domingo, 11 de abril de 2010

Rommel X


A comienzos de 1943, la estrella de Rommel parecía haber dejado de brillar. En el aspecto puramente militar, los angloamericanos estaban poco a poco apretando el cerco a los ejércitos italogermanos en Túnez, y el mariscal no pensaba que se pudiese defender la posición durante mucho tiempo. En lo referente a su persona, su salud continuaba deteriorándose y, además, tras los últimos acontecimientos bélicos, el otrora optimista general parecía haber perdido definitivamente la fe en la causa del Eje.


La Batalla de Kasserine

Los efectivos germanos y lo transalpinos en África sufrieron una reorganización y quedaron divididos en dos grupos. Al sur del frente, el Panzerarmee se renombró como I Ejército Italiano y cedió la 21ª División Acorazada a la otra agrupación: el V Ejército Panzer, comandado por von Arnim, quien se situaba en el norte del teatro de operaciones. Este fue el que recibió la mayor parte de los refuerzos que el Eje desplazó a Túnez en 1943. Ambas formaciones iban a quedar englobadas en el Grupo de Ejércitos Afrika, al mando temporalmente de Kesselring, pero esta decisión no se llevó a efecto hasta el 23 de febrero. Y antes de esta fecha iba a tener lugar la última victoria del Zorro del Desierto, la Batalla del Paso de Kasserine.

El día 14 comenzaron dos ofensivas paralelas de los germanoitalianos: en el norte, Arnim inició la operación Frühlingswind y en el sur Rommel empleó a sus tropas en la maniobra conocida como Morgenlust. Ambas comenzaron bien, pero pronto comenzaron a fallar por problemas de coordinación. Von Arnim quería realizar un ataque limitado, con el fin de alejar el frente de la zona de Túnez. Rommel, por el contrario, y en línea con su proceder habitual, pretendía ejecutar un movimiento de más calado para así lograr un resultado decisivo. Su intención era asestar un hachazo en profundidad desde el sur hacía el noroeste, envolviendo de este modo a las bisoñas tropas americanas. Con este proceder, se lograría desarticular, al menos por un tiempo, el despliegue estadounidense en África, eliminando así la posibilidad de que estos pasasen a la ofensiva en el corto plazo.

El 15 de febrero, aprovechando el ímpetu inicial de las ofensivas, el Afrika Korps (compuesto ahora por la 15ª Panzer y la división blindada italiana Centauro) toma Gafsa. Tras esto, las tropas de Rommel continuaron su avance y el 17 se apoderan de Feriana. El mismo día cae en sus manos el aeródromo de Thelepte, donde los soldados del Eje se adueñan de varios aviones estadounidenses. Esa misma jornada, visto que el ataque estaba funcionando correctamente, el suabo solicita a Kesselring que le concedieran el mando de dos divisiones acorazadas: la 10ª y la 21ª. Con ellas pretendía realizar una penetración en profundidad y llegar hasta Tebessa, desarbolando las líneas enemigas y causando el caos en las mismas. Es decir, un avance de gran calado basado en la rapidez y la sorpresa como los de Cirenaica en 1941 y 1942. Hasta aquí, todo parecía apuntar a una victoria de los italoalemanes, pero ellos mismos se iban a poner la zancadilla.

El 18 llegan malas noticias al cuartel general del I Ejército Italiano: Arnim se oponía a los planes de Rommel. El comandante del V Ejército Panzer no quería asumir los riesgos que la operación del suabo implicaba. Aquel pretendía un movimiento mucho más limitado en el que, aunque no se pudiese lograr un resultado decisivo, no se corriese el peligro de fracasar. En las discusiones se perdieron 24 horas valiosísimas y, finalmente, se adoptó una solución de compromiso. A Rommel se le asignarían las unidades que había solicitado, pero al mismo tiempo se le forzaba a seguir un plan de ataque más cauteloso similar al propugnado por Arnim. En definitiva, se apostaba por la seguridad en detrimento de la posibilidad de un éxito estratégico. El mariscal, aunque resignadamente, aceptó el arreglo.

Esta extraña situación desembocó en la última victoria de Rommel, victoria que el propio Rommel aceptó no tener posibilidad de explotar. El 20, las unidades del suabo consiguen tomar el Paso de Kasserine, defendido por fuerzas americanas, británicas y francesas. Esa misma tarde, sus tropas de vanguardia entran en Thala, 40 kilómetros al norte de Kasserine. En aquel momento, el mariscal posiblemente podía haber desviado a sus soldados para tratar de alcanzar el que iba a haber sido su ambicioso objetivo inicial: Tebessa. De hecho, Kesselring visitó a Rommel esa misma jornada y se mostró entusiasmado por el altamente favorable desarrollo de los acontecimientos. Sin embargo, y en lo que parecía una decisión sin sentido, el militar germano ordenó detener la ofensiva. ¿Por qué? Precisamente porque la posibilidad de obtener un éxito estratégico, al menos tal y como lo concebía el Zorro del Desierto, se había esfumado. La explicación se podría esbozar del siguiente modo:

-A diferencia de los británicos, cuyos sistemas defensivos se vinieron abajo en varias campañas de Rommel en 1941 y 42, los americanos no se derrumbaron en Kasserine en 1943. Debido a su bisoñez, pagaron la novatada y no supieron encajar bien el gancho de izquierda italoalemán, cierto. Pero se repusieron de manera acelerada (entre otras cosas gracias a las dudas alemanas del día 19) y, aún en retirada, continuaron dificultando el avance del Eje.

-A la tenaz resistencia americana se unía el hecho de que los estadounidenses dispusieran de un material bélico excepcionalmente bueno, que además eran capaces de reponer sobre el terreno con gran rapidez. A Rommel esto no le sorprendió demasiado, pues era algo que ya se temía, pero le desilusionó al compararlo con el estado de sus propias tropas.

-Lo anterior provocaba que los italogermanos fuesen a tener que emplear en la empresa más tiempo y fuerzas que las inicialmente destinadas a la misma. Pero Rommel no andaba sobrado de ninguno de estos dos factores. Cebarse demasiado contra los americanos hubiese supuesto desproteger el frente sur, la línea Mareth, y darle a Montgomery la posibilidad de cazarlos por la espalda.

De haberse perseguido desde el principio el objetivo de lograr un golpe ambicioso y un éxito amplio, posiblemente hubiese sido posible alcanzar una victoria estratégica sobre los americanos antes de que estos hubiesen podido reaccionar. Pero, dadas las circunstancias, ese objetivo no se podía cumplir con las fuerzas y el tiempo de que se disponía. Por estas razones, Rommel decide detener las operaciones y dirige a sus soldados nuevamente a Mareth.


Operación Capri

Tras el canto del cisne de Kasserine, asistimos a los últimos días de Rommel en el continente que vio nacer su leyenda. El día 23, el suabo es nombrado comandante del Grupo de Ejércitos Afrika, puesto que en principio parecía destinado a von Arnim. Al día siguiente, el mariscal germano es informado de que este general pretende lanzar un ataque desde el norte, ataque que efectivamente inició el 26. Esto puso furioso a Rommel, quien entendía que esta maniobra debería haberse ejecutado en conjunción con el ataque sobre Kasserine. El suabo se encontró siendo el comandante supremo de un Ejército que realizaba un movimiento no planeado por él. Dicho movimiento no logró ningún éxito reseñable, y además supuso una merma considerable de las fuerzas disponibles.

Después de la maniobra de Arnim, Rommel iba a cometer un error muy similar. El suabo finalmente ejecutó un ataque concebido por él contra Montomery en la localidad de Medenine: la operación Capri, la cual concluyó en un desastre absoluto. El germano pretendía avanzar preventivamente sobre los británicos antes de que estos pudiesen comenzar una ofensiva potente sobre Túnez, pero lo que tuvo lugar fue un Alamein a pequeña escala. Las unidades de Rommel apenas contaban con 150 carros mientras que los ingleses disponían de 400 tanques y 500 cañones antitanque. Además, Montomery, quien gracias al efectivo espionaje británico conocía las intenciones de su enemigo, le estaba esperando bien preparado sobre posiciones defensivas fuertes. El resultado fue el previsible: las tropas del Eje perdieron la tercera parte de sus blindados sin lograr nada a cambio. Rommel no esperó a continuar entrampado en una maniobra inútil, y dio por terminado el ataque en la misma jornada del inicio. Era el fin. El día 7 recibió la respuesta de Hitler a un plan de repliegue que el suabo había presentado poco antes. Rommel pretendía retroceder hasta Enfidaville, acortando las líneas del frente y, consecuentemente, reforzando el mismo. En esta posición el germano entendía que se podría contener durante algún tiempo más a los angloamericanos, pero el Führer, como era habitual, se negó a autorizar cualquier retirada.
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El día 9 el mariscal abandonó el continente, en teoría solo hasta que su estado de salud, que en los meses anteriores no había hecho sino empeorar, mostrase mejoría. Pero el Zorro del Desierto ya nunca regresó a África.

Rommel voló hacía Roma y se encontró con Mussolini, con quien mantuvo una entrevista cordial pero fría, y después, el 10 de marzo, se dirigió a Ucrania para entrevistarse con Hitler. El día 11 recibió los diamantes para la Cruz de Caballero.

La agonía de las tropas del Eje en África llegó a su fin, ya sin Rommel sobre el terreno, el 12 de mayo. La crónica escasez de suministros atenazó a los italogermanos hasta el final. La efectividad angloamericana en sus ataques contra el tráfico marítimo del Eje fue brutal. En enero y febrero, se perdieron el 22% de los envíos de pertrechos bélicos despachados hacía Túnez. En marzo y abril, la cifra alcanzó el 41%; y en la primera semana de mayo se disparó hasta el 77%.


Hitler y Rommel en 1943

Tras abandonar África, Rommel pasó varias semanas tratando de recobrar su salud. Tras estas, Hitler y Göbbels intentaron evitar la mancha de la derrota para este general por quién ambos, incluso tras las desavenencias sufridas, continuaban sintiendo un respeto especial. En un comunicado redactado por el propio Führer, se hizo saber el 10 de mayo que el mariscal había abandonado el continente Africano dos meses antes, dejando claro que él no estaba al mando de las tropas que estaban siendo vencidas por los angloamericanos.

El dictador germano quiso volver a recuperar la confianza de quien antaño había sido su general favorito. Volvió a contar con Rommel en las reuniones y las conferencias que se mantenían a diario y que versaban sobre la marcha de la guerra, volvió a aceptar su consejo y volvió a interesarse por su opinión. En definitiva, volvió lograr que Rommel confiase nuevamente en su líder. Posiblemente no con una fe tan absoluta como la que sí profesaba apenas un año antes, pero lo cierto es que el suabo volvió a caer bajo el embrujo del Führer.

El historiador David Fraser nos narra un hecho que muestra cual era la opinión de Rommel sobre esta nueva y singular situación. Estando en Rastenburg, tuvo lugar un encuentro fortuito e informal con Manstein. Este se encontraba bañándose en un lago y, al ver al suabo en las proximidades, salió del agua y, sorprendido pero cordial, preguntó a aquel -a quién identificó a pesar de no conocer con anterioridad- que hacía en allí.

“Estoy aquí para hacer una cura de rayos ultravioleta. Me estoy embebiendo de sol y de fe”.

Manstein, entendiendo la ironía, preguntó si volverían a verse, a lo que Rommel respondió:

“Sí, bajo la lampara de rayos ultravioleta”

Ese era el extraño efecto que Hitler tenía en Rommel.

No obstante, a pesar de que la relación entre ambos personajes ciertamente mejoró, no volvió a ser lo que en su día fue. Es más, el militar empezó a entrever detalles del mandatario que le inquietaron. Aquel comentó en varias ocasiones con Hitler que la situación alemana era desesperada pero asimismo le oyó decir “nadie querrá firmar la paz conmigo”. También escuchó al Führer afirmar que si la guerra se perdía, los supervivientes podían pudrirse. Todo esto provocó que subsistiese la semilla de la duda. Rommel incluso rechazó el regalo (una finca) que le indicaron que el dictador pretendía hacerle. El mariscal no quería sentirse como deudor de estos favores.


Operaciones Alarico y Eje

Ya en mayo, a Rommel le asignaron un papel principal en dos operaciones, Alarico y Eje, que en esencia eran dos partes de un mismo plan.

Alarico:
Consistía en realizar un despliegue de fuerzas germanas en territorio italiano en previsión de la más que probable invasión aliada. Alemania desplegaría en el país transalpino una veintena de divisiones, que con anterioridad se habrían concentrado en Austria y en Baviera.

