domingo, 20 de diciembre de 2009

Rommel II


Caporetto

Tras la batalla de Monte Cosna, a Rommel le fueron concedidas varias semanas de permiso. El joven oficial estaba agotado y él mismo asumía que no podía continuar al mando. No volvería al frente hasta el otoño de 1917.

Una vez que el suabo estuvo listo nuevamente para el combate, retornó al Gebirgsbataillon en octubre de 1917. Su antigua unidad estaba en esos momentos localizada en la Carintia Austriaca, en el frente italiano. En el momento en que el joven Rommel entró en escena, la línea del frente se hallaba localizada en las cercanías del río Isonzo. En las proximidades de este, ya se habían desarrollado once batallas desde el inicio de las hostilidades y, tras la última, los transalpinos parecían haber logrado por fin la iniciativa estratégica, consiguiendo llegar cerca de Trieste. En esta situación, ante el temor de que una ofensiva italiana consiguiese romper su sistema defensivo, Austria-Hungria solicitó la ayuda de Alemania. Esta nación, a pesar de estar seriamente comprometida en otros frentes, accedió a enviar a la zona a su 14º Ejército, formación en la que se encuadraba el Gebirgsbataillon. Dentro de esta unidad, a Rommel -quien ni siquiera era capitán por aquel entonces- se le concedió el mando de cuatro compañías.

El 24 de octubre comenzó la 12ª Batalla del Isonzo, más conocida como Batalla de Caporetto. Los alemanes cruzaron el río apoyados por un intenso fuego de artillería. A Rommel le exigió el comandante de un batallón bávaro que se pusiese a sus ordenes y le siguiese. Al suabo, como es de suponer, no le hizo mucha gracia. Durante la madrugada del día siguiente, Rommel le expuso la situación al comandante del Gebirgsbataillon -el mayor Sprosser-, y le comunicó cuales eran sus intenciones para librarse de los bávaros. El futuro conquistador de Tobruk pretendía tomar las posiciones italianas que se encontraban frente a él (el Pico de Kolovrat y el Monte Matajur), con un golpe de mano que tendría que realizarse al margén de los movimentos del batallón de Baviera y cuya ejecución debía iniciarse al amanecer. Sprosser accedió.

Antes de salir el sol, el suabo avanzó sigilosamente con sus hombres. Durante los primeros momentos, no se produjeron grandes enfrentamientos sino solo pequeñas escaramuzas en las cuales los germano lograron tomar varios centenares de prisioneros. En esta jornada, los soldados de Rommel consiguieron recorrer una gran distancia, situándose muy por delante del grueso de las tropas alemanas. Los italianos tardaron en reaccionar, pero finalmente lo hicieron con fuerza, enzarzándose en un duro combate cuerpo a cuerpo con una de las compañías germanas. Como ya había sucedido con anterioridad, el extraordinario avance de los hombres comandados por el futuro mariscal había dejado a parte de los mismos demasiado expuestos. A pesar de ello, el teniente reaccionó con gran energía. Con el resto de sus tropas se lanzó a por los transalpinos quienes, sorprendidos por el violento ataque, aflojaron la presión sobre sus oponentes. Finalmente, los soldados de Rommel lograron rechazar a los ataques y tomaron otros 500 prisioneros.

A estas alturas, el número de prisioneros que había tomado Rommel se elevaba a 1500, lo que suponía un éxito considerable, pero el joven oficial alemán no tenía intención de quedarse allí. Continuó avanzando por el accidentado terreno, sorprendiendo una y otra vez a los transalpinos, quienes no se esperaban que una unidad germana estuviese logrando penetrar tan profundamente en sus líneas. Cuando el suabo alcanzó al final del día su primer objetivo, el Pico de Kolovrat, otros 500 prisioneros más habían caído en sus manos. Pero esto no era todo. Al amanecer del día 26, Rommel continuó con su ataque con la vista puesta en el monte Matajur. Los alemanes habían sufrido algunas bajas en los constantes enfrentamientos, pero el destrozo que estaban causando a sus enemigos era incomparablemente superior y, a lo largo de la mañana del día 26, la situación no hizo más que empeorar para estos últimos. Rommel marchaba hacia adelante sin descanso, desarticulando a su paso una unidad italiana tras otra, y causando a estas numerosas pérdidas, principalmente en forma de prisioneros. Cuando a las 11:40 Rommel alcanzó finalmente el monte Matajur, el número de italianos capturados se elevaba a la impresionante cifra de 9000. Era una victoria realmente extraordinaria, y más si tenemos en cuenta que solo les costó a los germanos 6 muertos y treinta heridos.

Fue la mayor jornada de gloria de Rommel hasta la fecha, pero no trajo consigo el final de los enfrentamientos. De hecho, en las jornadas posteriores continuarían los combates ya que la ofensiva germana se prolongó hasta bien entrado noviembre. Los propios hombres de Rommel seguirían metidos de lleno en la lucha, enfrascándose en los choques que tuvieron lugar en los alrededores de la localidad de Longaronne hasta el 10 de ese mes. Ese día, los soldados comandados por el futuro mariscal de campo recibieron con alborozo la rendición de la guarnición transalpina que defendía el enclave. Tras esta, y aunque parezca extraño, los alemanes entraron en la ciudad siendo vitoreados por la población civil italiana.

La extraordinaria acción sobre Matajur no tuvo para el teniente germano las consecuencias deseadas. El Ejército consideró que el primero en llegar a la posición no había sido él sino Schörner, y fue a este a quién condecoró con la máxima distinción por valentía que Alemania otorgaba: la medalla Pour le Mérite. Como es lógico, el joven suabo se sintió decepcionado. Además, Rommel tenía una notable afición por la gloria personal y entendía que le habían robado unos laureles que por derecho le correspondían. No sería hasta 1918 cuando a Rommel y también al mayor Sprosser les fuese otorgada dicha condecoración. Para entonces, el joven oficial ya se encontraba lejos del frente. Nada más comenzar 1918 al suabo le concedieron otro permiso, y al volver de este no fue asignado nuevamente al Gebirgsbataillon sino que fue destinado a Wurtemberg, donde desempeñó el puesto de oficial de estado mayor. Fue ascendido a capitán, pero no volvería a entrar en combate hasta la Segunda Guerra Mundial.


Rommel en el periodo de entreguerras

Tras la derrota de las Potencias Centrales, Rommel solicitó el ingreso en el ejército de la República de Weimar: el Reichswehr. Este, por las limitaciones impuestas por los vencedores, no podía sobrepasar los 100.000 hombres, y estaba concebido para que Alemania mantuviese el orden dentro de sus fronteras, no para combatir contra enemigos exteriores. A Rommel se le asignó el cargo de comandante de compañía en el 13er Regimiento de Infantería, basado en Stuttgart. Las primeras tareas del suabo en esta unidad consistieron principalmente en reprimir los disturbios que periódicamente se sucedían en aquella convulsa época. Por otra parte, el final de la guerra le dio a Rommel la oportunidad de ser el hombre de familia que, de hecho, le gustaba ser. Pudo pasar mucho tiempo con su esposa con la que emprendió varias excursiones, incluyendo un viaje al norte de Italia realizado en 1927 durante el que visitaron los teatros de operaciones en los que había combatido el militar germano una década antes. Un año después, en 1928, nació el único hijo del matrimonio: Manfred. El capitán suabo tuvo tiempo también para desarrollar su afición por las matemáticas, campo en el que, al igual que su padre y su abuelo, mostraba una notable destreza.

En septiembre de 1929 Rommel fue enviado a dar clases a la escuela de infantería de Dresde. Posiblemente fue en este destino donde Rommel empezó a vislumbrar por vez primera como el nacionalsocialismo estaba calando entre los oficiales más jóvenes del nuevo ejército. Pasaría cuatro años en esta ciudad donde, además de a la docencia, se dedicó a recopilar sus notas y escritos de juventud, que serían publicados bajo el título “Infanterie greift an” (Infantería al ataque) en 1937. Unos años antes, en 1932, había sido ascendido a mayor.

Rommel abandonó Dresde en 1933, año en el que fue ascendido a teniente coronel y puesto al mando de un batallón en el 17º Regimiento de Infantería en Goslar. En ese mismo año, Adolf Hitler había sido nombrado canciller de Alemania. Con él, las fuerzas armadas alemanas comenzaron a ver la luz al final del túnel. En 1933 se aprobó la ampliación del Ejército, dando definitivamente por concluido el límite de los 100.000 hombres. Como consecuencia de esta decisión, el número de soldados y de divisiones sería paulatinamente incrementado en los años siguientes.
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Las relaciones con los nazis

Rommel conoció personalmente a Hitler en septiembre de 1934 cuando este, ya convertido en máximo mandatario de Alemania, visitó Goslar y pasó revista a una guardia de honor formada por soldados del batallón comandado por el suabo. La versión más extendida de este primer encuentro sostiene que Rommel, al enterarse de que una fila de miembros de las SS se iba a interponer entre su batallón y el Führer, amenazó con retirar a sus soldados si las SS no se apartaban, ya que entendía como un insulto el hecho de que sus hombres no fuesen considerados como suficientemente adecuados para proteger a Hitler. El militar se salió con la suya.

En 1935, a Rommel le destinaron a la academia de la guerra de Postdam, lugar en el que volvería a desempeñar funciones de instructor durante los siguientes tres años. Es en esta época cuando el militar empieza a mantener una relación más estrecha con los nazis. En 1936, el suabo será nombrado miembro de la escolta militar del Führer durante la reunión del NSDAP que tuvo lugar en Nuremberg. En una ocasión, Hitler le solicitó a Rommel que limitase el número de coches que iban a formar parte de su comitiva en una excursión. El militar, aún sabiendo que causaría malestar entre las personalidades excluidas, siguió las instrucciones recibidas a rajatabla, lo que le valió una felicitación personal del dictador.

En 1937, el militar suabo fue nombrado oficial de enlace del Ministerio de la Guerra con la organización de las Juventudes Hitlerianas. El teniente coronel cuajó adecuadamente en el puesto y conectó bien con los jóvenes, pero la relación de Rommel con el líder de las HJ -Baldur von Schirach- fue problemática en el extremo, lo que hizo imposible la continuación de aquel en esta función a partir de 1938.

Llegados a este punto, conviene hacer un pequeño inciso y dedicar un par de líneas a la actitud del Ejército Alemán hacia los nazis en estos años. Tras la Primera Guerra Mundial, en un intento por mantener al Ejército al margen de lo altibajos políticos de la nación, a los integrantes del Reichswehr se les prohibió apoyar a cualquier partido. Esta estricta norma se cumplió, por regla general, en el pequeño ejército de 100.000 hombres que tuvo Alemania hasta 1933. A partir de esta fecha, con la llegada de los nazis al poder, la vinculación de los militares con las nuevas autoridades se fue haciendo más estrecha. Hitler, en la dura pugna que mantuvo con sus antiguos camaradas de las SA nada más llegar al gobierno, proclamó que el Ejército era el único guardián de la nación, eliminando así las veleidades militaristas de esta organización nazi. Este tipo de actitud, teniendo en cuenta que Alemania acababa de pasar por unos años extraordinariamente turbulentos en los que sus fuerzas armadas habían sufrido numerosas humillaciones, tuvo una gran acogida entre los militares, quienes confiaban en que el nuevo mandatario les devolviese el prestigio perdido.

La llegada de los nazis al gobierno puso fin a gran parte de las convulsiones económicas y sociales que salpicaron la corta historia de la República de Weimar. Además, en lo referente al terreno militar, Hitler no solo dio preeminencia al ejército por delante de los elementos más revolucionarios del NSDAP -las SA-, sino que además le dotó de una fuerza que no había conocido en los últimos años. El dictador aumentó el numero de efectivos de las fuerzas armadas, las modernizó y las empleó en una serie de acciones (ocupación de Renania y unión con Austria) destinadas a devolver a Alemania al lugar que había perdido en el concierto internacional tras la Primera Guerra Mundial. Es fácil entender que esta política no podía sino obtener el apoyo de los antiguos oficiales que, como Rommel, habían conocido al prestigioso Ejército Imperial.

No obstante lo anterior, sí es cierto que existieron varios altos cargos militares, como el general Ludwig Beck, que trataron de oponerse a Hitler cuando este decidió invadir Checoslovaquia, pero el éxito del Führer con los acuerdos de Munich les dejó sin argumentos. Todos estos militares irían apartándose paulatinamente de los cargos de responsabilidad, bien por iniciativa propia, bien por las presiones de las autoridades nazis. Aparte de este reducido círculo de altas personalidades, la mayor parte del Ejército era, por lo general, favorable o, cuanto menos, no contraria a Hitler.

Esto, que hoy puede chocar, tiene su lógica si entendemos que la peor cara del nacionalsocialismo todavía no había hecho su aparición. Las atrocidades que llegarían a cometer los nazis aún se hallaban en esta época en estado embrionario. Existía una fuerte tendencia antisemita (como por otra parte existía en muchos países europeos), pero esta todavía no se había traducido en matanzas masivas de judíos. Existía una gran represión policial, pero para gran parte de los alemanes esto era preferible a los constantes disturbios y algaradas callejeras que había sufrido el Reich tras la guerra. Existían incluso los campos de concentración, pero estaban lejos de ser los páramos de exterminio en los que perecerían millones de seres humanos pocos años después. En definitiva, existía una situación que para muchos alemanes, incluidos los militares, era considerablemente mejor que la anarquía, el caos, la hiperinflación y el desempleo que habían sufrido en los años anteriores. Y esa era la posición en la que se encontraba en aquel momento Rommel. El militar suabo, igual que muchos compatriotas y compañeros de armas, percibía más las ventajas que el régimen de Hitler traía consigo en aquel momento que las tragedias a las que iba a dar lugar en el futuro. Y Rommel iba a ser protagonista de ambas.


