente se entrevistó con Gariboldi, el general italiano a cuyas ordenes se iba a encontrar. Conviene hacer especial hincapié en este punto. El suabo no fue la más alta autoridad militar del Eje en el teatro de operaciones africano. Cierto es que fue la personalidad que más influyo en la campaña, pero Rommel siempre tuvo por encima a algún oficial superior al que estaba subordinado y, en la mayor parte de las ocasiones, ese oficial no fue alemán sino italiano. Sin embargo, al haber tropas germanas implicadas, el suabo se guardaba un as en la manga, as que ya le hemos visto utilizar en su encuentro con Geissler: Rommel tenía la ventaja de poder apelar directamente a Hitler.

Erwin Rommel llegó a Libia con una idea bullendo en su mente: atacar cuanto antes. Los británicos, pensaba, estaban tomando aliento para reiniciar en breve su ofensiva. Los germanos desconocían que los anglosajones habían decidido dejar en segundo plano a África para centrarse en Grecia, y esto provocaba que el suabo considerase que el tiempo corría en su contra. Rommel suponía que cuantas más semanas se les diesen a los ingleses, mejor se asentarían estos en las posiciones de Cirenaica recientemente arrebatadas a los transalpinos. Por ello, el general alemán decidió que no había un minuto que perder y comenzó a preparar a sus soldados. En aquel momento, solo tenía a la 5ª división ligera bajo su mando, unidad que empezó a desembarcar en Tripoli el 14, aunque también se le asignarían en breve varias divisiones italianas. No obstante, incluso contando con estas últimas, sus efectivos parecían sumamente insuficientes para embarcarse en una operación de asalto contra las posiciones enemigas. Cierto es que el alto mando le había prometido asimismo la 15ª División Panzer, pero todavía no estaba claro cuando esta unidad iba a llegar a Libia.

A pesar del precario estado de la situación, Rommel se puso a trabajar en su proyectada ofensiva nada más llegar a su nuevo destino. El suabo no consiguió convencer a los italianos acerca de la necesidad de un avance, pero sí logró que Gariboldi emplazase a lo largo de la linea del frente a las tropas italianas que iba a poner bajo sus órdenes, con lo que hizo posible que dichas unidades estuviesen más a mano en el momento crítico. Además, el general germano supervisó el desembarco de soldados y pertrechos alemanes en Tripoli y procuró que estuviesen en condiciones de combatir con la mayor premura posible. En esos frenéticos días, concretamente el 19 de febrero, las tropas expedicionarias del Reich fueron bautizadas con el nombre con el que pasarían a la historia: el Deutsches Afrika Korps.

Justo un mes después del nacimiento del DAK, Rommel volvió a Berlín para concretar sus órdenes con el alto mando. Para desilusión del suabo, este se encontró con que el OKW no contemplaba la posibilidad de realizar ningún ataque. Rommel, le indicaron, debía limitarse a ayudar a los italianos a defender Tripolitania. Pero no fue la única decepción que se llevó el general germano. También le comunicaron que la 15ª División Panzer no llegaría a África hasta mayo y le solicitaron que esperase el desplieque de esta unidad antes de iniciar cualquier tipo de maniobra contra los británicos. Incluso entonces, dichas operaciones deberían estar limitadas a la toma de Agedabia y, en caso de que la suerte estuviese a su favor, a la captura del puerto de Bengasi. Pero Rommel tenía sus propios planes...


Blitzkrieg en Cirenaica

La última semana de marzo, tropas alemanas, siguiendo las ordenes que Rommel había dejado antes de partir hacia Berlín (lo que nos da una idea de lo convencido que estaba de llevar a cabo su plan), habían tomado la posición de El Agheila en una maniobra preliminar. Este lugar iba a servir a los germanos como punto de partida de las operaciones que estaban por llegar. Sorprendentemente, los británicos no respondieron al movimiento enemigo. La decisión de estos de centrarse en Grecia había debilitado sus posiciones en Cirenaica, mermando considerablemente sus capacidades combativas pero, o al menos así lo creían, dicho debilitamiento no suponía ningún riesgo. Los italianos habían sufrido una severa derrota apenas un par de meses antes y los ingleses asumían que dicho revés provocaría que los transalpinos se privarían de lanzarse a aventuras bélicas durante cierto tiempo. Pero, ¿y los alemanes?

El 31 de Marzo los generales Gambier Parry (comandante de la 2ª División blindada británica) y Neame (comandante de las fuerzas inglesas en Cirenaica) discutían acerca del informe sobre Rommel que el departamento de inteligencia les acababa de entregar. Era un texto breve que resumía la trayectoria bélica del germano y que no sirvió a ambos oficiales para prever lo que se les venía encima. Los británicos sabían que la llegada de los alemanes suponía un mero apoyo para los italianos y que no existían intenciones del OKW de lanzarse al ataque. Conocían además que, por el momento, el Tercer Reich solo disponía de una división en la zona, fuerza que era notoriamente insuficiente para efectuar cualquier tipo de operación de gran magnitud. La 5ª ligera tendría unos 120 tanques; la mitad ligeros y la otra mitad carros medios del tipo III y IV, una cantidad de blindados que no debería alterar en grado sumo el equilibrio en la zona. El razonamiento inglés era, en esencia, correcto: las órdenes alemanas no hablaban de una ofensiva y las tropas germanas en la zona eran demasiado reducidas para una acción de esas características. Luego, concluyeron, no habría ataque. Sin embargo, un razonamiento correcto les había llevado a una conclusión errónea ya que no tuvieron en cuenta una premisa fundamental: no contaron con que el Zorro del Desierto estaba a punto de comenzar a labrar su leyenda.

El 31 de marzo, adoptando una actitud que contravenía las órdenes recibidas, Erwin Rommel inicia el ataque contra las posiciones británicas. Al final de ese día ya había conseguido tomar Mersa el Brega al tiempo que sus sorprendidos oponentes son incapaces de reaccionar de manera efectiva y empiezan a replegarse. El general alemán no pierde ni un segundo. Conoce que la rapidez es la clave de su movimiento y no esta dispuesto a perder su oportunidad. El día 2 alcanza Agedabia y lo único que pueden hacer los incrédulos ingleses es continuar retirándose. Ese día la intendencia germana puso a Rommel por vez primera cara a cara ante el mayor problema de la guerra en el desierto; el aprovisionamiento de combustible. De todos los grupos empiezan a llegar noticias alarmantes. El espectacular avance del DAK está dejando a sus vehículos sin gasolina, e intendencia declará que serán necesarios cuatro días para reabastecer a las tropas. Demasiado tiempo para Rommel, quien comprende que en ese intervalo los británicos se habrán recuperado de la sorpresa y harán imposible la continuación del ataque italoalemán. Entonces, el suabo recurre a una de sus mejores armas: su capacidad de improvisación. Ordena a todos los vehículos que se deshagan de la carga y que solo transporten combustible. Con esta solución logran tener a las unidades listas para reiniciar la ofensiva en apenas 24 horas. Tras esta pausa, el día 4 los soldados del Eje espoleados por su comandante toman Bengasi, el punto de máximo avance estimado por el OKW. Dicho enclave, según el alto mando, iba a ser eventualmente conquistable en mayo. Rommel lo tomó con un mes de anterioridad y en tan solo cuatro días. Y no tenía ninguna intención de parar allí.

Los ingleses, a quienes el movimiento alemán había pillado completamente desprevenidos, se retiran en un tortuoso desorden en medio de un torbellino de unidades del Eje que avanzan sin parar. Pero incluso a la vista del éxito, la ejecución de la maniobra no era todo lo rápida que quería Rommel. En cierta ocasión, el suabo se encontraba sobrevolando el campo de batalla con su avioneta Fieseler Storch, y al ver a una columna germana que no se movía con la presteza que él consideraba adecuada, dejó caer una nota en la que se leía simplemente:

“¡Si no empiezan a moverse rápido, bajo!

Firmado: Rommel”

Con todo, tras la caída de Bengasi, el destrozó que las tropas del Eje estaban causando a los ingleses no había terminado. Para hacernos una idea de la magnitud del desastre británico, hay que tener en cuenta que los tres principales generales del Reino Unido en la zona cayeron prisioneros a la semana de iniciarse la operación de Rommel. El día seis se apresó a O´Connor y Neame; y el día 7 se capturó a Gambier-Parry.


¿Por qué correr tanto?