Eje:
Suponía que, en caso de que Italia terminase por pasarse al enemigo, los alemanes tendrían que desarmar a los soldados transalpinos y, al mismo tiempo, mantener el terreno limpio para realizar operaciones bélicas contra las tropas angloamericanas desde la península itálica.

Los acontecimientos iban a dar la oportunidad a los alemanes de lanzar ambas operaciones en breve. El 10 de julio, en plena ofensiva de Kursk, los aliados desembarcaron en Sicilia y pronto fue evidente que no iban a tardar demasiado en poner un pie en la Italia continental. El día 13, después de que Hitler convocase a Manstein y a Kluge (principales comandantes de la Wehrmacht en la operación Zitadelle) y les indicase la necesidad de detener el ataque en el Frente del Este, ambos mantuvieron una reunión con Rommel en la que los tres hablaron con franqueza. Al finalizar la conversación, Kluge le indicó a Manstein:

“Esto va a terminar mal, estoy dispuesto a ponerme a sus ordenes”

Y abandonó la sala dejando a este solo con Rommel. El suabo comunicó asimismo a Manstein su percepción de que todo aquello iba a concluir en un desastre para Alemania y le señaló su disposición a ponerse también bajo sus órdenes. Pero el héroe de Sebastopol, aún contando con el respaldo de estos dos generales, no se decidió a actuar.

El día 15 de julio, Rommel es nombrado comandante del Grupo de Ejércitos B, agrupación que se estaba formando en Baviera y que estaba concebida para intervenir en la península itálica en el momento en que el devenir de los acontecimientos lo hiciese necesario. Sin embargo, de manera un tanto sorprendente, el 23 de abril se le asigna a estas tropas la misión de defender Grecia. Pero poco después, el 26, llega a Berlín la noticia de la detención de Mussolini. Italia se tambaleaba. Inteligencia informaba de los contactos que se estaban llevando a cabo entre el nuevo gobierno transalpino y los aliados. Era el momento de poner en marcha Alarico. La península helénica pasaba a un segundo plano.

A mediados de agosto se inicia la entrada de las tropas germanas en el norte del territorio italiano. Oficialmente no era una invasión, sino una maniobra de colaboración con un estado aliado. Italia seguía en guerra y los alemanes fueron recibidos con regocijo en varias localidades.

El 15 de agosto Rommel se traslada a Bolonia para asumir el mando del Grupo de Ejércitos B en Italia. Nada más llegar, celebra una reunión con los transalpinos para tratar de organizar la defensa frente a los aliados. Roatta, el jefe del estado mayor del Ejército Italiano negó cualquier acusación de traición, pero ese mismo día su gobierno lanzó la primera propuesta formal a Eisenhower. El clima de desconfianza era patente.

El día 3 de septiembre, los angloamericanos desembarcan en Reggio, al sur de Italia. El 9 lo hacen también en Salerno. Veinticuatro horas antes, Roma había anunciado la firma del armisticio. En ese momento se inicia la operación Eje, la cual se llevo a cabo con gran éxito. El 19 las tropas de Rommel anuncian la captura de 82 generales italianos, 13.000 oficiales y 400.000 soldados, de los cuales 183.000 ya se habían enviado al Reich.

Los alemanes no consiguieron expulsar a los angloamericanos de la península itálica pero, gracias a las operaciones Alarico y Eje, lograron asentarse firmemente sobre el terreno a pesar de la defección de su principal aliado. Por lo que se refiere al papel de Rommel, este no ejerció mando de primera línea. Se mantuvo en el norte del país, pero defendió constantemente que se crease un mando unificado para todas las tropas de la zona (el mariscal solo comandaba el grupo de Ejércitos B, que no englobaba a todas las divisiones germanas en aquel teatro de operaciones). Las reclamaciones del suabo surtieron efecto, pero este no se benefició de este triunfo; cuando se unifico el mando, el militar encargado de asumirlo no fue Rommel sino Kesselring.

Los días de Rommel en Italia no fueron felices. Entre otras cosas, El militar descubrió de primera mano los métodos de las tropas de las SS, las cuales asesinaron a varios judíos en las proximidades de su cuartel general, radicado cerca del Lago de Garda. Fue en aquella zona donde se alojó Mussolini tras ser rescatado por comandos alemanes de su cautiverio. El mariscal aprovechó la situación para llamar al dictador y, en una agría conversación telefónica, le reprochó la falta de cooperación italiana en las campañas de África. La crítica no era gratuita. A consecuencia de la operación Eje los soldados de Rommel habían descubierto varios depósitos con pertrechos militares italianos que databan de 1941-42, cuando los transalpinos habían reiterado en numerosas ocasiones a los germanos que no enviaban más suministros al Panzer Gruppe simple y llanamente porque no los tenían.

Finalmente, a Rommel le encomendaron la que iba a ser su última gran tarea. Él, junto con el estado mayor del Grupo de Ejércitos B, debía dirigirse a Francia, donde se preveía un desembarco anfibio angloamericano para la primavera próxima. El 21 de noviembre, posiblemente con alivio, abandonó Italia para no volver jamás.

lunes, 29 de marzo de 2010

Rommel IX


Tras el agotador primer enfrentamiento en El Alamein, Rommel se encontraba derrengado. Su salud había empeorado considerablemente y, tras su prolongada estancia en el desierto, saltaba a la vista que necesitaba alejarse un tiempo del frente. Se designó como sustituto al general Stumme, quien tampoco gozaba de una salud extraordinaria. Este llegó el 19 de septiembre al teatro de operaciones y Rommel le cedió el mando el 22. Al día siguiente, el suabo abandonó África, no sin antes asegurarle a Stumme que tenía la firme intención de volver en caso de que la situación empeorase. El día 23, el Zorro del Desierto se reunió con Mussolini en Roma y después, ya en Berlín, se encontró con Hitler, quien le recibió con palabras de elogio a pesar del fracaso en el asalto a Egipto. El mariscal planteó nuevamente a los dos dictadores el problema de los suministros, y volvió a recibir de ambos garantías de que este asunto mejoraría. En Alemania, el militar se alojó temporalmente en casa de Göbbels -aparte del Führer, el único de los altos jerarcas nazis con quien el suabo mantenía una buena relación- y el día 30 se dio una recepción en su honor. Tras esto, Rommel se retiró a los alpes austriacos a reposar.


Segunda Batalla de El Alamein

El 24 de octubre Rommel recibe una llamada telefónica del OKW, concretamente de Keitel. Este le informó de que la situación había empeorado considerablemente. Los británicos habían iniciado lo que a todas luces era una ofensiva de gran magnitud. Keitel preguntó al suabo si, dadas las circunstancias, estaría dispuesto a volver a África. El Zorro del Desierto contestó afirmativamente. Poco después, el propio Hitler llamó a Rommel en dos ocasiones. La primera fue simplemente para informarle del estado de las cosas en Egipto, pero en la segunda le dejo claro que el panorama era realmente sombrío y le pidió que volase al frente y asumiese nuevamente el mando del Panzerarmee. El día 25, el mariscal toma el avión de vuelta.

La Segunda Batalla de El Alamein había comenzado el 23 de octubre, cuando 450 piezas de artillería inglesas rompieron el fuego contra las posiciones italoalemanas. Montgomery lanza entonces un ataque frontal en el que pretende hacer valer su manifiesta superioridad material para atravesar las líneas enemigas. En aquellos momentos, el equilibrio de fuerzas se había decantado definitivamente del lado británico. La RAF era la dueña y señora de los cielos; los carros británicos -más de un millar- duplicaban a los del Eje -quinientos, de los cuales solo doscientos eran alemanes-; y la infantería de Rommel (80.000 soldados) apenas suponía una tercera parte de la del VIII Ejército (250.000 hombres).

Durante la ausencia de Rommel, las tropas italogermanas se alinearon en posiciones defensivas a lo largo del frente de El Alamein y trataron de prepararse para lo que se les venía encima. Su escasez de suministros, principalmente de combustible, continuaba dificultando enormemente las maniobras. No obstante, al haber dispuesto de tiempo para atrincherarse y hacerse fuertes sobre el terreno -se habían tendido campos densamente minados- los comandantes del Panzerarmee confiaban en tener la suficiente capacidad para afrontar una batalla puramente defensiva.

El día 25, al poco de iniciarse el asalto y cuando parecía que se estaba conteniendo el ataque inglés, Stumme apareció muerto, posiblemente por un ataque al corazón. Afortunadamente, Rommel llegó ese mismo día a la zona de operaciones. Nada más hacerse cargo de la situación, el suabo transmitió a todas las unidades un mensaje simple:

“He asumido el mando de nuevo. Rommel”

El mariscal planteó entonces una defensa basada en pequeños contraataques locales para tratar de frenar el ímpetu británico. En parte, y solo en parte, lo consiguió. El 27 Montgomery detiene momentáneamente la ofensiva. Con todo, eso no sirvió para que su oponente se hiciese ilusiones. El alemán llega incluso a escribir a su mujer considerando posible la eventualidad de no volver con vida de África.

El 28 los británicos se lanzaron nuevamente al ataque y, esta vez sí, consiguieron que la presión fuese insostenible para los italogermanos. Montgomery no estaba efectuando ninguna maniobra audaz; simplemente se limitaba a hacer valer sus superiores medios humanos y materiales para derrotar a sus enemigos en una batalla de desgaste. Y en ese momento lo estaba empezando a conseguir. El día 29 Rommel se comunica por radio con Cavallero y solicita urgentemente 6000 soldados de refuerzo y una mejora radical en el aprovisionamiento, pero sus peticiones volvieron a caer en saco roto. El suabo se daba cuenta de que el triunfo de los ingleses era solo cuestión de tiempo y que estos, antes o después, terminarían por desbordar sus líneas. Por ello, ordena que se empiece a explorar la posición de Fuka, 100 Km a retaguardia, como posible punto de reunión tras la inevitable retirada. Pero el militar alemán se daba cuenta de que esta no iba a ser fácil. La mayor parte de las formaciones italianas de infantería carecían de medios de transporte, lo que provocaría sin duda que cayesen en manos de los anglosajones tan pronto como estos se abriesen paso en El Alamein. Además, el comandante del Panzerarmee sabía que, una vez perdido este enclave, el amplio espacio del desierto no le iba a dar ninguna facilidad para establecer un nuevo frente en el que frenar al poderoso VIII Ejército. Pero el momento de la ruptura se estaba acercando sin remedio. Sus soldados no daban para más, y sus fuerzas acorazadas se habían visto reducidas a 230 carros (solo 90 alemanes), mientras que sus oponentes contaban todavía con unos 800.


Operación Supercarga

En la madrugada del día 2 Montgomery inicia la que iba a ser la última fase de su asalto. Rommel se dio cuenta inmediatamente de que era el fin. En los primeros compases de esta operación consiguió provocar considerables bajas a los ingleses, pero no había remedio. Sus fuerzas también se habían visto dramáticamente mermadas y él, al contrario que sus adversarios, no tenía ninguna posibilidad de reponerlas. Tras el combate, al Afrika Korps le quedaban únicamente una treintena de carros, fuerza que el suabo pretendía utilizar como cobertura para permitir que sus formaciones de infantería se retirasen hasta Fuka, salvando de este modo al máximo número posible de estas. A las 11:30 del día 3 transmite sus intenciones al OKW y queda en espera de su aprobación. La respuesta que recibió un par de horas después, procedente del propio Hitler, le dejo completamente descolocado.

“No se debe retroceder ni un paso” ordenaba el dictador germano, antes de concluir “por lo que se refiere a sus tropas, puede enseñarles que no hay más que dos caminos: la victoria o la muerte”

Fue el punto de ruptura en las relaciones entre el militar y el dictador. Hasta entonces, Rommel siempre había tenido fe en el buen hacer del Führer, y este la había correspondido depositando en él una confianza especial. Sin embargo, durante la batalla de El Alamein Hitler no solo desoyó la llamada de socorro del mariscal, sino que además le impuso un proceder que significaba la condena del Panzerarmee a la destrucción. El militar obedeció la orden durante 24 horas, tiempo suficiente para que la desesperada situación se convirtiera en crítica. Durante este intervalo, a pesar de estar agobiado por incesantes dudas sobre la conveniencia de seguir las indicaciones recibidas desde Berlín, se dirigió a von Thoma -comandante en aquel momento del Afrika Korps- y le prohibió terminantemente la retirada. Sin embargo, a pesar de que Rommel cumplió con lo que le mandaban, fue en aquellas horas cuando comenzó a dudar, no solo sobre la manera en que el OKW había encarado esta batalla en concreto, sino también sobre la dirección política y militar de Alemania en general. Fue la primera ocasión en la que, en su cuartel general, le oyeron comentar que el Führer debía ser un lunático absoluto, lo que habría sido impensable hacia apenas unas semanas.