Los últimos meses antes de la guerra

A finales de 1938, Rommel recibe ordenes de ponerse al mando del batallón de escolta de Hitler durante la ocupación de los Sudetes. Este puesto le dio la oportunidad de entrar nuevamente en contacto con el Führer. Su estancia en este cargo, como la propia campaña de los Sudetes, fue breve. En noviembre será ascendido a coronel y nombrado comandante de la Academia de la Guerra en Wiener Neudstadt, en Austria. El suabo asumió el mando de esta el 10 de noviembre, jornada en la que tuvo lugar la Kristallnacht, la tristemente célebre noche de los cristales rotos. Hitler empezaba a pisar a fondo el acelerador.

En marzo de 1939 el Reich presentó un ultimátum a Checoslovaquia, forzando a este país a aceptar un protectorado alemán sobre su parte occidental: los territorios de Bohemia y Moravia; y la independencia de su parte oriental: Eslovaquia. Alemania, apoyada por Polonia, ocupó de este modo lo que quedaba de territorio checo y Hitler entró en Praga el 15 de Marzo. Para llevar a cabo esta entrada, Rommel volvió a ponerse al mando de la escolta personal del Führer. Pero la ocupación de Chequia, aun habiéndose realizado de forma pacífica, no podía decirse que hubiese sido propiamente amistosa. Por ello, el desfile por la capital del país presentaba inconvenientes para la seguridad del mandatario germano, ya que era posible que se produjese algún incidente hostil. Por ello, el dictador pidió consejo al suabo, quien le recomendó: “vaya usted en coche descubierto y llegue, sin escolta, al castillo de Hradcany”. El militar argumentó que un gesto como ese despertaría la admiración de la gente y Hitler aceptó la recomendación. Concluida la maniobra, Rommel regresó a Austria.

A estas alturas, la relación de Rommel con Hitler era muy buena y, de hecho, todavía mejoraría en los años siguientes, antes de venirse abajo por completo. Pero para eso todavía faltaban años. Años que iban a dar a Rommel la oportunidad de hacerse un hueco en la historia. Y esa oportunidad estaba a punto de llegar.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Rommel I


Rommel, el mítico Zorro del Desierto, posiblemente el general más conocido de la Segunda Guerra Mundial, comandante del Afrika Korps, mariscal del Reich, líder de las fuerzas alemanas en Normandía, y ¿conspirador contra Hitler? En fin, no adelantemos acontecimientos y vamos a tratar de conocer un poco mejor una de las figuras históricas más relevantes de su época.


El inicio de la carrera militar

Erwin Johannes Eugen Rommel nace en el territorio de Suabia, en la región de Wurtemberg el 15 de noviembre de 1891. Era hijo de Erwin Rommel, profesor de instituto de Heidenheim y de Helene von Luz, hija del gobernador de la ciudad. A diferencia de lo que sucedió con otros famosos generales alemanes, Rommel no nació en el seno de una familia con gran tradición militar, pero sí es cierto que su padre sirvió como oficial de artillería antes de dedicarse a la docencia. De hecho, sería su progenitor el que le recomendase iniciar la carrera en el ejército.

El joven Rommel trató, sin éxito, de seguir los pasos de su padre e ingresar en el cuerpo de artillería. Poco después, el futuro mariscal de campo intentó que le aceptasen en el cuerpo de ingenieros, pero tampoco aquí lograría ser admitido. Finalmente, en julio de 1910 consiguió entrar como cadete en el 124º Regimiento de Infantería de Wurtemberg. El suabo causó una buena impresión a sus superiores, siendo ascendido a cabo en octubre y a sargento pocas semanas después. En marzo de 1911 es enviado a la Real Academia Militar de Danzig donde permanecerá hasta noviembre de ese mismo año. La evaluación que obtuvo fue notablemente positiva y en enero de 1912, ya ascendido al grado de subteniente, regresa al 124º Regimiento. Durante su estancia en la ciudad báltica tuvo lugar uno de los hechos más relevantes de la existencia de Rommel, y es que en esta localidad el futuro mariscal conoció a la mujer que iba a ser el gran amor de su vida: la joven Lucy Mollin. Lucy pertenecía a una familia terrateniente y profesaba la fe católica, al contrario que Rommel que era protestante. Esto no fue óbice para que ambos contrajesen matrimonio pocos años después, en 1916, en plena Primera Guerra Mundial. Rommel amó a Lucy toda su vida y esta mujer fue siempre el principal punto de apoyo del militar germano.


Rommel en la Gran Guerra

El Frente Occidental


El 28 de junio es asesinado en Sarajevo el príncipe heredero del trono del Imperio Austro-Húngaro junto con su esposa. A consecuencia de esta muerte y de las complicadas alianzas que salpicaban el mosaico de estados europeos, poco después del atentado todo el viejo continente se encontraba en guerra. Austria-Hungría, apoyada por Alemania, declarará la guerra a Serbia, la cual se hallaba respaldada por Rusia, nación que a su vez estaba aliada con Francia. El Reich, al poner en marcha (si bien es cierto que solo parcialmente) el Plan Schlieffen, opta por invadir Bélgica una vez que este país rechaza la solicitud germana de permitir el paso a sus tropas, y esta invasión provocará la entrada de Gran Bretaña en el conflicto del lado franco-ruso. Los británicos declararán la guerra a Alemania el 4 de agosto. No había vuelta atrás. La Primera Guerra Mundial había comenzado.

Rommel emprendió con su regimiento la marcha hacia el frente occidental el 5 de agosto, y el 22 del mismo mes el pelotón comandado por el suabo entró en contacto con el enemigo en la localidad de Bleid. Los soldados de Rommel avanzaban destacados por delante del resto de la unidad. Una vez que los alemanes alcanzan las afueras, el joven suboficial seleccionó tres hombres y, junto con ellos, se internó en el pueblo. En los primeros edificios se topó con unos 15 o 20 soldados franceses que no se habían percatado de la presencia del enemigo. El militar germano decidió no desaprovechar la ocasión. En lugar de avisar al resto del pelotón, el subteniente opta por ocuparse de los enemigos con la ayuda de su pequeño grupo. Aprovechando el factor sorpresa, los cuatro alemanes abren fuego al tiempo que se abalanzan sobre los galos, consiguiendo abatir a la mitad de ellos. Fue la primera vez que Rommel mató a un semejante.

Tras recuperarse del primer choque, los franceses contraatacan y devuelven el fuego, forzando al suabo a regresar a por el resto de sus hombres. Después de reunirse con ellos, Rommel vuelve a intentar tomar el enclave, cosa que consigue tras fuertes escaramuzas con los soldados enemigos.

Una vez que Bleid está en manos alemanas, Rommel vuelve a adelantarse con dos de sus hombres y la situación se repite. El impetuoso suboficial se encontró con varios soldados franceses contra los que abrió fuego sin esperar al grueso del pelotón. Tras los combates, debido al agotamiento y al dolor provocado por una enfermedad del estomago que padecería toda su vida, Rommel pierde momentáneamente el conocimiento. Lo recuperará poco después, solo para encontrarse en medio de otro intercambio de disparos. Los galos se habían reagrupado e intentaban reconquistar Bleid, pero las tropas alemanas habían conseguido asentarse sólidamente y rechazaron el ataque.

Tras los acontecimientos mencionados, el 124º Regimiento prosigue su marcha hacia el oeste junto al grueso del Ejército Alemán. El día 1 de septiembre llega al Mosa y, tras cruzarlo, traba combate nuevamente con la infantería francesa. Rommel continuaba al mando de uno de los pelotones de cabeza de la unidad, y el hecho de encontrarse en esta posición expuesta, unido a la confusión de los constantes enfrentamientos, provocó que quedase atrapado en medio del fuego cruzado franco-germano. El pelotón pierde contacto con el regimiento y en los informes oficiales se da por muerto a su lider. Afortunadamente, el suabo conseguirá mantener la situación bajo control y logrará retomar la comunicación con sus líneas.

Antes de que el frente occidental degenerase en una amalgama de trincheras, Rommel y sus hombres participarían en los combates que se desarrollaron a lo largo de verano en el noroeste de Verdún. Durante los mismos, el suabo destacó tanto por su iniciativa como por las habituales discusiones mantenidas con sus superiores, dos rasgos que le acompañarían a lo largo de toda su carrera.

Finalmente, el 24 de Septiembre, Rommel se encontró frente a frente con cinco soldados galos. Logró derribar a dos antes de quedarse sin munición. Al no haber otra opción, caló la bayoneta y cargó contra los restantes. En la escaramuza, una bala enemiga le alcanzó en el muslo izquierdo, causandole una herida grave y poniendo fin a su primera experiencia bélica. No volvería al frente en lo que quedaba de año, pero como recompensa por sus acciones recibiría la Cruz de Hierro de 2ª Clase.


Vuelta al frente

Rommel retornó a primera línea en enero de 1915 con el cargo de comandante de compañía. Se le asignó el mando de la 9ª compañía del 2º batallón del 124º regimiento. El día 29 de ese mes participó en una ofensiva en el sector del Argonne, ataque en el cual consiguió penetrar con sus hombres unos 1500 metros en el sistema defensivo francés, distancia considerable en la guerra de trincheras. Sin embargo, este notable éxito trajo consigo consecuencias no deseadas. El resto de las unidades no pudo mantener el avance de los hombres de Rommel, lo que provocó que estos quedasen cercados por los franceses en un posterior contraataque galo. El suabo volvió a desenvolverse con notable soltura en esta difícil situación. En lugar de mantenerse a la defensiva, ordenó a varios de sus hombres que atacaran a los franceses con firmeza. El inesperado movimiento provocó un momento de indecisión en los galos, indecisión aprovechada por la 9ª compañía para escapar del cerco y alcanzar las líneas alemanas. Todos los soldados rodeados consiguieron salvar la vida, y los germanos solo tuvieron que lamentar 5 heridos. Rommel conseguiría la Cruz de Hierro de 1ª Clase por esta acción.

Es en este momento cuando el futuro mariscal comienza a ser bien conocido por los soldados alemanes próximos a él. Su instinto para encontrar el punto esencial de la batalla y lanzarse contra él con todas sus fuerzas era algo que no pasaba desapercibido. La intuición para estar exactamente donde debía estar y en el momento justo en que había que estar empezó a ser reconocida por sus hombres. “Allí donde esta Rommel, allí esta el frente” fue un comentario que empezó a hacerse común entre las tropas bajo su mando.

Pero no todo eran buenas noticias para el joven subteniente. En mayo, el mando de la 9ª compañía fue traspasado a otro oficial de más edad, y el suabo tuvo que conformarse con volver a ser jefe de pelotón. No obstante, este percance no impidió que el condecorado Rommel participase en varias de las muchas escaramuzas que tuvieron lugar en la zona hasta el verano.

En el mes de septiembre, Rommel es ascendido a teniente y, poco después, abandona el 124º regimiento y se integra en el Real Batallón de Montana (Gebirgsbataillon) de Wurtemberg. Como consecuencia de este cambio, abandona el frente del Argonne y se dirige a Austria, lugar donde se estaba formando esta unidad. Al Oberleutnant Rommel se le asignó el mando de la 2ª compañía y, a finales de 1915, una vez que el batallón estuvo preparado para combatir, se envió al sector sur del frente occidental, desplegandolo en Alsacia. En esta zona el sistema de trincheras era todavía más denso que en el Argonne, lo que provocaba que las acciones bélicas se tuviesen que limitar forzosamente a un puñado de incursiones. Afortunadamente para Rommel, la estancia del Gebirgsbataillon en Alsacia no se prolongó hasta el final de la contienda. En octubre de 1916, la unidad fue trasladada desde Francia hasta Rumanía.


El Frente Rumano

Las condiciones de vida de los soldados alemanes en territorio rumano distaban de ser buenas. No se disponía de instalaciones adecuadas, ni de posiciones defensivas sólidas y el clima de las montañas era espantoso, lo que provocó que, ya el primer día, varios soldados del Gebirgsbataillon tuvieran que ser evacuados con claros síntomas de congelación. Mas, una vez que consiguieron adaptarse a las particularidades del nuevo teatro de operaciones, los germanos se dispusieron a aprovechar las nuevas oportunidades que aquella zona les ofrecía para desarrollar una guerra de movimientos, y ya en noviembre los hombres de Rommel comenzaron a enzarzarse en combates con los rumanos. En ese mismo mes, el joven suabo consigue un breve permiso que aprovecha para casarse con Lucy. La boda tendrá lugar el 27 de noviembre, pero la vida conyugal de Rommel no pudo prolongarse demasiado.

El frente rumano experimentaba movimientos mucho más acusados que el estático frente occidental. Por lo que respecta al panorama general, Bucarest cae en poder de los germanos el 6 de diciembre; y por lo que se refiere a los hombres de Rommel, durante el último mes de 1916 y el primero de 1917 se enfrascaron en una serie de golpes de mano en los que causaron a los rumanos graves pérdidas, principalmente en forma de prisioneros. La conducción de las operaciones por parte de Rommel era a menudo atrevida, pero no exponía a sus soldados a situaciones de riesgo innecesarias. Uno de los ejemplos más representativos lo vemos en la toma de Gagesti, en la que el suabo capturó 330 prisioneros pero no sufrió una sola baja.

