jueves 19 de noviembre de 2009

El hundimiento del Bismarck I

Los dos buques mas poderosos de los que dispuso la Kriegsmarine en la Segunda Guerra Mundial, los acorazados Bismarck y Tirpitz, comenzaron a construirse en 1936. Eran de propulsión a vapor, por lo que su autonomía no rebasaba las 8000 millas, iban armados con ocho cañones de 380 mm además de otras piezas menores y desplazaban 35000 toneladas. No montaban radar, ya que los alemanes desconocían este ingenio, sino radiotelémetro, aparato con el que se les equipó al poco tiempo de comenzar la contienda. El radiotelémetro era un instrumento con varias limitaciones con respecto al radar, siendo la más importante el hecho de que, señalando el lugar en el que se encontraba el buque enemigo, no mostraba donde estaban cayendo los proyectiles propios, lo que obligaba a que la corrección de los disparos realizados durante un combate tuviese que efectuarse de manera óptica. Es decir, había que mirar donde estaba el buque enemigo y donde estaban cayendo las bombas propias para, a continuación, modificar el tiro adecuadamente. Lógicamente, este tipo de maniobra “a ojo” no podía realizarse satisfactoriamente cuando el combate se realizaba a grandes distancias, o cuando las condiciones climatológicas limitaban la visibilidad.

Ambos buques iban a tener una vida bélica extraordinariamente corta. De hecho, el Bismarck solo efectuó una salida y el Tirpitz ni siquiera iba a llegar a entrar en combate. A pesar de ello, ninguno de los dos iba a sobrevivir a la contienda.


La situación previa a la salida del Bismarck

En los primeros meses de 1941 la Kriegsmarine logra uno de sus mayores éxitos al sacar al Atlántico a los cruceros de Batalla Scharnhorst y Gneisenau. Ambos buques consiguieron romper el bloqueo impuesto por la Royal Navy a la armada alemana y, durante dos meses de misión por el océano, logran hundir 116.000 toneladas de buques mercantes británicos, desarticulando de este modo las líneas de aprovisionamiento del Reino Unido. La agrupación germana, comandada por el Almirante Günther Lütjens, regresará a Brest sin sufrir daños el día 22 de marzo.

Visto el éxito de la operación anterior, el líder de la Kriegsmarine -el gran almirante Raeder- planea efectuar a continuación un golpe todavía más ambicioso: sacar al mar el navío más poderoso de la escuadra germana, el acorazado Bismarck, que acababa de entrar en servicio.

La intención original de la Kriegsmarine era desplazar al Atlántico al Bismarck acompañado del crucero Prinz Eugen para que, una vez burlado el bloqueo británico se les unan desde Brest los cruceros de batalla Scharnhorst y Gneisenau. Con ello se lograría juntar una poderosa agrupación germana para hacer la guerra de corso al tráfico mercante del Reino Unido. Este plan no se pudo llevar a efecto debido a que la RAF sometió a constantes bombardeos a los buques germanos surtos en Brest, causandoles serías averías que les impedirían hacerse a la mar durante varios meses.

A pesar de esto, Raeder no desiste y en una reunión mantenida con Lütjens el día 25 de abril le manifiesta las razones que existen para sacar al coloso germano al Atlántico. En esencia, estas eran las siguientes:

-Raeder había vivido los insultos sufridos por la Marina de Guerra Alemana tras la Primera Guerra Mundial -una de las armadas más potentes de la época- por no haber desempeñado una responsabilidad acorde con el potencial que, al menos sobre el papel, tenía.

-La Kriegsmarine en la Segunda Guerra Mundial era mucho menos poderosa que su antecesora y se encontraba posiblemente ante su última oportunidad de desempeñar un papel relevante en el conflicto, al menos en lo que a sus grandes buques de superficie se refiere. Era previsible que los EEUU, tarde o temprano, se embarcarían en la contienda del lado británico. La flota estadounidense se uniría entonces a la británica, eliminando las ya escasas posibilidades que tenían los alemanes de llevar a cabo acciones de envergadura con el puñado de buques de guerra de los que disponían.

Efectivamente, el panorama para la marina de guerra alemana, aunque en aquellos momentos el Tercer Reich se encontrase en el apogeo de su poder, comenzaba a mostrarse sombrío. Esto se debía principalmente a que las relaciones entre EEUU y el Reino Unido empezaban a fortalecerse:

-El 2 de Septiembre de 1940 los Estados Unidos habían entregado 50 destructores a la flota inglesa a cambio de la cesión de diversas bases navales.

-El 11 de marzo de 1941 el “Acta de Préstamo y Arriendo” se convirtió en ley, con lo que se permitía a la Gran Bretaña comprar a crédito todo tipo de material bélico del arsenal norteamericano.

-Ese mismo mes se firma en Washington un acuerdo entre los estados mayores del Reino Unido y de los EEUU, en el cual ya se podía comenzar a entrever la futura entrada de los norteamericanos en el conflicto.

Estos hechos no hacían inevitable la intervención del gigante americano en la guerra (de hecho, la desconcertante actitud del presidente Roosevelt hacia los británicos en esta época sigue siendo uno de los puntos en los que los historiadores distan de ponerse de acuerdo) pero sin duda forzaron a los alemanes a pensar que la aparición de los estadounidenses en el conflicto se hallaba más próxima de lo que en realidad estaba.

En estas circunstancias, Raeder considera que el tiempo apremia y que hay que sacar el Bismarck al Atlántico antes de que sea demasiado tarde. Sin embargo, Lütjens no tiene la misma opinión. En la reunión del 25 de abril, este manifiesta a Raeder sus dudas sobre la salida al mar del coloso germano. Lütjens cree más conveniente esperar a que los buques amarrados en Brest sean reparados, e incluso a que el Tirpitz este listo para entrar en servicio. De este modo, los alemanes serían capaces de formar una poderosa formación de ataque capaz de asestar un golpe mucho más demoledor al tráfico mercante británico.

A pesar de las objeciones de Lütjens, será la opinión de Raeder la que prevalezca: el Bismarck se hará a la mar junto al Prinz Eugen y aquel almirante será precisamente el encargado de comandar la agrupación germana. La misión era la misma que la asignada a todos los buques alemanes que se habían aventurado en el Atlántico con anterioridad: atacar los convoyes británicos. A esta, se unía la orden habitual de no entablar combate contra formaciones navales enemigas a no ser que fuese absolutamente necesario.


La salida al Atlántico

El 18 de mayo salen de Gotenhafen el Bismarck y el Prinz Eugen escoltados por tres destructores. El 20 los navíos germanos ya se hallan en el Skagerrak a la altura de Kristiansund y el 21 llegan al fiordo noruego de Kors, cercano a Bergen. Al anochecer de ese mismo día, los germanos abandonan el fiordo y se lanzan a intentar burlar el bloqueo naval británico.

Pese a que los alemanes han tomado todas las medidas de seguridad pertinentes y a que los primeros compases de la operación se han desarrollado en el más absoluto secreto, los espías ingleses basados en Suecia logran descubrir los movimientos de los buques germanos y hacen llegar la información puntualmente al Almirantazgo británico, el cual destaca varios aviones de reconocimiento para vigilar la zona. Estos aparatos lograron localizar a la fuerza naval enemiga confirmando la información que han proporcionado los espías. Los británicos empiezan a barruntar que la presencia de los buques alemanes en esa zona no puede ser presagio nada bueno. El Almirantazgo supone con acierto que las intenciones germanas pasan por repetir los destrozos que el Scharnhorst y el Gneisenau habían causado escasos meses antes a sus líneas marítimas de aprovisionamiento. En ese momento saltan las alarmas en la Royal Navy. Los británicos están en una situación muy grave, perdiendo mucho más tonelaje mercante del que son capaces de construir. Una nueva incursión germana en el Atlántico puede provocar que la situación empeore todavía más. Por ello, Gran Bretaña apresta a la Home Fleet con la intención de dar caza a los navíos alemanes antes de que estos puedan iniciar su misión. Dicha flota estaba compuesta por los acorazados King George V y Rodney, el portaaviones Victorious y el crucero Repulse, basados, junto con otras unidades menores, en Scapa Flow. A estos buques se unían los cruceros Birmingham y Manchester, quienes ya se hallaban de patrulla entre Islandia y las Islas Feroe; y los cruceros gemelos Norfolk y Suffolk, los cuales se encontraban en el estrecho de Dinamarca, entre Groenlandia e Islandia. También formaban parte del dispositivo el acorazado Prince of Wales, al cual se le ordena el día 21 desplazarse junto con seis destructores al sudoeste de Irlanda, lugar donde ya se encontraba el crucero de batalla Hood. La Home Fleet estaba comandada por el Almirante Tovey, y la agrupación Hood-Prince of Wales, aún subordinada a la flota de Tovey, queda a las ordenes del almirante Holland. Esta flota era por si sola impresionante y muy superior a la agrupación enemiga, pero todavía se ordenaría a la fuerza H basada en Gibraltar (compuesta por el portaaviones Ark Royal, el crucero de batalla Renown y el crucero Sheffield) dirigirse al teatro de operaciones para apoyar a la Home Fleet.

El día 22 los alemanes interceptan un mensaje británico gracias al cual averiguan que sus movimientos han sido descubiertos. A pesar de ello, dado que las condiciones meteorológicas aquel día eran muy adversas, con intensa lluvia y nubes bajas, Lütjens decide aprovechar el momento confiando en que el clima dificulte la vigilancia inglesa. Por ello, cuando los alemanes se hallan a la altura de Trondheim, el almirante germano ordena a sus destructores que den media vuelta y se lanza con sus grandes unidades al estrecho de Dinamarca, lugar por donde pretende romper el bloqueo británico. Poco después, la Home Fleet abandona Scapa Flow y se dirige al encuentro del Bismarck y del Prinz Eugen.

El día 23 el clima no mejoró, pero a pesar de ello un serviola del Suffolk logra distinguir entre la niebla las siluetas de los navíos alemanes. Los germanos también descubren al crucero inglés pero, dado que este desaparece inmediatamente entre la bruma, suponen erróneamente que ellos no han sido localizados. El Suffolk se aleja prudentemente, pero mantendrá el contacto radar. Poco después surge entre las olas el Norfolk a escasas seis millas de la formación alemana, avistando también a los buques enemigos. Dada la proximidad del barco inglés, a los germanos no les queda ninguna duda de que han sido vistos, por lo que el Bismarck abre fuego inmediatamente con la intención de ahuyentar cuanto antes al crucero británico. Este desaparecerá del alcance visual del Bismarck y del Prinz Eugen pero, de igual modo que su gemelo, no romperá el contacto radar con ellos. De este modo, los navíos británicos podían mantener puntualmente informada a su flota acerca de los movimientos de los buques de Lütjens.