La mañana del 4 de noviembre Kesselring le comunicó al suabo que no era necesario atenerse a las instrucciones de Hitler a rajatabla. No se sabe si esto tuvo influencia en el posterior proceder de Rommel, pero lo cierto es que este ordenó finalmente el repliegue de sus tropas a las tres y media del día 4. Desde el día 2, le estaban llegando informes alarmantes acerca de que las divisiones italianas se estaban viendo dominadas por el pánico y dejaban de ofrecer resistencia. El Afrika Korps estaba destrozado y su comandante, von Thoma, había caído prisionero. Por lo que respecta a sus superiores, el mando italiano, el cual sabía que una retirada condenaba a sus formaciones de infantería a caer en manos de los británicos -lo que de hecho ocurrió-, se opuso a los planes de Rommel. Pero este ya no hizo caso. Había perdido 24 horas irrecuperables y no pensaba desperdiciar ni un segundo más. La noche del 4, el suabo recibió a posteriori desde cuartel general de Hitler la aprobación a sus acciones. Este cambio en la opinión del alto mando alemán posiblemente estuviese influenciado por la actitud de Kesselring, quien ese mismo día había contactado con Berlín dando su apoyo a la retirada del Panzerarmee.

Pocos días después, en concreto el día 8, los angloamericanos desembarcaban en el otro extremo del continente, amenazando de este modo las posiciones del Eje en África también desde el Oeste. Hitler y el OKW tardarían en aceptarlo, pero la cuenta atrás había comenzado sin remedio.


La retirada.

Tras la derrota de El Alamein, Rommel no tenía intención de presentar batalla -ni en Fuka ni en el resto de enclaves que encontrase a lo largo de su marcha- durante más tiempo que el necesario para permitir a los escasos hombres que le quedaban escapar hacia el oeste. El suabo sabía que sus unidades, o lo poco que quedaba de ellas, no estaban en condiciones de enfrentarse al VIII Ejército, al cual parecían no afectarle las bajas. Rommel había perdido a la mayor parte de sus infantes italianos, y sus tropas móviles alemanas eran un espectro del antaño orgulloso Afrika Korps. Cuando el Zorro del Desierto llegó a la frontera libia le quedaban únicamente 7500 hombres (5000 alemanes y 2500 italianos), una treintena de tanques, 60 cañones (entre antiaéreos y anticarros) y 65 piezas de artillería. Fuerzas insuficientes, no ya para iniciar una contraofensiva, sino también para ofrecer algo parecido a una resistencia seria a Montgomery. Por ello, se dedicó a retroceder ordenadamente sin arriesgarse a perder las pocas tropas que le quedaban. Cada vez que los ingleses trataban de tomar las posiciones en las que se hallaban los hombres del suabo, estos la abandonaban y se atrincheraban en otra más al oeste, siguiendo la línea que pocos meses atrás habían recorrido en sentido contrario. La primera fase de esta operación se realizó de forma muy rápida. El 12 la retaguardia del Panzerarmee abandonó Tobruk en dirección oeste, y el 13 sus tropas de vanguardia alcanzaron Mersa el Brega.

Durante esas jornadas Rommel solicitó a Kesselring y a Cavallero que mantuviesen una reunión con él para acordar cual debía ser la misión del Panzerarmee en aquellos momentos, pero ambos se negaron a acudir. El suabo estaba comenzando a intuir que la retirada no podría detenerse hasta la zona de Túnez, lugar donde estaban empezando a llegar considerables refuerzos germano italianos para hacer frente a las tropas desembarcadas recientemente en el occidente africano. El mariscal entendía que cualquier defensa organizada más al este antes de reunirse con estos refuerzos estaba condenada al fracaso. Montgomery avanzaba cautelosamente, pero no daba un solo paso en falso. Cada vez que llegaba a una posición, la tomaba sin prisa pero sin pausa apoyándose en su incontestable superioridad. Mientras no hubiese posibilidad de reducir ese desequilibrio de fuerzas, no tenía sentido enfrentarse a la apisonadora inglesa.

A pesar de la desastrosa situación de sus tropas, el 20 de noviembre Rommel recibe un mensaje de Hitler en el que se le ordenaba mantener la posición de Mersa el Brega “a cualquier precio”. Ese mismo día, el mariscal mantiene una conversación con von Luck (un oficial de la 21ª Panzer) y, entre otras críticas a Hitler, le comunica con franqueza que cree que la guerra está perdida. Pocas jornadas después, el día 24, comandante del Panzerarmee se entrevista con Cavallero y con Kesselring y les muestra sin ambages su preocupación. La británicos, sostiene el suabo, estarán en posición de tomar Mersa el Brega en menos de un mes. En la operación era de prever que empleasen varios centenares de carros, y los italoalemanes seguían disponiendo solo de unos treinta. En el aire, la RAF seguía siendo la dueña del cielo. En definitiva, la situación no había mejorado nada desde la derrota de El Alamein. Dadas las circunstancias, Rommel volvió a insistir en la necesidad de trasladar al Panzerarmee a Túnez para unirlo a los refuerzos del Eje. Juntando estas fuerzas, pensaba el mariscal, se podría hacer frente a los angloamericanos al menos durante algún tiempo.

El día 28 Rommel cogió un avión y se plantó ante Hitler. Con anterioridad, en varias ocasiones había enviado a intermediarios para que le explicasen al Führer el desastre que se cernía sobre las tropas del Eje en África. Dada la falta de éxito de estas gestiones, el suabo decidió acudir en persona, confiando en que el mandatario no haría oídos sordos a sus informes si los presentaba el directamente, pero se equivocó. El dictador fue presa de un ataque de ira y reprochó a Rommel el hecho de haber abandonado sin permiso el teatro de operaciones. Y no se paro ahí. Hitler parecía convencido de que el Panzerarmee había tirado la toalla sin luchar, y le echo en cara a su comandante la presunta falta de firmeza de sus tropas. Con todo, tras concluir con su diatriba, el dirigente germano prometió por enésima vez a su mariscal que los suministros mejorarían. Con este fin, ordenó a Göring que se trasladase junto con Rommel a la capital italiana para tratar con Mussolini acerca de la reorganización del abastecimiento a los soldados desplegados en el norte de África.

Tras la reunión con Mussolini, reunión en la que también participó Kesselring, en principio no se autorizó a Rommel a continuar retirándose, postura que se adoptó entre otras cosas debido a la intransigencia de Göring. No obstante, el Duce, quien temía que su infantería volviese a quedar expuesta a caer en manos de los británicos, dio su conforme a que el Panzerarmee emplease una táctica más flexible, permitiendo con ello el repliegue de las unidades italianas en caso de necesidad. Después de esto, Rommel volvió a África el 2 de diciembre.

Amparado en el permiso de Mussolini, el comandante del Panzerarmee empieza a hacer retroceder a sus unidades el día 10. La siguiente posición que eligió Rommel fue la de Buerat. Otro enclave que, en palabras de Göring, “había que conservar a cualquier precio”. Sin embargo, el suabo no pensaba permitir que se aniquilase a sus tropas defendiendo localidades que no tenían la más mínima importancia estratégica y continuó presionando para que se le autorizase a continuar su escapada hacía el oeste. Finalmente el día 27, una vez que Mussolini autoriza el repliegue final hacía Túnez, Rommel se pone nuevamente en movimiento. En esta ocasión, el suabo actuará más despacio, tratando de contener a los británicos lo máximo posible a través del territorio libio. Ya en 1943, el 15 de enero logra incluso ejecutar un exitoso contraataque en el que destruye varios carros ingleses. Pero el Zorro del Desierto no se hacía ilusiones. Tras este contragolpe, retrocede hasta Trípoli, ciudad que empieza a ser atacada por los británicos el 19. Los italoalemanes resisten tres días, hasta que Montgomery inicia una maniobra de envolvimiento y Rommel ordena abandonar la posición el 22. Seguía sin tener ni hombres ni suministros para plantear una defensa adecuada. Y quedarse en la capital libia suponía caer sin remedio en un cerco del que no habría la más mínima probabilidad de salir.

Tras abandonar Trípoli, Rommel ordena iniciar la fortificación de la posición de Mareth, ya en territorio tunecino. No obstante, advirtió al alto mando que esta línea tampoco se podría mantener a menos que se recibieran finalmente los suministros y refuerzos necesarios. Y sobre esto, el Zorro del Desierto no se hacía demasiadas ilusiones. Incluso aunque la situación de su aprovisionamiento mejorase y recibiese tropas de refresco, el suabo ya ni siquiera concebía como adecuada una resistencia indefinida en Túnez, sino que optaba por una defensa flexible que permitiese un repliegue ordenado hacía el sur de Europa. Rommel presentía que sus días en África estaban tocando a su fin.

lunes, 15 de marzo de 2010

Rommel VIII


El 21 de junio, Churchill se encontraba en Washington tratando junto con Roosevelt los planes sobre las futuras operaciones de los aliados. Repentinamente, se acercó un oficial al presidente norteamericano y le alcanzó un papel. Este lo leyó, lo leyó una segunda vez y, sin preámbulos de ningún tipo, se lo paso al premier británico.

“Se ha rendido Tobruk y se han tomado 25.000 prisioneros” leyó el inglés (en realidad fueron mas de 30.000)

Churchill inicialmente se mostró incrédulo. Pidió confirmación a Londres y esta llegó a los pocos minutos. En ella, el almirante Hartwood señalaba:

“Ha caído Tobruk. Situación tan deteriorada que cabe posibilidad de intenso ataque aéreo contra Alejandría en futuro próximo. Como cerca luna llena, envió todas las unidades de la flota oriental al sur del canal en espera de acontecimientos”

El golpe fue demoledor. Tobruk, la fortaleza que el año anterior había resistido durante varios meses a las tropas del Eje, había cedido en esta ocasión al empuje italoalemán en tres días. El líder británico estaba desconsolado y el presidente estadounidense trató de levantarle el ánimo:

“¿Cómo podemos ayudarle?” Preguntó

“Dennos ustedes todos los Sherman de los que puedan disponer y envíelos de inmediato al Próximo Oriente” contestó decidido el inglés

A consecuencia de esta conversación, Roosevelt ordenó que se preparase todo lo necesario para que se despachasen inmediatamente 300 Sherman americanos a Egipto. Estos carros, junto con gran cantidad de pertrechos bélicos de otros tipos, iban a llegar a la zona en el momento crítico. El apoyo estadounidense a la causa británica en el norte de África empezaba a notarse de manera palpable justo cuando sus aliados más lo necesitaban.


¿Malta o Egipto?

Tras la toma de Tobruk, el alto mando germanoitaliano se enfrentó de nuevo al dilema de, o bien dedicar sus energías a tomar Malta deteniendo mientras tanto las operaciones del Panzerarmee; o bien centrarse en aprovechar el impulso de las victoriosas tropas de Rommel para tratar de expulsar a los británicos de Egipto, posponiendo el asalto de la isla para más adelante. El suabo se decantaba por esta segunda opción ya que entendía que dar un respiro a los ingleses suponía perder la iniciativa que tanto le había costado conseguir. Era obvio que los anglosajones, con el apoyo de los suministros americanos que estaban empezando a llegar en gran cantidad, estaban dispuestos a hacerse fuertes en Egipto y a impedir el paso a los soldados del Eje. Y cuanto más tiempo diesen a los Tommys, mejor preparados estarían estos para enfrentarse a los italogermanos. Por ello, aunque con algunas opiniones en contra (como la de Kesselring que optaba por lanzarse a por Malta), tanto Hitler como Mussolini dieron su visto bueno a Rommel para que continuase su avance.

Al suabo su instinto le decía que había que darse prisa. Los británicos, gracias al continuo flujo de suministros que recibían, no tardarían en estar recuperados de sus recientes derrotas. Al Panzerarmee, por el contrario, los pertrechos y refuerzos le llegaban con una lentitud preocupante. El teatro africano era continuamente puesto en segundo planto en beneficio del frente ruso. En este, la Wehrmacht lanzaba el 28 de junio su segunda gran ofensiva contra la Unión Soviética: la operación azul; el plan con el que los alemanes pensaban acabar definitivamente con el imperio de Stalin y que, a la postre, les llevaría a perecer entre la ruinas de la ciudad rebautizada con el nombre el dictador bolchevique.

Pero para esto todavía faltaban varios meses. Y todavía, a comienzos del verano de 1942, parecía que nada iba a poder frenar la victoriosa marcha de las tropas germanas tanto en Rusia como en África.