El mismo día en que se tomó prisionero a Gambier-Parry, las unidades de vanguardia de Rommel alcanzan Mechili, enclave situado en medio de la protuberancia de Cirenaica, y apenas un par de días después tienen el territorio plenamente asegurado. En esas jornadas, los destacamentos del Afrika Korps creían que se les iba a otorgar un merecido descanso, pero su comandante no pensaba de la misma manera. Hasta ese día, los británicos habían estado lejos de presentar una resistencia seria. Simplemente trataron de escabullirse de unos enemigos que parecían estar en todas partes y que siempre se encontraban varios pasos por delante de ellos. La idea que en aquel momento empieza a abrirse camino en el alto mando después de la inicial conmoción que supuso el ataque italoalemán era la de salvar el mayor número de unidades replegándolas dentro de la fortaleza de Tobruk. Rommel adivinaba las intenciones inglesas, y también comprendía que la única manera de frustrar los planes británicos era actuar con rapidez y tomar Tobruk con un golpe de mano antes de que las tropas enemigas se atrincheraran en dicha ciudad. Por ello, el suabo sabe que su hombres no pueden permitirse perder el tiempo. Ordena a sus soldados que, sin dilación, continúen avanzando hasta la localidad de Tmimi, último enclave de importancia antes de Tobruk.


Razones del éxito germano

Hasta aquí, todo había salido bien para las tropas del Afrika Korps. Primero: la colaboración de la Luftwaffe, esencial para las tácticas Blitzkrieg germanas, había mejorado considerablemente tras el primer encontronazo de Rommel con Geissler. Segundo: las unidades del general alemán, principalmente la 5ª División Ligera, pero también las formaciones italianas que combatían bajo su mando, se comportaron extraordinariamente bien, dando lo mejor de si mismas para contentar a su exigente comandante. Y tercero: los británicos también colaboraron estrechamente con la victoria de Rommel. El traslado de soldados del Reino Unido a Grecia disminuyó el número de efectivos ingleses en la zona hasta límites peligrosos. Además, mientras que las formaciones fogueadas se trasladaron a la península helénica, las tropas que se quedaron en África solían ser unidades con reducida experiencia bélica recientemente llegadas a lo que se suponía iba a ser un frente tranquilo. Obviamente, Rommel no jugó ningún papel en este tercer factor, pero si fue el principal detonante del segundo y un gran revulsivo del primero.

sábado, 9 de enero de 2010

Rommel III



Polonia: Rommel en el Cuartel de Campaña del Führer

El día 22 de agosto de 1939 Rommel recibe nuevas instrucciones en las que se le anuncia su ascenso a general de división y se le nombra comandante de los cuarteles de campaña del Führer. El puesto era ciertamente importante pero, en cuanto a lo que se refiere a los hombres a su cargo, y más si los comparamos con los que habitualmente están subordinados a un general de división, eran ciertamente escasos. El total de soldados a las ordenes del general suabo ascendía aproximadamente a un millar.

El cuartel se localizaba en un tren compuesto por una docena de vagones, a los que se sumaban dos antiaéreos a la cabeza y a la cola del convoy. En este tren se celebraron las reuniones diarias que Hitler mantuvo con sus generales a lo largo de la invasión de Polonia, y Rommel habitualmente estaba presente en las mismas. Para él, un soldado que siempre había apostado por la velocidad y la sorpresa en el campo de batalla, poder observar desde tan privilegiada posición la campaña en la que por primera vez se puso en marcha la Blitzkrieg germana debió suponer una intensa satisfacción no exenta de envidia por no encontrarse en ese momento en el frente.

Por lo que respecta a las relaciones de Rommel con Hitler, durante este periodo no hicieron sino mejorar. Entre otras cosas, el suabo valoraba el extraordinario dominio que el austriaco parecía tener de la situación. La mayor parte de la cúpula militar germana temía una ofensiva anglofrancesa en el oeste del Reich en esas semanas en las que la casi totalidad de la Wehrmacht se hallaba ocupada en Polonia; pero dicha intervención, tal y como había asegurado el Führer con anterioridad, no llegó a producirse. Cierto es que los aliados declararon la guerra a Alemania, pero esta declaración no supuso ninguna dificultad adicional a la campaña polaca. En este extraño contexto, el dictador parecía ser el único en tener las cosas claras y los nervios templados y Rommel le admiraba por ello. Además, al contrario de lo que sucedería en los años siguientes, el mandatario germano sí que se aproximó al frente. El convoy del Führer se hallaba con frecuencia considerablemente cerca de la zona de combate. En ocasiones, el propio Hitler abandonaba el tren para acercarse a algún sector en el que se estuviese luchando. Rommel, en definitiva un viejo soldado de primera línea, no podía sino apreciar dicho comportamiento.

Con la campaña polaca prácticamente concluida, el 26 de septiembre Rommel se trasladó a Berlín para organizar en la capital germana los cuarteles generales del Führer en la Cancillería del Reich. Pocos días después, el 5 de octubre, el suabo estuvo de vuelta en Polonia para participar en el desfile de la victoria en Varsovia. Tras este, abandona para siempre el territorio polaco, por lo que parece poco probable que se enterase de la terrible labor de limpieza étnica que las SS comenzaron a desarrollar en esta infortunada nación inmediatamente después de la victoria alemana.


Rommel y la 7ª División Panzer

Tras su labor al frente de los cuarteles del Führer, Rommel solicitó que se le asignase el mando de una división acorazada. Desde su posición de observador privilegiado, había visto desempeñarse a estas nuevas unidades en el campo de batalla, y se quedo maravillado por sus prestaciones. El general suabo parecía tener claro que dichas formaciones iban a marcar un antes y un después en la historia militar, y quería formar parte de ese momento. Existieron algunas trabas para concederle el mando de una división panzer ya que, al fin y al cabo, Rommel había sido toda su vida un soldado de infantería y no tenía experiencia con unidades móviles; pero al final (muy posiblemente gracias a la intervención personal de Hitler) el futuro mariscal consiguió el puesto de comandante de la 7ª División Panzer a principios de 1940. Rommel se despidió del dictador germano y este, a modo de regalo de despedida, le entregó un ejemplar de Mein Kampf dedicado.

La 7ª División Panzer era una unidad notablemente poderosa ya que contaba más de dos centenares de carros de combate. Durante la campaña del oeste se encuadró en el XV Cuerpo de Ejército comandado por Hoth, incluido en el Grupo de Ejércitos A de Rundsted y se localizó en el sector central del frente, justo donde debía producirse la ruptura decisiva.

Desde que asumió el mando el 15 de febrero y hasta que se inició la ofensiva, Rommel dedicó sus esfuerzos a familiarizarse con las particularidades de su nueva unidad, al tiempo que trasladaba a sus hombres las lecciones que había aprendido en sus numerosas experiencias bélicas previas. El general era un decidido partidario de la técnica conocida como “el mando desde el frente”, lo que en la campaña se tradujo en el hecho de que se pasase la mayor parte del tiempo de acá para allá (bien montado en un tanque, bien en su vehículo de mando, bien en cualquier otro medio de transporte que tuviese a mano) dando órdenes a diestro y siniestro e insuflando valor a sus tropas allí donde creía que se hallaba el punto esencial (Schwerpunkt) de los enfrentamientos. No obstante, también era defensor de la vieja tradición del Ejército Alemán consistente en que ningún oficial debía dejar de tomar sus propias decisiones esperando que sus superiores las tomasen por él. Rommel no pretendía que sus soldados se quedasen parados hasta que él apareciese. Por el contrario, deseaba que sus oficiales fuesen capaces de asumir su propias responsabilidades. El suabo, así como gran parte de los grandes generales germanos, comprendía que él no iba a conocer en cada momento los detalles de todos los combates. Por ello, podía darse el caso de que sus subordinados estuviesen en posesión de mejor información que la que tenia el propio general de división. En ese caso, aunque esos hombres hubiesen recibido unas órdenes, se aceptaba que las pudiesen modificar si dicha modificación era necesaria para lograr una más eficaz consecución de los objetivos marcados. Rommel, como muchos camaradas suyos, no hacía hincapié en que se siguiesen las órdenes al pie de la letra. De hecho, solía advertir a sus subalternos que no esperasen instrucciones detalladas en exceso. Si él deseaba intervenir personalmente, lo haría; pero en tanto no lo hiciese, sus oficiales debían ser capaces de actuar por si mismos.


El cruce del Mosa...