El almirante germano es consciente de que su agrupación ha sido completamente localizada por los ingleses, pero a pesar de ello supone que los buques salidos de Scapa Flow no podrán alcanzarle a tiempo y, por ello, decide seguir adelante con la operación. El razonamiento era plenamente lógico en lo que se refiere a los buques de la Home Fleet, pero no tenía en cuenta un dato que Lütjens era incapaz de conocer: que el día 21 ya se habían movilizado el Hood y el Prince of Wales, los cuales se hallaban 480 millas más cerca de los buques alemanes que los navíos de Tovey. Por lo tanto, los buques de Holland sí que se encontraban en posición de interceptar a los germanos y, de hecho, el almirante británico se disponía a iniciar la caza sin demora.

En esos momentos, Lütjens adopta una medida preventiva aparentemente simple pero muy efectiva a la postre: ordena invertir el orden de marcha que venía empleando, colocando al Prinz Eugen en cabeza y al Bismarck cerrando la formación. Dado que los buques británicos que habían avistado a la agrupación alemana informaron también de la posición que ocupaban los navíos germanos, el cambio de la formación podía otorgarle cierta ventaja a los buques de Lütjens en caso de enfrentamiento directo con un enemigo que supusiese que su orden de marcha era el contrario del que realmente era. La medida iba a surtir efecto muy pronto.

Holland consideraba que el Hood (42.000 toneladas y buque insignia de la Royal Navy) y el Prince of Wales (38.000 toneladas) que en conjunto montaban 18 piezas de 381 y de 356 mm podrían dar buena cuenta del Bismarck, el cual solo tenía 8 piezas de calibre similar. Además, los cruceros Norfolk y Suffolk con sus dieciséis cañones de 203 mm podrían hacer lo propio con el Prinz Eugen, pues este solo disponía de ocho piezas de ese tamaño. Por si fuera poco, Holland contaba con media docena de destructores que le podrían echar una mano en el combate que se avecinaba.

En aquellos momentos, la situación tenía muy mala pinta para los alemanes. Dos agrupaciones británicas convergían hacia los buques germanos con lo que se encontrarían en un punto al oeste de Islandia. Sin embargo, las circunstancias pronto iban a dar un vuelco a favor de los navíos de Lütjens.

En las primeras horas de la madrugada del día 24, Holland destaca a sus destructores ligeramente al norte de sus dos grandes unidades. Esta orden aleja demasiado a los pequeños navíos, y acarreará como consecuencia el que estos no se encuentren junto al Hood y el Prince of Wales a la hora del combate. Además, la agrupación de Holland tampoco se coordinará adecuadamente con el Norfolk y el Suffolk, comandados por Wake-Walker, lo que imposibilitará que estos aparezcan en el lugar del enfrentamiento en el momento crítico.


El primer combate

A las 03:40, con el Hood en cabeza de la formación, el almirante Holland ordena a sus buques caer al oeste aumentando la velocidad y cerrar sobre los navíos alemanes. Dos horas después, los contendientes finalmente se avistan. Lütjens reconoce inmediatamente la silueta del Hood y comprende acertadamente que el buque que le acompaña es un acorazado del tipo King George V, modelo al que efectivamente pertenece el Prince of Wales. Holland ordena a sus buques que centren sus disparos sobre el Bismarck, pero asume erróneamente que dicho barco es el que va en cabeza. El Prince of Wales se da cuenta de la artimaña de los germanos y disparará sobre el Bismarck desde el primer momento, pero el Hood dirigirá sus proyectiles contra el Prinz Eugen hasta el final.

Lütjens comprende que el combate es inevitable y ordena a sus buques que concentren sus disparos en el Hood. El alemán no cree conveniente dar la vuelta ya que sabe que los cruceros de Wake-Walker le siguen de cerca, por lo que volverse por donde habían venido no podía sino empeorar su situación. Además, dado que los buques de Holland han puesto la proa hacia ellos, la situación táctica es favorable a los germanos. Los navíos de Holland se aproximan “de frente” a sus enemigos, lo que provoca que no puedan disparar con todas sus torres. Por contra, los alemanes muestran la eslora a los británicos (esto es, están “de perfil”), lo que les permite utilizar todos sus cañones. En esta situación, la inicial superioridad británica en potencia de fuego se troca en manifiesta inferioridad

Llegados a este punto hay que preguntarse porque Holland colocó a sus buques en esa desventajosa posición. La razón hay que buscarla en el blindaje del Hood. Dicho buque tenia una coraza protectora vertical de 30,5 cm (e incluso más en las torres de los cañones), pero su blindaje horizontal solo alcanzaba los 11 cm. Esto provocaba que el buque británico estuviese extraordinariamente bien protegido en combates a corta distancia, en los que los proyectiles viajan en paralelo a la superficie del mar; pero no podía afrontar con las mismas garantías un enfrentamiento a grandes distancias donde las bombas describen una trayectoria parabólica y alcanzan al objetivo “desde arriba”. Es decir, a los británicos les interesaba acortar las distancias cuanto antes.

Lütjens, tras comunicar al alto mando de la Kriegsmarine que el combate era inevitable, apremia a sus buques para que se preparen para el enfrentamiento. Los británicos por su parte rompen el fuego a las 05:53. Tras el primer disparo Holland observa asombrado como las unidades alemanas, en lugar de rehusar el choque como hacían habitualmente, aceptan la pelea y devuelven la andanada. En ese momento, por los factores ya mencionados, la situación es claramente desventajosa para los buques ingleses:

-La distancia entre ambos contendientes era de 25.000 metros. Esa distancia provocaba que los impactos que fuese a encajar el Hood iban a producirse en la zona en que su blindaje era más débil.

-El hecho de aproximarse de frente a los germanos provoca que los barcos británicos no puedan utilizar todos sus cañones. Los navíos de Holland solo podrán emplear 10 cañones de grueso calibre frente a los dieciséis alemanes.

-Ni los cruceros Suffolk y Norfolk ni la media docena de destructores señalados con anterioridad se hallaban a una distancia que les permitiese intervenir en el combate.

Al poco tiempo de iniciarse el intercambio de disparos, la tercera salva del Bismarck alcanzaba al Hood de lleno. Desde ese momento, los proyectiles germanos llueven con extraordinaria precisión sobre el desafortunado navío británico, el cual continuará tratando de acercarse a los buques germanos para mejorar su posición táctica. Será inútil. En pocos minutos, una serie de certeros impactos provoca que el orgullo de la armada británica se parta literalmente por la mitad para, inmediatamente después, hundirse llevándose consigo a toda su tripulación salvo a tres supervivientes.

Lütjens no se duerme en los laureles. Inmediatamente después de que el Hood haya desaparecido de escena, el almirante alemán ordena a sus buques que dirijan sus disparos hacia el Prince of Wales. Como consecuencia de esto, el barco inglés encaja sin tiempo para reaccionar siete impactos directos. El navío británico asume que ha perdido el combate y se apresura a abandonar el campo de batalla poniendo la popa a los alemanes. Los germanos, en una de las acciones más controvertidas de la segunda guerra mundial, no insisten en la persecución y a las 06:09 dejan de disparar. Si los alemanes hubiesen perseguido al dañado Prince of Wales, es casi seguro que podrían haberlo enviando al fondo del mar junto con el Hood, privando de este modo a la Royal Navy de un magnifico buque de guerra. Entonces, ¿por qué no lo hicieron?. Se suelen dar las siguientes explicaciones:

-Los alemanes temían que en caso de perseguir al Prince of Wales se estuviesen aproximando peligrosamente al grueso de la Home Fleet. Lütjens no podía conocer la posición exacta de los navíos británicos, pero asumía que no podían hallarse muy lejos. La realidad es que los buques de Tovey no se encontraban excesivamente próximos, pero Lütjens no tenía posibilidad de saber esto, por lo que prefirió no tentar a la suerte.

-El Bismarck había sufrido daños los cuales, sí bien no eran muy graves, sí que habían provocado una ligera disminución en la velocidad punta del acorazado. Por tanto, en esa situación no convenía iniciar una persecución.

-Por último, la explicación más verosímil: Lütjens tenía la misión de hacer la guerra al tráfico mercante británico. Esto es, hundir un barco más hubiese supuesto un éxito puntual, pero no habría favorecido la consecución de su misión y además no hubiese tenido apenas repercusión en el devenir del conflicto. Por contra, burlar el bloqueo de la Royal Navy hubiese permitido a los buques germanos lanzarse a la guerra de corso en el Atlántico, causando estragos en las líneas marítimas de aprovisionamiento de la Gran Bretaña y privando a este país de los suministros que tanto necesitaba para mantenerse en vivo en la contienda. Ese era el objetivo esencial de los barcos alemanes.

Sean cuales sean los factores que pesaron en la decisión del almirante alemán, Lütjens optó por no perseguir al Prince of Wales y dirigirse hacia el sur. Con ello, el almirante germano ponía fin a la primera y última jornada gloriosa del Bismarck. En los siguientes días, las tornas iban a cambiar por completo. La fortuna no solo no le iba a sonreír al malhadado buque germano, sino que además le iba a dar completamente la espalda.

lunes 9 de noviembre de 2009

Operación Bagratión II


2ª Fase de la Ofensiva: Minsk

Model ya había demostrado su valía en los combates defensivos que la Wehrmacht venía librando en el Frente del Este desde 1942. En el momento de ser llamado a comandar el Grupo de Ejércitos Centro estaba dirigiendo el Grupo de Ejércitos Norte de Ucrania, y durante un tiempo tuvo que compaginar ambas responsabilidades. Su particular táctica, a veces denominada “Schild un Schwert” (escudo y espada), consistente en ejecutar una breve contraofensiva antes de llevar a cabo una maniobra de retirada, le permitía disfrazar el retroceso de sus tropas como el resultado de un ataque fallido. De este modo, solía conseguir con más facilidad que otros generales que el Führer aceptase la retirada de sus soldados.

Model era plenamente consciente de la crítica situación en la que se encontraban los ejércitos cuyo mando se le acababa de otorgar. Conocía asimismo, dada su amplia experiencia en el Ostfront, la renovada capacidad bélica del Ejército Rojo. Sabía que la ofensiva soviética era algo serio y preveía que no se iba a poder detener con lo que los alemanes eran capaces de poner en juego en aquel momento. Por ello, el objetivo de Model consistió en lograr establecer una línea defensiva basada en el Vístula, más de 500 km al este del punto de partida del ataque ruso. El militar alemán solicitó la correspondiente retirada, con vistas a acortar el frente y poder replegarse hacía este rio con facilidad una vez que se iniciase el ataque soviético, pero Hitler se negó.