En el Gebirgsbataillon, Rommel empezó además a explotar una de las capacidades más sobresalientes del Ejército Alemán: la facilidad para formar grupos de combate ad hoc entre unidades de distintas armas (artilleros, ametralladores...) y así adaptarse a las circunstancias del momento. A pesar de la percepción que se tiene de los alemanes como “cabezas cuadradas”, lo cierto era que en los ejércitos germanos existía por lo general un mayor espacio para la improvisación que en el de cualquiera de sus oponentes. Rommel y otros muchos oficiales alemanes fomentaron y se aprovecharon de este rasgo específico de las tropas alemanas.


La batalla del Monte Cosna

A principios de 1917, el Gebirgsbataillon fue trasladado nuevamente a Francia, pero en verano ya estaba de vuelta en Rumanía, donde Rommel iba a participar en la, hasta el momento, batalla más importante de su vida: la toma del Monte Cosna.

El Monte Cosna era un obstáculo natural del primer orden: una gran montaña que se interponía entre los alemanes y el Mar Negro. Se encargó al Gebirgsbataillon que tomase el enclave y para esta misión se pensó en Rommel, a quien se le asignó el mando de varias compañías, incrementandose así notablemente el número de hombres a su cargo. El futuro mariscal inició el ataque el día 9 de agosto y lo dirigió con extraordinario ímpetu en las jornadas siguientes, hasta el punto de ser nuevamente herido -si bien de manera leve- en los combates a corta distancia que tuvieron lugar entre ambos contendientes. A pesar de ello, el joven oficial continuó encabezando la lucha, hasta llegar a conquistar casi totalmente el Monte Cosna para el día doce de agosto. Es en ese momento cuando las tornas cambian. Los rumanos soprendentemente consiguen reagruparse y preparan un contraataque que lanzan el día 13. Durante varias jornadas, golpean duramente a los alemanes, llegando prácticamente a expulsarlos hasta su punto de partida. Pero los hombres de Rommel lograrán mantener en su poder las estribaciones cercanas, evitando que la línea del frente se rompa ante el violento contraataque enemigo. Ante la tenaz resistencia germana, la ofensiva rumana pierde paulatinamente fuerza y, a partir del día 16, la situación se estabiliza. Tras un breve intervalo de tranquilidad, el día 19 de agosto Rommel pasa nuevamente al ataque y consigue, esta vez sí, expulsar a los rumanos de la montaña. Con todo, los rumanos no desisten y vuelven a lanzarse al contraataque poco después, pero en esta ocasión no tendrán éxito. Los alemanes se han asentado firmemente en la zona e impiden a las tropas enemigas asaltar la cima. El día 25, una vez que el enclave ha sido asegurado, el Gebirgsbataillon será destinado a la reserva.

martes, 8 de diciembre de 2009

El hundimiento del Bismarck III


¡Que el diablo se lleve al Grupo Oeste!

Una vez que se ha comprobado que los daños del buque son irreparables, Lindemann (el capitán del Bismarck) ordena que el personal no esencial abandone el acorazado, tratando así de salvar a estos hombres del destino fatal que aguardaba al navío. Será inútil. Nadie volvería a ver a estos hombres. Pero los que se quedaron a bordo no iban a correr mejor suerte.

El Bismarck estaba herido de muerte, pero su agonía no había hecho más que empezar. A las 01:20 del día 27, cuatro destructores británicos y uno polaco inician un ataque con torpedos contra el gigante alemán, ataque que durará toda la noche. Pero, incluso en esas adversas circunstancias, el buque germano se defenderá extraordinariamente bien y conseguirá rechazar el ataque de los navíos aliados.

A las 8:15 aparecerán en el horizonte las siluetas de los buques de la Home Fleet. El Rodney rompe el fuego a las 8:47 y el King George V le emulará justo un minuto después. Para sorpresa de los británicos, el acorazado alemán devolverá el fuego con notable precisión, logrando encajar varios proyectiles en el Rodney. Pero en ningún momento fue un combate de igual a igual. El Bismarck apenas alcanzaba los ocho nudos y prácticamente no podía cambiar de rumbo para descentrarse de las salvas inglesas que llovían sobre él. Era un ejercicio de tiro al blanco. Al poco de iniciarse el intercambio de disparos, un impacto destroza el puente del Bismarck y otro la torre principal -justo el punto desde donde se dirige el tiro- causando la muerte del almirante Lütjens y de Lindemann. Aunque también hay versiones que sostienen que Lindemann sobrevivió hasta el mismo final, hundiéndose con el acorazado al tiempo que saludaba a la bandera.

Algunos relatos de los supervivientes señalan que Lütjens, poco antes de morir, gritó con rabia “¡que el diablo se lleve al Grupo Oeste!”. No hay manera de verificar si esto es cierto pero, en caso de serlo, hay que admitir que el almirante alemán tenía motivos de queja. Ni un solo sumergible germano apareció para ayudar al malhadado buque. El único submarino que se hallaba en la zona y que pudo haberle echado una mano fue el U556, el cual llegó a tener a distancia de tiro al Ark Royal el día 26. Desgraciadamente para el Bismarck, a este U-Boot no le quedaba un solo torpedo. De haberlo tenido, posiblemente habría logrado poner fuera de combate al portaaviones británico, y toda la historia podía haber sido distinta.


Los últimos momentos del Bismarck

A las 08:54 y a las 09:04 se unieron al cañoneo el Norfolk y el Dorsetshire respectivamente. En total, medio centenar de cañones de diversos calibres sometían a un bombardeo inmisericorde al desarbolado navío alemán, mientras que el fuego de este se espaciaba cada vez más, haciéndose menos eficaz cada minuto que pasaba. Finalmente, a las 10:15, tras hora y media de martilleo ininterrumpido, los británicos cesan el fuego. Apenas veinte minutos antes se había silenciado el último cañón del Bismarck, dejando definitivamente inerme al acorazado. Pero la impresionante mole de acero seguía sorprendentemente a flote.

Los británicos, como justificación a este bombardeo sin pausa sobre un buque que no podía devolver el fuego, expondrán el hecho de que el navío germano no había arriado su bandera. Sobre este punto existe controversia entre los historiadores. Hay quien sostiene que no se podía arriar la enseña ya que los cables habían sido completamente sesgados por la metralla y hay quien niega incluso que, a esas alturas del combate, a aquel amasijo de metal en el que se había convertido el acorazado alemán le quedase pabellón alguno en sus mástiles.

En cualquier caso, una vez concluido el cañoneo, el Rodney y el Norfolk se aproximan al Bismarck y le lanzan varios torpedos a muy corta distancia. Sin embargo, el otrora poderoso buque seguía remiso a irse definitivamente al fondo del abismo. En esos momentos, Tovey decide retirar de la zona a sus grandes unidades. El inglés sabe que sus barcos se hallan muy escasos de combustible tras la persecución y además teme que en cualquier momento pueda producirse la intervención de los submarinos alemanes. Al tiempo que los demás navíos se alejan, ordena al Dorsetshire que se aproxime al Bismarck y le de el golpe de gracia.

El Dorsetshire lanza tres torpedos contra el acorazado alemán (o, mejor dicho, lo que quedaba de él). Con ello, el total de torpedos disparados contra el infortunado navío se eleva a la asombrosa cifra de 71, de los cuales al menos ocho llegaron a impactarle. Pero, con todo, el buque seguía resistiéndose a bajar al fondo del océano. La situación es extraordinariamente crítica y el oficial más antiguo a bordo del Bismarck, el capitán de corbeta von Müllenheim-Rechberg, tiene que tomar una dolorosa decisión: ordena a la tripulación que hunda el barco, evitando así cualquier posibilidad de que el coloso germano caiga en manos británicas. Siguiendo las ordenes de este oficial, se abrirán los grifos del fondo y los escasos supervivientes serán trasladados a cubierta para que abandonen el sentenciado navío. Finalmente, a las 10:36 del día 27 de mayo, el Bismarck desaparecerá para siempre en aguas del Atlántico.

Tras la desaparición del navío germano, 99 náufragos fueron rescatados por el Dorsetshire y el destructor Maori. Con el resto de los supervivientes del Bismarck todavía en el mar, los buques ingleses creyeron ver un periscopio y abandonaron rápidamente el lugar para evitar ser victimas de un ataque alemán. Fue una falsa alarma. No había submarinos próximos. De hecho, cuando los sumergibles germanos llegaron a la zona solo pudieron salvar a 11 marinos. No se pudo ayudar a nadie más. El crucero español Canarias fue enviado en misión de rescate tan pronto como se conoció el desastre, pero únicamente encontró cadáveres flotando en el mar. En definitiva, de los 2403 tripulantes del Bismarck, solo 110 sobrevivieron para contar la primera y última salida al mar abierto del más famoso acorazado alemán de la Segunda Guerra Mundial.


Conclusiones

Cualquier análisis sobre la salida del Bismarck al Atlántico no puede obviar que, en definitiva, el acorazado se hundió. No obstante, conviene tener en cuenta que, si bien es cierto que el coloso germano terminó sus días en el fondo del mar, también es cierto que estuvo a punto de salir victorioso de su enfrentamiento con la armada británica. Analicemos brevemente la operación paso a paso:

-La decisión de sacar el Bismarck y el Prinz Eugen al Atlántico fue adecuada desde el punto de vista militar. Alemania no había iniciado todavía su campaña contra la URSS, por lo que su enemigo número uno seguía siendo el Imperio Británico. Los buques de guerra enclavados en el Báltico o en el Mar del Norte no suponían ninguna amenaza para la Gran Bretaña. Por el contrario, una expedición de dichas unidades por el Atlántico resultaría sumamente perjudicial para los intereses de los anglosajones, quienes para seguir en pie de guerra necesitaban que sus líneas marítimas de suministro siguiesen funcionando. Y, tal y como y habían demostrado el Scharnhorst y el Gneisenau, una operación de guerra de corso bien concertada podía causar estragos en el tráfico marítimo británico. Por lo tanto, si se había logrado una vez, repetirlo era algo que podía considerarse factible.

-Una vez que se decide sacar a los navíos germanos al Atlántico, el comportamiento de estos fue correcto. Aceptaron el combate cuando se encontraron en una posición táctica ventajosa, y como consecuencia de esto enviaron al abismo a un buque valiosísimo para la Royal Navy. A continuación, abandonaron el enfrentamiento cuando entendieron, con los elementos de juicio de que disponía Lütjens, que empecinarse en pelear podría suponer un riesgo para misión principal: la guerra al tráfico.

-El optar por enviar el Bismarck a un puerto francés al tiempo que se ordenaba al Prinz Eugen que continuase con la misión original es una actitud que puede discutirse, sin duda. No obstante, quién mejor podía evaluar el estado del coloso germano era el almirante Lütjens. Y si este hubiese conseguido enviar el acorazado a Saint-Nazaire, el final de la historia hubiese sido completamente diferente. Los trabajos de reparación podían haberse iniciado sin demora, y el navío germano podría haberse lanzado a probar suerte otra vez. ¿La Royal Navy podría haber estado esperando entonces frente a las costas francesas? Sí, pero la Luftwaffe también podría haber intervenido para ayudar al buque a romper el bloqueo británico.

-Lütjens cometió el error de romper el silencio radiotelegráfico cuando los ingleses habían perdido el rastro del Bismarck, cierto. Pero es un fallo que puede achacarse al hecho de que sus equipos tecnológicos, ciertamente menos avanzados que los que montaban los navíos británicos, le indicaban que su agrupación no había roto el contacto con los
buques de la Royal Navy. Por otra parte, estos desaciertos son comunes en enfrentamientos navales tan prolongados. Ya hemos visto como los anglosajones desperdiciaron este desliz alemán en el momento en que radiaron equivocadamente a sus unidades las coordenadas en las que se encontraba el barco germano. En definitiva, Si no llega a ser por el afortunado torpedo inglés, este error de Lütjens no hubiese tenido mayores consecuencias.

-¿Y el torpedo en el timón?. Este torpedo podría considerarse una prueba de que Dios esta con los buenos cuando son más que los malos. ¿Fue un impacto de suerte?. Sí, de tremenda suerte. No obstante, también conviene tener en cuenta que sí los británicos no hubiesen movilizado todo lo que tenían a mano, la suerte no solo no habría aparecido, sino que ni tan siquiera hubiese tenido oportunidad de hacer su aparición. Y una vez que la fortuna les concedió sus favores, los anglosajones se apresuraron a aprovechar la ocasión.

Por otro lado, existe otro factor de gran relevancia a tomar en consideración: la inexistencia de aviación naval en la marina de guerra germana. Mientras que la Royal Navy disponía de sus propios aviones no supeditados a la RAF sino dependientes directamente de la armada; los buques alemanes dependían de la cobertura aérea que la Luftwaffe les pudiese otorgar. Es decir, la Kriegsmarine no solo sufría por la falta de portaaviones, sino también por la inexistencia de aviación propia basada en tierra. Cualquier operación que requiriese de apoyo aéreo tenía que ser coordinada con la Luftwaffe, y esta coordinación estuvo lejos de ser plenamente satisfactoria a lo largo de la guerra
. En definitiva, en la época de la aviación, la Kriegsmarine tuvo que luchar no solo sin portaaviones, sino sin aviones siquiera. Como consecuencia de esta tara, la armada alemana no dispuso de apoyo aéreo inmediato allí donde más lo necesitaba.
.
Y, por último, tenemos que tener en cuenta la evolución que en ese momento estaba experimentando la propia estrategia naval. El acorazado, rey de los mares durante décadas, estaba cediendo su papel irremisiblemente al portaaviones. El Bismarck era lo suficientemente fuerte como para plantar cara a los grandes buques de la Royal Navy, pero no podía defenderse adecuadamente de los ataques de los portaaviones británicos. ¿Qué hubiese pasado si la agrupación de Lütjens hubiese dispuesto de su propio portaaviones? Es imposible saberlo, pero lo que sí podemos asumir como probable es que, si el Bismarck hubiese disfrutado de cobertura aérea, los ataques de los Swordfish no se podrían haber realizado tan a placer como se realizaron. Y sin la efectividad de dichos ataques, lo más probable es que el Bismarck no estuviese hoy en el fondo del Atlántico.