La guerra para Rommel comenzó el 10 de Mayo cuando la 7ª Panzer, junto con el grueso del Ejército Alemán, recibe la orden de atravesar la frontera occidental del Reich y atacar a los aliados. Los hombres del suabo avanzaron con notable velocidad, cubriendo en tres días la considerable distancia de 100 kilómetros. Pero cuando llegaron al río Mosa, un obstáculo natural de primer orden, las vanguardias de la 7ª Panzer se encontraron con que todos los puentes habían sido volados por el enemigo. A pesar de ello, Rommel cruzó el rió junto a sus soldados en uno de los primeros botes que se lanzaron, y logró que se estableciese una pequeña cabeza de puente en la orilla occidental. Tras esto, el general ordenó a sus ingenieros que tendiesen un puente con vistas a posibilitar el cruce de los carros. Gracias a este rápido movimiento, el día 14 Rommel tenia ya una treintena de tanques en la otra orilla, conquistando con ellos el pueblo de Onhaye. Al final de la jornada, la totalidad de la división había cruzado el Mosa y se disponía a continuar su avance hacia el oeste.

Durante estas acciones, el suabo siempre se destacó por estar a la cabeza de sus hombres, y su valentía le sirvió para que le concedieran sendos pasadores para las cruces de hierro de primera y de segunda clase. No obstante, su tendencia a estar siempre en vanguardia asumiendo roles de teniente -o incluso de sargento- también le hizo acreedor de numerosas críticas, ya que su estilo de lucha causaba muchas dificultades al alto mando, cuyos miembros en ocasiones se las veían y se las deseaban para encontrar a este inquieto general.


… y de la Línea Maginot

El 15 de mayo, la 7ª División Panzer siguió avanzando a un ritmo inusitado, pasando por encima de las tropas aliadas que estaban empezando a desintegrarse. Gracias a esta rapidez, Rommel, cuyos hombres se hallaban todavía en Bélgica, alcanzó la Línea Maginot el 16. Las fortificaciones en este sector eran considerablemente más débiles que las que se localizaban en la frontera francoalemana, pero aun así el alto mando germano estimaba que supondrían un obstáculo de primera categoría al avance de sus unidades. No fue así. Rommel, a la cabeza del regimiento acorazado de la división, consiguió atravesar las defensas francesas el mismo día 16 en un ataque audaz durante el que no consintió a sus hombres descanso alguno; mas, una vez en el otro lado, se encontró con que sus tropas se hallaban demasiado desperdigadas. El impetuoso asalto había supuesto que el regimiento acorazado se adelantase demasiado, lo que provocó un distanciamiento excesivo con el resto de las unidades de la 7ª Panzer. Con todo, el caos existente en el bando contrario era mucho peor.

Con la intención de restaurar un poco el orden, el día 17 Rommel ordena a sus tropas de vanguardia que se detengan y formen un erizo, al tiempo que retrocede para tratar de reagrupar a las formaciones rezagadas. Al día siguiente, cuando recupera el control de la situación, el futuro mariscal se lanza a por la ciudad de Cambrai, localidad que cae en sus manos esa misma jornada. A estas alturas de la ofensiva, la 7ª Panzer había avanzado 300 km, capturado 10.000 prisioneros y destruido un centenar de carros enemigos más cincuenta vehículos y cañones de todo tipo. El precio que había tenido que pagar por este éxito se elevó a 35 muertos y 59 heridos así como un puñado de tanques perdidos.

El triunfo de la 7ª Panzer fue notable, pero el mando germano se alarmó considerablemente ante la manera que tenía Rommel de conducir las operaciones ya que, en ocasiones, ni el mismo sabía donde se localizaba realmente su división. Es en esos momentos cuando se empieza a conocer a la unidad del suabo con el sobrenombre de “División Fantasma”, ya que nadie parecía saber con exactitud en que parte del mapa situarla, ni siquiera su propio comandante.


Contraataque en Arras

El arrollador avance de Rommel y del resto de las divisiones panzer había provocado que los flancos de estas tropas quedasen peligrosamente expuestos a cualquier contraataque aliado. Dicha eventualidad había estado presente en las discusiones del alto mando alemán desde el inicio de la ofensiva y representaba una de sus mayores preocupaciones pero, dada la ininterrumpida sucesión de éxitos, los miedos de los germanos parecían haber remitido. Sin embargo, el 21 de mayo los temores de estos se iban a convertir en realidad.

Arras era una localidad defendida por los británicos que el mando alemán, con la 5ª División panzer por el norte y la 7ª junto con la Totenkopf por el sur, pretendía rodear. El movimiento se inició bien pero, al caer la tarde, tropas británicas apoyadas por varios carros “Matilda” se lanzaron contra los hombres de Rommel. El alto mando inglés pretendía realizar una ofensiva de gran calado, pero Gort, el comandante de la fuerza expedicionaria británica, era consciente de que, dado el precario estado en que se hallaban sus fuerzas, lo más que podría efectuar era un contraataque de ámbito local. Para este movimiento, Gort dispuso de dos divisiones muy mermadas y de 72 tanques “Matilda”, extraordinariamente bien blindados pero pobremente armados, ya que únicamente 16 portaban un cañón, estando el resto equipados únicamente con ametralladoras. Pero incluso con estas reducidas fuerzas los ingleses consiguieron asestar un golpe a los confiados hombres de Rommel quienes no se esperaban esta audaz maniobra británica.

A pesar de la sorpresa, Rommel reaccionó con rapidez y supervisó personalmente la defensa alemana, protagonizada principalmente por los cañones antitanque y por cañones antiaéreos de 88 mm en función contracarro. La intervención de estos fue de gran importancia ya que el armamento de los carros germanos era demasiado débil para penetrar el grueso blindaje de los tanques británicos. El suabo fue de cañón en cañón dando ordenes y ánimos a voz en grito a sus hombres quienes, al final del día y no sin esfuerzo, habían destruido varios carros enemigos, abortando de este modo la ofensiva inglesa. Las pérdidas alemanas, aún siendo importantes (la 7ª Panzer perdió cuatrocientos hombres y varios blindados), no eran extraordinariamente graves. Pero lo peor fueron lo efectos psicológicos que la audacia inglesa provocó en los germanos.

Nada más iniciarse el ataque, la alarma saltó en el mando alemán. Los informes que se recibían pintaban una situación bastante más complicada de lo que en realidad era, apuntando que los británicos preparaban una ofensiva seria con grandes contingentes de blindados. Todo ello ocasionó una situación de inquietud en el alto mando, inquietud que presumiblemente tuvo influencia en la orden de alto que dio Hitler a sus tropas el día 24, facilitando de este modo el reembarco aliado que tuvo lugar en Dunkerque poco después.

En lo que respecta a Rommel, el suabo recibió la Cruz de los Caballeros el día 26 por su sobresaliente desempeño en la ofensiva. A la 7ª Panzer, unidad que continuaba avanzando y enzarzada en los combates, el día 28 le fueron concedidas seis jornadas de un merecido descanso.


Toma de Cherburgo

El 3 de junio el Führer visitó a las tropas alemanas e invitó a Rommel a pasar el resto del día con él, hecho que volvía a demostrar la estima que sentía el dictador por este militar, quien observó que había sido el único comandante recompensado con este tratamiento. “Todos estábamos preocupados por usted”, fueron las palabras empleadas por el mandatario para dejar clara su predilección por el general. En aquello momentos el suabo todavía era, y seguiría siendo durante mucho meses, uno de los militares favoritos del austriaco.

Pero la guerra continuaba. El 5 de junio la 7ª Panzer inició el cruce del Somme por la zona entre Abbenville y Amiens. Rommel condujo a sus hombres con más cautela de lo que era habitual en él -posiblemente tenía presente la desagradable sorpresa de Arras-, pero el resultado siguió siendo satisfactorio. Su vehículo fue el primero en cruzar y al finalizar la jornada la unidad al completo se hallaba al otro lado del rió. Apenas cinco días después, los alemanes se encontraban en las orillas del Sena.

El día 10, Rommel recibe nuevas órdenes. No debía atravesar el Sena, sino dirigirse inmediatamente al litoral para evitar las evacuaciones que los aliados estaban intentando llevar a cabo en la zona. El suabo, de acuerdo a las nuevas instrucciones, cambia la dirección de su avance y se lanza contra el pueblo de St. Valery en la costa norte francesa, localidad que toma el día 12. Tras esto, la 7ª Panzer recibe nuevamente unos días de descanso.