Tras esta negativa, y dados los pobres resultados de la estrategia de plazas fuertes, el nuevo comandante del Grupo de Ejércitos Centro, esquivando pero no contraviniendo las ordenes del Führer, trató de permitir una mayor movilidad a sus tropas para evitar un desastre aún mayor, pero se encontró con que las soluciones parciales ya no surtían ningún efecto. Minsk, la capital de Bielorrusia, cayó el 3 de Julio sin que Model pudiese hacer nada para evitarlo. En dicha ciudad, que llevaba tres años en manos alemanas, se hallaba el cuartel general del Grupo de Ejércitos Centro, por lo que su perdida era mucho más importante que la mera caída de una capital soviética. Minsk era el principal nudo de la comunicación de la zona y uno de los puntos de apoyo de toda la estructura defensiva germana en el este, por lo que su conquista por los soviéticos privó a los alemanes de uno de sus bastiones más preciados. A las dificultades germanas se vino a añadir el hecho de que varios miles de soldados alemanes -el 4º Ejército y varias unidades del 9º- quedaron cercados al sur de la ciudad.


La toma de Baranovitshi

En ese momento, los alemanes consiguieron reunir una importante formación acorazada compuesta por las divisiones panzer 4ª, 5ª y 12ª. Model lanzó a estas al combate junto a otras divisiones de infantería traídas apresuradamente de las zonas norte y sur del frente para tratar de salvar lo que se pudiese de los Ejércitos 4º y 9º. El objetivo de este ataque de Model era intentar ayudar a que el mayor número posible de tropas escapasen de ser engullidas por el avance soviético, permitiendo que se retirasen hasta posiciones más defendibles. Model tenia intención de formar con las tropas que se pudiesen rescatar una línea defensiva basada en la localidad de Baranovitshi.

Del lado soviético, el mariscal Zhukov se dio cuenta de que el mando alemán había cambiado su manera de proceder. Durante los primeros compases de la ofensiva, las tropas germanas se dejaban cercar con relativa facilidad, pero en aquel momento las unidades alemanas habían empezado a desarrollar una defensa más elástica. Pese a ello, el mariscal soviético no estaba dispuesto a aflojar la presión sobre los alemanes. Zhukov, previendo las intenciones de Model, ordenó al 64º ejercito del general Batov que tomase Baranovitshi sin demora, objetivo que esta formación lograría el día 8, arruinando los planes germanos de formar una linea de defensa coherente. Desde ese momento, los movimientos alemanes se convirtieron en una desbandada general. Las unidades trataron de escapar hacía el oeste por sus propios medios, sin que existiese una estrategia de conjunto concertada.

El caos reinante en el bando alemán contrastaba con la abrumadora capacidad operativa de los soviéticos, quienes a mediados de 1944 habían alcanzado una superioridad tal que podían permitirse el lujo de ejecutar varias ofensivas en paralelo. Prueba de ello es el ataque lanzado el 13 de Julio por el Primer Frente Ucraniano de Koniev contra el Grupo de Ejércitos Sur de Ucrania, también comandado por Model. Dicho ataque “secundario” causó a los germanos 50.000 bajas entre muertos heridos y prisioneros.


3ª Fase de la Batalla: ¿Objetivo Varsovia?

En aquellos momentos el mundo entero estaba al tanto del desembarco de Normandía hasta el punto de que el resultado de la guerra parecía girar en torno a él. La contribución soviética al esfuerzo de guerra parecía devaluarse al tiempo que el esfuerzo angloamericano se magnificaba. Para combatir esta visión y dar una idea clara de la magnitud de la derrota que los soviéticos estaban infligiendo a la Wehrmacht, Stalin ofreció a los moscovitas un desfile en el que los protagonistas fueron 57.000 alemanes capturados por el Ejército Rojo durante la operación Bagratión. Con este movimiento dejaba a las claras a los occidentales que, por mucho que hubiesen abierto el tan esperado segundo frente, la lucha en el Frente del Este seguía en primer plano de la contienda.

De hecho, la ofensiva soviética distaba de estar concluida y, durante las dos semanas siguientes, el Ejército Rojo continuó arrollando todo lo que se le puso por delante. Finalmente, el primero de agosto las tropas de Rokossovski llegaban a los arrabales de Varsovia logrando establecer varias cabezas de puente al otro lado del Vístula y los hombres de Bagramian conseguían abrirse pasó hasta el Báltico, tomando la localidad de Tukum, separando de este modo al Grupo de Ejércitos Norte del resto de los ejércitos germanos en el Ostfront. La velocidad del Ejercito Rojo había sido similar a la de la Wehrmacht en 1941.

Dada la proximidad del Ejército Rojo y asumiendo que la resistencia alemana en la zona se está derrumbando, el Armija Krajowa -el Ejército del Interior Polaco- da inicio al levantamiento de Varsovia el mismo día uno de agosto. Con todo, la capacidad de combate de los germanos no había sucumbido totalmente ante el arrollador avance ruso. De manera completamente inesperada, Model lanzo un contraataque el día dos de agosto, empleando en el mismo a las poderosas divisiones Totenkopf, Wiking, Grossdeutschland y Hermann Göring. La operación de Model no es muy ambiciosa -los medios alemanes no eran suficientes para una ofensiva de gran envergadura- pero logra un notable éxito al eliminar parcialmente las cabezas de puente soviéticas en el Vístula, frenando de este modo el avance ruso. El propio Rokossovski se vio obligado a admitir al corresponsal del Sunday Times en Moscú que los alemanes habían hecho retroceder a sus tropas hasta 100 km en diversos puntos. Los germanos consiguen también retomar temporalmente Tukum, restableciendo -de manera muy precaria- el contacto con sus tropas en el norte y permitiendo que miles de civiles escapen hacia el oeste.

El análisis del levantamiento de Varsovia merecería un capítulo aparte, pero aquí solo haremos unos breves apuntes sobre el mismo. En términos generales, el Armija Krajova era leal al gobierno polaco en el exilio en Londres, y tenía poca simpatía hacía la URSS. Los aliados occidentales prestaron apoyo -eso sí, bastante escaso- al AK, pero Stalin no procedió de igual modo ya que no tenía ningún interés en favorecer el triunfo de un alzamiento potencialmente hostil a los intereses soviéticos en la zona. Además, el Ejército Rojo acababa de ser sorprendido por la contraofensiva de Model que, si bien es posible que fuese considerada desde el principio por Zhukov y Rokossovski como un revés pasajero, puso fin, al menos de manera temporal, al avance soviético iniciado hacía más de un mes.

Parece que ambos generales elaboraron un plan que presentaron a Stalin y que hacía referencia al reinicio de la ofensiva el día 8 de agosto. Este proyecto preveía el reagrupamiento de las fuerzas soviéticas con vistas a la toma de Varsovia en un gran movimiento de tenazas para posteriormente lanzarse contra el Reich a través de las llanuras polacas. Los alemanes no disponían en la zona de fuerzas de consideración con las que oponerse a una segunda ofensiva rusa y, debido a esto, parece ser que los militares soviéticos consideraban factible tomar Berlín antes de finales de año.


La actitud de Stalin

Sin embargo, la mente de Stalin estaba ya pensando más en la posguerra que en la derrota de Alemania. Liberar Varsovia hubiese dado a Polonia, país que la URSS había contribuido a invadir en 1939, una victoria que al mandatario soviético no le reportaría ningún beneficio. Por ello, el dictador georgiano tomó una decisión que, si bien ha sido ampliamente criticada en la posteridad por motivos éticos, no puede ser tratada del mismo modo si atendemos a criterios estratégicos y geopolíticos: abandonar la capital polaca a su suerte y dirigir sus tropas contra los los aliados que todavía le quedaban al Tercer Reich en Europa Oriental.

El líder bolchevique calculó acertadamente que a los ejércitos angloamericanos, todavía entrampados en los campos de batalla de Francia, les quedaban varios meses antes de llegar a amenazar el territorio alemán. Por ello, concentró sus esfuerzos en reforzar la posición de la URSS en todo el este de Europa con vistas a alcanzar una posición de preeminencia en el mundo de posguerra y no simplemente en luchar contra los alemanes a quienes ya consideraba prácticamente derrotados. El Ejército Rojo se desvió del eje de su avance y se lanzó en los meses siguientes contra Rumanía, Bulgaria y Hungría. Stalin buscaba tanto privar a los alemanes de los recursos que todavía obtenían de estos países como asegurarse la lealtad de estas naciones tras la contienda, cosa que consiguió.

Por ello, cuando se analiza la actitud de la URSS ante el Levantamiento de Varsovia han de tenerse en cuenta los puntos mencionados: primero, en aquel momento el Ejército Rojo había sido rechazado por el audaz contraataque de Model; y segundo, Stalin consideró con acierto que en aquellas circunstancias le salia más rentable dejar que los alemanes acabasen con la insurrección polaca y emplear sus tropas en otros teatros de guerra. La medida, que implicaba dejar a las tropas de un país aliado privadas de ayuda en un momento crítico, puede ser censurada desde un punto de vista ético y moral, pero estrategicamente supuso un éxito absoluto.


Resultados de la Operación Bagratión

Independientemente de los acontecimientos de Varsovia, la Operación Bagratión, a pesar del moderado éxito de la contraofensiva de Model, supuso una derrota total y absoluta para el Tercer Reich. En algunos puntos el Ejército Rojo había avanzado 700 Km, logrando que Bielorrusia quedase nuevamente bajo control de la URSS y recuperando de este modo la mayor parte de lo que había sido el territorio soviético de preguerra. Sin embargo, las ganancias de terreno no representaban el mayor éxito soviético ni el mayor problema para los alemanes. La ofensiva rusa había desmantelado por completo el sistema defensivo del Reich en el Este, aniquilando al Grupo de Ejércitos Centro y aislando al Grupo de Ejércitos Norte del resto de las tropas alemanas en el Ostfront. Las cifras de pérdidas son difícilmente calculables, pero podemos estimarlas en torno a los 300.000 muertos, 200.000 heridos y 100.000 prisioneros. En definitiva, el grupo de Ejércitos Centro había dejado de existir. Las pérdidas materiales también fueron muy elevadas, pero los numero exactos cambian mucho de un historiador a otro. Para orientarnos, podemos dar la cifra de unos dos o tres mil carros carros de combate destruidos. Del lado soviético, las perdidas materiales fueron todavía mayores, pero las humanas se suelen estimar en torno al 50% de las germanas.

Y ahora la pregunta: ¿cual fue la razón de que los soviéticos fueran capaces de asestarle un golpe tan atronador a los alemanes? El hundimiento del frente germano no puede achacarse solo a la superioridad rusa. La Werhmacht llevaba años enfrentándose en inferioridad numérica, tanto en términos humanos como materiales, a los ejércitos soviéticos, sin por ello llegar a venirse abajo tan estrepitosamente como lo hizo en 1944. Pero en ese año existía un factor que estaba ausente en los años anteriores: la superioridad aérea soviética. Ya hemos indicado el escaso número de aparatos con los que contaban los germanos en la zona. Esto era debido a que tras el desembarco de Normandía, gran parte de las ya mermadas fuerzas aéreas alemanas fueron trasladadas al oeste con el objetivo de tratar de ofrecer cierta cobertura a las tropas que se encontraban combatiendo a las fuerzas aliadas. La medida no supuso ninguna ventaja apreciable en el frente occidental, y a cambio privó a los germanos de aviación en el este, justo en el momento en que se iba a desencadenar la mayor ofensiva soviética de la guerra. Esta carencia provocó que los alemanes antes de la ofensiva no pudiesen efectuar vuelos de reconocimiento suficientes y que, durante la misma, no dispusieran de medios para defenderse de los miles de aparatos soviéticos que les hostigaban. Este factor, unido a la mejora constante en la calidad del Ejército Rojo y a la cada vez mayor maestría mostrada por los soviéticos en el desarrollo de las operaciones bélicas, provocó un derrumbe en las líneas alemanas como nunca se había visto en la contienda.