El final del camino: la primera Batalla de El Alamein

Tras recibir la conformidad de Hitler y Musolini, Rommel se puso nuevamente en marcha. El comandante del Panzerarmee estaba convencido de que no era conveniente conceder ni un minuto a los anglosajones ya que cada día que pasase estos se harían más fuertes. El tiempo, como siempre, volvía a correr en contra del Zorro del Desierto. Y, para complicar más las cosas, la posición del Eje era extraordinariamente precaria. En aquellos momentos, los italogermanos contaban con apenas medio centenar de tanques y con tan disminuidas fuerzas de infantería que, por mucha prisa que se diesen, iba a ser extraordinariamente difícil triunfar sobre sus adversarios.

Los acontecimientos iniciales parecieron dar la razón al mariscal germano. Tras reanudar su marcha, los soldados del Eje lograron otra victoria al rodear y tomar Marsa Matruh, ya en territorio Egipcio, el día 29 de junio. Al día siguiente, las tropas germanoitalianas llegan El Alamein. En esta zona, situada a unos 100 km al oeste de Alejandría, el frente queda reducido a un cuello de botella de 60 km entre el mar al norte y la depresión de Kattara -un terreno arenoso y pantanoso impracticable para los ejércitos- al sur. Y en ese estrecho frente fue donde los británicos se posicionaron para volver a presentar batalla.

Rommel llegó a el Alamein con unas fuerzas reducidas hasta el extremo: menos de cincuenta tanques y 18.000 soldados agotados hasta la extenuación. Sus enemigos alineaban frente a él 40.000 hombres y 150 carros. Además, contaban con alrededor de 800 cañones. Rommel era consciente del desequilibrio de fuerzas, pero se lanzó al ataque confiando en que se pudiese desbordar la posición de El Alamein gracias a la superioridad de maniobra de sus tropas. Se equivocó. El suabo atacó “en caliente” tan solo 24 horas después de alcanzar la posición, el día 1 de julio, pero fracasó. Un intento de relanzar la ofensiva realizado la jornada siguiente fue igualmente frenado por los soldados del Imperio Británico.

Los ingleses sabían que se estaban jugando su supervivencia en Egipto. Su posición no solo en el norte de África, sino en todo el Oriente Próximo, se vería desmontada si Rommel conseguía pasar de El Alamein. Por ello, pusieron toda la carne en el asador para frenar al general germano. Para apoyar a las tropas de tierra, la RAF desplegó en la zona todo lo que fue capaz de conseguir. Esto, unido al hecho de que los aviones británicos operaban desde bases muy cercanas al frente, dio a los anglosajones una superioridad aérea apabullante. Los aparatos ingleses se mostraban eficaces en extremo a la hora de desarbolar las formaciones enemigas. La Luftwaffe, por el contrario, operaba desde aeródromos muy lejanos a la zona de combate y se reveló como incapaz de hacer sombra a sus adversarios. En tierra, los soldados del VIII Ejército se mantuvieron fuertes en sus posiciones defensivas y no dejaron que los ataques de Rommel les hiciesen flaquear. Para el mariscal aleman, aquello era una mala señal. Los británicos se estaban mostrando mas firmes que de costumbre. Algo no marchaba bien. Al Panzerarmee le empezaban a fallar las fuerzas.

Rommel se decidió a dar a sus hombres un respiro y no volvió a pasar a la ofensiva hasta el día 10. No obstante, esta maniobra se vio frustrada porque sus oponentes se lanzaron preventivamente contra las divisiones italianas Trento y Sabratha. Los días 15, 16 y 17 fueron los australianos y los neozelandeses los que atacaron a las tropas del Eje, forzando al Panzerarmme a emplearse a fondo para detenerlos. Le gustase o no, Rommel había perdido la iniciativa. Los italogermanos no consiguieron en ningún momento romper el frente enemigo y se enzarzaron en un toma y daca contra fuerzas numéricamente superiores que además tenían mucha más facilidad para reponer sus bajas.

Las fuerzas de Rommel continuaban padeciendo su habitual escasez de suministros. Los pertrechos del Eje sufrían un problema similar al apoyo aéreo. Eran desembarcados en puertos que estaban muy alejados de la zona de combate y debían ser trasladados durante centenares de kilómetros por carretera, desde los puertos hasta el frente. Y esta situación se agravaba con cada avance. Cuantos más éxitos conseguía el Panzerarmee y más se alejaba hacía el este, más aumentaban sus problemas logísticos y sus dificultades para seguir en pie de guerra.

El día 17 visitaron a Rommel los generales Kesselring y Cavallero, interlocutores ante los que el suabo no se anduvo con rodeos.

“Si no se hace algo decisivo en el aspecto del aprovisionamiento, estamos ante una derrota total”.

Pero la situación apenas mejoró. Los días 21 y 22 se repitieron los ataques de los neozelandeses y australianos que, si bien lograron ser detenidos por la 21ª Panzer, mostraron definitivamente a las claras que no sería posible atravesar El Alamein en una batalla rápida. El estancamiento, precisamente la situación que el mariscal germano había deseado evitar, era un hecho.

Para empeorar más las cosas para Rommel, su unidad de interceptación de mensajes fue destruida en esta batalla. A esto se unía el hecho de que la fuente que le pasaba informes desde el Cairo se silenció el día 29, justo antes de iniciarse los combates por El Alamein.

Finalmente, tras los últimos enfrentamientos se produjo una pausa en los combates, pausa que ambos bandos necesitaban. La batalla, que pasaría a la historia con el nombre de 1ª Batalla de el Alamein, termino en tablas, pero este era un resultado engañoso. Aunque las bajas en ambos bandos fueron similares, el panorama en conjunto era mucho peor para el Eje que para los anglosajones. Rommel no sabía cuando iba a poder recuperarse de sus pérdidas, mientras que sus enemigos recibían continuamente tropas de refresco y suministros desde todos los territorios y aliados británicos. Los pertrechos bélicos estadounidenses estaban asimismo llegando en gran cantidad a Egipto para apoyar el esfuerzo de guerra de sus compañeros de armas.


Los refuerzos del Panzerarmee por el contrario llegaban con cuentagotas. Había recibido por aire una división ligera y una brigada paracaidista, pero ninguna de estas unidades disponía de armamento pesado. Llegó también al frente la división acorazada italiana Littorio. Asimismo, empezaron a hacer su aparición nuevos carros alemanes a la zona. Pero, pese a los refuerzos, el cansancio empezaba a hacer mella en sus hombres, e incluso en el propio Rommel, quien el 7 de agosto escribía a su mujer:

“Con que alegría pegaría un salto y me plantaría en Alemania. Pero hay demasiadas cosas que dependen de las próximas semanas”.


Montgomery entra en escena

El mismo día en que Rommel escribía a su esposa haciéndole saber sus ganas de volver al hogar, un caza alemán abatió un solitario avión de reconocimiento británico que transportaba al general Gott, militar designado por Churchill para comandar el VIII Ejército. Tras este percance el primer ministro británico, quién inicialmente no sentía ninguna predisposición a otorgarle a Montgomery el mando de esta formación, no tuvo otro remedio que reconsiderar su negativa y dar su brazo a torcer.

El nombramiento de Montgomery fue conocido por los alemanes el 15 de agosto. Nada más enterarse de la noticia, Rommel se hizo traer toda la información que hubiese disponible sobre este nuevo adversario. Tan pronto como la hubo revisado, concluyó:

“Es precavido. No corre ningún riesgo. Su fórmula es la superioridad material. Es un hombre peligroso.”

El juicio era acertado. Los británicos iban por fin a estar comandados por alguien que iba a saber aprovechar la superioridad de la que, tanto en términos humanos como materiales, gozaban. Montgomery estaba decidido a mantenerse en El Alamein hasta que esta superioridad fuese tan aplastante que pudiese abalanzarse sobre el Panzerarmee y partirle el espinazo a la formación italogermana. Y con la gran cantidad de material bélico y tropas que en aquel momento estaban desembarcándose en Egipto, esa situación se daría más temprano que tarde. Rommel decide entonces embarcarse en su última gran jugada. El tiempo apremia y sus informes le indican que para mediados de septiembre la fuerza del VIII Ejército puede ser tal que sea imposible hacerle frente. Por ello, con un ojo en el reloj y otro en el indicador de gasolina, Rommel ordena lanzarse al ataque el 30 de agosto de 1942. Pero esta vez la fortuna no le iba a sonreír al germano.

El último intento de Rommel por desbordar la posición de El Alamein no fue bien. Solo disponía de 470 carros (200 de ellos alemanes) frente a los 700 de Montgomery. El suabo trató de repetir la maniobra de Gazala: amagar en el norte y golpear en el sur. Pero su cauto rival le estaba esperando. Los servicios de espionaje aliados habían alcanzado a estas alturas del combate una efectividad muy superior a la de sus enemigos, lo que daba lugar a que el comandante del Panzerarmee fuese un jugador con cartas marcadas. Sus planes eran conocidos de antemano por sus enemigos, quienes no se dejaron impresionar por las maniobras de distracción en el norte del frente y dedicaron toda su atención a frenar las embestidas del mariscal germano en el sur, en la zona de Alam Halfa. El resultado fue que el ataque fracasó en menos de 72 horas. El suabo, al ver que el enemigo no cedía, dio por terminada la batalla el día 2 de septiembre. Rommel comprendió acertadamente que no tenía sentido continuar empeñándose en atacar un muro cuando era evidente que no tenía fuerzas para romperlo. Por ello, desistió de continuar cuando sus pérdidas todavía no eran graves.

Y ahora la pregunta: ¿cuales fueron las causas de la derrota de Rommel en el Alamein?
Básicamente, pueden resumirse del siguiente modo:

-Las unidades del Eje andaban escasas (incluso más de lo habitual) de suministros y, en especial, de gasolina. Esta escasez dificultaba sobremanera las maniobras del Panzerarmee.

-La potencia aérea aliada. La RAF, por primera vez en la contienda, consiguió una superioridad aérea total en la zona. Los aparatos ingleses hostigaban continuamente a las formaciones italogermanas y las fuerzas aéreas del Eje se mostraron incapaces de enfrentarse con efectividad a los aviones de sus enemigos.

-El espionaje británico. Los ingleses habían logrado que sus servicios de información se enterasen de los movimientos y plantes de sus adversarios con una exactitud impresionante. Montgomery conocía perfectamente las intenciones de Rommel, lo que privó a este de una de sus armas clave: la sorpresa.

-Y por último, Montgomery. El general británico estaba decidido a no seguir lanzando al combate formaciones fraccionadas frente a las que Rommel pudiese lograr victorias. Por el contrario, sabiendo que sus tropas eras superiores en número y estaban mejor pertrechadas, optó por una estrategia que no era en absoluto audaz, pero que, a la larga, le garantizaba la victoria. Esta consistía en mantenerse firme en unas posiciones defensivas fuertes frente a un enemigo del que se conocían los planes y que, además, era inferior en número. El inglés esperaba detener a los italoalemanes en una batalla a la contra tras la que, una vez que se hubiese terminado con la capacidad ofensiva de sus adversarios, sería el momento de lanzar sus unidades al ataque.

El historiador y militar británico David Fraser añade además otra razón. Según él, Rommel “por primera vez en su vida, no creía en lo que estaba haciendo”. Y posiblemente tenga razón. Dados los factores mencionados anteriormente, lanzarse a la ofensiva era algo inusual, incluso para Rommel. El problema es que no tenía otra alternativa. Haber permanecido ante El Alamein sin atacarlo hubiese supuesto que a la larga los británicos serían lo suficiente fuertes como para arrollarle. Es decir, en definitiva, una vez frente a El Alamein, al germano no le quedaba más opción estratégica que atacar a sus adversarios e intentar tomar la posición y sobrepasarla. Hoy sabemos que el mariscal alemán no ganó, y ni siquiera estuvo cerca de alzarse con la victoria, pero esto no implica que en la situación en la que se encontraba -incluso con todos los factores en contra que hemos mencionado- la opción de atacar fuese en absoluto inadecuada. De hecho, era la única manera de actuar en la que cabía pensar si todavía se pretendía lograr una victoria estratégica en África. Y Rommel ya había logrado éxitos en situaciones desventajosas.