Finalmente, el día 17 Rommel recibe órdenes de cruzar el Sena y tomar Cherburgo. La jornada siguiente, después de haber recorrido la asombrosa distancia de 250 km, el general tiene a su unidad en posición y lista para lanzarse sobre la localidad. El día 19 comenzó el ataque y, tras unas breves escaramuzas, a mediodía se presentaron dos civiles franceses a negociar. Los alemanes les indican que deben rendirse antes de las 15:15 o, de otro modo, tomarán la ciudad al asalto. Los galos no respondieron a la hora señalada y los germanos reanudaron los combates, si bien estos fueron breves. La resistencia se desvaneció al poco rato y a las 5 de la tarde se firmó la rendición de la plaza, poniéndose de este modo un brillante punto final a la participación de Rommel y la 7ª División Panzer en la campaña occidental de 1940.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Rommel II


Caporetto

Tras la batalla de Monte Cosna, a Rommel le fueron concedidas varias semanas de permiso. El joven oficial estaba agotado y él mismo asumía que no podía continuar al mando. No volvería al frente hasta el otoño de 1917.

Una vez que el suabo estuvo listo nuevamente para el combate, retornó al Gebirgsbataillon en octubre de 1917. Su antigua unidad estaba en esos momentos localizada en la Carintia Austriaca, en el frente italiano. En el momento en que el joven Rommel entró en escena, la línea del frente se hallaba localizada en las cercanías del río Isonzo. En las proximidades de este, ya se habían desarrollado once batallas desde el inicio de las hostilidades y, tras la última, los transalpinos parecían haber logrado por fin la iniciativa estratégica, consiguiendo llegar cerca de Trieste. En esta situación, ante el temor de que una ofensiva italiana consiguiese romper su sistema defensivo, Austria-Hungria solicitó la ayuda de Alemania. Esta nación, a pesar de estar seriamente comprometida en otros frentes, accedió a enviar a la zona a su 14º Ejército, formación en la que se encuadraba el Gebirgsbataillon. Dentro de esta unidad, a Rommel -quien ni siquiera era capitán por aquel entonces- se le concedió el mando de cuatro compañías.

El 24 de octubre comenzó la 12ª Batalla del Isonzo, más conocida como Batalla de Caporetto. Los alemanes cruzaron el río apoyados por un intenso fuego de artillería. A Rommel le exigió el comandante de un batallón bávaro que se pusiese a sus ordenes y le siguiese. Al suabo, como es de suponer, no le hizo mucha gracia. Durante la madrugada del día siguiente, Rommel le expuso la situación al comandante del Gebirgsbataillon -el mayor Sprosser-, y le comunicó cuales eran sus intenciones para librarse de los bávaros. El futuro conquistador de Tobruk pretendía tomar las posiciones italianas que se encontraban frente a él (el Pico de Kolovrat y el Monte Matajur), con un golpe de mano que tendría que realizarse al margén de los movimentos del batallón de Baviera y cuya ejecución debía iniciarse al amanecer. Sprosser accedió.

Antes de salir el sol, el suabo avanzó sigilosamente con sus hombres. Durante los primeros momentos, no se produjeron grandes enfrentamientos sino solo pequeñas escaramuzas en las cuales los germano lograron tomar varios centenares de prisioneros. En esta jornada, los soldados de Rommel consiguieron recorrer una gran distancia, situándose muy por delante del grueso de las tropas alemanas. Los italianos tardaron en reaccionar, pero finalmente lo hicieron con fuerza, enzarzándose en un duro combate cuerpo a cuerpo con una de las compañías germanas. Como ya había sucedido con anterioridad, el extraordinario avance de los hombres comandados por el futuro mariscal había dejado a parte de los mismos demasiado expuestos. A pesar de ello, el teniente reaccionó con gran energía. Con el resto de sus tropas se lanzó a por los transalpinos quienes, sorprendidos por el violento ataque, aflojaron la presión sobre sus oponentes. Finalmente, los soldados de Rommel lograron rechazar a los ataques y tomaron otros 500 prisioneros.

A estas alturas, el número de prisioneros que había tomado Rommel se elevaba a 1500, lo que suponía un éxito considerable, pero el joven oficial alemán no tenía intención de quedarse allí. Continuó avanzando por el accidentado terreno, sorprendiendo una y otra vez a los transalpinos, quienes no se esperaban que una unidad germana estuviese logrando penetrar tan profundamente en sus líneas. Cuando el suabo alcanzó al final del día su primer objetivo, el Pico de Kolovrat, otros 500 prisioneros más habían caído en sus manos. Pero esto no era todo. Al amanecer del día 26, Rommel continuó con su ataque con la vista puesta en el monte Matajur. Los alemanes habían sufrido algunas bajas en los constantes enfrentamientos, pero el destrozo que estaban causando a sus enemigos era incomparablemente superior y, a lo largo de la mañana del día 26, la situación no hizo más que empeorar para estos últimos. Rommel marchaba hacia adelante sin descanso, desarticulando a su paso una unidad italiana tras otra, y causando a estas numerosas pérdidas, principalmente en forma de prisioneros. Cuando a las 11:40 Rommel alcanzó finalmente el monte Matajur, el número de italianos capturados se elevaba a la impresionante cifra de 9000. Era una victoria realmente extraordinaria, y más si tenemos en cuenta que solo les costó a los germanos 6 muertos y treinta heridos.

Fue la mayor jornada de gloria de Rommel hasta la fecha, pero no trajo consigo el final de los enfrentamientos. De hecho, en las jornadas posteriores continuarían los combates ya que la ofensiva germana se prolongó hasta bien entrado noviembre. Los propios hombres de Rommel seguirían metidos de lleno en la lucha, enfrascándose en los choques que tuvieron lugar en los alrededores de la localidad de Longaronne hasta el 10 de ese mes. Ese día, los soldados comandados por el futuro mariscal de campo recibieron con alborozo la rendición de la guarnición transalpina que defendía el enclave. Tras esta, y aunque parezca extraño, los alemanes entraron en la ciudad siendo vitoreados por la población civil italiana.

La extraordinaria acción sobre Matajur no tuvo para el teniente germano las consecuencias deseadas. El Ejército consideró que el primero en llegar a la posición no había sido él sino Schörner, y fue a este a quién condecoró con la máxima distinción por valentía que Alemania otorgaba: la medalla Pour le Mérite. Como es lógico, el joven suabo se sintió decepcionado. Además, Rommel tenía una notable afición por la gloria personal y entendía que le habían robado unos laureles que por derecho le correspondían. No sería hasta 1918 cuando a Rommel y también al mayor Sprosser les fuese otorgada dicha condecoración. Para entonces, el joven oficial ya se encontraba lejos del frente. Nada más comenzar 1918 al suabo le concedieron otro permiso, y al volver de este no fue asignado nuevamente al Gebirgsbataillon sino que fue destinado a Wurtemberg, donde desempeñó el puesto de oficial de estado mayor. Fue ascendido a capitán, pero no volvería a entrar en combate hasta la Segunda Guerra Mundial.


Rommel en el periodo de entreguerras

Tras la derrota de las Potencias Centrales, Rommel solicitó el ingreso en el ejército de la República de Weimar: el Reichswehr. Este, por las limitaciones impuestas por los vencedores, no podía sobrepasar los 100.000 hombres, y estaba concebido para que Alemania mantuviese el orden dentro de sus fronteras, no para combatir contra enemigos exteriores. A Rommel se le asignó el cargo de comandante de compañía en el 13er Regimiento de Infantería, basado en Stuttgart. Las primeras tareas del suabo en esta unidad consistieron principalmente en reprimir los disturbios que periódicamente se sucedían en aquella convulsa época. Por otra parte, el final de la guerra le dio a Rommel la oportunidad de ser el hombre de familia que, de hecho, le gustaba ser. Pudo pasar mucho tiempo con su esposa con la que emprendió varias excursiones, incluyendo un viaje al norte de Italia realizado en 1927 durante el que visitaron los teatros de operaciones en los que había combatido el militar germano una década antes. Un año después, en 1928, nació el único hijo del matrimonio: Manfred. El capitán suabo tuvo tiempo también para desarrollar su afición por las matemáticas, campo en el que, al igual que su padre y su abuelo, mostraba una notable destreza.

En septiembre de 1929 Rommel fue enviado a dar clases a la escuela de infantería de Dresde. Posiblemente fue en este destino donde Rommel empezó a vislumbrar por vez primera como el nacionalsocialismo estaba calando entre los oficiales más jóvenes del nuevo ejército. Pasaría cuatro años en esta ciudad donde, además de a la docencia, se dedicó a recopilar sus notas y escritos de juventud, que serían publicados bajo el título “Infanterie greift an” (Infantería al ataque) en 1937. Unos años antes, en 1932, había sido ascendido a mayor.