En definitiva, la jugada alemana termino mal, sí; pero también es cierto que al principio tenía muchas posibilidades de salir bien, y de hecho las continuó teniendo hasta que el torpedo impactó en los timones del coloso germano. Fue un tiro por toda la escuadra, que para desgracia de los germanos termino estrellándose en la madera. Fue una victoria factible que se transformó en una derrota absoluta.

Fuente principal:
La Guerra Naval en el Atlántico
Luis de la Sierra
Editorial Juventud 1974

domingo, 29 de noviembre de 2009

El hundimiento del Bismarck II

A las 7 de la mañana comenzó a sonar insistentemente el teléfono de Churchill. Tras descolgarlo, el rostro del premier británico se ensombreció en el mismo instante en que le transmitieron la noticia del hundimiento del Hood. Al terminar de recibir el informe, ordenó simplemente:

“Hundid el Bismarck, cueste lo que cueste. ¡Hundid el Bismarck!”

No era necesario más. Los ingleses iban a poner en juego todo lo que tenían a mano para tratar de devolver a la Kriegsmarine el tremendo puñetazo que esta les había propinado.

En el océano, los acontecimientos no se hicieron esperar. El Prince of Wales, tan pronto como observó que el Bismarck y el Prinz Eugen no insistían en su persecución, se unió a los cruceros de Wake-Walker y se dispuso a marcar de cerca a los navíos germanos para evitar que desaparecieran en la inmensidad de Atlántico.

Entretanto, la Royal Navy envió al teatro de operaciones a todos los buques de guerra que pudo encontrar. Aparte de la Home Fleet de Tovey, se hicieron a la mar desde diversos puntos los acorazados Rodney, Ramilles y Revenge, además de otras unidades menores. En total, una poderosa flota compuesta por siete acorazados y cruceros de batalla, dos portaaviones, once cruceros pesados y ligeros y varios destructores, se dirigía al encuentro de la agrupación germana.

Del lado alemán, Lütjens moderó la velocidad a 25 nudos y ordenó que se revisaran los desperfectos sufridos por el Bismarck en el enfrenamiento anterior, observando entonces que varios tanques de combustible habían resultado dañados. El almirante alemán comprende que el Bismarck, con su velocidad forzosamente reducida y con su capacidad de almacenamiento de combustible mermada, no se encuentra en disposición de lanzarse a una larga travesía por el Atlántico. Decide entonces entrar en el puerto francés de Saint Nazaire con la intención de someter al acorazado a una completa revisión.

Al mismo tiempo, Lütjens pretende que el Prinz Eugen, el cual no ha sufrido daños en el combate con el Hood y el Prince of Wales, continúe con la misión original y se aventure en el Atlántico para acechar a los convoyes británicos. No obstante, para tener posibilidad de llevar a cabo este plan, era necesario zafarse anteriormente de la vigilancia a la que le tenían sometido los buques de Wake-Walker. Con ese fin, a las seis de la tarde del día 24, el coloso germano invierte repentinamente el rumbo y abre fuego contra el Prince of Wales, el Norfolk y el Suffolk. Ninguno de los navíos resultó alcanzado, pero los anglosajones en la confusión del combate pierden el contacto con el Prinz Eugen, el cual aprovechó la escaramuza para escapar sigilosamente en dirección sur. Los ingleses no volverían a conocer el paradero de este buque hasta que diez días después entre en Brest.

Una vez que el Prinz Eugen desaparece de escena, el Bismarck vuelve a poner proa al sur. Los buques británicos continúan la persecución del gigante alemán pero, prudentemente, deciden aumentar la distancia que les separa del navío germano. En esos momentos, Lütjens envía un mensaje a la Kriegsmarine señalandole su intención de entrar en Saint-Nazaire para petrolear, al tiempo que informa de la imposibilidad de romper contacto con el enemigo.


Primer intento

Por su parte, el comandante de la escuadra británica tenía también sus propias preocupaciones. Vista la suerte corrida por el Hood, nada le aseguraba que, en caso de que tuviese lugar otro enfrentamiento con el acorazado alemán, alguno de su buques no fuese a sufrir el mismo destino que el malhadado navío de Holland. Por ello, llega a la conclusión de que hay que tratar de limitar la capacidad de lucha del Bismarck antes de entablar un combate naval directo con él. Con este objetivo en mente, destaca al portaaviones Victorious y a varios cruceros al mando del contraalmirante Curteis, ordenandoles que se aproximen a 100 millas del gigante germano y que lancen un ataque con aviones torpederos.

A las 10 de la noche, la agrupación británica de Curteis se encuentra a una 120 millas de los navíos alemanes. En ese instante, el riesgo de que los buques de Wake-Walker pierdan el contacto con el Bismarck (como ya ha sucedido con el Prinz Eugen) es elevado. Por ello, el contraalmirante decide no perder más tiempo y hace despegar a 9 Swordfish torpederos y a seis Fulmar. La misión de los primeros será lisiar al acorazado enemigo, mientras que los Fulmar deberán distraer el fuego antiaéreo germano y comprobar el daño que causen los Swordfish.

Poco después de las once y media, los aparatos ingleses localizan al Bismarck e inician el ataque. Al precio de perder dos Fulmar víctimas del fuego antiaéreo alemán, los aviones británicos consiguen encajar un torpedo en el costado del navío germano. Sim embargo, la inicial alegría de los anglosajones se desvanece tan pronto como observan que el escualo de acero no ha causado daños en el buque enemigo, cuyo blindaje resiste sin problemas el impacto. A los aeroplanos británicos no les queda otro remedio que volver al Victorious con las manos vacías.

A la una de la madrugada del día 25, el Bismarck invierte nuevamente el rumbo para disparar a sus tenaces perseguidores. En el instante en que observan la maniobra alemana, la agrupación de Wake-Walker trata de alejarse a toda máquina. El acorazado no insiste en el ataque y rápidamente vuelve a poner la proa hacia el sur, pero esta ultima escaramuza provocá que los británicos se vuelvan cautelosos en extremo. Tan pronto como cesa el cañoneo del gigante alemán, los navíos ingleses reinician la persecución moviéndose en el límite del alcance de sus radares hasta que, a las 03:06, el coloso germano desaparece de sus pantallas.

En ese momento, las antenas radiotelegráficas de la Kriegsmarine, las cuales venían captando los mensajes transmitidos por los buques de Wake-Walker a la Home Fleet, descubren que dichos mensajes cesan repentinamente. La armada del Reich deduce que los perseguidores han perdido el contacto con el Bismarck y así se lo comunica a Lütjens. El almirante alemán recibe la información, pero no se la cree. ¿La razón? El detector Fumb que porta el acorazado sigue captando los impulsos de los radares ingleses; luego el silencio radiotelegráfico solo puede ser una añagaza británica. Razonamiento lógico, pero erróneo. Los navíos de la Royal Navy ciertamente habían perdido el contacto con el alemán y sus radares exploraban el océano a ciegas. Las ondas llegaban hasta el Bismarck (y de ahí que el detector Fumb las recibiese), pero sin fuerza suficiente para rebotar y ser captadas por los buques emisores de las mismas.

A pesar de ello, los británicos no desisten. La agrupación de Wake-Walker, la Home Fleet y los aviones del Victorious continúan incansablemente la búsqueda del escurridizo navío alemán a lo largo del día 25, pero sin éxito. En ese momento, el Bismarck podía haber estado salvado, pero Lütjens iba a cometer un error fatal...


Segundo intento

A las 07:00 del día 26, el acorazado alemán radia un mensaje a Berlín indicando que “dos acorazados y un crucero todavía mantienen el contacto”, al tiempo que informa del estado general del buque y de su necesidad de entrar en dique para una revisión. El comandante del “Grupo Oeste” responde mediante un mensaje urgente desde París confirmando a Lütjens que los británicos han perdido realmente su rastro y solicitándole que guarde absoluto silencio radiotelegráfico, pero el daño ya estaba hecho.

Tan pronto como el Bismarck radia su mensaje, los radiogoniómetros del Reino Unido localizan el lugar de origen de la transmisión y deducen acertadamente que solo puede proceder del acorazado alemán. Una vez localizada la posición de este, la información se le pasa a Tovey, quien ordena a todos sus buques que pongan rumbo inmediatamente al lugar señalado por los radiogoniómetros para, una vez allí, darse cuenta de que el navío germano no aparece por ninguna parte.

¿Qué había sucedido? Debido a un error de cálculo, los equipos ingleses se habían equivocado al señalar la posición del buque enemigo, con la desastrosa consecuencia de que el grueso de la flota británica fue enviada a interceptar al Bismarck a un punto situado 75 millas al norte de donde en realidad se encontraba.

El Almirantazgo Británico esta desconcertado. El buque alemán parece haberse desvanecido y los ingleses no tienen ni la más remota idea de donde puede hallarse en ese momento. En esta situación, la Royal Navy decide tratar de cubrir los dos itinerarios más probables del acorazado. Por un lado se ordena a la Home Fleet que ponga proa al norte para dirigirse a la zona entre las Islas Feroe e Islandia. Por otro, se ordena a la Fuerza H comandada por Sommerville que se sitúe en la ruta que habría de seguir el navío germano en caso de que decida refugiarse en los puertos franceses. Al mismo tiempo, todos los aviones de exploración de la RAF patrullaban incesantemente el Atlántico en busca del coloso de la Kriegsmarine. La tenacidad británica se iba a ver pronto recompensada.

A las 10:30 un hidroavión Catalina localizó finalmente al Bismarck a algo menos de 700 millas al oeste de Brest. En ese momento, la Fuerza H se hallaba a unas 110 millas a proa del navío germano. Pero esa agrupación solo disponía de una gran unidad: el crucero de batalla Renown que, en caso de ser empleado contra el Bismarck, podía terminar en el fondo del océano igual que el Hood. Por ello, se le ordenó a Sommerville que no tratase de interceptar al buque alemán hasta que llegasen los navios de la Home Fleet, quienes habían vuelto a invertir el rumbo y se dirigían a la zona. Pero la formación de Tovey se encontraban a unas 130 millas a popa del Bismarck, por lo que si el navío germano mantenía su velocidad sería imposible que la Home Fleet le diese caza antes de que llegase a Francia. En esta difícil situación los británicos deciden jugar su última carta.

La Fuerza H, si bien solo contaba con con el Renown como gran unidad, también disponía del buque que iba a resultar decisivo en aquella jornada: el portaaviones Ark Royal. Pero, antes de hacer entrar en juego a los aparatos de este, Sommerville decide destacar al crucero Sheffield para que marque de cerca al Bismarck y no pierda el contacto radar con él. Finalmente, a las 3 de la tarde despegan 14 swordfish desde el portaaviones inglés. Tras una hora de vuelo, los aparatos británicos localizan su objetivo y dejan caer sus torpedos al mar... ¡para inmediatamente después darse cuenta de el navío que han tomado por el blanco no es otro que el Sheffield! Afortunadamente para los ingleses, ningún torpedo “amigo” hizo blanco. No sería la primera vez que la suerte sonriese a los anglosajones en aquella jornada.

Los aeroplanos regresan al portaaviones para rearmarse y volver a intentar la maniobra de ataque. En esta ocasión, 15 Swordfish despegaran del Ark Royal a las ocho de la tarde. Es su última oportunidad. Quedan escasas horas de luz y, en caso de que no consigan disminuir la velocidad del Bismarck, el navío germano entrará en el radio de acción de los aviones alemanes basados en Francia a la mañana siguiente.


A la tercera va la vencida

El ataque se inicia a las 20:47. La escasa luz provoca que los antiaéreos alemanes tengan mucha dificultad en localizar a los aparatos británicos. Pese a ello, logran dañar a cinco aviones y derribar a otro. Pero no fue suficiente. Tras cuarenta minutos de combate los ingleses solo habían logrado acertar con un torpedo en el Bismarck pero, al igual que en el ataque realizado por el Victorious, este no produjo graves daños en el acorazado. Por fin, cuando parecía que los anglosajones no iban a sacar nada en limpio, el coloso germano mete toda la caña a estribor y, de repente, se estremece. Una tremenda sacudida recorre la mole de acero justo cuando se encontraba en medio de la maniobra de giro. ¿Que ha pasado? un afortunado torpedo británico ha acertado justo donde el Bismarck no esta protegido por su formidable blindaje: en los timones. Para más infortunio, el torpedo ha dado en el blanco justo en el momento en que el buque se hallaba girado, bloqueando de este modo los timones en una posición que imposibilitaba que el navío pudiese recuperar una trayectoria recta y gobernarse mediante las hélices.

Fin de la historia. Si el torpedo británico hubiese acertado en cualquier otro sitio, el cinturón blindado del Bismarck hubiese protegido al buque, y el proyectil inglés presumiblemente no hubiese causado graves daños. Pero con ese impacto de tremenda suerte, los swordfish acaban de sellar el destino del gigante alemán. Antes de desaparecer, los pilotos anglosajones observan asombrados como el noqueado navío germano da dos vueltas sobre si mismo y queda a la deriva.