Fuente principal:
Tierra calcinada. La guerra en el Frente Ruso 1943-1944
Autor: Paul Carell
Inédita editores

domingo 25 de octubre de 2009

Europa en Guerra 1939-1945: ¿Quién ganó realmente la Segunda Guerra Mundial?



El titulo que analizamos supone posiblemente el mejor intento de ofrecer una explicación a la Segunda Guerra Mundial en Europa desde una perspectiva global. A lo largo de sus páginas Norman Davies, un historiador británico, narra episodios tan dispares del conflicto como las composiciones de los diferentes ejércitos, el holocausto, las complejas relaciones entre los aliados, el fascismo, el movimiento partisano, los bombardeos angloamericanos, la tragedia de Varsovia, etc.

El libro está estructurado en seis capítulos:

-Interpretación. Cinco Factores
-Guerra. Las acciones militares en Europa 1939-1945
-Política. Antes, durante y después de la guerra
-Soldados. Del reclutamiento a la tumba
-Civiles. Vida y muerte en tiempos de guerra
-Retratos. La segunda guerra mundial en el cine, la literatura y la historiografía

A los que se añade un capítulo final titulado con gran acierto Inconclusiones

Davies muestra una visión exhaustiva del conflicto. En las primeras páginas del libro nos ofrece una serie de tablas condensando la información referente a las capacidades militares de los diversos países contendientes: número de soldados, aviones, barcos, carros de combate... a estos une cifras de victimas, tropas desplegadas en los diferentes teatros, potencial industrial y producción bélica. Todo ello ayuda a hacerse una idea de las capacidades de caza país en el punto de partida, lo que favorece la comprensión de las actitudes posteriores de cada uno. El autor esboza también la gestación de la Gran Coalición y los problemas que salpicaron a la misma durante su existencia y hasta al inicio de la Guerra Fría.

En el segundo capítulo, Davies narra de manera resumida las acciones militares más importantes que acontecieron en Europa. Es aquí donde se empieza a palpar la diferencia con la mayor parte de los libros que versan sobre la SGM. El autor, aún siendo británico, trata de poner en sus justos términos la participación de la Unión Soviética en la guerra. A lo largo de toda la obra se encuentran frases como: “si se hiciera justicia, todos los libros sobre la segunda guerra mundial dedicarían unas tres cuartas partes de su contenido al frente del este”.

El tercer capítulo, dedicado a la política, nos muestra como se articularon las relaciones entre los diversos estados europeos tras la primera guerra mundial. El capítulo abarca desde la paz incomoda surgida en Versalles hasta los inicios de la guerra fría entre los EEUU y la URSS, pasando por las convulsas relaciones de los países del Eje, el papel de los países neutrales, la amistad germano soviética, los esfuerzos de Churchill por atraer a los americanos, etc.

En el capitulo dedicado a los soldados el autor nos muestra las diferencias existentes entre los ejércitos en liza, mostrando las taras y los puntos fuertes de cada uno. Es aquí donde se tratan aspectos como las armas, la instrucción o el nivel de control político que los estados ejercían sobre sus tropas. También se hace referencia a aspectos menos conocidos y más polémicos, como es el caso de la participación de soldados judíos en la Wehrmacht.

El quinto capítulo, dedicado a los civiles, entra en aspectos como los trabajadores forzados, el robo de niños polacos perpetrado por los nazis, los campos de concentración, la limpieza étnica... En este capítulo, como en toda la obra, aún destacando los crímenes cometidos por la Alemania de Hitler, el autor no pasa por alto los aspectos oscuros del comportamiento soviético. Katyn y el Gulag también tienen cabida en estas páginas. A lo largo de la obra el autor no se olvida tampoco de señalar aquellos campos, como el bombardeo de Dresde, en los que la conducta de los aliados occidentales no puede ser calificada de ejemplar.

El último episodio, retratos, Davies nos ofrece un amplio abanico de obras escritas, filmadas o enmarcadas en la segunda guerra mundial. Tienen cabida aquí desde las novelas bélicas de Sven Hassel hasta “Salvad al Soldado Ryan”, pasando por “la Gran Evasión”, “Doce del Patíbulo”, las fotos de Robert Cappa, etc. El autor diferencia entre las realistas y las que son pura ficción pero ofrece ejemplos de ambas.

Como conclusión, podemos decir que el libro de Davies es una gran obra que intenta -y consigue- ofrecer una visión amplia y no excluyente de los acontecimientos que salpicaron la historia de Europa, no solo entre 1939 y 1945, sino también entre las décadas anteriores y posteriores al conflicto. En sus páginas aparecerán tanto Hitler y Stalin como los civiles anónimos entrampados en el reparto de Polonia. Nos encontraremos con Rüdel, Churchill, Rokossovski, Auschwitz y Nemmersdorf. En definitiva, “Europa en Guerra” es un magnifico libro, con un extensisimo listado de fuentes y un anexo sobre las obras recomendadas para profundizar en los temas que en el texto de Davies se esbozan. Además, cosa que es muy de agradecer, un extraordinariamente amplio indice onomástico facilita la consulta posterior de algún apartado específico sin recurrir a la tediosa tarea de abrir el libro a ojo y pasar diez minutos pasando páginas hasta encontrar el punto que buscábamos.

Título: Europa en Guerra 1939-1945 ¿quién ganó realmente la segunda guerra mundial?
Autor: Norman Davies
Ed: Planeta. 2008
Precio: 22,5 Euros

domingo 18 de octubre de 2009

Operación Bagratión I


El 20 de mayo de 1944, Stalin y otros altos cargos soviéticos se reunieron con varios de sus generales para coordinar la que iba a ser la ofensiva de verano rusa: la Operación Bagratión. Entre los militares que allí se encontraban se hallaba Rokossovski, comandante del Primer Frente de Bielorrusia y uno de los generales soviéticos más competentes, cuyas sobresalientes cualidades de mando habían quedado de manifiesto durante las batallas de Stalingrado y Kursk en los años precedentes. Durante la reunión, Stalin propuso que el frente comandado por Rokossovski realizase una sola ofensiva contra la ciudad de Bobruisk pero este general, conocedor de que una única ofensiva causaría a sus tropas grandes bajas y daría a los alemanes la oportunidad de defenderse, se enfrentó al Vozhd y solicitó que la campaña se articulase en torno a dos operaciones igualmente prioritarias: una ofensiva sobre Bobruisk y, en paralelo, una ofensiva sobre Slutzk. Ello suponía una dispersión de fuerzas pero, dada la superioridad en medios materiales y humanos que había alcanzado el Ejercito Rojo, dicha dispersión causaría más dificultades a los alemanes a la hora de organizar la defensa que a los rusos en el momento de llevar a cabo el ataque.

-Sal y piensatelo bien- Le dijo Stalin a su general, a quien hizo pasar nuevamente a la estancia al cabo de un rato.

-¿Te lo has pensado mejor, general?- Inquirió el dictador soviético.

-Sí, camarada Stalin-

-¿Entonces qué? ¿una sola ofensiva?-
Insistió el máximo mandatario de la URSS.

Se produjo un tenso silencio hasta que Rokossovski contestó:

-Dos acometidas son más aconsejables, camarada Stalin-

Nuevo silencio y nuevo intento de Stalin:

-Sal y vuelvetelo a pensar. No seas terco, Rokossovski-

El general volvió a abandonar la habitación mas, una vez en la estancia contigua, se dio cuenta de que no estaba solo: Molotov y Malenkov estaban con él y trataron de hacerle comulgar con la idea de Stalin:

-No te olvides de donde estas y con quién estas hablando, general- le dijo Malenkov –es con el camarada Stalin con quién estas en desacuerdo– remachó

-Tienes que estar de acuerdo con él, Rokossovski– añadió Molotov –Estar de acuerdo. ¡Y no hay más que hablar!-

Tras esto, el general fue invitado a volver a la sala donde se encontraba Stalin. Pero Rokossovski, quién había sufrido en sus carnes la brutal represión que el régimen soviético ejercía contra todos aquellos que discrepaban, siquiera ligeramente, con la ortodoxia stalinista, no era un general que se caracterizase por una servil aceptación de las ordenes de la superioridad e iba a ponerlo una vez más de manifiesto.

-Y bien, ¿qué es mejor?- Preguntó el líder soviético una vez que Rokossovski volvió a estar en su presencia

-Dos acometidas- El general de ascencencia polaca siguió en sus trece

La reunión se volvió a sumir en un silencio sepulcral hasta que el Vozhd se decidió a hablar:

¿puede ser que dos acometidas sean realmente lo mejor?

Soprendentemente, Stalin daba su brazo a torcer. Simon Sebag de Montefiore, el autor al que hemos utilizado como fuente en lo que se refiere a la discusión entre el mandatario y el general no indica la reacción de Stalin más allá de la mencionada pregunta. Rokossovski, en sus memorias, afirma que el mandatario soviético comentó:

-La insistencia del jefe del frente demuestra que está minuciosamente pensada la organización de la ofensiva, y esto representa una segura garantía del éxito-

Sin embargo, es posible que, según indica el historiador y periodista alemán Paul Carell, Stalin aceptase la postura de Rokossovski no sin antes advertirle que le hacia plenamente responsable de un eventual fracaso en las operaciones.


La situación global

En sur de Europa, Roma es declarada ciudad abierta y cae sin combatir el 4 de junio. Lo que podía haber resultado un gran triunfo quedó empañado por el hecho de que las tropas germanas -el 10º Ejercito al mando de Vietinghoff- consiguieron escapar hacía el norte. Los alemanes desplegaban en Italia en estas fechas poco más de una veintena de divisiones.

El 6 de junio los aliados lanzaban finalmente la Operación Overlord. La ofensiva, dificultada enormemente por la tenaz resistencia germana, se desarrolló con una lentitud exasperante. A pesar de ello, los angloamericanos establecieron desde el principio una firme cabeza de playa de la que los alemanes no pudieron expulsarlos. En pocos días, a pesar de que el avance aliado no se caracterizase por su rapidez, pareció claro que el segundo frente que los angloamericanos llevaban tiempo prometiendo a los soviéticos quedaba definitivamente establecido. Los alemanes desplegarían alrededor de 60 divisiones en el Frente Occidental.