Rommel abandonó Dresde en 1933, año en el que fue ascendido a teniente coronel y puesto al mando de un batallón en el 17º Regimiento de Infantería en Goslar. En ese mismo año, Adolf Hitler había sido nombrado canciller de Alemania. Con él, las fuerzas armadas alemanas comenzaron a ver la luz al final del túnel. En 1933 se aprobó la ampliación del Ejército, dando definitivamente por concluido el límite de los 100.000 hombres. Como consecuencia de esta decisión, el número de soldados y de divisiones sería paulatinamente incrementado en los años siguientes.
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Las relaciones con los nazis

Rommel conoció personalmente a Hitler en septiembre de 1934 cuando este, ya convertido en máximo mandatario de Alemania, visitó Goslar y pasó revista a una guardia de honor formada por soldados del batallón comandado por el suabo. La versión más extendida de este primer encuentro sostiene que Rommel, al enterarse de que una fila de miembros de las SS se iba a interponer entre su batallón y el Führer, amenazó con retirar a sus soldados si las SS no se apartaban, ya que entendía como un insulto el hecho de que sus hombres no fuesen considerados como suficientemente adecuados para proteger a Hitler. El militar se salió con la suya.

En 1935, a Rommel le destinaron a la academia de la guerra de Postdam, lugar en el que volvería a desempeñar funciones de instructor durante los siguientes tres años. Es en esta época cuando el militar empieza a mantener una relación más estrecha con los nazis. En 1936, el suabo será nombrado miembro de la escolta militar del Führer durante la reunión del NSDAP que tuvo lugar en Nuremberg. En una ocasión, Hitler le solicitó a Rommel que limitase el número de coches que iban a formar parte de su comitiva en una excursión. El militar, aún sabiendo que causaría malestar entre las personalidades excluidas, siguió las instrucciones recibidas a rajatabla, lo que le valió una felicitación personal del dictador.

En 1937, el militar suabo fue nombrado oficial de enlace del Ministerio de la Guerra con la organización de las Juventudes Hitlerianas. El teniente coronel cuajó adecuadamente en el puesto y conectó bien con los jóvenes, pero la relación de Rommel con el líder de las HJ -Baldur von Schirach- fue problemática en el extremo, lo que hizo imposible la continuación de aquel en esta función a partir de 1938.

Llegados a este punto, conviene hacer un pequeño inciso y dedicar un par de líneas a la actitud del Ejército Alemán hacia los nazis en estos años. Tras la Primera Guerra Mundial, en un intento por mantener al Ejército al margen de lo altibajos políticos de la nación, a los integrantes del Reichswehr se les prohibió apoyar a cualquier partido. Esta estricta norma se cumplió, por regla general, en el pequeño ejército de 100.000 hombres que tuvo Alemania hasta 1933. A partir de esta fecha, con la llegada de los nazis al poder, la vinculación de los militares con las nuevas autoridades se fue haciendo más estrecha. Hitler, en la dura pugna que mantuvo con sus antiguos camaradas de las SA nada más llegar al gobierno, proclamó que el Ejército era el único guardián de la nación, eliminando así las veleidades militaristas de esta organización nazi. Este tipo de actitud, teniendo en cuenta que Alemania acababa de pasar por unos años extraordinariamente turbulentos en los que sus fuerzas armadas habían sufrido numerosas humillaciones, tuvo una gran acogida entre los militares, quienes confiaban en que el nuevo mandatario les devolviese el prestigio perdido.

La llegada de los nazis al gobierno puso fin a gran parte de las convulsiones económicas y sociales que salpicaron la corta historia de la República de Weimar. Además, en lo referente al terreno militar, Hitler no solo dio preeminencia al ejército por delante de los elementos más revolucionarios del NSDAP -las SA-, sino que además le dotó de una fuerza que no había conocido en los últimos años. El dictador aumentó el numero de efectivos de las fuerzas armadas, las modernizó y las empleó en una serie de acciones (ocupación de Renania y unión con Austria) destinadas a devolver a Alemania al lugar que había perdido en el concierto internacional tras la Primera Guerra Mundial. Es fácil entender que esta política no podía sino obtener el apoyo de los antiguos oficiales que, como Rommel, habían conocido al prestigioso Ejército Imperial.

No obstante lo anterior, sí es cierto que existieron varios altos cargos militares, como el general Ludwig Beck, que trataron de oponerse a Hitler cuando este decidió invadir Checoslovaquia, pero el éxito del Führer con los acuerdos de Munich les dejó sin argumentos. Todos estos militares irían apartándose paulatinamente de los cargos de responsabilidad, bien por iniciativa propia, bien por las presiones de las autoridades nazis. Aparte de este reducido círculo de altas personalidades, la mayor parte del Ejército era, por lo general, favorable o, cuanto menos, no contraria a Hitler.

Esto, que hoy puede chocar, tiene su lógica si entendemos que la peor cara del nacionalsocialismo todavía no había hecho su aparición. Las atrocidades que llegarían a cometer los nazis aún se hallaban en esta época en estado embrionario. Existía una fuerte tendencia antisemita (como por otra parte existía en muchos países europeos), pero esta todavía no se había traducido en matanzas masivas de judíos. Existía una gran represión policial, pero para gran parte de los alemanes esto era preferible a los constantes disturbios y algaradas callejeras que había sufrido el Reich tras la guerra. Existían incluso los campos de concentración, pero estaban lejos de ser los páramos de exterminio en los que perecerían millones de seres humanos pocos años después. En definitiva, existía una situación que para muchos alemanes, incluidos los militares, era considerablemente mejor que la anarquía, el caos, la hiperinflación y el desempleo que habían sufrido en los años anteriores. Y esa era la posición en la que se encontraba en aquel momento Rommel. El militar suabo, igual que muchos compatriotas y compañeros de armas, percibía más las ventajas que el régimen de Hitler traía consigo en aquel momento que las tragedias a las que iba a dar lugar en el futuro. Y Rommel iba a ser protagonista de ambas.


Los últimos meses antes de la guerra

A finales de 1938, Rommel recibe ordenes de ponerse al mando del batallón de escolta de Hitler durante la ocupación de los Sudetes. Este puesto le dio la oportunidad de entrar nuevamente en contacto con el Führer. Su estancia en este cargo, como la propia campaña de los Sudetes, fue breve. En noviembre será ascendido a coronel y nombrado comandante de la Academia de la Guerra en Wiener Neudstadt, en Austria. El suabo asumió el mando de esta el 10 de noviembre, jornada en la que tuvo lugar la Kristallnacht, la tristemente célebre noche de los cristales rotos. Hitler empezaba a pisar a fondo el acelerador.

En marzo de 1939 el Reich presentó un ultimátum a Checoslovaquia, forzando a este país a aceptar un protectorado alemán sobre su parte occidental: los territorios de Bohemia y Moravia; y la independencia de su parte oriental: Eslovaquia. Alemania, apoyada por Polonia, ocupó de este modo lo que quedaba de territorio checo y Hitler entró en Praga el 15 de Marzo. Para llevar a cabo esta entrada, Rommel volvió a ponerse al mando de la escolta personal del Führer. Pero la ocupación de Chequia, aun habiéndose realizado de forma pacífica, no podía decirse que hubiese sido propiamente amistosa. Por ello, el desfile por la capital del país presentaba inconvenientes para la seguridad del mandatario germano, ya que era posible que se produjese algún incidente hostil. Por ello, el dictador pidió consejo al suabo, quien le recomendó: “vaya usted en coche descubierto y llegue, sin escolta, al castillo de Hradcany”. El militar argumentó que un gesto como ese despertaría la admiración de la gente y Hitler aceptó la recomendación. Concluida la maniobra, Rommel regresó a Austria.

A estas alturas, la relación de Rommel con Hitler era muy buena y, de hecho, todavía mejoraría en los años siguientes, antes de venirse abajo por completo. Pero para eso todavía faltaban años. Años que iban a dar a Rommel la oportunidad de hacerse un hueco en la historia. Y esa oportunidad estaba a punto de llegar.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Rommel I


Rommel, el mítico Zorro del Desierto, posiblemente el general más conocido de la Segunda Guerra Mundial, comandante del Afrika Korps, mariscal del Reich, líder de las fuerzas alemanas en Normandía, y ¿conspirador contra Hitler? En fin, no adelantemos acontecimientos y vamos a tratar de conocer un poco mejor una de las figuras históricas más relevantes de su época.