Una vez que se retiran los aviones británicos, los marinos germanos pasan la noche intentando desbloquear el timón. Será en vano. No hay solución posible y los alemanes comprenden que han llegado al final del camino. La Kriegsmarine recibirá en Berlín el siguiente mensaje:

“El buque ha quedado ingobernable. Lucharemos hasta la última granada. Viva Alemania”

jueves, 19 de noviembre de 2009

El hundimiento del Bismarck I

Los dos buques mas poderosos de los que dispuso la Kriegsmarine en la Segunda Guerra Mundial, los acorazados Bismarck y Tirpitz, comenzaron a construirse en 1936. Eran de propulsión a vapor, por lo que su autonomía no rebasaba las 8000 millas, iban armados con ocho cañones de 380 mm además de otras piezas menores y desplazaban 35000 toneladas. No montaban radar, ya que los alemanes desconocían este ingenio, sino radiotelémetro, aparato con el que se les equipó al poco tiempo de comenzar la contienda. El radiotelémetro era un instrumento con varias limitaciones con respecto al radar, siendo la más importante el hecho de que, aún señalando el lugar en el que se encontraba el buque enemigo, no mostraba donde estaban cayendo los proyectiles propios, lo que obligaba a que la corrección de los disparos realizados durante un combate tuviese que efectuarse de manera óptica. Es decir, había que mirar donde estaba el barco objetivo y donde estaban cayendo las bombas propias para, a continuación, modificar el tiro adecuadamente. Lógicamente, este tipo de maniobra “a ojo” no podía realizarse satisfactoriamente cuando el enfrentamiento se realizaba a grandes distancias, o cuando las condiciones climatológicas limitaban la visibilidad.

Ambos acorazados iban a tener una vida bélica extraordinariamente corta. De hecho, el Bismarck solo efectuó una salida y el Tirpitz ni siquiera iba a llegar a entrar en combate. A pesar de ello, ninguno de los dos iba a sobrevivir a la contienda.


La situación previa a la salida del Bismarck

En los primeros meses de 1941 la Kriegsmarine logra uno de sus mayores éxitos al sacar al Atlántico a los cruceros de batalla Scharnhorst y Gneisenau. Ambos buques consiguieron romper el bloqueo impuesto por la Royal Navy a la armada alemana y, durante dos meses de misión por el océano, logran hundir 116.000 toneladas de mercantes británicos, desarticulando de este modo las líneas de aprovisionamiento del Reino Unido. La agrupación germana, comandada por el almirante Günther Lütjens, regresará a Brest sin sufrir daños el día 22 de marzo.

Visto el resultado de la operación anterior, el líder de la Kriegsmarine -el gran almirante Raeder- planea efectuar a continuación un golpe todavía más ambicioso: sacar al mar el navío más poderoso de la escuadra germana, el acorazado Bismarck, que acababa de entrar en servicio.

La intención original de la Kriegsmarine era desplazar al Atlántico al Bismarck acompañado del crucero Prinz Eugen para que, una vez burlado el bloqueo británico se les unan desde Brest los cruceros de batalla Scharnhorst y Gneisenau. Con ello se lograría juntar una poderosa flota para hacer la guerra de corso al tráfico mercante del Reino Unido. Este plan no se pudo llevar a efecto debido a que la RAF sometió a constantes bombardeos a los buques germanos surtos en Brest, causandoles serías averías que les impedirían hacerse a la mar durante varios meses.

A pesar de esto, Raeder no desiste y en una reunión mantenida con Lütjens el día 25 de abril le manifiesta las razones que existen para sacar al coloso germano al Atlántico. En esencia, estas eran las siguientes:

-Raeder había vivido los insultos sufridos por la Marina de Guerra Alemana -una de las armadas más potentes de la época- tras la Primera Guerra Mundial, por no haber desempeñado una responsabilidad acorde con el potencial que, al menos sobre el papel, tenía.

-La Kriegsmarine en la Segunda Guerra Mundial era mucho menos poderosa que su antecesora y se encontraba posiblemente ante su última oportunidad de desempeñar un papel relevante en el conflicto, al menos en lo que a sus grandes buques de superficie se refiere. Era previsible que los EEUU, tarde o temprano, se embarcarían en la contienda del lado británico. La flota estadounidense se uniría entonces a la Royal Navy, eliminando las ya escasas posibilidades que tenían los alemanes de llevar a cabo acciones de envergadura con el puñado de navíos de guerra de los que disponían.

Efectivamente, el panorama para la armada alemana, aunque en aquellos momentos el Tercer Reich se encontrase en el apogeo de su poder, comenzaba a mostrarse sombrío. Esto se debía principalmente a que las relaciones entre EEUU y el Reino Unido empezaban a fortalecerse:

-El 2 de Septiembre de 1940 los Estados Unidos habían entregado 50 destructores a la flota inglesa a cambio de la cesión de diversas bases navales.

-El 11 de marzo de 1941 el “Acta de Préstamo y Arriendo” se convirtió en ley, con lo que se permitía a la Gran Bretaña comprar a crédito todo tipo de material bélico del arsenal norteamericano.

-Ese mismo mes se firma en Washington un acuerdo entre los estados mayores del Reino Unido y de los EEUU, en el cual ya se podía comenzar a entrever la futura entrada de los norteamericanos en el conflicto.

Estos hechos no hacían inevitable la intervención del gigante americano en la guerra (de hecho, la desconcertante actitud del presidente Roosevelt hacia los británicos en esta época sigue siendo uno de los puntos en los que los historiadores distan de ponerse de acuerdo) pero sin duda forzaron a los alemanes a pensar que la aparición de los estadounidenses en el conflicto se hallaba más próxima de lo que en realidad estaba.

En estas circunstancias, Raeder considera que el tiempo apremia y que hay que sacar el Bismarck al Atlántico antes de que sea demasiado tarde. Sin embargo, Lütjens no tiene la misma opinión. En la reunión del 25 de abril, este manifiesta a Raeder sus dudas acerca de la salida al mar del coloso germano. Lütjens cree más conveniente esperar a que los buques amarrados en Brest sean reparados, e incluso a que el Tirpitz este listo para entrar en servicio. De este modo, los alemanes serían capaces de formar una poderosa agrupación de ataque capaz de asestar un golpe mucho más demoledor al tráfico mercante británico.

A pesar de las objeciones de Lütjens, será la opinión de Raeder la que prevalezca: el Bismarck se hará a la mar junto al Prinz Eugen y aquel almirante será precisamente el encargado de comandar la agrupación germana. La misión era la misma que la asignada a todos los buques alemanes que se habían aventurado en el Atlántico con anterioridad: atacar los convoyes británicos y evitar el combate contra formaciones navales enemigas a no ser que fuese absolutamente necesario.


La salida al Atlántico

El 18 de mayo parten del puerto de Gotenhafen el Bismarck y el Prinz Eugen escoltados por tres destructores. El 20 los navíos germanos ya se hallan en el Skagerrak a la altura de Kristiansund y el 21 llegan al fiordo noruego de Kors, cercano a Bergen. Al anochecer de ese mismo día, los buques abandonan el fiordo y se lanzan a intentar burlar el bloqueo naval británico.

Pese a que los alemanes han tomado todas las medidas de seguridad pertinentes y a que los primeros compases de la operación se han desarrollado en el más absoluto secreto, los espías ingleses basados en Suecia logran descubrir los movimientos de los buques germanos y hacen llegar la información puntualmente al Almirantazgo Británico, el cual destaca varios aviones de reconocimiento para vigilar la zona. Estos aparatos lograron localizar a la fuerza naval enemiga confirmando la información que han proporcionado los espías. Los británicos empiezan a barruntar que la presencia de los navíos alemanes en esa zona no puede ser presagio nada bueno. El Almirantazgo supone con acierto que las intenciones germanas pasan por repetir los destrozos que el Scharnhorst y el Gneisenau habían causado escasos meses antes a sus líneas marítimas de aprovisionamiento. En ese momento saltan las alarmas en la Royal Navy. Los anglosajones están en una situación muy grave, perdiendo mucho más tonelaje mercante del que son capaces de construir. Una nueva incursión de la Kriegsmarine en el Atlántico puede provocar que la situación empeore todavía más. Por ello, Gran Bretaña apresta a la Home Fleet con la intención de dar caza a los alemanes antes de que estos puedan iniciar su misión. Dicha flota estaba compuesta por los acorazados King George V y Rodney, el portaaviones Victorious y el crucero Repulse, basados, junto con otras unidades menores, en Scapa Flow. A estos buques se unían los cruceros Birmingham y Manchester, quienes ya se hallaban de patrulla entre Islandia y las Islas Feroe; y los cruceros gemelos Norfolk y Suffolk, los cuales se encontraban en el estrecho de Dinamarca, entre Groenlandia e Islandia. También formaban parte del dispositivo el acorazado Prince of Wales, al cual se le ordena el día 21 desplazarse junto con seis destructores al sudoeste de Irlanda, lugar donde ya se encontraba el crucero de batalla Hood. La Home Fleet estaba comandada por el Almirante Tovey, y la agrupación Hood-Prince of Wales, aún subordinada a la flota de Tovey, queda a las ordenes del almirante Holland. Esta flota era por si sola impresionante y muy superior a la agrupación enemiga, pero todavía se ordenaría a la fuerza H basada en Gibraltar (compuesta por el portaaviones Ark Royal, el crucero de batalla Renown y el crucero Sheffield) dirigirse al teatro de operaciones para apoyar a la Home Fleet.

El día 22 los alemanes interceptan un mensaje británico gracias al cual averiguan que sus movimientos han sido descubiertos. A pesar de ello, dado que las condiciones meteorológicas aquel día eran muy adversas, con intensa lluvia y nubes bajas, Lütjens decide aprovechar el momento confiando en que el clima dificulte la vigilancia inglesa. Por ello, cuando sus buques se hallan a la altura de Trondheim, el almirante germano ordena a sus destructores que den media vuelta y se lanza con sus grandes unidades al estrecho de Dinamarca, lugar por donde pretende romper el bloqueo británico. Poco después, la Home Fleet abandona Scapa Flow y se dirige al encuentro del Bismarck y del Prinz Eugen.

El día 23 el clima no mejoró, pero a pesar de ello un serviola del Suffolk logra distinguir entre la niebla las siluetas de los navíos alemanes. Los germanos también descubren al crucero inglés pero, dado que este desaparece inmediatamente entre la bruma, suponen erróneamente que ellos no han sido localizados. El Suffolk se aleja prudentemente, pero mantendrá el contacto radar. Poco después surge entre las olas el Norfolk a escasas seis millas de la formación alemana, avistando también a los buques enemigos. Dada la proximidad del barco inglés, a los germanos no les queda ninguna duda de que han sido vistos, por lo que el Bismarck abre fuego inmediatamente con la intención de ahuyentar cuanto antes al crucero británico. Este desaparecerá del alcance visual del Bismarck y del Prinz Eugen pero, de igual modo que su gemelo, no romperá el contacto radar con ellos. De este modo, los navíos británicos podían mantener puntualmente informada a su flota acerca de los movimientos de los buques de Lütjens.

El almirante germano es consciente de que su agrupación ha sido completamente localizada por los ingleses, pero a pesar de ello supone que los buques salidos de Scapa Flow no podrán alcanzarle a tiempo y, por este motivo, decide seguir adelante con la operación. El razonamiento era plenamente lógico en lo que se refiere a los navíos de la Home Fleet, pero no tenía en cuenta un dato que Lütjens era incapaz de conocer: que el día 21 ya se habían movilizado el Hood y el Prince of Wales, los cuales se hallaban 480 millas más cerca de los alemanes que el grueso de la flota de Tovey. Por lo tanto, los buques de Holland sí que se encontraban en posición de interceptar a los germanos y, de hecho, el almirante británico se disponía a iniciar la caza sin demora.

En esos momentos, Lütjens adopta una medida preventiva aparentemente simple pero muy efectiva a la postre: ordena invertir el orden de marcha que venía empleando, colocando al Prinz Eugen en cabeza y al Bismarck cerrando la formación. Dado que los buques británicos que habían avistado a la agrupación alemana informaron también de la posición que ocupaban los navíos germanos, el cambio de la formación podía otorgarle cierta ventaja a los navíos de Lütjens en caso de enfrentamiento directo con un enemigo que supusiese que su orden de marcha era el contrario del que realmente era. La medida iba a surtir efecto muy pronto.

Holland consideraba que el Hood (42.000 toneladas y buque insignia de la Royal Navy) y el Prince of Wales (38.000 toneladas), que en conjunto montaban 18 piezas de 381 y de 356 mm, podrían dar buena cuenta del Bismarck, el cual solo tenía 8 piezas de calibre similar. Además, los cruceros Norfolk y Suffolk con sus dieciséis cañones de 203 mm podrían hacer lo propio con el Prinz Eugen, pues este solo disponía de ocho piezas de ese tamaño. Por si fuera poco, Holland contaba con media docena de destructores que le podrían echar una mano en el combate que se avecinaba.

En aquellos momentos, la situación tenía muy mala pinta para los alemanes. Dos agrupaciones británicas convergían hacia los buques germanos con lo que se encontrarían en un punto al oeste de Islandia. Sin embargo, las circunstancias pronto iban a dar un vuelco a favor de los navíos de Lütjens.

En las primeras horas de la madrugada del día 24, Holland destaca a sus destructores ligeramente al norte de sus dos grandes unidades. Esta orden aleja demasiado a los pequeños navíos, y acarreará como consecuencia el que estos no se encuentren junto al Hood y el Prince of Wales a la hora del combate. Además, la agrupación de Holland tampoco se coordinará adecuadamente con el Norfolk y el Suffolk, comandados por Wake-Walker, lo que imposibilitará que estos aparezcan en el lugar del enfrentamiento en el momento crítico.