En resumen, estos dos teatros de operaciones, a pesar de tener una importancia relativa mucho menor que el Ostfront en el marco global de la guerra, empeñaban unas fuerzas alemanas en un momento en que hubiesen resultado extremadamente necesarias en el Este. Y es que en el verano de 1944 los soviéticos iban a lanzar la mayor ofensiva de la guerra: la Operación Bagratión.


La situación en el Frente del Este

Tras las campañas del invierno de 1943-44, en el frente germano-soviético se presentaba una situación complicada para los alemanes. El Ejército Rojo practicamente había recuperado todo el territorio soviético de preguerra en la zona sur del frente, pero en el norte las tropas alemanas seguían conservando gran parte del terreno ganado durante la Operación Barbarroja. A mediados de 1944 todavía se hallaban bajo control de la Wehrmacht las repúblicas bálticas -Estonia, Letonia y Lituania- y el territorio de lo que sería en la posguerra la república soviética de Bielorrusia.

Esta singular situación del frente provocó que Hitler y el alto mando germano cometieran el error de suponer que el ataque soviético se lanzaría desde la región de Galitzia, al oeste de los pantanos del Pripet. Hitler creía que desde allí las tropas soviéticas tratarían de romper en dirección a Königsberg, ciudad situada a apenas 450 km de las líneas rusas en Galitzia, con el objetivo de cercar al grueso de las tropas germanas de los grupos de Ejército Norte y Centro. Por ello, fue en esa zona donde los alemanes concentraron la mayor parte de sus reservas -una fuerza de choque nada despreciable compuesta por ocho divisiones acorazadas y dos de granaderos- con la intención de descabezar el avance ruso en el momento en que este se iniciase. Finalmente, estas tropas se encontrarían a 200 km de donde se iban a desarrollar los principales ataques soviéticos.





Previsiones alemanas para la ofensiva sovietica (los mapas muestras las fronteras actuales)


El ataque

Tras la reunión a la que hemos hecho referencia al comienzo de la entrada, Stalin y la Stavka -Cuartel General Supremo de las Fuerzas Soviéticas- se embarcaron en la tarea de concluir los preparativos para la ofensiva que debía terminar de expulsar a los alemanes del territorio de la URSS. Los rusos planean iniciar la campaña que lleve a los alemanes a un punto de no retorno justo el día en que se cumplen tres años desde el inicio de Barbarroja. Para ello, según cifras del historiador alemán Paul Carell, concentran en cuatro Frentes (Grupos de Ejército) la asombrosa cantidad de dos millones y medio de soldados, 6.000 tanques y cañones de asalto, 45.000 piezas de artillería y 7.000 aviones. Otras fuentes reducen las cifras ligeramente: Norman Davies habla de 5200 tanques y 5300 aviones y David Solar reduce el número de piezas de artillería empleadas por los soviéticos a 30.000. En cualquier caso supondrían unas cantidades de material bélico impresionantes. Este último autor estima que las proporciones eran de 3 a 1 en hombres, 7 a 1 en blindados y 50 a 1 en aviones a favor de los soviéticos. Es decir, mientras que a estas alturas de la guerra los alemanes todavía podían situar setecientos u ochocientos mil hombres en el Grupo de Ejércitos Centro, solo pudieron apoyarlos con un millar escaso de tanques y, por asombroso que parezca, apenas pudieron juntar 40 aparatos de caza y un centenar de bombarderos.


La noche del 20 de Junio, como antesala de la operación, los partisanos lanzaron una amplia campaña de sabotaje. A lo largo de la misma llevaron a cabo 1000 voladuras en las lineas férreas que atravesaban el teatro de operaciones, complicando enormemente los movimientos de tropas, víveres y municiones. Tras esto, la ofensiva propiamente dicha comenzó el día 22. Coordinados por los mariscales Zhukov y Vasilievski, los 4 frentes soviéticos se lanzaron, tras un intensisimo bombardeo de artillería, contra el Grupo de Ejércitos Centro comandado por Busch. Rokossovski presionaba con las “dos acometidas” ejecutadas por su Primer Frente Bielorruso en dirección noroeste, al tiempo que el 2º y 3er Frente de Bielorrusia con el 1er Frente del Báltico avanzaban en dirección oeste aplastando a las tropas germanas. El frente queda roto al primer contacto y las lineas alemanas son atravesadas en multitud de puntos ya en la embestida inicial.



1ª Fase de la Ofensiva


En el cuartel del Führer se resisten a creer las noticias que les llegan. De modo similar a lo ocurrido en Normandía hacía escasamente dos semanas, Hitler estaba convencido de que el ataque se llevaría a cabo por un punto distinto -Galitzia- al que se finalmente resulto ser el correcto -Bielorrusia-. Esto impidió a los germanos hacerse una idea adecuada del panorama general en el primer momento, ya que hasta que no transcurrieron 24 horas desde el inicio del ataque Hitler y sus colaboradores no se avinieron a considerar que se hallaban ante la verdadera ofensiva soviética y no ante un mero movimiento de distracción destinado a encubrir las operaciones en Ucrania noroccidenal.

Cuando en Alemania finalmente se dan cuenta de la magnitud de la operación a la que se enfrentan, la reacción no pudo ser más desacertada para los intereses de los ejércitos germanos: Hitler se decanta por el establecimiento de “plazas fuertes” a lo largo del frente. Esta doctrina bélica consistía en declarar como tales una serie de ciudades, asignarles una guarnición y ordenarles que resistieran hasta el último hombre.

El establecimiento de “plazas fuertes”, en definitiva una estrategia de posiciones fijas, ya había sido ensayado por los germanos en el Frente del Este con anterioridad. En el invierno de 1941-42, con el fin de evitar la retirada general se ordenó a las tropas que se agarrasen al terreno mediante las “posiciones erizo”. En aquella ocasión, dado que la capacidad de movimientos del Ejercito Rojo era extraordinariamente limitada, las posiciones fijas germanas consiguieron absorber gran parte de la energía de la contraofensiva general soviética. Durante esa operación, un gran número de unidades rusas se enzarzaron en combates locales contra los “erizos” germanos en lugar de continuar con su marcha hacia el oeste. De este modo, el Ostfront degeneró en una serie de escaramuzas locales en la que los germanos, dada su superior capacidad táctica, tenían mucho que ganar, incluso contra un enemigo superior en número. La consecuencia fue que la contraofensiva rusa se empantanó al poco de empezar y, a pesar de que consiguió hacer retroceder en algunas zonas a la Wehrmacht, no lograría quebrar la espina dorsal del ejercito alemán.

La situación de 1944 era radicalmente distinta. el Ejército Rojo gozaba en esta fecha de una extraordinaria movilidad y capacidad de combate gracias, por un lado, a los camiones americanos que llegaban en gran número a la Unión Soviética y, por otro, a la asombrosa recuperación de la industria bélica soviética que era capaz de proveer a su ejercito con armas modernas de primera clase, mejores en muchos casos a las de su contraparte alemán. Por ello, sucedió lo que debería haber previsto el mando alemán: el Ejercito Rojo simple y llanamente no se entretuvo en asediar las “plazas fuertes”. Si podían tomarlas, las tomaban. En caso de que no pudiesen ocuparlas, se limitaban a ponerles cerco con algunas unidades de segunda fila, manteniendo el grueso de sus efectivos en el avance hacía el oeste. Esto no debería haber supuesto una sorpresa pasa Hitler y su camarilla ya que las propias tropas germanas habían probado suficientemente a lo largo de la guerra la inutilidad de las posiciones fijas en una guerra de movimientos bien planeada.

Se establecieron varias plazas fuertes: Slutzk, Bobruisk, Mogilev, Orsha, Polotsk y Vitebsk. Todas tenían asignada una guarnición del tamaño de una división, salvo Vitebsk a la que se asignaron tres divisiones, que al final se aumentaron a cuatro. La inutilidad de las mismas se puede comprender si observamos el avance soviético: Vitebsk y Bobruisk, las piezas clave de la primera parte de la ofensiva, ya habían caído -no solo habían sido rebasadas sino que habían caído- los días 26 y 29 de junio respectivamente. En el caso de Vitebsk, Hitler autorizó a las tropas la tan ansiada libertad de movimientos apenas un día antes de que se completara el cerco. Cuando las tropas germanas se dispusieron a retirarse hacía el oeste, se dieron cuenta de que ya era demasiado tarde debido a que los rusos ya les habían rebasado. Dependiendo de que historiador citemos los números serán diferentes, pero podemos asumir que alrededor de 50.000 alemanes quedaron engullidos por los ataques soviéticos en Vitebsk y Bobruisk, provocando un boquete enorme en las lineas germanas que el Ejército Rojo se dispuso a aprovechar sin perder ni un minuto para dirigirse a la capital de Bielorrusia: Minsk.

La situación era caótica. Lo que los aliados iban a tardar dos meses en conseguir en el oeste, la ruptura del frente alemán, los soviéticos lo habían logrado en menos de una semana. Toda la estructura defensiva germana en el este se estaba desmoronando. Hasta entonces, las ofensivas soviéticas de 1942, 43 y 44, aún coronadas por el éxito, siempre habían conseguido ser detenidas a costa de grandes sacrificios y de pérdidas de territorio por parte de los germanos. No obstante, en Bielorrusia en 1944 la situación era completamente nueva. Era la primera vez que el Ejército Rojo había conseguido hundir completamente el frente alemán. No había excusas. No se trataba de tropas rumanas como en el cerco de Stalingrado, ni de las consecuencias de una ofensiva fracasada como en Kursk. Se trataba de un ataque soviético de proporciones mastodónticas que los alemanes no habían sabido parar. Y existía además un problema añadido: al oeste de Stalingrado estaba el Donets, al oeste de Kursk se hallaba Ucrania, pero al oeste de Minsk se encontraba Varsovia y, al oeste de Varsovia, solo quedaba el Reich.

En esta desesperada situación, Hitler recurre a uno de sus generales favoritos. El 28 de Junio, en el mismo momento en que estaba teniendo lugar la catástrofe, el Führer destituye a Busch y nombra a su mayor experto en operaciones defensivas, Walter Model (quien pasará a la posteridad con el sobrenombre de “El León de la Defensa”, o el más prosaico “El Bombero del Führer”), como comandante del Grupo de Ejércitos Centro o, según Guderian, como comandante “de la zona que había quedado vacia”.

domingo 11 de octubre de 2009

La Batalla de Berlin


Generalmente con este título se suele hacer referencia a la toma de la capital alemana por el Ejército Rojo en 1945, pero lo cierto es que hubo otra “Batalla de Berlín” anterior mediante la cual los aliados occidentales trataron de poner fin a la guerra. Nos estamos refiriendo la campaña de bombardeo que los angloamericanos llevaron a cabo entre noviembre de 1943 y marzo de 1944 sobre la capital germana. Esta “Batalla de Berlín” es poco conocida en comparación con las otras grandes operaciones de bombardeo. De hecho, cuando se habla del bombardeo aliado los primeros nombres en aparecer son los de Dresde o Hamburgo, dos de las ciudades más devastadas por los aparatos americanos y británicos; pero no se suele mencionar a Berlín, cuando lo cierto es que esta ciudad sufrió lo que el historiador Rolf Dieter Müller califica como “La mayor batalla de bombarderos de la historia”

Introducción

“Debe exponerse con toda claridad y franqueza el objetivo de la Ofensiva Combinada de Bombardeos así como el papel reservado dentro de ella al Mando de Bombardeo en virtud de la estrategia acordada por los ejércitos británico y estadounidense. El objetivo es la destrucción de las ciudades alemanas, la muerte de los trabajadores alemanes y la desarticulación de la vida social civilizada en toda Alemania.