El inicio de la carrera militar

Erwin Johannes Eugen Rommel nace en el territorio de Suabia, en la región de Wurtemberg el 15 de noviembre de 1891. Era hijo de Erwin Rommel, profesor de instituto de Heidenheim y de Helene von Luz, hija del gobernador de la ciudad. A diferencia de lo que sucedió con otros famosos generales alemanes, Rommel no nació en el seno de una familia con gran tradición militar, pero sí es cierto que su padre sirvió como oficial de artillería antes de dedicarse a la docencia. De hecho, sería su progenitor el que le recomendase iniciar la carrera en el ejército.

El joven Rommel trató, sin éxito, de seguir los pasos de su padre e ingresar en el cuerpo de artillería. Poco después, el futuro mariscal de campo intentó que le aceptasen en el cuerpo de ingenieros, pero tampoco aquí lograría ser admitido. Finalmente, en julio de 1910 consiguió entrar como cadete en el 124º Regimiento de Infantería de Wurtemberg. El suabo causó una buena impresión a sus superiores, siendo ascendido a cabo en octubre y a sargento pocas semanas después. En marzo de 1911 es enviado a la Real Academia Militar de Danzig donde permanecerá hasta noviembre de ese mismo año. La evaluación que obtuvo fue notablemente positiva y en enero de 1912, ya ascendido al grado de subteniente, regresa al 124º Regimiento. Durante su estancia en la ciudad báltica tuvo lugar uno de los hechos más relevantes de la existencia de Rommel, y es que en esta localidad el futuro mariscal conoció a la mujer que iba a ser el gran amor de su vida: la joven Lucy Mollin. Lucy pertenecía a una familia terrateniente y profesaba la fe católica, al contrario que Rommel que era protestante. Esto no fue óbice para que ambos contrajesen matrimonio pocos años después, en 1916, en plena Primera Guerra Mundial. Rommel amó a Lucy toda su vida y esta mujer fue siempre el principal punto de apoyo del militar germano.


Rommel en la Gran Guerra

El Frente Occidental


El 28 de junio es asesinado en Sarajevo el príncipe heredero del trono del Imperio Austro-Húngaro junto con su esposa. A consecuencia de esta muerte y de las complicadas alianzas que salpicaban el mosaico de estados europeos, poco después del atentado todo el viejo continente se encontraba en guerra. Austria-Hungría, apoyada por Alemania, declarará la guerra a Serbia, la cual se hallaba respaldada por Rusia, nación que a su vez estaba aliada con Francia. El Reich, al poner en marcha (si bien es cierto que solo parcialmente) el Plan Schlieffen, opta por invadir Bélgica una vez que este país rechaza la solicitud germana de permitir el paso a sus tropas, y esta invasión provocará la entrada de Gran Bretaña en el conflicto del lado franco-ruso. Los británicos declararán la guerra a Alemania el 4 de agosto. No había vuelta atrás. La Primera Guerra Mundial había comenzado.

Rommel emprendió con su regimiento la marcha hacia el frente occidental el 5 de agosto, y el 22 del mismo mes el pelotón comandado por el suabo entró en contacto con el enemigo en la localidad de Bleid. Los soldados de Rommel avanzaban destacados por delante del resto de la unidad. Una vez que los alemanes alcanzan las afueras, el joven suboficial seleccionó tres hombres y, junto con ellos, se internó en el pueblo. En los primeros edificios se topó con unos 15 o 20 soldados franceses que no se habían percatado de la presencia del enemigo. El militar germano decidió no desaprovechar la ocasión. En lugar de avisar al resto del pelotón, el subteniente opta por ocuparse de los enemigos con la ayuda de su pequeño grupo. Aprovechando el factor sorpresa, los cuatro alemanes abren fuego al tiempo que se abalanzan sobre los galos, consiguiendo abatir a la mitad de ellos. Fue la primera vez que Rommel mató a un semejante.

Tras recuperarse del primer choque, los franceses contraatacan y devuelven el fuego, forzando al suabo a regresar a por el resto de sus hombres. Después de reunirse con ellos, Rommel vuelve a intentar tomar el enclave, cosa que consigue tras fuertes escaramuzas con los soldados enemigos.

Una vez que Bleid está en manos alemanas, Rommel vuelve a adelantarse con dos de sus hombres y la situación se repite. El impetuoso suboficial se encontró con varios soldados franceses contra los que abrió fuego sin esperar al grueso del pelotón. Tras los combates, debido al agotamiento y al dolor provocado por una enfermedad del estomago que padecería toda su vida, Rommel pierde momentáneamente el conocimiento. Lo recuperará poco después, solo para encontrarse en medio de otro intercambio de disparos. Los galos se habían reagrupado e intentaban reconquistar Bleid, pero las tropas alemanas habían conseguido asentarse sólidamente y rechazaron el ataque.

Tras los acontecimientos mencionados, el 124º Regimiento prosigue su marcha hacia el oeste junto al grueso del Ejército Alemán. El día 1 de septiembre llega al Mosa y, tras cruzarlo, traba combate nuevamente con la infantería francesa. Rommel continuaba al mando de uno de los pelotones de cabeza de la unidad, y el hecho de encontrarse en esta posición expuesta, unido a la confusión de los constantes enfrentamientos, provocó que quedase atrapado en medio del fuego cruzado franco-germano. El pelotón pierde contacto con el regimiento y en los informes oficiales se da por muerto a su lider. Afortunadamente, el suabo conseguirá mantener la situación bajo control y logrará retomar la comunicación con sus líneas.

Antes de que el frente occidental degenerase en una amalgama de trincheras, Rommel y sus hombres participarían en los combates que se desarrollaron a lo largo de verano en el noroeste de Verdún. Durante los mismos, el suabo destacó tanto por su iniciativa como por las habituales discusiones mantenidas con sus superiores, dos rasgos que le acompañarían a lo largo de toda su carrera.

Finalmente, el 24 de Septiembre, Rommel se encontró frente a frente con cinco soldados galos. Logró derribar a dos antes de quedarse sin munición. Al no haber otra opción, caló la bayoneta y cargó contra los restantes. En la escaramuza, una bala enemiga le alcanzó en el muslo izquierdo, causandole una herida grave y poniendo fin a su primera experiencia bélica. No volvería al frente en lo que quedaba de año, pero como recompensa por sus acciones recibiría la Cruz de Hierro de 2ª Clase.


Vuelta al frente

Rommel retornó a primera línea en enero de 1915 con el cargo de comandante de compañía. Se le asignó el mando de la 9ª compañía del 2º batallón del 124º regimiento. El día 29 de ese mes participó en una ofensiva en el sector del Argonne, ataque en el cual consiguió penetrar con sus hombres unos 1500 metros en el sistema defensivo francés, distancia considerable en la guerra de trincheras. Sin embargo, este notable éxito trajo consigo consecuencias no deseadas. El resto de las unidades no pudo mantener el avance de los hombres de Rommel, lo que provocó que estos quedasen cercados por los franceses en un posterior contraataque galo. El suabo volvió a desenvolverse con notable soltura en esta difícil situación. En lugar de mantenerse a la defensiva, ordenó a varios de sus hombres que atacaran a los franceses con firmeza. El inesperado movimiento provocó un momento de indecisión en los galos, indecisión aprovechada por la 9ª compañía para escapar del cerco y alcanzar las líneas alemanas. Todos los soldados rodeados consiguieron salvar la vida, y los germanos solo tuvieron que lamentar 5 heridos. Rommel conseguiría la Cruz de Hierro de 1ª Clase por esta acción.

Es en este momento cuando el futuro mariscal comienza a ser bien conocido por los soldados alemanes próximos a él. Su instinto para encontrar el punto esencial de la batalla y lanzarse contra él con todas sus fuerzas era algo que no pasaba desapercibido. La intuición para estar exactamente donde debía estar y en el momento justo en que había que estar empezó a ser reconocida por sus hombres. “Allí donde esta Rommel, allí esta el frente” fue un comentario que empezó a hacerse común entre las tropas bajo su mando.

Pero no todo eran buenas noticias para el joven subteniente. En mayo, el mando de la 9ª compañía fue traspasado a otro oficial de más edad, y el suabo tuvo que conformarse con volver a ser jefe de pelotón. No obstante, este percance no impidió que el condecorado Rommel participase en varias de las muchas escaramuzas que tuvieron lugar en la zona hasta el verano.