Rommel se había enfrentado a fuerzas superiores en los meses previos y había salido victorioso en muchas ocasiones. Rommel siempre había estado escaso de gasolina y, por lo general, logró encontrar el modo de forzar a sus tropas a avanzar manteniendo el ritmo. Rommel continuamente había adolecido de peores servicios de información que los británicos y, a pesar de ello, consiguió ejecutar sus ataques en medio de una sorpresa absoluta de sus adversarios. Pero en El Alamein todo esto se acabó. Era demasiado, incluso para Rommel. Al Zorro del Desierto no le quedaba ningún triunfo por jugarse y no pudo hacer frente a todos los factores que tenía en su contra en el campo de batalla Egipcio. Con su derrota, el Eje perdió definitivamente cualquier posibilidad de lograr un desenlace decisivo favorable a su causa en el norte de África.

domingo, 28 de febrero de 2010

Rommel VII



Cambian las tornas

El principal motivo de los éxitos británicos en las últimas semanas de 1941 no hay que buscarlo en tierra, sino en el mar. Tanto la Royal Navy como la RAF habían impuesto un creciente peaje a los envíos italogermanos de material bélico a África. Durante los meses de julio y agosto, el porcentaje de pérdidas no superó el 20%, pero en septiembre se llegó al 28%, y en noviembre alcanzó la astronómica cifra del 63%. Si además atendemos específicamente a las pérdidas de combustible, estas se elevaban al 92% del total despachado por el Eje al continente africano. En definitiva, Rommel estaba librando una batalla con unas divisiones cuyos depósitos de gasolina estaban en la reserva.

A finales de 1941, la superioridad británica tanto en el mar como en el aire estaba empezando a ser abrumadora; pero del mismo modo que la ofensiva alemana sobre la URSS había trastocado el panorama bélico apenas seis meses antes, el ataque japones a Pearl Harbour en diciembre iba nuevamente a cambiar por completo la situación militar en el teatro norteafricano.

Tras Pearl Harbour, los nipones se lanzaron a una serie de ambiciosas operaciones en el sudeste asiático entre cuyos objetivos se hallaban varias de las posesiones coloniales inglesas en esa parte del globo. Los primeros golpes del nuevo combatiente fueron devastadores. En el mar, el 10 de diciembre aviones japoneses hundían al Prince of Wales -superviviente del combate con el Bismarck- y al Repulse. En tierra, las tropas del Imperio del Sol Naciente toman el 15 de Febrero la ciudad de Singapur, la perla de los territorios británicos en la zona.

La entrada del Japón en la guerra provocó que los ingleses, quienes hasta ese momento habían podido dedicar la mayor parte de sus esfuerzos al Mediterráneo, tendrían a partir de ahora que prestar atención a un nuevo frente. Ciertamente, la entrada de EEUU en la guerra iba a suponer a la larga que la balanza de fuerzas se inclinase irremisiblemente del lado aliado. Sin embargo, durante varios meses el coloso norteamericano no iba a poder desarrollar todo su potencial; y durante ese tiempo, el Reino Unido iba a encontrar más inconvenientes que ventajas en esta nueva situación.

Para tratar de adaptarse al nuevo contexto, los británicos desplazaron varios buques de guerra al sudeste asiático. Este movimiento obviamente redujo las fuerzas del Reino Unido en otras partes del globo, y consecuentemente sus efectos se dejaron notar en el Mediterráneo en forma de merma de efectividad de las acciones sobre los convoyes del Eje. Tras la partida de varias unidades inglesas hacia Asia, la marina italiana volvió a estar en situación de superioridad numérica en el Mediterráneo central. Esta posición se tradujo inmediatamente en una mejora del aprovisionamiento de las tropas del Panzer Gruppe en Libia.

A todo lo anterior, hay que unir la neutralización de Malta. El II Fliegerkorps se trasladó desde Rusia a Sicilia y se empleó a fondo contra el enclave en los primeros meses de 1942. Los aviones germanos consiguieron disminuir la efectividad de los ataques que partían desde esa posición. Durante unos meses la isla estuvo más ocupada pensando en defenderse que en organizar golpes contra los convoyes italogermanos.


Se acaba la retirada del Eje.

La primera señal de que las cosas empezaban a cambiar la recibieron los ingleses el 27 de diciembre de 1941. Ese mismo día, las tropas de vanguardia británicas se encontraron con que los italogermanos, en lugar de continuar retrocediendo, defendían con fiereza la posición de Agedabia. La retirada había concluido. El Eje había sufrido una derrota, pero no había sido expulsado de África. El Panzer Gruppe todavía podía combatir.

El 5 de enero Rommel recibe varios carros de combate de refuerzo. Con ellos, los italoalemanes logran una ventaja numérica en la zona. El general suabo contaba a principios de 1942 con 117 tanques alemanes y 79 italianos. No era una fuerza abrumadora, pero si sirvió para que el militar germano se plantease nuevamente la posibilidad de pasar a la ofensiva. No obstante, la simple idea de un lanzarse al ataque después de las últimas derrotas era, para todos menos para Rommel, una locura impensable. Pero, incluso en esta tesitura, el suabo supo sacar partido de la situación. Hizo correr el rumor de que, dado el precario estado de sus tropas, no podía hacer otra cosa que continuar a la defensiva. Los informes que desde el estado mayor del Panzer Gruppe Afrika se pasaron a los altos mandos alemán e italiano apuntaban en esa misma dirección. Los servicios de inteligencia británicos interceptaron estos informes y los militares ingleses los tomaron al pie de la letra, provocando que ente sus tropas se diese un estado de animo similar al de 1941. Los anglosajones estaban nuevamente convencidos de que, en términos generales, habían ganado la partida en África y creían que Rommel había sido definitivamente neutralizado. Solo quedaba esperar que llegasen desde el Reino Unido los refuerzos que permitiesen iniciar un ataque definitivo contra el acorralado Zorro del Desierto. Los británicos, aunque lentamente debido a que tenían que atender a los nuevos frentes abiertos, comentaron a preparar la que debía ser su ofensiva final.


Rommel contraataca

El día 21 de enero de 1942, el mismo en que a Rommel le conceden las espadas para la Cruz de Caballero, el comandante del que sería rebautizado como Panzerarmee Afrika lanza su ataque contra los Tommys. Como en 1941, el desconcierto británico fue absoluto. Los ingleses habían vuelto a cometer el error de subestimar a su contrincante y sus tropas no se encontraban listas para hacer frente al inesperado y violento ataque alemán. En apenas cuatro días, el militar suabo había cosechado un éxito completo. No solo había logrado llevar a cabo una contraofensiva exitosa, sino que además acabó con cualquier posibilidad que tuvieran los anglosajones de lanzarse en breve sobre Trípoli. El objetivo de echar a los italoalemanes de África, que hasta hace poco se veía factible, ahora volvía a estar demasiado lejos. El Imperio Británico volvía a encontrarse luchando a la defensiva. Rommel fue ascendido a coronel general el día 25, la misma jornada en la que sus tropas tomaron Msus capturando 96 carros de combate enemigos.

Uno de los aspectos más remarcables de esta operación es que se realizó con un Panzerarmee muy reducido, ya que en el no participaban las divisiones italianas. El día 23 Rommel había recibido la visita del mariscal Cavallero, quien ordenó al germano detener la operación. Los transalpinos se sentían heridos en su amor propio y no pensaban dar apoyo a una empresa de la que ni siquiera habían sido informados. No iban a participar en lo que, pensaban, era a todas luces una aventura sin sentido de Rommel. El suabo no aceptó interrumpir la maniobra y, en respuesta, Cavallero retiró al militar alemán el mando de las unidades italianas. Pero el general germano no se arredró. Continuó la ofensiva contando solo con las divisiones del Reich y, visto el éxito, parece que el resultado general del ataque no se resintió.

El 29 Rommel tomó Bengasi haciéndose con una gran cantidad de suministros británicos. En poco más de una semana el díscolo general suabo había vuelto a poner todo patas arriba. Cirenaica volvía a estar bajo control del Eje. El día 31, Auchinleck, renunciando a la idea de pasar a la ofensiva, comienza a reforzar la linea de Gazala con el objetivo de establecer una posición de contención al avance germano. Para ello emplea las tropas que deberían haberse usado en el planeado avance inglés que los alemanes había logrado desarbolar.


“Tobruk debe caer”

Tras el éxito cosechado, Rommel abandonó África el día 16 de Febrero para disfrutar de un merecido permiso, pero antes del descaso tuvo que reunirse con Hitler y otros jerarcas. Del mandatario recibió personalmente las espadas para su cruz de caballero y su felicitación. El dictador alemán, aunque seguía prestando prácticamente toda su atención al Frente del Este, respaldó el proceder de su general. El Führer seguía sintiendo una especial predilección por este impulsivo militar. Asimismo, se comprometió a reforzar la presión sobre Malta, con el objetivo de garantizar al comandante del Panzer Gruppe Afrika una mejora en su aprovisionamiento.

Rommel volvió al continente africano el 19 de marzo. Diez días después se reunió con sus oficiales y les dejó claro que, en cuanto fuese posible, él pretendía continuar la presión sobre los británicos. Pero eso no iba a ser una tarea sencilla. Auchinleck había fortificado extraordinariamente una línea que empezaba en Gazala y se prolongaba por el sur hasta Bir el Hacheim. Por ello, durante casi dos meses, el germano estuvo planificando la manera de superar ese obstáculo. En estas jornadas el militar alemán estuvo preparando el plan de la que iba a ser su maniobra más exitosa. Para llevar a cabo esta, las tropas italianas se volvieron a poner bajo sus ordenes. Con ellas, las unidades al mando del germano quedaron del siguiente modo:

X Cuerpo (Gioda)
XXI Cuerpo (Navarrini)
Entre ambos sumaban 4 divisiones de infantería:
Brescia
Sabratha
Pavia
Trento

Deutsches Afrika Korps
-15ª División Panzer (Von Vaerst)
-21ª División Panzer (von Bismarck)
90ª División Ligera (Kleemann)
División Acorazada Ariete (De Stefanis )
División Motorizada Trieste (La Ferla)

El comandante del Panzer Gruppe Afrika dividió sus tropas en dos grupos. Dejó las divisiones de infantería italiana emplazadas en el norte a las ordenes de Crüwell, al tiempo que el asumía personalmente el mando de las tropas móviles que se desplegarían en el sur. El plan de Rommel era que sus formacions de infantería lanzasen un conato de ataque frontal para entrampar en él al grueso de las tropas aliadas. Mientras tanto, sus unidades móviles debían desbordar la línea defensiva inglesa por el sur, tomando Bir el Hacheim. Una vez sobrepasado este punto, las divisiones del Eje deberían girar al norte, copando a los anglosajones y destruyéndolos. El objetivo del Plan, no obstante, era doble. En palabras del propio Rommel, “el Ejército de campaña Británico debe ser destruido y Tobruk debe caer”.

En lo que respecta a las fuerzas, los británicos desplegaban en la zona 850 carros de combate bajo las ordenes de Ritchie, mientras que los italoalemanes solo podían poner en liza 560 tanques, de los que algo menos de la mitad eran modelos italianos. No obstante, Rommel contaba con 48 poderosas piezas de 88 mm, además de con varios modelos de cañones rusos que la Wehrmacht había capturado en el Ostfront. En el aire, con el traslado de aviones desde el Este, la Luftwaffe logro una superioridad temporal en la zona.


El Plan Venezia

El 26 de mayo, al tiempo que las divisiones de Crüwell iniciaban sus operaciones de diversión, Rommel comenzó su movimiento de flanqueo por el sur del frente. Los ingleses no reaccionaron hasta la madrugada del 27, cuando al mando británico le empezaron a llegar noticias alarmantes. Los informes de las tropas de vanguardia hablaban de un gran número de carros blindados, a la cabeza de los cuales se hallaba el propio Rommel. Y los Tommys, igual que los germanos, sabían que allí donde estaba el Zorro del Desierto, allí estaba el frente.

Las tropas del Eje se toparon con una resistencia feroz, no solo por parte de los británicos, sino también por parte de las fuerzas francesas libres que defendían Bir el Hacheim. Además, para complicar aún más las cosas, las unidades de Rommel tuvieron muchos problemas con el suministro en combate, ya que su intendencia no fue capaz de encontrar rutas de aprovisionamiento adecuadas para las formaciones de vanguardia. Pero los italoalemanes consiguieron mantener la situación bajo control. El 1 de julio conquistaban la localidad de Sidi Muftah, tomando 3000 prisioneros y capturando 124 cañones.

Tras la toma de Sidi Muftah, se suceden varias jornadas de golpes y contragolpes lanzados por ambos bandos. En aquellos momentos parecía que todo terminaría en tablas. La batalla estaba siendo demoledora y a Rommel, cuyas fuerzas mermaban a demasiada velocidad, se le acababa el tiempo. Pero finalmente las tropas del Eje consiguieron tomar Bir el Hacheim el 10 de junio. A estas alturas, al Panzerarmee le quedaban tan solo 160 carros de combate alemanes y 70 italianos. El peaje que habían pagado las fuerzas alemanas era elevadísimo, pero el tenaz suabo no iba a parar ahora que el esfuerzo estaba a punto de dar sus frutos.