Debería subrayarse que la destrucción de edificios, instalaciones públicas, medios de transporte y vidas humanas, la creación de un problema de refugiados de unas proporciones hasta ahora desconocidas y el derrumbe de la moral tanto en el frente patrio como en el frente bélico por medio de unos bombardeos todavía más amplios y violentos constituyeron objetivos asumidos y deliberados de nuestra política de bombardeos. En ningún caso son efectos colaterales de los intentos de destruir fabricas.”
Arthur Harris a Charles Portal (Jefe del Estado Mayor del Aire) el 25 de Octubre de 1943.

Tras la campaña de bombardeos sobre el Ruhr y el raid sobre Hamburgo, el mariscal del aire Arthur Harris, jefe del Bomber Command (mando de bombardeo británico), comenzó a elaborar planes más ambiciosos. El conocido como “Bomber” Harris creía que una serie ininterrumpida de bombardeos sobre la capital germana sería mucho más efectiva que todas las operaciones terrestres que se estaban llevando a cabo contra el Reich, incluyendo a la futura operación Overlord. Estimaba, con cierto optimismo, que con 16 grandes ataques sobre Berlín se pondría fin al conflicto. “A nosotros nos supondrá la pérdida de 400 o 500 bombarderos, pero para Alemania significará la pérdida de la guerra” le aseguro a Churchill.

La Batalla de Berlín fue una operación mayoritariamente británica a la que los americanos se sumaron tardíamente, solo para llegar a tiempo de ver como eran derrotados los aliados. Debido al carácter británico de la campaña, durante la misma se prestó escasa atención a los objetivos industriales y se planteó como misión principal la destrucción de la capital germana. Diversos historiadores son extremadamente claros en este punto. Rolf Dieter Müller sostiene que “mientras los planificadores de los bombardeos estadounidenses se fijaban en las cifras de producción de las empresas armamentistas alemanas y en las interconexiones económicas, los técnicos de Harris calculaban fríamente como aumentar su capacidad de destrucción. Sus cálculos de proyección no tenían como objetivo el cese de la producción sino la destrucción de ciudades”. El español Fernando Paz añade “la dirección de la ofensiva estuvo en manos británicas desde el principio, de modo que solo fue atacado un objetivo industrial de importancia: la fábrica de FW-190 de Kassel


El Ataque

La noche del 18 de noviembre se produjo el primer ataque sobre la capital del Reich. En el trascurso del mismo, 444 aparatos fueron lanzados contra Berlín, perdiéndose solo nueve de ellos. A pesar de que las cifras de pérdidas fueron notablemente bajas, los daños causados a los germanos fueron igualmente reducidos. El 21 se volvió a producir un ataque, esta vez más limitado, y la noche del 23 los británicos volvieron a preparar un severo golpe lanzando 700 bombarderos sobre la capital germana. En esta ocasión, sí consiguieron causar graves daños a la ciudad, destruyendo gran parte del centro urbano. Sin dejar a los alemanes tiempo para recuperar el aliento, la noche siguiente los británicos volvieron a la carga y enviaron 380 bombarderos para que continuasen la labor de sus predecesores. Tras otro pequeño bombardeo, los ingleses dieron por terminada una primera serie de operaciones contra la capital enemiga. Como resultado de esta, 4000 berlineses murieron y 10000 edificios fueron totalmente destruidos. Las perdidas británicas ascendieron a 123 bombarderos. El hecho de que el número de victimas civiles fuese considerablemente reducido si lo comparamos con él de otros bombardeos se debe a los muchos bunkers con los que contaba la capital del Reich. Gracias a ellos, gran parte de la población berlinesa se salvo de las bombas aliadas aunque sus casas no corrieran la misma suerte.

Los ataques continuaron a lo largo de los meses siguientes pero, a pesar de la ingente cantidad de aparatos empleados por los británicos -alrededor de 8000 bombarderos-, las pérdidas germanas no fueron excesivamente elevadas y la moral de la población del Reich no se desmoronó. Aunque los bombardeos causaron problemas a los alemanes estos fueron capaces generalmente de capear el temporal. Por ejemplo, el ministerio de armamento fue alcanzado por las bombas aliadas, pero Speer logró descentralizar las diferentes secciones y continuar con los programas de incremento de la producción bélica. Al finalizar la ofensiva en marzo de 1944, los británicos habían causado 10.000 muertos a los alemanes, dejando además a un millón y medio de personas sin hogar. Los daños a instalaciones militares o a la capacidad industrial germana fueron mínimos. Las pérdidas sufridas por los británicos fueron muy elevadas si se atiende a los resultados obtenidos: 495 aviones fueron derribados por la caza y por la defensa antiaérea germana, más de 3000 tripulantes de los bombarderos murieron y alrededor de mil fueron hechos prisioneros.

Finalmente, los americanos se sumarían en marzo a la ofensiva británica lanzando a lo largo del mes una serie de ataques diurnos sobre la capital alemana, pero los resultados globales de la campaña no mejoraron. En su primer ataque, el 4 de marzo, los americanos enviaron 504 bombarderos B-17 contra Berlín, pero solo una treintena de aparatos lograron encontrar la ciudad y no causaron daños graves. Dos días después, 627 fortalezas volantes bombardearon la Big B -el nombre dado a Berlín por los tripulantes de los bombarderos americanos- machacando nuevamente la ciudad. Las pérdidas sufridas por los estadounidenses fueron del 10 por ciento de sus aparatos. El día 8 más de un millar de bombarderos sobrevolaron la capital del Reich inundandola nuevamente de bombas. Los daños causados a las infraestructuras civiles de la ciudad fueron elevados, pero las instalaciones militares permanecieron relativamente intactas. Las pérdidas de los americanos se incrementaron ligeramente con respecto a los anteriores ataques. Finalmente, el día 22 de los estadounidenses lanzarían su ultimo gran ataque contra Berlín, movilizando más de 600 bombarderos sin conseguir mejor resultado que en las ocasiones precedentes. Las pérdidas americanas alcanzarían de media casi el 12 por ciento de los aparatos enviados contra la ciudad a lo largo del mes de marzo. La cifra es extraordinariamente alta, sobre todo teniendo en cuenta que no se consiguió provocar el esperado derrumbamiento de la capital del Reich y, como consecuencia del mismo, de toda la Alemania Nazi.


Conclusiones

La Batalla de Berlín supuso la ejecución de un total de 32 bombardeos sobre la capital del Reich, la mitad de los mismos involucrando más de 400 aviones al mismo tiempo. Como consecuencia de los ataques, Berlín no fue aniquilada, pero sí resulto dañada en extremo. Sin embargo, estos daños no se tradujeron en una disminución significativa del potencial bélico germano. Las operaciones sobre Berlín, pese a suponer una dura prueba para la defensa antiaérea y la caza germana, no consiguieron, ni siguiera parcialmente, su objetivo de poner definitivamente de rodillas a la Alemania nazi. La población civil alemana, como en gran parte de los bombardeos aliados, fue la gran castigada, mientras que la infraestructura militar del Reich apenas resultó afectada.

Visto con la ventaja que nos da la historia, podemos decir que los aliados cayeron en el mismo error que cometieron los alemanes al centrar sus bombardeos sobre Londres en 1940. La aviación angloamericana trato de buscar la conclusión de la guerra reduciendo Berlín a cenizas, en lugar de centrarse en barrer de los cielos a la Luftwaffe y en destruir las industrias de guerra que alimentaban a la Wehrmacht. El resultado no fue mejor que el conseguido por los germanos tres años antes. La única diferencia fue que los aliados tenían fuerzas de sobra para reponerse de las pérdidas que les causaban los alemanes y los germanos nunca pudieron recuperar la posición de preeminencia en lo cielos que ostentaron en el verano y otoño de 1940.

Existen varias semejanzas más con la situación de 1940:

-En 1943 los alemanes habían desarrollado un aparato que, a semejanza del Spitfire británico tres años antes, suponía un formidable enemigo para las flotas de bombarderos: el ME 109G. Este caza desarrollaba velocidades superiores a los 600 Km por hora y ascendía a seis mil metros en seis minutos.

-Las flotas de bombardeo aliadas tenían que atravesar toda Alemania durante su incursión. A lo largo del trayecto eran continuamente atacadas por las instalaciones antiaéreas germanas, que no habían parado de perfeccionarse desde que comenzaron los bombardeos británicos en 1940.

-La caza germana, al operar sobre su territorio -a semejanza de la inglesa en 1940- elegía donde entablar combate con los bombarderos aliados.


El Tercer Reich disponía por aquella época de alrededor de 2500 cazas operativos, una cifra nada extraordinaria si la comparamos con los aparatos que podían desplegar los angloamericanos. De ellos, unos 1650 se encontraban en el teatro occidental, y de estos el 75% se encontraban concentrados en territorio alemán, es decir donde más problemas podían causar al enemigo exponiéndose ellos a los mínimos peligros posibles. No era una fuerza impresionante, cierto; pero su concentración en el lugar oportuno unida a la confluencia de los factores antes mencionados sirvió para provocar considerables destrozos en las formaciones aliadas.

Esto provocó que la Batalla de Berlín concluyese con una derrota para los aliados, derrota ni muy apreciada entonces ni muy recordada posteriormente, pero derrota al fin y al cabo. Los cazas y la defensa antiaérea germana consiguieron abatir un gran número de aparatos enemigos forzando a los aliados a poner fin a sus bombardeos sobre la capital alemana sin llegar siquiera a acercarse en ningún momento a la consecución de su objetivo original: el colapso del Tercer Reich. Como aspecto positivo para los aliados cabe señalar que la moral germana, aún sin desmoronarse, sí resultó dañada. Pese a la propaganda de Göbbels (“nuestros muros se rompen, nuestros corazones no”) los civiles berlineses veían como su ciudad era atacada sin descanso por oleadas de aviones enemigos que, sin llegar por el momento a enseñorearse sobre los cielos germanos como sí lo harían en menos de un año, parecían inmunes a las pérdidas que les causaban los cazas de la Luftwaffe. Muchos veteranos del frente hacía tiempo que se mostraban escépticos con respecto a la “victoria final”, pero ahora ese escepticismo se empezó a palpar también entre la población civil. Queda a juicio de cada uno, pero posiblemente esta sea una recompensa demasiado baja para los recursos empleados.