En el mes de septiembre, Rommel es ascendido a teniente y, poco después, abandona el 124º regimiento y se integra en el Real Batallón de Montana (Gebirgsbataillon) de Wurtemberg. Como consecuencia de este cambio, abandona el frente del Argonne y se dirige a Austria, lugar donde se estaba formando esta unidad. Al Oberleutnant Rommel se le asignó el mando de la 2ª compañía y, a finales de 1915, una vez que el batallón estuvo preparado para combatir, se envió al sector sur del frente occidental, desplegandolo en Alsacia. En esta zona el sistema de trincheras era todavía más denso que en el Argonne, lo que provocaba que las acciones bélicas se tuviesen que limitar forzosamente a un puñado de incursiones. Afortunadamente para Rommel, la estancia del Gebirgsbataillon en Alsacia no se prolongó hasta el final de la contienda. En octubre de 1916, la unidad fue trasladada desde Francia hasta Rumanía.


El Frente Rumano

Las condiciones de vida de los soldados alemanes en territorio rumano distaban de ser buenas. No se disponía de instalaciones adecuadas, ni de posiciones defensivas sólidas y el clima de las montañas era espantoso, lo que provocó que, ya el primer día, varios soldados del Gebirgsbataillon tuvieran que ser evacuados con claros síntomas de congelación. Mas, una vez que consiguieron adaptarse a las particularidades del nuevo teatro de operaciones, los germanos se dispusieron a aprovechar las nuevas oportunidades que aquella zona les ofrecía para desarrollar una guerra de movimientos, y ya en noviembre los hombres de Rommel comenzaron a enzarzarse en combates con los rumanos. En ese mismo mes, el joven suabo consigue un breve permiso que aprovecha para casarse con Lucy. La boda tendrá lugar el 27 de noviembre, pero la vida conyugal de Rommel no pudo prolongarse demasiado.

El frente rumano experimentaba movimientos mucho más acusados que el estático frente occidental. Por lo que respecta al panorama general, Bucarest cae en poder de los germanos el 6 de diciembre; y por lo que se refiere a los hombres de Rommel, durante el último mes de 1916 y el primero de 1917 se enfrascaron en una serie de golpes de mano en los que causaron a los rumanos graves pérdidas, principalmente en forma de prisioneros. La conducción de las operaciones por parte de Rommel era a menudo atrevida, pero no exponía a sus soldados a situaciones de riesgo innecesarias. Uno de los ejemplos más representativos lo vemos en la toma de Gagesti, en la que el suabo capturó 330 prisioneros pero no sufrió una sola baja.

En el Gebirgsbataillon, Rommel empezó además a explotar una de las capacidades más sobresalientes del Ejército Alemán: la facilidad para formar grupos de combate ad hoc entre unidades de distintas armas (artilleros, ametralladores...) y así adaptarse a las circunstancias del momento. A pesar de la percepción que se tiene de los alemanes como “cabezas cuadradas”, lo cierto era que en los ejércitos germanos existía por lo general un mayor espacio para la improvisación que en el de cualquiera de sus oponentes. Rommel y otros muchos oficiales alemanes fomentaron y se aprovecharon de este rasgo específico de las tropas alemanas.


La batalla del Monte Cosna

A principios de 1917, el Gebirgsbataillon fue trasladado nuevamente a Francia, pero en verano ya estaba de vuelta en Rumanía, donde Rommel iba a participar en la, hasta el momento, batalla más importante de su vida: la toma del Monte Cosna.

El Monte Cosna era un obstáculo natural del primer orden: una gran montaña que se interponía entre los alemanes y el Mar Negro. Se encargó al Gebirgsbataillon que tomase el enclave y para esta misión se pensó en Rommel, a quien se le asignó el mando de varias compañías, incrementandose así notablemente el número de hombres a su cargo. El futuro mariscal inició el ataque el día 9 de agosto y lo dirigió con extraordinario ímpetu en las jornadas siguientes, hasta el punto de ser nuevamente herido -si bien de manera leve- en los combates a corta distancia que tuvieron lugar entre ambos contendientes. A pesar de ello, el joven oficial continuó encabezando la lucha, hasta llegar a conquistar casi totalmente el Monte Cosna para el día doce de agosto. Es en ese momento cuando las tornas cambian. Los rumanos soprendentemente consiguen reagruparse y preparan un contraataque que lanzan el día 13. Durante varias jornadas, golpean duramente a los alemanes, llegando prácticamente a expulsarlos hasta su punto de partida. Pero los hombres de Rommel lograrán mantener en su poder las estribaciones cercanas, evitando que la línea del frente se rompa ante el violento contraataque enemigo. Ante la tenaz resistencia germana, la ofensiva rumana pierde paulatinamente fuerza y, a partir del día 16, la situación se estabiliza. Tras un breve intervalo de tranquilidad, el día 19 de agosto Rommel pasa nuevamente al ataque y consigue, esta vez sí, expulsar a los rumanos de la montaña. Con todo, los rumanos no desisten y vuelven a lanzarse al contraataque poco después, pero en esta ocasión no tendrán éxito. Los alemanes se han asentado firmemente en la zona e impiden a las tropas enemigas asaltar la cima. El día 25, una vez que el enclave ha sido asegurado, el Gebirgsbataillon será destinado a la reserva.

martes, 8 de diciembre de 2009

El hundimiento del Bismarck III


¡Que el diablo se lleve al Grupo Oeste!

Una vez que se ha comprobado que los daños del buque son irreparables, Lindemann (el capitán del Bismarck) ordena que el personal no esencial abandone el acorazado, tratando así de salvar a estos hombres del destino fatal que aguardaba al navío. Será inútil. Nadie volvería a ver a estos hombres. Pero los que se quedaron a bordo no iban a correr mejor suerte.

El Bismarck estaba herido de muerte, pero su agonía no había hecho más que empezar. A las 01:20 del día 27, cuatro destructores británicos y uno polaco inician un ataque con torpedos contra el gigante alemán, ataque que durará toda la noche. Pero, incluso en esas adversas circunstancias, el buque germano se defenderá extraordinariamente bien y conseguirá rechazar el ataque de los navíos aliados.

A las 8:15 aparecerán en el horizonte las siluetas de los buques de la Home Fleet. El Rodney rompe el fuego a las 8:47 y el King George V le emulará justo un minuto después. Para sorpresa de los británicos, el acorazado alemán devolverá el fuego con notable precisión, logrando encajar varios proyectiles en el Rodney. Pero en ningún momento fue un combate de igual a igual. El Bismarck apenas alcanzaba los ocho nudos y prácticamente no podía cambiar de rumbo para descentrarse de las salvas inglesas que llovían sobre él. Era un ejercicio de tiro al blanco. Al poco de iniciarse el intercambio de disparos, un impacto destroza el puente del Bismarck y otro la torre principal -justo el punto desde donde se dirige el tiro- causando la muerte del almirante Lütjens y de Lindemann. Aunque también hay versiones que sostienen que Lindemann sobrevivió hasta el mismo final, hundiéndose con el acorazado al tiempo que saludaba a la bandera.

Algunos relatos de los supervivientes señalan que Lütjens, poco antes de morir, gritó con rabia “¡que el diablo se lleve al Grupo Oeste!”. No hay manera de verificar si esto es cierto pero, en caso de serlo, hay que admitir que el almirante alemán tenía motivos de queja. Ni un solo sumergible germano apareció para ayudar al malhadado buque. El único submarino que se hallaba en la zona y que pudo haberle echado una mano fue el U556, el cual llegó a tener a distancia de tiro al Ark Royal el día 26. Desgraciadamente para el Bismarck, a este U-Boot no le quedaba un solo torpedo. De haberlo tenido, posiblemente habría logrado poner fuera de combate al portaaviones británico, y toda la historia podía haber sido distinta.


Los últimos momentos del Bismarck

A las 08:54 y a las 09:04 se unieron al cañoneo el Norfolk y el Dorsetshire respectivamente. En total, medio centenar de cañones de diversos calibres sometían a un bombardeo inmisericorde al desarbolado navío alemán, mientras que el fuego de este se espaciaba cada vez más, haciéndose menos eficaz cada minuto que pasaba. Finalmente, a las 10:15, tras hora y media de martilleo ininterrumpido, los británicos cesan el fuego. Apenas veinte minutos antes se había silenciado el último cañón del Bismarck, dejando definitivamente inerme al acorazado. Pero la impresionante mole de acero seguía sorprendentemente a flote.

Los británicos, como justificación a este bombardeo sin pausa sobre un buque que no podía devolver el fuego, expondrán el hecho de que el navío germano no había arriado su bandera. Sobre este punto existe controversia entre los historiadores. Hay quien sostiene que no se podía arriar la enseña ya que los cables habían sido completamente sesgados por la metralla y hay quien niega incluso que, a esas alturas del combate, a aquel amasijo de metal en el que se había convertido el acorazado alemán le quedase pabellón alguno en sus mástiles.