El primer combate

A las 03:40, con el Hood en cabeza de la formación, el almirante Holland ordena a sus unidades caer al oeste aumentando la velocidad y cerrar sobre los navíos alemanes. Dos horas después, los contendientes finalmente se avistan. Lütjens reconoce inmediatamente la silueta del Hood y comprende acertadamente que el buque que le acompaña es un acorazado del tipo King George V, modelo al que efectivamente pertenece el Prince of Wales. Holland ordena a sus navíos que centren sus disparos sobre el Bismarck, pero asume erróneamente que dicho barco es el que va en cabeza. El Prince of Wales se da cuenta de la artimaña de los germanos y disparará sobre el Bismarck desde el primer momento, pero el Hood dirigirá sus proyectiles contra el Prinz Eugen hasta el final.

Lütjens comprende que el combate es inevitable y ordena a sus buques que concentren sus disparos en el Hood. El almirante alemán no cree conveniente dar la vuelta ya que sabe que los cruceros de Wake-Walker le siguen de cerca, por lo que volverse por donde habían venido no podía sino empeorar su situación. Además, dado que los navíos de Holland han puesto la proa hacia ellos, la situación táctica es favorable a los germanos. Los ingleses se aproximan “de frente” a sus enemigos, lo que provoca que no puedan disparar con todas sus torres. Por contra, los alemanes muestran la eslora a los británicos (esto es, están “de perfil”), lo que les permite utilizar todos sus cañones. En esta situación, la inicial superioridad anglosajona en potencia de fuego se troca en manifiesta inferioridad

Llegados a este punto hay que preguntarse porque Holland colocó a sus navíos en esa desventajosa posición. La razón hay que buscarla en el blindaje del Hood. Dicho buque tenia una coraza protectora vertical de 30,5 cm (e incluso más en las torres de los cañones), pero su blindaje horizontal solo alcanzaba los 11 cm. Esto provocaba que el barco británico estuviese extraordinariamente bien protegido en combates a corta distancia, en los que los proyectiles viajan en paralelo a la superficie del mar; pero no podía afrontar con las mismas garantías un enfrentamiento a grandes distancias donde las bombas describen una trayectoria parabólica y alcanzan al objetivo “desde arriba”. Es decir, a los británicos les interesaba acortar las distancias cuanto antes.

Lütjens, tras comunicar al alto mando de la Kriegsmarine que el combate era inevitable, apremia a sus buques para que se preparen para el enfrentamiento. Los británicos por su parte rompen el fuego a las 05:53. Tras el primer disparo Holland observa asombrado como las unidades alemanas, en lugar de rehusar el choque como hacían habitualmente, aceptan la pelea y devuelven la andanada. En ese momento, por los factores ya mencionados, la situación es claramente desventajosa para los navíos ingleses:

-La distancia entre ambos contendientes era de 25.000 metros. Esto conllevaba que los impactos que fuese a encajar el Hood iban a producirse en la zona en que su blindaje era más débil.

-El hecho de aproximarse de frente a los germanos provoca que los barcos británicos no puedan utilizar todos sus cañones. Los navíos de Holland solo podrán emplear 10 piezas de grueso calibre frente a las 16 alemanas.

-Ni los cruceros Suffolk y Norfolk ni la media docena de destructores señalados con anterioridad se hallaban a una distancia que les permitiese intervenir en el combate.

Al poco tiempo de iniciarse el intercambio de disparos, la tercera salva del Bismarck alcanzaba al Hood de lleno. Desde ese momento, los proyectiles germanos llueven con extraordinaria precisión sobre el desafortunado navío inglés, el cual continuará tratando de acercarse a los buques alemanes para mejorar su posición táctica. Será inútil. En pocos minutos, una serie de certeros impactos provoca que el orgullo de la armada británica se parta literalmente por la mitad para, inmediatamente después, hundirse llevándose consigo a toda su tripulación salvo a tres supervivientes.

Lütjens no se duerme en los laureles. Inmediatamente después de que el Hood haya desaparecido de escena, el almirante alemán ordena a sus buques que dirijan sus disparos hacia el Prince of Wales. Como consecuencia de esto, el barco inglés encaja sin tiempo para reaccionar siete impactos directos. El navío británico asume que ha perdido el combate y se apresura a abandonar el campo de batalla poniendo la popa a sus enemigos. Los germanos, en una de las acciones más controvertidas de la Segunda Guerra Mundial, no insisten en la persecución y a las 06:09 dejan de disparar. Si los alemanes hubiesen perseguido al dañado Prince of Wales, es casi seguro que podrían haberlo enviando al fondo del mar junto con el Hood, privando de este modo a la Royal Navy de un magnifico buque de guerra. Entonces, ¿por qué no lo hicieron?. Se suelen dar las siguientes explicaciones:

-Los germanos temían que en caso de perseguir al Prince of Wales se estuviesen aproximando peligrosamente al grueso de la Home Fleet. Lütjens no podía conocer la posición exacta de los navíos británicos, pero asumía que no podían hallarse muy lejos. La realidad es que los buques de Tovey no se encontraban excesivamente próximos, pero el almirante alemán no tenía posibilidad de saber esto, por lo que prefirió no tentar a la suerte.

-El Bismarck había sufrido daños los cuales, si bien no eran muy graves, sí que habían provocado una ligera disminución en la velocidad punta del acorazado. Por tanto, en esa situación no convenía iniciar una persecución.

-Por último, la explicación más verosímil: Lütjens tenía la misión de hacer la guerra al tráfico mercante británico. Esto es, hundir un barco más habría supuesto un éxito puntual, pero no habría favorecido el cumplimiento de esta misión, y además no habría tenido apenas repercusión en el devenir del conflicto. Por contra, burlar el bloqueo de la Royal Navy habría permitido a los buques germanos lanzarse a la guerra de corso en el Atlántico, causando estragos en las líneas marítimas de aprovisionamiento de la Gran Bretaña y privando a este país de los suministros que tanto necesitaba para mantenerse en vivo en la contienda. Ese era el objetivo esencial de los navíos alemanes.

Sean cuales sean los factores que pesaron en la decisión del almirante alemán, lo cierto es que este optó por no perseguir al Prince of Wales y dirigirse hacia el sur. Con ello, el Lütjens ponía fin a la primera y última jornada gloriosa del Bismarck. En los siguientes días, las tornas iban a cambiar por completo; la fortuna no solo no le iba a sonreír al malhadado buque germano, sino que además le iba a dar completamente la espalda.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Operación Bagratión II


2ª Fase de la Ofensiva: Minsk

Model ya había demostrado su valía en los combates defensivos que la Wehrmacht venía librando en el Frente del Este desde 1942. En el momento de ser llamado a comandar el Grupo de Ejércitos Centro estaba dirigiendo el Grupo de Ejércitos Norte de Ucrania, y durante un tiempo tuvo que compaginar ambas responsabilidades. Su particular táctica, a veces denominada “Schild un Schwert” (escudo y espada), consistente en ejecutar una breve contraofensiva antes de llevar a cabo una maniobra de repliegue, le permitía disfrazar el retroceso de sus tropas como el resultado de un ataque fallido. De este modo, solía conseguir con más facilidad que otros generales que el Führer aceptase la retirada de sus soldados.

Model era plenamente consciente de la crítica situación en la que se encontraban los ejércitos cuyo mando se le acababa de otorgar. Conocía asimismo, dada su amplia experiencia en el Ostfront, la renovada capacidad bélica del Ejército Rojo. Sabía que la ofensiva soviética era algo serio y preveía que no se iba a poder detener con lo que los alemanes eran capaces de poner en juego en aquel momento. Por ello, el objetivo de Model consistió en lograr establecer una línea defensiva basada en el Vístula, más de 500 km al este del punto de partida del ataque ruso. El militar germano solicitó la correspondiente retirada, con vistas a acortar el frente y poder replegarse hacía este rio con facilidad una vez que se iniciase el avance soviético, pero Hitler se negó.

Tras esta negativa, y dados los pobres resultados de la estrategia de plazas fuertes, el nuevo comandante del Grupo de Ejércitos Centro, esquivando pero no contraviniendo las ordenes del Führer, trató de permitir una mayor movilidad a sus tropas para evitar un desastre aún mayor, pero se encontró con que las soluciones parciales ya no surtían ningún efecto. Minsk, la capital de Bielorrusia, cayó el 3 de julio sin que Model pudiese hacer nada para evitarlo. En dicha ciudad, que llevaba tres años en manos alemanas, se hallaba el cuartel general del Grupo de Ejércitos Centro, por lo que su perdida era mucho más importante que la mera caída de una capital soviética. Minsk era el principal nudo de comunicaciones de la zona y uno de los puntos de apoyo de toda la estructura defensiva germana en el este, por lo que su conquista por el Ejército Rojo privó a los alemanes de uno de sus bastiones más preciados. A las dificultades germanas se vino a añadir el hecho de que varios miles de soldados alemanes -el 4º Ejército y varias unidades del 9º- quedaron cercados al sur de la ciudad.


La toma de Baranovitshi

En ese momento, los alemanes consiguieron reunir una importante formación acorazada compuesta por las divisiones panzer 4ª, 5ª y 12ª. Model lanzó a estas al combate junto a otras formaciones de infantería traídas apresuradamente de las zonas norte y sur del frente para tratar de salvar lo que se pudiese de los Ejércitos 4º y 9º. El objetivo de este ataque de Model era intentar ayudar a que el mayor número posible de soldados escapasen de ser engullidos por el avance soviético, permitiendo que se retirasen hasta posiciones más defendibles. Model tenia intención de formar con las tropas que se pudiesen rescatar una línea defensiva basada en la localidad de Baranovitshi.

Del lado soviético, el mariscal Zhukov se dio cuenta de que el mando alemán había cambiado su manera de proceder. Durante los primeros compases de la ofensiva, las tropas germanas se dejaban cercar con relativa facilidad, pero en aquel momento las unidades de la Wehrmacht habían empezado a desarrollar una defensa más elástica. Pese a ello, el militar ruso no estaba dispuesto a aflojar la presión sobre los alemanes. Zhukov, previendo las intenciones de Model, ordenó al 65º Ejército del general Batov que tomase Baranovitshi sin demora, objetivo que esta formación cumpliría el día 8, arruinando así los planes germanos de formar una línea de defensa coherente. Desde ese momento, los movimientos alemanes se convirtieron en una desbandada general. Las unidades trataron de escapar hacía el oeste por sus propios medios, sin que existiese una estrategia de conjunto concertada.

El caos reinante en el bando alemán contrastaba con la abrumadora capacidad operativa de los soviéticos, quienes a mediados de 1944 habían alcanzado una superioridad tal que podían permitirse el lujo de ejecutar varias ofensivas en paralelo. Prueba de ello es el ataque lanzado el 13 de julio por el Primer Frente Ucraniano de Koniev contra el Grupo de Ejércitos Sur de Ucrania, también comandado por Model. Dicho movimiento “secundario” causó a los germanos 50.000 bajas entre muertos heridos y prisioneros.


3ª Fase de la Batalla: ¿Objetivo Varsovia?

En aquellos momentos el mundo entero estaba al tanto del desembarco de Normandía hasta el punto de que el resultado de la guerra parecía girar en torno a él. La contribución soviética al esfuerzo de guerra parecía devaluarse al tiempo que el esfuerzo angloamericano se magnificaba. Para combatir esta visión y dar una idea clara de la magnitud de la derrota que la URSS estaba infligiendo a la Wehrmacht, Stalin ofreció a los moscovitas un desfile en el que los protagonistas fueron 57.000 alemanes capturados por el Ejército Rojo durante la operación Bagratión. Con este movimiento dejaba a las claras a los occidentales que, por mucho que hubiesen abierto el tan esperado segundo frente, la lucha en el Frente del Este seguía en primer plano de la contienda.

De hecho, la ofensiva soviética distaba de estar concluida, y durante las dos semanas siguientes el Ejército Rojo continuó arrollando todo lo que se le puso por delante. Finalmente, el primero de agosto las tropas de Rokossovski llegaban a los arrabales de Varsovia logrando establecer varias cabezas de puente al otro lado del Vístula, al mismo tiempo que los hombres de Bagramian conseguían abrirse pasó hasta el Báltico tomando la localidad de Tukum y separando de este modo al Grupo de Ejércitos Norte del resto de las formaciones germanas en el Ostfront. La velocidad de las tropas rusas había sido similar a la de la Wehrmacht en 1941.

Dada la proximidad del Ejército Rojo y asumiendo que la resistencia alemana en la zona se está derrumbando, el Armija Krajowa -el Ejército del Interior Polaco- da inicio al levantamiento de Varsovia el mismo día uno de agosto. Con todo, la capacidad de combate de los germanos no había sucumbido totalmente ante el arrollador avance ruso. De manera completamente inesperada, Model lanzo un contraataque el día dos de agosto, empleando en el mismo a las poderosas divisiones Totenkopf, Wiking, Grossdeutschland y Hermann Göring. La operación de Model no fue muy ambiciosa -los medios alemanes no eran suficientes para una ofensiva de gran envergadura- pero logró un notable éxito al eliminar parcialmente las cabezas de puente soviéticas en el Vístula, frenando de este modo la ofensiva rusa. El propio Rokossovski se vio obligado a admitir al corresponsal del Sunday Times en Moscú que los alemanes habían hecho retroceder a sus tropas hasta 100 km en diversos puntos. Los germanos consiguen también retomar temporalmente Tukum, restableciendo -de manera muy precaria- el contacto con sus tropas en el norte y permitiendo que miles de civiles escapen hacia el oeste.