En definitiva, la aviación angloamericana se empecinó, con obstinación digna de mejor causa, en reducir a escombros la capital germana, asumiendo los aliados que con ello conseguirían el desmoronamiento de la Alemania Nazi. Asombra comprobar como cometieron el mismo error en el que habían caído los germanos cuando se empeñaron en bombardear Londres, dando por sentado que así conseguirían la rendición del Imperio Británico. Los alemanes no tuvieron ni oportunidad ni fuerzas para enmendar su error, pero los formidables recursos de los angloamericanos les permitieron replantear la campaña aérea, otorgándole un nuevo enfoque: orientar los bombardeos no solo a la destrucción de las ciudades alemanas sino también como soporte a la gran operación anfibia y subsiguientes operaciones terrestres que emprenderían en Europa occidental en 1944.


Fuentes principales:

“La muerte caía del cielo”
Rolf Dieter Müller
Imago Mundi. 2008

“Europa bajo los escombros”
Fernando Paz
Altera.2008

domingo 4 de octubre de 2009

Werwolf V

Vamos a terminar hoy la serie de entradas referidas a las guerrillas nazis con el último aspecto de cierta relevancia del movimiento que nos queda por tratar: las actividades del Werwolf en el Este. Para evitar que el blog se haga monótono, dejaremos de momento sin estudiar las operaciones del Werwolf tras la caída del Tercer Reich y volveremos sobre este tema dentro de unas semanas.

Por cierto, bienvenido Taylor.


El Werwolf en el Este

La organización de las guerrillas nazis en los territorios orientales del Reich tiene lugar a partir del otoño de 1944. En ese momento, a pesar de muchas baladronadas oficiales, se empezó a ver como algo más que posible el hecho de que los soviéticos acabarían penetrando en Prusia Oriental. La ofensiva rusa en esa zona en Octubre vino a reforzar esta creencia. En ese mes, el Ejercito Rojo consiguió entrar por primera vez en la contienda en territorio alemán. Las tropas soviéticas arramblaron con todo lo que tenían por delante y entraron en la zona a sangre y fuego, violando a centenares de mujeres alemanas y haciendo prisioneros a un gran número de civiles germanos no combatientes. La Werhmacht consiguió lanzar una contraofensiva exitosa pocas semanas después, logrando hacer retroceder a los rusos, quienes solo mantuvieron en su poder una estrecha franja de territorio germano.

Las atrocidades cometidas por los soviéticos trataron de ser explotadas por los alemanes quienes inmediatamente después de que finalizase la contraofensiva de la Werhmacht llamaron a observadores de la prensa de los países neutrales para que fuesen testigos de las matanzas que habían llevado a cabo los soldados del Ejercito Rojo: mujeres crucificadas, civiles colgados, bebes asesinados a golpes... Göbbels también intentó sacar provecho de la situación y se encargó de que la prensa germana redoblase sus ataques contra la conducta brutal de las tropas soviéticas.

Estos hechos, que a priori deberían haber causado que la población civil germana adoptase una postura favorable al Werwolf, tuvieron como consecuencia un resultado muy distinto. Los civiles, tanto los que habían sido testigos y supervivientes de las atrocidades soviéticas, como los que solo se enteraron de ella por la prensa, comenzaron a abandonar masivamente la zona y se trasladaron a provincias mas occidentales del Reich. Los que se quedaron en el territorio bajo control del Ejercito Rojo fueron evacuados inmediatamente por las autoridades soviéticas, privando de este modo a las guerrillas alemanas del soporte vital que una población civil afecta puede ofrecer.

La Drang nach Westen -marcha hacia el Oeste- de la población civil germana se acentuará una vez que los rusos reanuden su ofensiva en enero de 1945, causando nuevamente que el Werwolf no contase con un apoyo civil de importancia en ninguna de las provincias orientales del Reich que iban siendo engullidas por los soviéticos. Estos contaban a su vez con una herramienta de vital importancia en los combates contra cualquier tipo de tropas irregulares: las divisiones de seguridad. Estas eran unidades especialmente entrenadas para la lucha antipartisana que los soviéticos habían ido perfeccionando desde la guerra civil rusa y que desplegaban en todos los territorios -incluido el soviético- en los que se encontraban con algún indicio de actividad guerrillera.

Las circunstancias antes mencionadas provocaron que la actividad del Werwolf se mantuviese bajo mínimos en el Este. A esto se unía el secretismo con el que los soviéticos se movían en cualquier tipo de operaciones, incluidas las antipartisanas. Este secretismo ha provocado que la documentación existente sobre la reducida actividad guerrillera sea escasa y de difícil acceso.

Teniendo esto en cuenta, vamos a relatar la experiencia de uno de los grupos Werwolf que sí tuvieron un relativo éxito en el hostigamiento a las tropas enemigas en el Este, no en Prusia, sino en Austria, donde los ya relatados factores minimizadores de la actividad guerrillera, aún existiendo, no fueron tan relevantes.


El Jagdkommando de Fred Borth

Borth era un vienes miembro de las Juventudes Hitlerianas, quién con dieciséis años de edad fue reclutado por el Werwolf. En enero de 1945 fue enviado a un campamento en Passau a recibir formación en la actividad guerrillera. Allí sera entrenado por un comandante de las SS apodado “el Obispo” por haber sido anteriormente un sacerdote ortodoxo. La formación que el Obispo daba sus reclutas era extremadamente dura tanto en lo militar (en un ejercicio asfixiaba a sus alumnos hasta que empezaban a perder el conocimiento) como en lo político (mostraba a los reclutas imágenes de las atrocidades cometidas por los soviéticos contra la población civil y de los efectos causados los bombardeos angloamericanos sobre las ciudades alemanas).

Borth termina su entrenamiento a principios de febrero y sera devuelto inmediatamente a las Juventudes Hitlerianas, organización con la que combatirá a los rusos en los duros enfrentamientos que tienen lugar en Viena en esos momentos. En abril es de nuevo requerido por el Werwolf donde el Obispo le asigna el mando de un Jagdkommando de 65 hombres. El grupo lo formaban un asistente médico, un transmisor de radio y un especialista ucraniano en operaciones antipartisanas, ademas de unos sesenta adolescentes austriacos de las Juventudes Hitlerianas. Como ayuda se le proporcionó un mapa de la zona en el que se detallaba la localización de los depósitos de armas, municiones y provisiones de los que el grupo de Borth se podría servir.

En la noche del 10 al 11 de abril el grupo se desliza por las alcantarillas de la capital austriaca en un intento por infiltrarse tras las lineas soviéticas. Cuando salen a la superficie observan el caos en que se ha convertido Viena y localizan lo que parece un pelotón soviético compuesto por ocho hombres. Cuando se disponen a atacar, se dan cuenta de que los hombres no son soldados del Ejercito Rojo sino miembros del Ejercito de Vlasov. Borth comunica el hallazgo por radio y, como respuesta, recibe la orden de unir a los rusos al Jagdkommando. Además, le reclaman que ataque Kritzendorf, donde están concentrados numerosos carros de combate y otros vehículos soviéticos. El ataque tendrá lugar en la mañana del 13 de abril y los hombres de Borth conseguirán destruir tres tanques y varios vehículos de distintos tipos. En el ataque morirán también varios soldados soviéticos, mientras que los alemanes sufrirán una sola baja.

En los días siguientes la actividad del grupo es reducida, limitándose a realizar algunas patrullas por la zona. A pesar de ello, el Jagdkommando perdió durante dichas patrullas a varios hombres en enfrentamientos con los soviéticos. La relativa tranquilidad se termina cuando reciben por radio la orden de atacar un puente cercano a la localidad de Tulln. Los alemanes consideran que es una operación suicida, pero los rusos se ponen manos a la obra. Poco después llegó la anulación de la orden, pero para los vlasovistas fue demasiado tarde, pues ya habían abandonado el grupo y se encaminaban a la zona señalada en las instrucciones recibidas. Se desconoce lo sucedido, pero parece ser que fueron descubiertos por los soviéticos y abatidos antes de alcanzar su objetivo.

El Jagdkommano abandona el lugar y en poco tiempo localiza un convoy soviético de gran tamaño al que tiende una emboscada en los alrededores de Hängendenstein. El golpe de mano salió bien y los alemanes se hacen con una gran cantidad de material bélico.

Tras esto, el grupo se divide en diversas patrullas. Una de ellas, consigue atacar la estación de ferrocarril de Rekawinkel y otra conseguirá emboscar a un pequeño convoy soviético matando a varios soldados del Ejercito Rojo cerca de Alland. En estas acciones el comando sufrirá varias bajas. Pocos Werwolf murieron en los combates, pero bastantes fueron heridos de gravedad y Borth se vio obligado a dejar a varios de estos últimos en manos de algunos lugareños que les ofrecieron ayuda, y a otros en refugios al cuidado del asistente médico del grupo. El mermado grupo entró nuevamente en combate contra los soviéticos el 23 de Abril en el bosque de Kaumberger. En el enfrentamiento murieron otros tres Werwolf más, quedando el grupo reducido a apenas una quincena de miembros.

Pocos días después, el reducido comando de Borth recibió algunas provisiones y armas lanzadas desde aviones de la Luftwaffe. Tras ello, el 28 de abril inician nuevamente las actividades de reconocimiento y el 1 de mayo lanzan un ataque contra un depósito de combustible del Ejercito Rojo localizado cerca de Hainfeld. El ataque tiene éxito, y los Werwolf logran destruir varios barriles de petroleo al tiempo que matan a varios soldados soviéticos y se retiran sin sufrir bajas. Una vez que los guerrilleros alcanzan el punto de reunión Orlov, el ayudante ucraniano, informa a Borth de que el operador de radio ha resultado herido por los disparos de un desertor que se suicidó pocos después. Dado que el equipo de radio ha quedado también inutilizado, Borth decide que ha llegado el momento de que el grupo vuelva a las líneas alemanas.

El camino de vuelta no estuvo exento de dificultades. Algunos lugareños ayudaban a los Werwolf proporcionándoles refugio y comida, pero también se encontraron con una granjera que gritó pidiendo socorro, llamando de este modo la atención de las tropas soviéticas que merodeaban por los alrededores. Los rusos localizaron a los Werwolf y se enzarzaron en un tiroteo con ellos, logrando abatir a dos guerrilleros germanos más. Finalmente, lo poco que quedaba del Jagdkommando original alcanzó las lineas alemanas el 5 de mayo.

Borth fue entrevistado por el Obispo el día 6, y fue informado por este de que el almirante Dönitz había ordenado el cese de la resistencia. El resultado de las operaciones del Jagdkommando debió ser satisfactorio para el Obispo, ya que Prützmann propuso a Borth para la Cruz de los Caballeros, pero el fin de la contienda impidió que este pudiese recibir la condecoración.