Tobruk

El 11 de junio comenzó el último movimiento de la magna maniobra de Rommel. El suabo, considerando que había logrado vencer la principal resistencia anglosajona, se lanzó con sus tropas sobre los desarbolados británicos. No se vio automáticamente, pero ya el día 15 el general germano escribió a su esposa en estos términos: “La batalla está ganada. El enemigo se está dispersando.” Era cierto. El VIII Ejército se batía en retirada, Tobruk se encontraba ante los italoalemalemanes y, para el exigente comandante de estos, no había tiempo que perder.

El día 18 el Panzerarmee había concluido el cerco del puerto norteafricano. El 20 la Luftwaffe lanza un bombardeo sobre la ciudad para “ablandar” las defensas de esta e inmediatamente después se inician los ataques por tierra. La presteza con que los soldados del Eje ejecutaron el asalto impidió que los ingleses repitiesen la gesta de mantener el enclave en sus manos. En esta ocasión, los británicos no tuvieron ni tiempo ni ganas de presentar batalla. El día 21 Tobruk, con su gran depósito de municiones y víveres, se encontraba en manos de Rommel, quien atrapó a 32.000 soldados aliados en la operación. Como curiosidad, varios sudafricanos capturados solicitaron al general suabo que apartase a los soldados negros de los blancos. Rommel se negó alegando que los negros eran también soldados con uniforme sudafricano que, si habían combatido y caído junto a los blancos, debían ir al cautiverio de igual manera.

Tobruk fue la última gran victoria de Rommel. Un triunfo que le supuso el ascenso inmediato a mariscal de campo y le valió las felicitaciones de todas las altas personalidades de la jerarquía nazi: Hitler, Göbbels, Göring... así como Mussolini y varios generales italianos hicieron llegar sus parabienes al suabo, quién se convirtió en un héroe nacional. Tobruk fue el punto culminante de la carrera de Rommel. Fue su mayor momento de gloria, su más grande gesta militar. Al suabo le quedaban dos años de vida y en ellos ya no iba a poder alcanzar un éxito semejante. Estos años siguientes iban a estar salpicados de derrotas militares y desilusiones políticas. Obviamente, Rommel no podía saber nada de esto. En aquellos momentos, el incansable germano solo pensaba en seguir adelante, hacia Egipto. El 21 de junio a las 9:45 de la mañana, aún antes de saber que había sido ascendido a mariscal de campo, radió el siguiente mensaje a sus tropas: “La fortaleza de Tobruk ha caído. Todas las unidades deben reunirse y prepararse para el siguiente avance”.

domingo, 21 de febrero de 2010

Rommel VI



A finales de abril, la guerra relámpago lanzada por los alemanes en los Balcanes y en Grecia estaba a punto de concluir. Las tropas británicas enviadas a este teatro de operaciones no supusieron ninguna barrera efectiva al avance germano y, finalmente, el 19 de abril se acordó su evacuación. La nación helénica se rindió dos días después. La “distracción griega” había llegado a su fin. Al Reino Unido no le quedaba otra opción que centrarse en el Norte de África.


Acción Tigre

Tan solo un día después de ordenarse la evacuación de Grecia, a Churchill se le acumularon las malas noticias. El día 20 el premier británico recibió un informe desalentador del comandante supremo de sus fuerzas en Egipto, el general Wavell. En el se hacía saber que el grueso de la 15ª División Panzer estaba comenzando a desembarcar en Trípoli. El militar inglés entendía que el enemigo estaría en posición de lanzarse a un nuevo ataque en breve salvo que se hiciese algo serio para evitarlo. Churchill captó el mensaje. Londres, una vez abandonada la idea de defender Grecia, hizo de la necesidad virtud y se decidió a dar prioridad absoluta al frente norteafricano.

Tan solo un día después de recibirse el informe de Wavell, el Reino Unido envió un gran convoy cargado hasta los topes de material bélico con dirección a Egipto. Era una acción arriesgada ya que cualquier mercante era un objetivo apetecible para los submarinos y aviones italogermanos, pero salió muy bien. Los barcos ingleses sufrieron algunos ataques, pero consiguieron minimizar las pérdidas. Gracias a esta osada maniobra conocida como “Acción Tigre”, la Royal Navy logró hacer llegar a Alejandría unos 250 carros de combate y medio centenar de aviones, maquinas que se desembarcaron en esta ciudad a partir del día 12 de mayo. Los tanques fueron utilizados para reorganizar y reequipar a la maltrecha 7ª División Blindada y convertirla en una formación poderosa. Los británicos estaban, o al menos así lo creían ellos, listos para lanzarse a por el Afrika Korps.


Operación Battleaxe

Como ya indicamos en la entrada anterior, los primeros combates en la zona de Halfaya ya se habían iniciado en mayo. Dicho mes concluyó con la posición en manos del Eje, lo cual daba a este bando cierta ventaja táctica, ya que este era uno de los pasos que presumiblemente tendría que utilizar cualquier formación británica que se dirigiese hacia el oeste. Para aprovechar esta situación, los alemanes desplazaron a este enclave gran parte de sus piezas antitanque, incluyendo los famosos cañones de 8,8 mm. En aquellos momentos, el Afrika Korps solo contaba con 13 ejemplares de esta magnifica arma pero supo posicionarlos con gran acierto, localizando media docena de los mismos en pleno paso de Halfaya.

El ataque británico, denominado Operación “Battleaxe” (Hacha de Batalla), comenzó el 15 de junio. La moral inglesa, gracias a los refuerzos recibidos, estaba alta pese a los recientes reveses bélicos. Los anglosajones optaron por un ataque frontal contra Halfaya y algunos otros puntos fortificados alemanes (como la posición 208 al sur del frente) confiados en que su superioridad material les permitiría atravesar las líneas del Eje. Esta táctica británica otorgó a los germanos la posibilidad de emplear con gran efectividad sus armas contracarro. Las posiciones italoalemanas resistieron el envite de los tommies y sus cañones machacaron concienzudamente a los blindados enemigos. La RAF era superior a la Luftwaffe en la zona, pero los aparatos alemanes parecían desenvolverse mejor en la confusa guerra norteafricana, y defendían con habilidad a sus compañeros en tierra de los ataques aéreos británicos. El día 16, un vez que el avance inglés había sido detenido, Rommel se lanzó con la 5ª Ligera y la 15ª Panzer sobre los desconcertados anglosajones. El contraataque lanzado por el suabo termino de desarbolar a los ingleses, quienes no tuvieron más opción que admitir su fracaso y dar por terminada la operación apenas tres días después de iniciarse. Perdieron alrededor de un centenar de carros por apenas 12 del Eje. Fue el combate más intenso desde que Rommel llegó a África y en él el general germano demostró que sabía desenvolverse con destreza, no solo durante los ataques, sino también en operaciones defensivas.


Situación general:

A/ El Eje


Al concluir la operación Battleaxe se produjo un impasse. Los británicos habían sufrido una derrota apabullante, pero el Eje no tenía fuerzas suficientes para explotar la situación a su favor. Por otra parte y en lo que al panorama global se refiere, Alemania se lanzó contra la URSS el 22 de junio de 1941, apenas tres días después del final de Battleaxe. Debido a este acontecimiento, Rommel entendió que no iba a recibir grandes refuerzos, por lo menos hasta que la Wehrmacht pusiese de rodillas a la Rusia Soviética. Al inicio de Barbarroja esto parecía un objetivo alcanzable en el corto plazo, pero a medida que avanzó la campaña se vio que el régimen de Stalin no iba a ser precisamente pan comido. El Reich había optado por jugar la carta del Este y dejar en segundo plano la africana, y esta elección habría de mantenerse en el tiempo. Era algo que ya no se iba a poder cambiar.

En lo que respecta a las tropas al mando de Rommel, estas sufrieron una reorganización en agosto con el fin de de dar una estructura más oficial a la cooperación italoalemana. El día 15 de ese mes nacía el Panzer Gruppe Afrika, compuesto por las siguientes unidades:

El Afrika Korps (Alemán) General Crüwell
-15ª División Panzer – General Neumann-Silkow
-21ª División Panzer (antes 5ª ligera) – General Ravenstein
90ª División Ligera (alemana) – General Summermann (Esta unidad no formaba parte del DAK)
XX Cuerpo Blindado (Italiano) – General Gambara
-División Ariete
-División Trieste
XXI Cuerpo (Italiano) – General Navarrini
-División Brescia
-División Trento
-División Pavia
-División Bologna

Además se le asignó a Rommel un estado mayor, comandado por el general Gause, adecuado para cumplir con las responsabilidades inherentes a un mando sobre diez divisiones. Dicho esto, conviene indicar que el militar alemán no siempre tenía a sus ordenes a las unidades transalpinas. Era el mando italiano el que debía concederle autoridad sobre la mismas llegado el caso de que necesitase emplearlas.

A lo largo del verano de 1941, y a pesar de haber derrotado a los británicos, Rommel no inició operaciones de importancia y se limitó a utilizar sus fuerzas móviles en algunas operaciones de reconocimiento. ¿Por qué? La razón principal hay que buscarla en el desabastecimiento al que estaban sometidas sus tropas. Solo entre junio y septiembre los británicos mandaron al fondo del mar 220.000 toneladas de suministros destinadas a los soldados italogermanos en África. De estas pérdidas, la mitad fueron debidas a los ataques aéreos, gran parte de los cuales fueron lanzados desde Malta. Una prueba más de la importancia que tenía esta isla en las operaciones en el mediterráneo.

No obstante, el hecho de que los envíos llegasen con cuentagotas, a pesar de dificultar las operaciones de Rommel, le dio tiempo para planificar, esta vez meticulosamente, su ataque a Tobruk. La creación del Panzer Gruppe Afrika aumentó el número de tropas a su cargo y, consecuentemente, también incrementó sus posibilidades operativas. De los informes enviados por sus unidades móviles tras las incursiones antes mencionadas, Rommel creyó que los británicos no estaban listos para ninguna ofensiva tras la decepción sufrida en la operación Battleaxe. La luftwaffe tampoco encontró muestras de que los ingleses estuviesen llevando a cabo una concentración de soldados con vistas a un ataque a gran escala. Tanto sus topas móviles como la fuerza aérea se equivocaban, pero Rommel no tenía modo de saberlo. Lo que si sabía era que, antes o después, los anglosajones se lanzarían nuevamente a una ofensiva para tratar de liberar Tobruk. El suabo sabía que sus enemigos recibían no solo suministros (combustible y munición) sino también refuerzos (nuevos cañones y tanques) constantemente. Sus tropas, por el contrario -y debido a que el alto mando germano otorgaba la mayor parte de su atención al Frente del Este- sobrevivían con con una mínima cantidad de suministros y refuerzos.

En definitiva, Rommel se enfrentaba a una carrera no contra uno, sino contra dos rivales. Por un lado, sus pertrechos bélicos llegaban con una lentitud exasperante, lo que le impedía el inicio de operaciones de gran envergadura. Por otro, sabía que si no iniciaba – y concluía con éxito- el ataque sobre Tobruk, no podría concentrar todas sus tropas, es decir las diez divisiones del Panzer Gruppe Afrika, en la la frontera libio-egipcia para hacer frente a la previsible ofensiva inglesa.

Tras pasar el verano y gran parte del otoño en esta incomoda situación, el suabo se vio con suficientes recursos para iniciar el definitivo asalto a Tobruk en noviembre. Las cuatro divisiones italianas del XXI cuerpo estaban situadas en torno a la ciudad y Rommel emplazó además a la 15ª División Panzer y a la 90ª ligera en posición de asaltar el bastión. También tenía al XX cuerpo en posición. Solo se quedó al margen del operativo la 21ª Panzer, que se quedaba como fuerza móvil de reserva dispuesta a intervenir si las guarniciones de las posiciones fortificadas de la frontera (Bardia, Capuzzo, Solum y Halfaya) sufrían algún ataque.

El dispositivo para el asalto estaba listo. La operación debería iniciarse el día 23 y tendría que concluirse rápidamente, a tiempo de llevar a todas las formaciones italogermanas al este, para enfrentarse contra la previsible respuesta británica.