En cualquier caso, una vez concluido el cañoneo, el Rodney y el Norfolk se aproximan al Bismarck y le lanzan varios torpedos a muy corta distancia. Sin embargo, el otrora poderoso buque seguía remiso a irse definitivamente al fondo del abismo. En esos momentos, Tovey decide retirar de la zona a sus grandes unidades. El inglés sabe que sus barcos se hallan muy escasos de combustible tras la persecución y además teme que en cualquier momento pueda producirse la intervención de los submarinos alemanes. Al tiempo que los demás navíos se alejan, ordena al Dorsetshire que se aproxime al Bismarck y le de el golpe de gracia.

El Dorsetshire lanza tres torpedos contra el acorazado alemán (o, mejor dicho, lo que quedaba de él). Con ello, el total de torpedos disparados contra el infortunado navío se eleva a la asombrosa cifra de 71, de los cuales al menos ocho llegaron a impactarle. Pero, con todo, el buque seguía resistiéndose a bajar al fondo del océano. La situación es extraordinariamente crítica y el oficial más antiguo a bordo del Bismarck, el capitán de corbeta von Müllenheim-Rechberg, tiene que tomar una dolorosa decisión: ordena a la tripulación que hunda el barco, evitando así cualquier posibilidad de que el coloso germano caiga en manos británicas. Siguiendo las ordenes de este oficial, se abrirán los grifos del fondo y los escasos supervivientes serán trasladados a cubierta para que abandonen el sentenciado navío. Finalmente, a las 10:36 del día 27 de mayo, el Bismarck desaparecerá para siempre en aguas del Atlántico.

Tras la desaparición del navío germano, 99 náufragos fueron rescatados por el Dorsetshire y el destructor Maori. Con el resto de los supervivientes del Bismarck todavía en el mar, los buques ingleses creyeron ver un periscopio y abandonaron rápidamente el lugar para evitar ser victimas de un ataque alemán. Fue una falsa alarma. No había submarinos próximos. De hecho, cuando los sumergibles germanos llegaron a la zona solo pudieron salvar a 11 marinos. No se pudo ayudar a nadie más. El crucero español Canarias fue enviado en misión de rescate tan pronto como se conoció el desastre, pero únicamente encontró cadáveres flotando en el mar. En definitiva, de los 2403 tripulantes del Bismarck, solo 110 sobrevivieron para contar la primera y última salida al mar abierto del más famoso acorazado alemán de la Segunda Guerra Mundial.


Conclusiones

Cualquier análisis sobre la salida del Bismarck al Atlántico no puede obviar que, en definitiva, el acorazado se hundió. No obstante, conviene tener en cuenta que, si bien es cierto que el coloso germano terminó sus días en el fondo del mar, también es cierto que estuvo a punto de salir victorioso de su enfrentamiento con la armada británica. Analicemos brevemente la operación paso a paso:

-La decisión de sacar el Bismarck y el Prinz Eugen al Atlántico fue adecuada desde el punto de vista militar. Alemania no había iniciado todavía su campaña contra la URSS, por lo que su enemigo número uno seguía siendo el Imperio Británico. Los buques de guerra enclavados en el Báltico o en el Mar del Norte no suponían ninguna amenaza para la Gran Bretaña. Por el contrario, una expedición de dichas unidades por el Atlántico resultaría sumamente perjudicial para los intereses de los anglosajones, quienes para seguir en pie de guerra necesitaban que sus líneas marítimas de suministro siguiesen funcionando. Y, tal y como y habían demostrado el Scharnhorst y el Gneisenau, una operación de guerra de corso bien concertada podía causar estragos en el tráfico marítimo británico. Por lo tanto, si se había logrado una vez, repetirlo era algo que podía considerarse factible.

-Una vez que se decide sacar a los navíos germanos al Atlántico, el comportamiento de estos fue correcto. Aceptaron el combate cuando se encontraron en una posición táctica ventajosa, y como consecuencia de esto enviaron al abismo a un buque valiosísimo para la Royal Navy. A continuación, abandonaron el enfrentamiento cuando entendieron, con los elementos de juicio de que disponía Lütjens, que empecinarse en pelear podría suponer un riesgo para misión principal: la guerra al tráfico.

-El optar por enviar el Bismarck a un puerto francés al tiempo que se ordenaba al Prinz Eugen que continuase con la misión original es una actitud que puede discutirse, sin duda. No obstante, quién mejor podía evaluar el estado del coloso germano era el almirante Lütjens. Y si este hubiese conseguido enviar el acorazado a Saint-Nazaire, el final de la historia hubiese sido completamente diferente. Los trabajos de reparación podían haberse iniciado sin demora, y el navío germano podría haberse lanzado a probar suerte otra vez. ¿La Royal Navy podría haber estado esperando entonces frente a las costas francesas? Sí, pero la Luftwaffe también podría haber intervenido para ayudar al buque a romper el bloqueo británico.

-Lütjens cometió el error de romper el silencio radiotelegráfico cuando los ingleses habían perdido el rastro del Bismarck, cierto. Pero es un fallo que puede achacarse al hecho de que sus equipos tecnológicos, ciertamente menos avanzados que los que montaban los navíos británicos, le indicaban que su agrupación no había roto el contacto con los
buques de la Royal Navy. Por otra parte, estos desaciertos son comunes en enfrentamientos navales tan prolongados. Ya hemos visto como los anglosajones desperdiciaron este desliz alemán en el momento en que radiaron equivocadamente a sus unidades las coordenadas en las que se encontraba el barco germano. En definitiva, Si no llega a ser por el afortunado torpedo inglés, este error de Lütjens no hubiese tenido mayores consecuencias.

-¿Y el torpedo en el timón?. Este torpedo podría considerarse una prueba de que Dios esta con los buenos cuando son más que los malos. ¿Fue un impacto de suerte?. Sí, de tremenda suerte. No obstante, también conviene tener en cuenta que sí los británicos no hubiesen movilizado todo lo que tenían a mano, la suerte no solo no habría aparecido, sino que ni tan siquiera hubiese tenido oportunidad de hacer su aparición. Y una vez que la fortuna les concedió sus favores, los anglosajones se apresuraron a aprovechar la ocasión.

Por otro lado, existe otro factor de gran relevancia a tomar en consideración: la inexistencia de aviación naval en la marina de guerra germana. Mientras que la Royal Navy disponía de sus propios aviones no supeditados a la RAF sino dependientes directamente de la armada; los buques alemanes dependían de la cobertura aérea que la Luftwaffe les pudiese otorgar. Es decir, la Kriegsmarine no solo sufría por la falta de portaaviones, sino también por la inexistencia de aviación propia basada en tierra. Cualquier operación que requiriese de apoyo aéreo tenía que ser coordinada con la Luftwaffe, y esta coordinación estuvo lejos de ser plenamente satisfactoria a lo largo de la guerra
. En definitiva, en la época de la aviación, la Kriegsmarine tuvo que luchar no solo sin portaaviones, sino sin aviones siquiera. Como consecuencia de esta tara, la armada alemana no dispuso de apoyo aéreo inmediato allí donde más lo necesitaba.
.
Y, por último, tenemos que tener en cuenta la evolución que en ese momento estaba experimentando la propia estrategia naval. El acorazado, rey de los mares durante décadas, estaba cediendo su papel irremisiblemente al portaaviones. El Bismarck era lo suficientemente fuerte como para plantar cara a los grandes buques de la Royal Navy, pero no podía defenderse adecuadamente de los ataques de los portaaviones británicos. ¿Qué hubiese pasado si la agrupación de Lütjens hubiese dispuesto de su propio portaaviones? Es imposible saberlo, pero lo que sí podemos asumir como probable es que, si el Bismarck hubiese disfrutado de cobertura aérea, los ataques de los Swordfish no se podrían haber realizado tan a placer como se realizaron. Y sin la efectividad de dichos ataques, lo más probable es que el Bismarck no estuviese hoy en el fondo del Atlántico.

En definitiva, la jugada alemana termino mal, sí; pero también es cierto que al principio tenía muchas posibilidades de salir bien, y de hecho las continuó teniendo hasta que el torpedo impactó en los timones del coloso germano. Fue un tiro por toda la escuadra, que para desgracia de los germanos termino estrellándose en la madera. Fue una victoria factible que se transformó en una derrota absoluta.

Fuente principal:
La Guerra Naval en el Atlántico
Luis de la Sierra
Editorial Juventud 1974