Sin hacer demasiado caso a la capitulación germana, Borth continuó vinculado a una célula Werwolf austriaca durante gran parte de 1945, hasta que en septiembre fue desarticulada por la policía austriaca. Borth fue encarcelado por poco tiempo y, tras salir de prisión, seguiría relacionado con los círculos neonazis austriacos durante las décadas de 1950 y 1960. Como curiosidad cabe destacar el hecho de que Borth mantuvo su interés por las actividades de guerra irregular, colaborando con los servicios secretos austriacos en la organización de la red “Gladio”, una estructura clandestina apoyada por la OTAN creada con el objetivo de combatir a los soviéticos y a las organizaciones comunistas controladas por estos.

Con esto, según lo comentado al principio de la entrada, quedaría por tratar la supervivencia del movimiento Werwolf tras la capitulación germana, pero para que el blog no resulte demasiado aburrido, volveremos con ello en unas semanas. Entretanto, cambiaremos un poco de aires.

Fuente principal:

“Los últimos nazis. El movimiento de Resistencia alemán”
Autor: Perry Biddiscombe
Inédita editores. 2005

Para el Freikorps, véase también:

“Las SS: Instrumento de Terror de Hitler”
Autor: Gordon Williamson
Libsa. 2006

domingo 27 de septiembre de 2009

Werwolf IV

Lo primero, dar la bienvenida a Alvaro. Y ahora, vamos con la siguiente entrada referida al Werwolf.

El Werwolf en el Oeste II: acciones en territorio controlado por el Reich

Otro de los objetivos principales de la guerrilla Werwolf fue la eliminación de los considerados como elementos derrotistas dentro de las propias filas alemanas cuyo número, a medida que los ejércitos aliados y soviéticos avanzaban hasta el corazón de Alemania, estaba aumentando de manera alarmante. Trataremos en esta entrada sobre dos de las acciones del Werwolf llevadas a cabo en el territorio todavía bajo control alemán durante la última semana de la guerra.


Fritz Lotto, asesino de “traidores”

Lotto era un miembro del Partido Nazi, que formó parte de los Freikorps tras la Primera Guerra Mundial, al que en noviembre de 1944 se le nombró jefe de un comando Werwolf en el noroeste de Alemania. En los primeros meses de 1945, el comando de Lotto se dedicó a realizar una serie de acciones a pequeña escala, destacando en el asesinato de alcaldes nombrados por los aliados para las pequeñas poblaciones alemanas que iban cayendo en manos de las tropas angloamericanas. Entre otros, se asume como posible que el asesino del alcalde de Kirchlegern fuese un miembro de este comando. Los hombres de Lotto también realizaron en esos meses una serie de golpes de mano contra las lineas de abastecimiento de las tropas británicas en el territorio alemán. No obstante, el “día de gloria” de Lotto aún estaba por llegar.

Tras la difusión de la noticia de la muerte de Hitler por radio Lotto se traslada al norte con la intención de localizar algún elemento del gobierno post-hitler que le pueda ofrecer algún informe oficial detallado acerca de como se ha de comportar la guerrilla Werwolf en esos caóticos días. Por un fallo mecánico en su coche, él y Fuhr -su ayudante- terminan en la ciudad de Wilhelmshaven, donde varios dirigentes nazis se encontraban en ese momento estudiado las posibilidades de defensa del enclave urbano. Será en esta localidad donde Lotto reciba instrucciones de sus superiores en las que se le ordenaba terminar con varios ciudadanos considerados no gratos por las autoridades nazis. La noche del 1 de mayo Lotto, acompañado por Fuhr quién hacía de chófer, inicia su ronda de la muerte.

El primer objetivo de Lotto estaba en la misma ciudad de Wilhelmshaven y era el detective Nussbaum, el cual ya había tenido en varias ocasiones encontronazos con la Gestapo, y con quien el propio Lotto había discutido pocas semanas antes, parece ser que debido a que el detective se negó a que uno de sus hombres prestase apoyo a la guerrilla nazi. Lotto llegó al hotel donde se hospedaba Nussbaum y, una vez que consiguió que este le franquease el paso a su habitación, le espeto una afirmación que se había oído hacer al detective pocas jornadas antes:

“pronto llegará la hora de deshacerse de los uniformes y las insignias y pasarse al otro bando”

Nada más escuchar a Lotto, Nussbaum intentó reaccionar sacando su pistola, pero aquel se le adelantó y, ya apuntándole con su arma, le preguntó si tenía alguna última declaración que hacer. El detective intentó disculparse, pero no le sirvió de nada. Lotto le condenó como traidor y le disparo dos veces a bocajarro y una tercera vez cuando el cuerpo de Nussbaum y estaba en el suelo. Inmediatamente después de cometer el asesinato, Lotto abandonó el hotel corriendo al tiempo que gritaba “el Werwolf estuvo aquí”

Tras esto, Lotto se dirige hacía el lugar en que estaba esperando Fuhr, y le ordena que le lleve a la localidad de Aldenburg donde se encontraba Göken un barbero que imprudentemente había hecho comentarios despectivos acerca de Hitler. Una vez en la localidad Fuhr, que conocía al barbero de vista, localiza a Göken quién se encontraba solo en la calle. Lotto baja del coche y se dirige a su victima. Aparentando un intentó de trabar una conversación sin importancia, Lotto deja caer un comentario despectivo acerca de las posibilidades reales de defensa de Wilhelmshaven. Göken pica el anzuelo y va más allá, afirmando que personalmente tiene ganas de ver llegar a los británicos. Esto bastó para que Lotto condenará al desafortunado Göken también como traidor, ejecutandole en el acto mediante dos disparos. Tras el asesinato, y al mismo tiempo que varias personas corrían al lugar para tratar infructuosamente de ayudar a Göken, Lotto se montó en su coche y, junto con Fuhr, desaparecé rápidamente de la zona.

Tras la ejecución de Göken, Fuhr y Lotto se dirigen a Voslapp, donde residía su tercer objetivo: un presunto comunista apellidado Danisch. Como ninguno de los dos conocía a este último, al llegar a la localidad ordenaron a las autoridades nazis locales que les llevasen a la residencia de Danisch. Una vez allí Lotto llama a la puerta de la casa de su victima y, debido a que es la mujer de Danisch quien la puerta, solicita a esta que le deje hablar con su marido en privado. Danisch acompaña a Lotto al jardín y, sin más ceremonias, este suelta una pregunta fatídica:

“¿es usted comunista?”

“Lo fui”
responde Danisch.

Tras conseguir esta “confesión”, Lotto acusa a Danisch de traidor y, acto seguido, le ejecuta mediante un disparo.

Terminará aquí la noche sangrienta de Lotto, pero no su trayectoria en la organización Werwolf. Tras cometer los asesinatos, pasará nuevamente a ocuparse de los aspectos organizativos de la guerrilla, tratando de asegurar la supervivencia de esta bajo la ocupación aliada. Fue internado por los británicos, pero estos le pusieron en libertad al poco tiempo, con el resultado de que Lotto volvió a las andadas involucrándose en las actividades Werwolf de las primeras semanas de la posguerra. En julio los canadienses lanzaron una campaña contra las guerrillas nazis, consiguiendo introducir a Fuhr -el antiguo ayudante de Lotto- como topo en la organización. Finalmente, como resultado de esta operación, los canadienses conseguirán capturar a Lotto cuando este trataba de escapar a Dinamarca.


El Werwolf en Baviera: la masacre de Penzberg

Los nombres de Lidice y Oradour han pasado a la historia como ejemplos de las atrocidades nazis cometidas contra poblaciones extranjeras ocupadas. Lo que es menos conocido es que existen casos de atrocidades similares cometidas por los dirigentes alemanes contra su propia población. Examinemos a continuación el caso de Penzberg. En esta localidad el número de victimas fue mucho menor que en las dos ciudades antes mencionadas, pero el ejemplo de Penzberg sirve para hacernos una idea de las acciones que desarrollaban los guerrilleros nazis contra su propia gente.

El 28 de abril de 1945, con las tropas aliadas en los arrabales de la zona, el antiguo alcalde socialdemócrata de la localidad, Hans Rummer, se rebeló contra los nazis. Reunió a varios partidarios, los armó con pistolas y pasó a visitar los puntos clave de la localidad: las minas y el campo de prisioneros de guerra; buscando asegurarse el apoyo tanto de los obreros como de los presos. Finalmente se dirigió al ayuntamiento y, una vez allí, no dejó al alcalde nazi de Penzberg -Von Werden- entrar en el edificio, al tiempo que le recomendaba abandonar la ciudad.

La Wehrmacht reaccionó rápidamente y esa misma tarde recuperó el control de Penzberg. Con la localidad ya en manos del ejercito alemán, los militares germanos solicitaron instrucciones al Gauletier de la región, Paul Giessler, y este dictaminó que los instigadores de la revuelta debían ser fusilados. Como resultado de esta decisión Rummer y varios de sus compañeros, un total de siete hombres, fueron pasados por las armas el mismo día 28. Pero no todo acabo ahí...

Tras el fusilamiento de Rummer, Giessler ordenó a uno de sus comandantes del Volksturmm, Hans Zöberlein, que se encargará de mantener el orden en la localidad. Zöberlein, quién al igual que Lotto era un antiguo miembro del Freikorps, formaba parte de una organización conocida asimismo como “Freikorps Adolf Hitler”, unidad pseudo-guerrillera formada en los últimos meses de la guerra y encuadrada en el turbulento movimiento Werwolf. Nada más recibir las ordenes de Giessler reunió un grupo de cien voluntarios y marchó con ellos a Penzberg, donde lo primero que hizo fue elaborar una lista negra de personas consideradas como peligrosas para el régimen y que debían ser ejecutadas de inmediato. La misma noche del 28 los hombres de Zöberlein comenzaron su sanguinaria tarea colgando a tres ciudadanos de Penzberg y lanzando un ataque contra la zona obrera de la localidad. El ataque fracasó debido a la resistencia de los mineros, lo que obligó a los Werwolf a dirigirse a otras zonas menos defendidas, donde capturaron y ejecutaron a otras cinco victimas, entre las que se encontraba una mujer embarazada de 9 meses.

Ya en la madrugada del día 29, los Werwolf finalmente abandonaron el pueblo, dejando tras de si un reguero de sangre cuyo derramamiento no ayudó en absoluto a la supervivencia del Reich al que los guerrilleros nazis defendían. Prueba de ello es las tropas americanas capturaron el pueblo al día siguiente.

Hasta aquí hemos comprobado algunas de las acciones del Werwolf en el Oeste. En términos generales, no pasaron de un puñado de asesinatos, de los que en muchas ocasiones fueron victimas los mismos alemanes, que en ningún caso estuvieron cerca de ser obstáculos insalvables en el avance aliado. En la siguiente entrada pasaremos a comprobar la actuación del movimiento guerrillero nazi en el este del Reich, lugar en el cual las guerrillas nazis demostraron que, si bien su capacidad de sembrar el terror era elevada, su efectividad bélica seguía siendo prácticamente nula
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