B/Los Británicos

Tras el fracaso de Battleaxe, los ingleses se pusieron a trabajar con el objetivo de recuperarse de su derrota. El hecho de que los alemanes estuviesen ahora empeñados en Rusia suponía que no iban a poder reforzar sus tropas en África convenientemente, al menos durante un tiempo. Es decir, desde el punto de vista británico, la situación parecía estar dando un vuelco a su favor. En aquellos momentos, el Reino Unido, aparte de la batalla del Atlántico desarrollada contra los submarinos germanos, no tenía más frentes abiertos que el teatro norteafricano. Por contra, su principal enemigo se había lanzado contra el coloso soviético empeñando en esta lucha la inmensa mayoría de sus fuerzas. Esto provocaba que, incluso aunque a la larga el Tercer Reich terminase derrotando a la URSS, al menos durante un tiempo su principal esfuerzo bélico debería estar orientado hacía sus operaciones en el Este europeo. En definitiva, para Alemania el teatro africano continuaría siendo un campo de batalla secundario, pero para los británicos en aquel momento era su campaña principal.

En lo referente a sus mandos, los ingleses volvieron a cambiar a sus lideres militares en África. Claude Auchinlek pasó a ser el comandante supremo de las fuerzas del Imperio Británico en la zona. A su vez, las tropas del Reino Unido se reorganizaron en el VIII Ejército, bajo mando del general Alan Cunningham. Londres además hizo un esfuerzo por enviar a Egipto todos los pertrechos y suministros bélicos posibles. Bajo el mando de Cunningham se agruparon unos 700 carros de combate, una cifrá impresionante si la comparamos con las que se manejaban hasta entonces en el teatro norteafricano. La cantidad de tanques con la que contaba Rommel se elevaba tan solo a la mitad de los británicos y, de ellos, el 50% eran modelos italianos, muy inferiores en calidad a los germanos.

Los británicos contaban además con el plan original de Rommel para atacar Tobruk. Su servicio de inteligencia les había pasado, no solo el dato, sino también una copia del propio plano esbozado por el suabo de su puño y letra. Lo único que desconocían los anglosajones era el día en el que el general pretendía lanzar el asalto. Las intenciones inglesas consistían en cargar contra los alemanes en el momento en el que estos se encontrasen entrampados frente a Tobruk, pero el hecho de que el Eje estuviese tardando tanto en iniciar el ataque sobre esta asediada localidad, provocó que finalmente los anglosajones diesen la orden de avance el día 18 de noviembre, antes de que los soldados italogermanos hubiesen iniciado el asalto al puerto libio. Para esta ofensiva, el Imperio Británico utilizó las siguientes divisiones:

XXX Cuerpo:
-7ª División Blindada inglesa
-1ª División Sudafricana
-22ª Brigada Inglesa
XIII Cuerpo
-4ª División India
-2ª División Neozelandesa
-1ª Brigada Inglesa

Además, las tropas situadas dentro de Tobruk (en aquellos momentos la 70ª División Inglesa y una brigada polaca), también colaboraron con sus camaradas, lanzando varios ataques contra las tropas italoalemanas emplazadas alrededor del enclave.

Como curiosidad, cabe señalar que unos comandos británicos trataron de asesinar a Rommel la noche del 17, justo antes de iniciarse la ofensiva inglesa. La operación fue un fracaso debido a que estos no pudieron localizar al general alemán.


Operación Crusader

El ataque británico recibió el nombre de Operación Crusader (Cruzado). La maniobra se inició el 18 de noviembre, y tuvo bastante más éxito que Battleaxe. Los ingleses no consiguieron romper el frente italoaleman, pero sí que consiguieron trabar combate con varias unidades sin quedarse parados frente a las posiciones fijas del Eje tal y como había sucedido durante la primavera.

Al iniciarse el ataque, los alemanes no reaccionaron con fuerza. Durante las primeras 24 horas, Rommel pensó que la maniobra enemiga podría ser contenida por las posiciones fortificadas de Bardia, Sollum y Capuzzo. El suabo ni siquiera se hizo cargo personalmente de las operaciones y dejó el mando al comandante del Africa Korps, el general Crüwell. El líder del Panzer Grupe Afrika no se convenció hasta el día 19 de que se trataba de una operación británica de gran calado que no le iba a dejar más remedio que posponer el previsto ataque sobre Tobruk. En ese momento, retomó el control de todas las tropas y se preparó para hacer frente a los anglosajones.

El ataque inglés, al no conseguir romper las líneas enemigas pese a ser muy violento, se tradujo en una serie de combates desordenados lo largo de todo el frente. Varias unidades británicas e italoalemanas se enzarzaron en luchas sin objetivos definidos, y sin direcciones claras. Los anglosajones, aprovechando el desorden, lograron capturar a parte de los oficiales del estado mayor del Afrika Korps el día 23, lo que dificultó sobremanera la coordinación de las unidades del Eje. Esa mismo jornada se bautizó con el nombre de “Domingo de difuntos”, debido a que durante el mismo tuvieron lugar enfrentamientos de extraordinaria dureza que dejaron maltrechos a ambos bandos. Al concluir el día, ningún contendiente parecía tener fuerzas suficientes para ganar, pero ninguno estaba dispuesto tampoco a tirar la toalla.

En definitiva, el Eje consiguió salvar el primer envite. No obstante, la situación podía haber terminado mucho peor debido al peculiar estilo de lucha de Rommel. Como ya hemos indicado, el suabo gustaba de posicionarse en primera linea del frente pero, al no existir un “frente” como tal, el comandante supremo germano se extravió en medio del fragor de los combates. Una avería en su vehículo de mando provocó que quedase separado del resto de sus hombres y, literalmente, el desierto se lo tragó. La noche del 24 Rommel, acompañado únicamente por su jefe de estado mayor, Gause, se encontró perdido e incomunicado en medio de la mayor batalla desarrollada hasta la fecha en el norte de África. Y esto no fue todo. A Rommel le encontraron los generales Crüwell (comandante del Afrika Korps) y Bayerlein (comandante de la 21ª División Panzer), quienes a su vez habían perdido todo contacto con sus unidades. Es decir, el 24 de noviembre de 1941, los cuatro militares alemanes más importantes del teatro de operaciones africano se encontraron aislados por completo del resto de sus tropas en medio de ninguna parte y en mitad de un caos de formaciones amigas y enemigas repartidas entre todos los puntos del mapa.

Cabe tratar de imaginar cual habría sido el resultado de la captura de estos oficiales en manos británicas durante aquellas extrañas horas. El destino del Afrika Korps, y por ende el de todas las tropas italogermanas en África, hubiese cambiado por completo. Se hubiese descabezado al Panzer Gruppe Afrika en un momento crítico, privando a los alemanes de sus principales mandos. El caos, presumiblemente, se hubiese transformado en desastre. Pero incluso en esta desconcertante situación salió a relucir el genio de Rommel. El vehículo en el que viajaban los generales germanos tuvo que evitar lo mejor que pudo a las unidades enemigas que se encontraban próximas, y lo consiguió hasta que se dio de bruces contra un hospital de campaña neozelandes. Era evidente que los alemanes habían sido localizados. Había que pensar en algo rápido y Rommel lo hizo. Salió del vehículo y se dirigió con calma hacía los oficiales médicos y los heridos. Conversó con ellos dando a entender que él era el captor y sus interlocutores los capturados. La interpretación del germano debió de haber sido algo digno de un premio, ya que los sanitarios se lo tragaron por completo. El suabo dialogó pausadamente con ellos, interesándose por el tipo medicinas y demás materiales que pudiesen necesitar, y prometiendo hacer lo posible por conseguirlos. Poco después, se despidió amablemente de los neozelandeses y abandonó el lugar. Cuando estos pudieron contactar con sus aliados y se dieron cuenta del engaño era demasiado tarde. Rommel y sus acompañantes se habían desvanecido. El zorro del desierto se la había vuelto a jugar a los tommies.

En el momento en que Rommel consiguió recuperar el contacto con sus tropas, automáticamente pretendió explotar a su favor el punto muerto que se produjo tras el Domingo de Difuntos. Contra el consejo de sus oficiales, quienes pensaban que sus soldados estaban extenuados hasta límites muy peligrosos, se lanzó con sus hombres contra los igualmente fatigados británicos. Estos no se encontraban en su mejor momento, cierto; pero los italoalemanes, quienes habían quemado gran parte de sus fuerzas conteniendo la inicial ofensiva británica, tampoco disponían de efectivos suficientes para efectuar un contraataque con efectividad. No obstante, incluso en esta situación, a Rommel pudo haberle salido bien la jugada. Cunningham, el comandante del VIII Ejército, perdió la esperanza en la victoria y pensó que una avalancha germana se les venía encima. Auchinlek se vio obligado a cambiar a este desmoralizado militar por el general Ritchie, quién tuvo éxito en la tarea de insuflar nuevamente valor a sus hombres para resistir lo que en realizad era el último movimiento de Rommel, la última carta que el germano podía poner sobre el tapete. Una vez que los británicos lograron aguantar con firmeza, fue evidente que al suabo no le quedaban más triunfos por jugarse.


Consecuencias

Tras el fracaso en el contraataque de Rommel, la situación se reveló en toda su crudeza para el Eje. Los británicos habían sufrido graves pérdidas, cierto, pero a estas alturas de la campaña habían logrado un ritmo de recuperación muy bueno, consiguiendo reponer sus bajas con mucha mayor eficacia que los italogermanos. Estos, por el contrario, se las veían y se las deseaban para sustituir cada hombre y cada maquina que perdían en el desierto.

En este contexto, a finales de noviembre Rommel comprendió que no podía seguir sosteniendo el frente contra los británicos y, al mismo tiempo, mantener el asedio de Tobruk. En caso de insistir en ello, cabía el riesgo de perder a todo el Panzer Gruppe Afrika en lucha de desgaste contra un enemigo a todas luces mejor abastecido que él, lucha en la que los italoalemanes ya no tenían nada que ganar. El germano, en una decisión quizá prematura pero sin duda prudente, optó por perder el territorio, pero conservar sus tropas. Entre los días 4 y 8 de diciembre se llevó a cabo un primer repliegue, situando las unidades a unos 100 km al oeste de Tobruk. Ni el mariscal Kesselring (en aquellos momentos supervisor general de las tropas alemanas en el área mediterránea), ni los mandos italianos apoyaron el proceder de Rommel, pero este no se dejó convencer por quienes, en definitiva, habían sido los mismos que se habían opuesto a su ataque sobre Cirenaica apenas nueve meses antes.

El Afrika Korps contaba en aquellos momentos con unos cuarenta tanques, cifra a todas luces insuficiente para enfrentarse a los bien pertrechados británicos. Rommel continuó la retirada hasta el Ageila, donde finalmente pudo asentarse en una posición lo suficientemente firme como para detener a los ingleses quienes tuvieron que pararse, no solo por la resistencia italoalemana sino también para reorganizar sus líneas de suministros. Al final del año, las únicas ganancias que quedaban de las campañas africanas del Eje eran las posiciones fortificadas a lo largo de la frontera libio-egipcia, pero todos estos enclaves fueron rindiéndose a lo largo del mes de enero. A inicios de 1942, Rommel volvía a estar en la misma situación que al principio.

sábado, 6 de febrero de 2010

Rommel V



Tras el éxito de la Operación Sonnenblume, Rommel rebosaba optimismo. “Objetivo: el Canal de Suez” señaló el 10 de abril. Pero no todo iba a ser tan fácil. En su camino se encontraba un obstáculo, un baluarte de extraordinaria importancia que iba a provocar la primera gran derrota del militar germano: la ciudad de Tobruk.


El asalto

Tobruk era un punto clave para el conflicto en el Norte de África. Arrebatar la ciudad a los británicos, quienes a su vez la habían tomado de manos transalpinas pocos meses antes, supondría recuperar un puesto avanzado clave para las futuras operaciones en el mediterráneo. Hasta ese momento, la marina italiana, en su papel de cordón umbilical que mantenía vivo al Afrika Korps, desembarcaba los pertrechos bélicos para las tropas del Eje en el puerto de Trípoli. La utilización de este puerto, al estar muy cerca de Italia, suponía que los buques de este país tuviesen que recorrer un trayecto corto, con lo que se reducía el riesgo de sufrir un ataque por parte de la Royal Navy. No obstante, el extraordinario avance de Rommel en el mes de abril había dado lugar a que el puerto de Trípoli quedase demasiado lejos del frente. Esto provocaba que los suministros desembarcados en esta ciudad tuviesen que ser trasladados por tierra hasta donde se encontraban los ejércitos combatientes. Dicho trayecto, además de suponer un consumo adicional de combustible, tampoco estaba exento de peligro, principalmente en forma de ataques aéreos por parte de aparatos británicos. Rommel había sugerido que se empezase a utilizar el puerto de la recientemente conquistada Bengasi, pero este no tenía capacidad suficiente para reemplazar al de la capital libia.