El análisis del Levantamiento de Varsovia merecería un capítulo aparte, pero aquí solo haremos unos breves apuntes sobre el mismo. En términos generales, el Armija Krajova era leal al gobierno polaco en el exilio en Londres, y tenía poca simpatía hacía la URSS. Los aliados occidentales prestaron apoyo -eso sí, bastante escaso- al AK, pero Stalin no procedió de igual modo ya que no tenía ningún interés en favorecer el triunfo de un alzamiento potencialmente hostil a los intereses soviéticos en la zona. Además, el Ejército Rojo acababa de ser sorprendido por la contraofensiva de Model que, si bien es posible que fuese considerada desde el principio por Zhukov y Rokossovski como un revés pasajero, puso fin, al menos de manera temporal, al avance ruso iniciado hacía más de un mes.

Parece que ambos generales elaboraron un plan que presentaron a Stalin y que hacía referencia al reinicio de la ofensiva el día 8 de agosto. Este proyecto preveía el reagrupamiento de las fuerzas soviéticas con vistas a la toma de Varsovia en un gran movimiento de tenazas para posteriormente lanzarse contra el Reich a través de las llanuras polacas. Los alemanes no disponían en la zona de fuerzas de consideración con las que oponerse a una segunda ofensiva rusa y, debido a esto, parece ser que los militares soviéticos consideraban factible tomar Berlín antes de finales de año.


La actitud de Stalin

Sin embargo, la mente de Stalin estaba ya pensando más en la posguerra que en la derrota de Alemania. Liberar Varsovia hubiese dado a Polonia, país que la URSS había contribuido a invadir en 1939, una victoria que al mandatario soviético no le hubiese reportado ningún beneficio. Por ello, el dictador georgiano tomó una decisión que, si bien ha sido ampliamente criticada en la posteridad por motivos éticos, no puede ser tratada del mismo modo si atendemos a criterios estratégicos y geopolíticos: abandonar la capital polaca a su suerte y dirigir sus tropas contra los los aliados que todavía le quedaban al Tercer Reich en Europa Oriental.

El líder bolchevique calculó acertadamente que a los ejércitos angloamericanos, todavía entrampados en los campos de batalla de Francia, les quedaban varios meses antes de llegar a amenazar el territorio del Reich. Por ello, concentró sus esfuerzos no en luchar contra los alemanes a quienes ya consideraba practicamente derrotados, sino en reforzar la posición de la URSS en todo el este de Europa con vistas a alcanzar una posición de preeminencia en el mundo de posguerra. El Ejército Rojo se desvió del eje de su avance y se lanzó en los meses siguientes contra Rumanía, Bulgaria y Hungría. Stalin buscaba tanto privar a los germanos de los recursos que todavía obtenían de estos países como asegurarse la lealtad de estas naciones tras la contienda, cosa que consiguió.

Por ello, cuando se analiza la actitud de la URSS ante el Levantamiento de Varsovia han de tenerse en cuenta los puntos mencionados: primero, en aquel momento el Ejército Rojo había sido rechazado por el audaz contraataque de Model; y segundo, Stalin consideró con acierto que en aquellas circunstancias le salia más rentable dejar que los alemanes acabasen con la insurrección polaca y emplear sus tropas en otros teatros de guerra. La medida, que implicaba dejar a las tropas de un país aliado privadas de ayuda en un momento crítico, puede ser censurada desde un punto de vista ético y moral, pero estrategicamente supuso un éxito absoluto.


Resultados de la Operación Bagratión

Independientemente de los acontecimientos de Varsovia, la Operación Bagratión, a pesar del moderado éxito de la contraofensiva de Model, supuso una derrota total y absoluta para el Tercer Reich. En algunos puntos el Ejército Rojo avanzó hasta 700 Km, logrando que Bielorrusia quedase nuevamente bajo control de la URSS y recuperando de este modo la mayor parte de lo que había sido el territorio soviético de preguerra. Sin embargo, las ganancias de terreno no representaban el mayor éxito ruso ni el mayor problema para los alemanes. El gran triunfo soviético consistió en las espectaculares bajas causadas a sus enemigos. La ofensiva rusa desmanteló por completo el sistema defensivo del Reich en el Este, aniquilando al Grupo de Ejércitos Centro y aislando al Grupo de Ejércitos Norte del resto de las tropas alemanas en el Ostfront. Las cifras son difícilmente calculables, pero podemos estimarlas en torno a los 300.000 muertos, 200.000 heridos y 100.000 prisioneros. En definitiva, el Grupo de Ejércitos Centro había dejado de existir. Las pérdidas materiales también fueron muy elevadas, pero los números exactos cambian mucho de un historiador a otro. Para orientarnos, podemos dar la cifra de unos dos o tres mil carros carros de combate destruidos. Del lado soviético, las pérdidas materiales fueron todavía mayores, pero las humanas se suelen estimar en torno al 50% de las germanas.

Y ahora la pregunta: ¿cual fue la razón de que los soviéticos fueran capaces de asestarle un golpe tan atronador a los alemanes? El hundimiento del frente germano no puede achacarse solo a la superioridad rusa. La Werhmacht llevaba años enfrentándose en inferioridad numérica, tanto en términos humanos como materiales, a los ejércitos de Stalin, sin por ello llegar a venirse abajo tan estrepitosamente como lo hizo en 1944. Pero en ese año existía un factor que estaba ausente en los años anteriores: la superioridad aérea soviética. Ya hemos indicado el escaso número de aparatos con los que contaban los germanos en la zona. Esto era debido a que tras el desembarco de Normandía, gran parte de las ya mermadas fuerzas aéreas alemanas fueron trasladadas al oeste con el objetivo de tratar de ofrecer cierta cobertura a las unidades que se encontraban combatiendo a las tropas aliadas. La medida no supuso ninguna ventaja apreciable en el frente occidental, y a cambio privó a los germanos de aviación en el este, justo en el momento en que se iba a desencadenar la mayor ofensiva rusa de la guerra. Esta carencia provocó que los alemanes no pudiesen efectuar vuelos de reconocimiento suficientes antes de la embestida, y que durante la misma no dispusieran de medios para defenderse de los miles de aparatos soviéticos que les hostigaban. Este factor, unido a la mejora constante en la calidad del Ejército Rojo y a la cada vez mayor maestría mostrada por los rusos en el desarrollo de las operaciones bélicas, provocó un derrumbe en las líneas germanas como nunca se había visto en la contienda.

Fuente principal:
Tierra calcinada. La guerra en el Frente Ruso 1943-1944
Autor: Paul Carell
Inédita editores

domingo, 25 de octubre de 2009

Europa en Guerra 1939-1945: ¿Quién ganó realmente la Segunda Guerra Mundial?



El título que analizamos supone posiblemente el mejor intento de ofrecer una explicación a la Segunda Guerra Mundial en Europa desde una perspectiva global. A lo largo de sus páginas Norman Davies, un historiador británico, narra episodios tan dispares de la contienda como las composiciones de los diferentes ejércitos, el holocausto, las complejas relaciones entre los aliados, el fascismo, el movimiento partisano, los bombardeos angloamericanos, la tragedia de Varsovia, etc.

El libro está estructurado en seis capítulos:

-Interpretación. Cinco Factores
-Guerra. Las acciones militares en Europa 1939-1945
-Política. Antes, durante y después de la guerra
-Soldados. Del reclutamiento a la tumba
-Civiles. Vida y muerte en tiempos de guerra
-Retratos. La Segunda Guerra Mundial en el cine, la literatura y la historiografía

A los que se añade un capítulo final titulado con gran acierto "Inconclusiones".

Davies muestra una estudio completo del conflicto. En las primeras páginas del libro nos ofrece una serie de tablas condensando la información referente a las capacidades militares de los diversos países contendientes: número de soldados, aviones, barcos, carros de combate... a estos une cifras de víctimas, tropas desplegadas en los diferentes teatros, potencial industrial y producción bélica. Todo ello ayuda a hacerse una idea de las capacidades de cada nación en el punto de partida, lo que favorece la comprensión de las actitudes posteriores de cada uno. El autor esboza también la gestación de la Gran Coalición y los problemas que salpicaron a la misma durante su existencia y hasta el inicio de la Guerra Fría.

En el segundo capítulo, Davies narra de manera resumida las acciones militares más importantes que acontecieron en Europa. Es aquí donde se empieza a palpar la diferencia con la mayor parte de los libros que versan sobre la SGM. El autor, aún siendo británico, trata de poner en sus justos términos la participación de la Unión Soviética en la guerra. A lo largo de toda la obra se encuentran frases como: “si se hiciera justicia, todos los libros sobre la Segunda Guerra Mundial dedicarían unas tres cuartas partes de su contenido al frente del este”.

El tercer capítulo, dedicado a la política, nos muestra como se articularon las relaciones entre los diversos estados europeos tras la Primera Guerra Mundial. El capítulo abarca desde la paz incomoda surgida en Versalles hasta los inicios de la guerra fría entre los EEUU y la URSS, pasando por las convulsas relaciones de los países del Eje, el papel de las naciones neutrales, la amistad germano soviética, los esfuerzos de Churchill por atraer a los americanos, etc.

En el capítulo dedicado a los soldados el autor señala las diferencias existentes entre los ejércitos en liza, mostrando las taras y los puntos fuertes de cada uno. Es aquí donde se tratan aspectos como las armas, la instrucción o el nivel de control político que los estados ejercían sobre sus tropas. También se hace referencia a aspectos menos conocidos y más polémicos, como es el caso de la participación de soldados judíos en la Wehrmacht.

El quinto capítulo, dedicado a los civiles, entra en aspectos como los trabajadores forzados, el robo de niños polacos perpetrado por los nazis, los campos de concentración, la limpieza étnica... En este capítulo, como en toda la obra, aún destacando los crímenes cometidos por la Alemania de Hitler, el autor no pasa por alto los aspectos oscuros del comportamiento soviético. Katyn y el Gulag también tienen cabida en estas páginas. A lo largo de la obra el autor no se olvida tampoco de señalar aquellos campos, como el bombardeo de Dresde, en los que la conducta de los aliados occidentales no puede ser calificada de ejemplar.

En el último episodio -retratos- Davies nos ofrece un amplio abanico de obras escritas, filmadas o enmarcadas en la Segunda Guerra Mundial. Tienen cabida aquí desde las novelas bélicas de Sven Hassel hasta “Salvad al Soldado Ryan”, pasando por “la Gran Evasión”, “Doce del Patíbulo”, las fotos de Robert Cappa, etc. El autor diferencia entre las realistas y las que son pura ficción pero ofrece ejemplos de ambas.

Como conclusión, podemos decir que el libro de Davies es una gran obra que intenta -y consigue- ofrecer una visión amplia y no excluyente de los acontecimientos que salpicaron la historia de Europa, no solo entre 1939 y 1945, sino también entre las décadas anteriores y posteriores al conflicto. En sus páginas aparecerán tanto Hitler y Stalin como los civiles anónimos entrampados en el reparto de Polonia. Nos encontraremos con personajes como Rüdel, Churchill o Rokossovski, y con lugares como Auschwitz y Nemmersdorf. En definitiva, “Europa en Guerra” es un magnifico libro, con un extensisimo listado de fuentes y un anexo sobre las obras recomendadas para profundizar en los temas que en el texto de Davies se esbozan. Además, cosa que es muy de agradecer, un extraordinariamente amplio indice onomástico facilita la consulta posterior de algún apartado específico sin recurrir a la tediosa tarea de abrir el libro a ojo y pasar diez minutos pasando páginas hasta encontrar el punto que buscábamos.

Título: Europa en Guerra 1939-1945 ¿quién ganó realmente la segunda guerra mundial?
Autor: Norman Davies
Ed: Planeta. 2008
Precio: 22,5 Euros

domingo, 18 de octubre de 2009

Operación Bagratión I


El 20 de mayo de 1944, Stalin y otros altos cargos de la URSS se reunieron con varios de sus generales para coordinar la que iba a ser la ofensiva de verano rusa: la Operación Bagratión. Entre los militares que allí se encontraban se hallaba Rokossovski, comandante del Primer Frente de Bielorrusia y uno de los mandos soviéticos más competentes, cuyas sobresalientes cualidades habían quedado de manifiesto durante las batallas de Stalingrado y Kursk en los años precedentes. Durante la reunión, el dictador propuso que el frente comandado por Rokossovski realizase una sola ofensiva contra la ciudad de Bobruisk pero este general, conocedor de que una única acometida causaría a sus tropas grandes bajas y daría a los alemanes la oportunidad de defenderse, se enfrentó al Vozhd y solicitó que la campaña se articulase en torno a dos operaciones igualmente prioritarias: un ataque sobre Bobruisk y, en paralelo, otro sobre Slutzk. Ello suponía una dispersión de fuerzas pero, dada la superioridad en medios materiales y humanos que había alcanzado el Ejercito Rojo, dicha dispersión causaría más dificultades a los alemanes a la hora de organizar la defensa que a los rusos en el momento de llevar a cabo el golpe.

-Sal y piensatelo bien- Le dijo Stalin a su general, a quien hizo pasar nuevamente a la estancia al cabo de un rato.

-¿Te lo has pensado mejor, general?- Inquirió el dictador soviético.

-Sí, camarada Stalin-

-¿Entonces qué? ¿una sola ofensiva?-
Insistió el máximo mandatario de la URSS.

Se produjo un tenso silencio hasta que Rokossovski contestó:

-Dos acometidas son más aconsejables, camarada Stalin-

Nuevo silencio y nuevo intento de Stalin:

-Sal y vuelvetelo a pensar. No seas terco, Rokossovski-

El general volvió a abandonar la habitación mas, una vez en la estancia contigua, se dio cuenta de que no estaba solo: Molotov y Malenkov estaban con él y trataron de hacerle comulgar con la idea de Stalin:

-No te olvides de donde estas y con quién estas hablando, general- le dijo Malenkov –es con el camarada Stalin con quien estas en desacuerdo– remachó

-Tienes que estar de acuerdo con él, Rokossovski– añadió Molotov –Estar de acuerdo. ¡Y no hay más que hablar!-

Tras esto, el general fue invitado a volver a la sala donde se encontraba Stalin. Pero Rokossovski, quien había sufrido en sus carnes la brutal represión que el régimen soviético ejercía contra todos aquellos que discrepaban, siquiera ligeramente, con la ortodoxia stalinista, no era un militar que se caracterizase por una servil aceptación de las ordenes de la superioridad e iba a ponerlo una vez más de manifiesto.

-Y bien, ¿qué es mejor?- Preguntó el líder soviético una vez que Rokossovski volvió a estar en su presencia

-Dos acometidas- El general de ascencencia polaca siguió en sus trece

La reunión se volvió a sumir en un silencio sepulcral hasta que el Vozhd se decidió a hablar:

¿puede ser que dos acometidas sean realmente lo mejor?

Soprendentemente, Stalin daba su brazo a torcer. Simon Sebag de Montefiore, el autor al que hemos utilizado como fuente en lo que se refiere a la discusión entre el mandatario y el general no indica la reacción del dictador más allá de la mencionada pregunta. Rokossovski, en sus memorias, afirma que el mandatario soviético comentó:

-La insistencia del jefe del frente demuestra que está minuciosamente pensada la organización de la ofensiva, y esto representa una segura garantía del éxito-

Sin embargo, es posible que, según indica el historiador y periodista alemán Paul Carell, Stalin aceptase la postura de Rokossovski no sin antes advertirle que le hacia plenamente responsable de un eventual fracaso en las operaciones.


La situación global

En sur de Europa, Roma es declarada ciudad abierta y cae sin combatir el 4 de junio. Lo que podía haber resultado un gran triunfo quedó empañado por el hecho de que las tropas germanas -el 10º Ejercito al mando de Vietinghoff- consiguieron escapar hacía el norte. Los alemanes desplegaban en Italia en estas fechas poco más de una veintena de divisiones.

El 6 de junio los aliados lanzaron finalmente la Operación Overlord. La ofensiva, dificultada enormemente por la tenaz resistencia germana, se desarrolló con una lentitud exasperante. A pesar de ello, los angloamericanos establecieron desde el principio una firme cabeza de playa de la que los alemanes no pudieron expulsarlos. En pocos días, a pesar de que el avance aliado no se caracterizase por su rapidez, pareció claro que el segundo frente que los angloamericanos llevaban tiempo prometiendo a los soviéticos quedaba definitivamente establecido. La Wehrmacht desplegaría alrededor de 60 divisiones en el Frente Occidental.

En resumen, estos dos teatros de operaciones, a pesar de tener una importancia relativa mucho menor que el Ostfront en el marco global de la guerra, empeñaban unas fuerzas alemanas considerables en un momento en que hubiesen resultado extremadamente necesarias en el este. Y es que en el verano de 1944 los soviéticos iban a lanzar la mayor ofensiva de la guerra: la Operación Bagratión.


La situación en el Frente del Este

Tras las campañas del invierno de 1943-44, en el frente germano-soviético se presentaba una situación complicada para los alemanes. El Ejército Rojo practicamente había recuperado todo el territorio soviético de preguerra en la zona sur del frente, pero en el norte las tropas germanas seguían conservando gran parte del terreno ganado durante la Operación Barbarroja. A mediados de 1944 todavía se hallaban bajo control de la Wehrmacht las repúblicas bálticas -Estonia, Letonia y Lituania- y el territorio de lo que sería en la posguerra la república soviética de Bielorrusia.

Esta singular situación del frente provocó que Hitler y el alto mando germano cometieran el error de suponer que el ataque ruso se lanzaría desde la región de Galitzia, al oeste de los pantanos del Pripet. El Führer creía que desde allí las tropas soviéticas tratarían de romper en dirección a Königsberg, ciudad situada a apenas 450 km de las líneas rusas en Galitzia, con el objetivo de cercar al grueso de las tropas alemanas de los Grupos de Ejércitos Norte y Centro. Por ello, fue en esa zona donde la Wehrmacht concentró la mayor parte de sus reservas -una fuerza de choque nada despreciable compuesta por ocho divisiones acorazadas y dos de granaderos- con la intención de descabezar el avance del Ejército Rojo en el momento en que este se iniciase. Finalmente, estas tropas se encontrarían a 200 km de donde se iban a desarrollar los principales ataques soviéticos.





Previsiones alemanas para la ofensiva soviética (los mapas muestras las fronteras actuales)


El ataque

Tras la reunión a la que hemos hecho referencia al comienzo de la entrada, Stalin y la Stavka -Cuartel General Supremo de las Fuerzas Soviéticas- se embarcaron en la tarea de concluir los preparativos para la ofensiva que debía terminar de expulsar a los alemanes del territorio de la URSS. Los rusos planean iniciar la campaña que lleve a la Wehrmacht a un punto de no retorno justo el día en que se cumplían tres años desde el inicio de Barbarroja. Para ello, según cifras del historiador alemán Paul Carell, concentran en cuatro Frentes (Grupos de Ejército) la asombrosa cantidad de dos millones y medio de soldados, 6.000 tanques y cañones de asalto, 45.000 piezas de artillería y 7.000 aviones. Otras fuentes reducen las cifras ligeramente: Norman Davies habla de 5200 carros de combate y 5300 aviones, y David Solar reduce el número de piezas de artillería empleadas por los soviéticos a 30.000. En cualquier caso supondrían unas cantidades de material bélico impresionantes. Este último autor estima que las proporciones eran de 3 a 1 en hombres, 7 a 1 en blindados y 50 a 1 en aviones a favor de los soviéticos. Es decir, mientras que a estas alturas de la guerra los alemanes todavía podían situar setecientos u ochocientos mil hombres en el Grupo de Ejércitos Centro, solo pudieron apoyarlos con un millar escaso de tanques y, por asombroso que parezca, apenas pudieron juntar 40 aparatos de caza y un centenar de bombarderos.


La noche del 20 de junio, como antesala de la operación, los partisanos lanzaron una amplia campaña de sabotaje. A lo largo de la misma llevaron a cabo 1000 voladuras en las líneas férreas que atravesaban el teatro de operaciones, complicando enormemente los movimientos de tropas, víveres y municiones. Tras esto, la ofensiva propiamente dicha comenzó el día 22. Coordinados por los mariscales Zhukov y Vasilievski, los cuatro frentes soviéticos se lanzaron, tras un intensisimo bombardeo de artillería, contra el Grupo de Ejércitos Centro comandado por Busch. Rokossovski presionaba con las “dos acometidas” ejecutadas por su Primer Frente Bielorruso en dirección noroeste, al tiempo que el 2º y 3er Frente de Bielorrusia con el 1er Frente del Báltico avanzaban en dirección oeste aplastando a las tropas germanas. El frente queda roto al primer contacto y las líneas alemanas son atravesadas en multitud de puntos ya en la embestida inicial.



1ª Fase de la Ofensiva


En el cuartel del Führer se resisten a creer las noticias que les llegan. De modo similar a lo ocurrido en Normandía hacía escasamente dos semanas, el dictador estaba convencido de que el ataque se llevaría a cabo por un punto distinto -Galitzia- al que se finalmente resulto ser el correcto -Bielorrusia-. Esto impidió a los germanos hacerse una idea adecuada del panorama general en el primer momento, ya que hasta que no transcurrieron 24 horas desde el inicio de la maniobra Hitler y sus colaboradores no se avinieron a considerar que se hallaban ante la verdadera ofensiva soviética y no ante un mero movimiento de distracción destinado a encubrir las operaciones en Ucrania noroccidenal.

Cuando en Alemania finalmente se dan cuenta de la magnitud de la operación a la que se enfrentan, la reacción no pudo ser más desacertada para los intereses de los ejércitos germanos: Hitler se decanta por el establecimiento de “plazas fuertes” a lo largo del frente. Esta doctrina bélica consistía en declarar como tales una serie de ciudades, asignarles una guarnición y ordenarles que resistieran hasta el último hombre.

El establecimiento de “plazas fuertes”, en definitiva una estrategia de posiciones fijas, ya había sido ensayado por la Wehrmacht en el Frente del Este con anterioridad. En el invierno de 1941-42, con el fin de evitar la retirada general se ordenó a las tropas que se agarrasen al terreno mediante las “posiciones erizo”. En aquella ocasión, dado que la capacidad de maniobra del Ejército Rojo era extraordinariamente limitada, las posiciones fijas alemanas consiguieron absorber gran parte de la energía de la contraofensiva general soviética. Durante esa operación, un gran número de unidades rusas se enzarzaron en combates locales contra los “erizos” germanos en lugar de continuar con su marcha hacia el oeste. De este modo, el Ostfront degeneró en una serie de escaramuzas locales en la que los alemanes, dada su superior capacidad táctica, tenían mucho que ganar, incluso contra un enemigo superior en número. La consecuencia fue que la contraofensiva soviética se empantanó al poco de empezar y, a pesar de que consiguió hacer retroceder en algunas zonas a los germanos, no lograría quebrar la espina dorsal de la Wehrmacht.

La situación de 1944 era radicalmente distinta. el Ejército Rojo gozaba en esta fecha de una extraordinaria movilidad y capacidad de combate gracias, por un lado, a los camiones americanos que llegaban en gran número a la Unión Soviética y, por otro, a la asombrosa recuperación de la industria bélica de este país que era capaz de proveer a sus fuerzas armadas con armas modernas de primera clase, mejores en muchos casos a las de los alemanes. Por ello, sucedió lo que debería haber previsto el mando germano: el Ejército Rojo simple y llanamente no se entretuvo en asediar las “plazas fuertes”. Si podían conquistarlas, lo hacían. En caso de que no pudiesen ocuparlas, se limitaban a ponerles cerco con algunas unidades de segunda fila, manteniendo el grueso de sus efectivos en el avance hacía el oeste. Esto no debería haber supuesto una sorpresa para Hitler y su camarilla, ya que las propias tropas alemanas habían probado suficientemente a lo largo de la contienda la inutilidad de las posiciones fijas en una guerra de movimientos bien planeada.

Se establecieron varias plazas fuertes: Slutzk, Bobruisk, Mogilev, Orsha, Polotsk y Vitebsk. Todas tenían asignada una guarnición del tamaño de una división, salvo Vitebsk a la que se destinaron tres divisiones, que al final se aumentaron a cuatro. La inutilidad de las mismas se puede comprender si observamos el avance soviético: Vitebsk y Bobruisk, las piezas clave de la primera parte de la ofensiva, ya habían caído -no solo habían sido rebasadas sino que habían caído- los días 26 y 29 de junio respectivamente. En el caso de Vitebsk, Hitler autorizó a las tropas la tan ansiada libertad de movimientos apenas un día antes de que se completara el cerco. Cuando las tropas germanas se dispusieron a retirarse hacía el oeste, se dieron cuenta de que era demasiado tarde debido a que los rusos ya les habían rebasado. Dependiendo de que historiador citemos los números serán diferentes, pero podemos asumir que alrededor de 50.000 alemanes quedaron engullidos por los ataques soviéticos en Vitebsk y Bobruisk, provocando un boquete enorme en las líneas de la Wehrmacht que el Ejército Rojo se dispuso a aprovechar sin perder ni un minuto para dirigirse a la capital de Bielorrusia: Minsk.

La situación era caótica. Lo que los aliados iban a tardar dos meses en conseguir en el oeste -la ruptura del frente alemán- los soviéticos lo habían logrado en menos de una semana. Toda la estructura defensiva de la Wehrmacht en el este se estaba desmoronando. Hasta entonces, las ofensivas rusas de 1942, 43 y 44, aún coronadas por el éxito, siempre habían conseguido ser detenidas a costa de grandes sacrificios y de pérdidas de territorio por parte de los germanos. No obstante, en Bielorrusia en 1944 la situación era completamente nueva. Era la primera vez que el Ejército Rojo había conseguido hundir completamente el frente alemán. No había excusas. No se trataba de tropas rumanas como en el cerco de Stalingrado, ni de las consecuencias de una ofensiva fracasada como en Kursk. Se trataba de un ataque soviético de proporciones mastodónticas que los germanos no habían sabido parar. Y existía además un problema añadido: al oeste de Stalingrado estaba el Donets, al oeste de Kursk se hallaba Ucrania, pero al oeste de Minsk se encontraba Varsovia y, al oeste de Varsovia, solo quedaba el Reich.

En esta desesperada situación, Hitler recurre a uno de sus generales favoritos. El 28 de Junio, en el mismo momento en que estaba teniendo lugar la catástrofe, el Führer destituye a Busch y nombra a su mayor experto en operaciones defensivas, Walter Model (quien pasará a la posteridad con el sobrenombre de “El León de la Defensa”, o el más prosaico “El Bombero del Führer”), como comandante del Grupo de Ejércitos Centro o, según Guderian, como comandante “de la zona que había quedado vacia”.