Rommel suponía que con Tobruk en sus manos la delicada situación de su tropas mejoraría. Esta ciudad sí que podía sustituir a Trípoli como puerto principal, con la ventaja añadida de que se encontraba cerca de la frontera Libio-Egipcia, lugar que se iba a convertir en la línea del frente durante los meses siguientes. Tenía además una ventaja añadida: Tobruk estaba mucho más lejos de Malta que Trípoli, con lo que su captura implicaría que disminuyesen considerablemente las posibilidades que tendrían los británicos de hostigar el traslado de combustible, armas y municiones del Eje. En definitiva, Tobruk se presentaba como el punto de apoyo principal para la continuación de las operaciones bélicas germano-italianas en el norte de África.

Los anglosajones, por su parte, conocían tan bien como sus enemigos la importancia estratégica que tenía la localidad de Tobruk en la partida de ajedrez que se estaba jugando en África. Si la pérdida de Cirenaica había supuesto una conmoción, la caída de este puerto podía poner en jaque al rey del Mediterráneo. Por ello, antes de encontrarse en esta desafortunada situación, el Imperio Británico se dispuso a enrocarse y mantener en su poder a toda costa el vital baluarte norteafricano.

¿Cómo planeó Rommel tomar Tobruk? En terminos generales, siguiendo las mismas pautas que durante los días anteriores. Durante la ofensiva de Cirenaica, las mejores bazas del militar germano habían sido: por un lado, su capacidad de improvisación; y por otro, la asombrosa rapidez con la que era capaz de conducir a sus tropas. Con ellas había derrotado a los británicos y con ellas pretendía volver a salir victorioso. Pero esta vez no todo iba a salir como el general alemán pretendía.


La reacción británica

El líder del Afrika Korps era consciente de que Tobruk era una posición bien defendida. Por ello, para facilitar la toma de este enclave, el militar germano desistió de intentar un ataque frontal y ejecutó un movimiento envolvente rodeando la ciudad. El día 11 de abril las tropas del Eje ya tenían completado el cerco de la ciudad y el día 14 lanzaron su primer ataque. En el transcurso de este, los italoalemanes pudieron comprobar que las tropas británicas no habían perdido sus ganas de pelear y, por primera vez desde el inicio de la ofensiva, fracasaron de manera estrepitosa.

Las razones de la derrota hay que buscarlas principalmente en la limitada capacidad bélica de los alemanes en el teatro de operaciones norteafricano. Los éxitos del Eje en la zona en las jornadas anteriores, tan sorprendentes como inesperados para todos menos para Rommel, dieron una imagen del Afrika Korps muy alejada de la realidad. Las unidades italogermanas aparecían como todopoderosas frente a unos británicos repentinamente empequeñecidos y venidos a menos, pero esta no era en absoluto la situación real. Una gran parte del merito de la victoria del Eje, como ya indicamos en la entrada anterior, se debe atribuir directamente a los británicos, quienes debilitaron el frente facilitando de este modo la ruptura que protagonizarían los soldados de Rommel. Sin embargo, lo cierto es que las tropas de este seguían siendo demasiado escasas para realizar operaciones de gran envergadura; por lo que una vez que los británicos se recuperaron de la sorpresa inicial (cosa que ya estaba sucediendo en la segunda semana de abril) pudieron agarrarse al terreno y hacer frente a las reducidas fuerzas enemigas.

En definitiva, a mediados de abril la maestría de Rommel había logrado provocar que el púgil italo-alemán quién parecía a punto de besar la lona en el anterior asalto, le lanzase una serie de certeros y repetidos golpes al inglés aprovechando que este, confiado por lo que parecía ser una victoria ya hecha, había bajado la guardia. Pero el británico no se iba a quedar de brazos cruzados eternamente.

Durante la segunda semana de abril, los anglosajones empezaron a reorganizar sus dispersas tropas para hacer frente a la agresividad de sus oponentes. Para ello, además de con su característica tenacidad, iban a contar con otra herramienta más útil si cabe: las fortificaciones defensivas que había construido los italianos en 1940 en torno a Tobruk antes de ser expulsados de la zona por la ofensiva inglesa. En ellas se atrincheraron la 9ª división australiana y los restos de varias unidades británicas derrotadas en Cirenaica con un único objetivo en mente: hacer de esta ciudad libia un bastión inexpugnable.

En definitiva, por primera vez desde su llegada a África, Rommel se encontró con una sólida posición defensiva guarnecida por tropas resueltas a no dejarse expulsar. En estas circunstancias, por mucha pericia que pueda tener un comandante (y Rommel la tenía), la toma del enclave generalmente ha de ser llevada a cabo a través de un metódico, planeado y, por tanto, lento asedio. El general suabo no se inclinó por esta opción y, como ya hemos indicado, optó por ejecutar una maniobra envolvente e iniciar un ataque casi inmediatamente después, sufriendo su primera derrota de importancia. El militar alemán lanzó sus hombres desde el sur con la intención de abrir varias brechas en las líneas enemigas, pero el resultado fue del todo menos satisfactorio. Las tropas del Imperio Británico estaban fuertemente atrincheradas en sus posiciones y además hacían gala de un fuego antitanque extraordinariamente preciso que diezmó los blindados alemanes, verdadera columna vertebral del Afrika Korps. El fracaso fue absoluto.

Para Rommel sin duda supuso una desagradable sorpresa la renacida capacidad bélica de sus enemigos, pero reorganizó sus fuerzas rápidamente y se preparó para reiniciar el asalto dos semanas después del fallido primer ataque. No obstante, antes de que este tuviese lugar, Rommel recibió la visita de un enviado del OKH, el general Paulus, quién llegó al teatro de operaciones el día 27, a tiempo de ser testigo del segundo intento de tomar Tobruk. Esta embestida se lanzó finalmente el día 30, pero el resultado no fue mejor que en la ocasión anterior. Los sitiados volvieron a rechazar a las tropas del Eje causándoles graves pérdidas.

A causa de este fracaso, Paulus, quien había autorizado a Rommel a que se lanzase por segunda vez a por la ciudad norteafricana, envió a Berlín un informe que hacia hincapié en los aspectos negativos del estilo de mando del suabo. Es evidente que las relaciones entre el comandante del Afrika Korps y el alto mando no se vieron favorecidas gracias a esta información. No obstante, en descargo de Paulus hay que decir que, efectivamente, el Rommel de aquellos días no fue el mejor Rommel.

Con todo, Paulus no fue el único que expresó sus dudas acerca de la manera que tenía Rommel de dirigir las operaciones bélicas. Varios altos oficiales de las fuerzas alemanas en el continente africano se mostraron muy en desacuerdo con las operaciones ordenadas por su jefe para la toma de Tobruk . Los más destacados fueron el general al mando de la 5ª división ligera, Streich, y el comandante de las fuerzas panzer de dicha unidad, Olbricht. Ambos serían destituidos de sus puestos poco después por el general suabo en lo que podemos considerar una decisión poco ética de este, ya que las quejas de ambos podían ser, al menos en buena parte, fundadas. No obstante, desde un punto de vista pragmático, es comprensible también que Rommel no pudiera permitirse -ni tampoco quisiese hacerlo- estar al mando de unos oficiales que desconfiasen de su manera de conducir las operaciones.


Combates en la frontera Libio-Egipcia: vuelve la guerra de posiciones

Tras el fracaso del asalto a Tobruk, las fuerzas del Eje tuvieron que resignarse a plantear un asedio en firme a la plaza. Era evidente que, al menos en el corto plazo, ni los anglosajones se iban a rendir, ni los alemanes iban a derrotarlos con facilidad. Por ello, Rommel tuvo que enfrentarse a la desagradable tarea de continuar las operaciones contra los británicos sabiendo que dejaba a su espalda un enclave enemigo, enclave que supondría una constante amenaza sobre la siempre precaria ruta de suministros del Eje. El suabo dirigió entonces sus vista al oeste ya que temía, con todo fundamento, que los británicos antes o después intentarían algún tipo de operación con el objetivo de liberar a sus camaradas sitiados.

Las fuerzas del Eje se desquitaron de su fracaso ante Tobruk tomando a lo largo del mes de abril Bardia, Sollum y Capuzzo y conquistando asimismo el estratégico paso de Halfaya, lugar por donde necesariamente tendría que pasar la previsible contraofensiva británica. Como las tropas alemanas eran insuficientes para ocupar adecuadamente todos estos enclaves, Rommel echó mano de la infantería italiana. Estas unidades, cuya movilidad era mucho más reducida que la de sus compañeros de armas, no eran muy útiles en las operaciones rápidas a las que tan aficionado era Rommel, pero sí se confiaba en que desempeñasen un buen papel sirviendo de guarnición en las posiciones recientemente tomadas.

Al mismo tiempo que desplegaba sus hombres a lo largo de la nueva línea del frente, Rommel presionaba al alto mando germano para que le hiciesen llegar cuanto antes la 15ª División Panzer, cuyos primeros efectivos ya habían empezado a desembarcar en Trípoli. A juicio del comandante del Afrika Korps, quién siempre parecía tener prisa, la lentitud en estas tareas volvía a ser excesiva; pero su impaciencia, como en la mayor parte de las ocasiones, no era un mero capricho. Su instinto le decía que algo iba pasar.


Los Británicos contraatacan

“Fritz”, la palabra clásica para designar al soldado alemán, fue el término radiado por los británicos a sus unidades de vanguardia -comunicación que el servicio de información de Rommel logró interceptar- el día 14 de mayo. Los operadores de radio germanos no estaban muy seguros de lo que significaba, pero el ataque lanzado al día siguiente por los “tommies” se encargó de sacarles de dudas. La intención de los anglosajones era poner a prueba las defensas del Eje, debilitandolas antes de que los alemanes pudiesen poner en juego sus refuerzos. Los ingleses sabían que la 15ª División Panzer estaba llegando, aun con cuentagotas, al frente; y este era un movimiento que preocupaba sumamente al alto mando del Reino Unido. Y es que, si con una sola división los alemanes les habían expulsado de Cirenaica, ¿que no podrían hacer con dos?

El ataque pareció tener éxito al principio. Las tropas del Imperio Británico consiguieron retomar el paso de Halfaya, causando considerables bajas a los defensores. Sin embargo, Rommel no se dejó intimidar. Contraatacó y retomó el enclave el 27 de mayo. Los ingleses, viendo que los italoalemanes no cedían, detuvieron la ofensiva. Era una situación de punto muerto, pero nadie se hacía ilusiones de que fuese a durar demasiado.

Es en este momento cuando el comandante del Afrika Korps se deshizo de los oficiales mencionados anteriormente y los sustituyó por personas más dignas de su confianza. También fueron aquellas las jornadas en las que el suabo perfeccionó una de las tácticas que mejores réditos le daría durante su estancia en el desierto: las cortinas de fuego anticarro. Rommel llegaría a ser un maestro en la maniobra de atraer a los blindados enemigos bajo el radio de acción de sus cañones al tiempo que mantenía a sus propios tanques libres para hostigar al enemigo. En la guerra del desierto, los antiaéreos germanas, principalmente los famosos 88 pero también otros cañones de menor calibre, se desempeñaron en funciones antitanque con con una efectividad brutal. Una vez que se perfeccionó esta táctica por parte de los germanos, la acción combinada de sus carros junto con sus armas contracarro produjo extraordinarios resultados.

En otro orden de cosas, también empezó a ponerse de manifiesto otra de las características más criticadas de Rommel: su tendencia a venirse arriba o a caer en el pesimismo con excesiva rapidez. Esto provocaba que los mensajes que enviaba al alto mando fuesen o muy optimistas o demasiado lóbregos. Dichos informes no solían ser bien recibidos por el alto mando en Berlín y sus integrantes terminaron por no tomarlos demasiado en serio. Pero los ingleses, quienes interceptaban con regularidad las comunicaciones gracias a sus servicios de inteligencia, no conocían esta peculiaridad del comandante de sus adversarios, razón por la cual daban más crédito a sus mensajes. Y en aquellos momentos, las informaciones enviadas desde África por los alemanes presentaban una situación bastante deprimente del lado germano, poniendo énfasis en el reducido número de tropas realmente fiables que se hallaban en la zona y en la crónica escasez de suministros que estas sufrían. Gracias a estos datos, el mando británico creyó que que se acercaba su oportunidad. A juicio de los anglosajones, era el momento de pasar a una contraofensiva de gran envergadura.