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domingo, 16 de mayo de 2010

Rommel XII


Ante todo, perdón por la tardanza en publicar artículos, pero me es imposible hacerlo más a menudo por falta de tiempo, y me temo que esta situación se va a prolongar unas semanas. Así que, gracias por adelantado por la paciencia y, sin más dilación, vamos a terminar el breve estudio de la figura histórica de Rommel.

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El 23 de julio, Rommel fue trasladado a un hospital en St. Germain, cercano a París. El mariscal no destacó por ser un “buen enfermo” y trató de fingir encontrarse mejor de lo que en realidad estaba. Esto dio lugar a un hecho reseñable: un cirujano, harto de bregar con el paciente y con el fin de hacerle ver gráfica y definitivamente lo que le había sucedido a su cabeza, llevó un cráneo a presencia del suabo y lo hizo pedazos con un martillo. No fue la única curiosidad destacable. A lo largo de los siguientes días, varios compañeros de armas del militar acudieron a visitarle. Su jefe de artillería Latmann le llevó su bastón de mariscal. A la salida del centro, se encontró con un anciano francés que, peocupado, le preguntó por el estado de Rommel. El galo resultó ser el médico que había atendido al suabo tras el ataque británico.

Delante de varias visitas de confianza, Rommel volvió a las andadas y tornó a hablar de la irracionalidad de continuar el conflicto en el oeste. Continuaba opinando igual: era necesario firmar la paz con los aliados y centrarse en frenar a los soviéticos. No obstante, comenzó también a darse cuenta de la precariedad de su situación. En el Tercer Reich no era recomendable hablar libremente de asuntos militares, y menos aún tras el atentado contra Hitler del 20 de julio. A uno de sus visitantes, Kurt Hesse, antiguo amigo y camarada desde los tiempos de Dresde, cuando abandonaba la estancia tras haber discutido con él acerca de estos incómodos temas el mariscal le dijo:

“Hesse, creo que es mejor que todo esto se quede en mi cabeza”

El 8 de agosto, el mariscal fue trasladado a su casa de Herrlingen. Su salud mejoraba, pero las noticias eran sombrías. A lo largo de este mes fueron fusilados parte de los implicados en el complot del 20 de julio, varios de los cuales (como el comandante de Francia, von Stülpnagel) habían tenido relación con Rommel. Además, la información que llegaba del frente era cualquier cosa menos esperanzadora. Los aliados estaban consiguiendo finalmente abrirse paso entre las líneas alemanas. Tomaron la capital francesa el día 25, y Bruselas el 3 de septiembre.

Al hijo de Rommel, Manfred, le dieron permiso en la batería antiaérea en la que trabajaba para que fuese unas semanas a su casa. El mariscal habló frecuentemente con su vastago sobre los mismos temas que comentaba con sus compañeros de armas. El Führer, sostenía el militar, era incapaz de ver la realidad. Había que conseguir la paz en el oeste, incluso aunque eso implicase una rendición, para poder hacer frente a la marea soviética. Por otro lado, también criticó varios aspectos del Attentat. Matar a Hitler simplemente hubiese supuesto dar un mártir a los nazis, y hubiese provocado el nacimiento de una nueva teoría de la “puñalada por la espalda” similar a la de la Primera Guerra Mundial. Por otra parte, el suabo era plenamente consciente de que la mayor parte de las tropas continuaban siendo leales al dictador y no hubiesen recibido de buen grado el asesinato de este.

Speidel fue destituido y el 3 de septiembre apareció en el domicilio de Rommel, lugar donde ambos volvieron a hablar francamente sobre la necesidad de poner fin al enfrentamiento con los aliados. Aquel fue detenido al día siguiente por su presunta participación en el atentado y, aunque finalmente sería absuelto por falta de pruebas, su detención acercó la sombra de la sospecha al mariscal.


El suicidio de Rommel

El 7 de octubre Rommel recibió un mensaje en el que se le instaba a presentarse en Berlín al día siguiente. Burgdorf, el sustituto de Schmundt (quien resultó muerto el 20 de julio), sostenía que quería discutir con él acerca de su próximo destino profesional. El mariscal se negó a acudir alegando que tenía una cita con su médico. Lo cierto es que Rommel temía por su vida. El día 11 recibió dos visitas: Streicher, un antiguo compañero de armas de la Gran Guerra; y el almirante Ruge. A ambos les explicó que se negaba acudir a la capital germana ya que sabía que le matarían. 48 horas después le comento a otro antiguo camarada, Oskar Farny, que Hitler quería librarse de él. Finalmente, el día 13 por la tarde, se recibió una llamada telefónica en la residencia de Herrlingen informando que los generales Burgdorf y Maisel visitarían a Rommel el día 14.

La mañana del 14 Rommel la pasó dando un paseo con Manfred. Su hijo había vuelto a la batería antiaérea hacía pocos días, pero volvió a recibir otro breve permiso. El mariscal le comunicó que esperaban una visita oficial, así como el propósito de la misma, pero también le anunció que dudaba acerca de que esa fuese la verdadera razón de la aparición de los dos generales en su hogar. Burgdorf y Maisel llegaron en una comitiva de vehículos de la que formaban parte varios miembros de las SS. Ambos militares pasaron a la casa y se reunieron con Rommel en una habitación. El mariscal estaba acompañado por su hijo, pero le pidió a este que abandonase la estancia.

Cuando los tres militares se quedaron solos, el mariscal fue acusado por los otros de participar en el atentado contra Hitler. La prueba: durante el transcurso de las investigaciones varios participantes en la conjura habían implicado a Rommel en el complot. Entre ellos estaban el Dr. Gördeler (previsto como futuro canciller del Reich tras la eliminación del Führer) y Stülpnagel, si bien este último estaba gravemente herido después de intentar suicidarse. También Hofacker, jefe de estado mayor de Stulpnägel, había declarado en los interrogatorios -muy posiblemente bajo tortura- que Rommel había tomado parte en las operaciones tendentes a eliminar al dictador. Keitel, que era quien había enviado a los dos generales con una copia de las declaraciones incriminatorias de Hofacker, les indicó a ambos que, por ordenes del Führer, tenían que ofrecer al suabo dos salidas: o arrestarlo en ese momento para someterlo a un juicio por alta traición, o el suicidio. En caso de que el mariscal aceptase esta segunda opción, se le garantizaba que su familia no sería perseguida. La versión oficial seria la de muerte natural por ataque al corazón. Burgdorf le proporcionaría el veneno.

Tras menos de media hora de conversación los tres militares abandonaron la estancia. Rommel se dirigió al dormitorio para reunirse con su esposa y le explico brevemente la situación.

“Dentro de un cuarto de hora estaré muerto. Por orden de Hitler tengo la opción de envenenarme o de comparecer ante el tribunal del pueblo”

Rommel le indicó a su mujer que destacadas personalidades involucradas en el complot del 20 de julio le apuntaban como participante en el mismo. El mariscal le señaló a Lucy que las acusaciones eran falsas, y que podría desmontarlas ante un tribunal; pero el miedo de Rommel radicaba precisamente en que estaba seguro de que no llegaría vivo a un juicio. El militar temía que Hitler le hiciese matar antes. Por esa razón, y para proteger a su familia, eligió el suicidio.

Era el fin. Rommel se despidió de su mujer y, acto seguido, mantuvo una conversación con su hijo similar a la que había mantenido con su esposa. Tras esta, se despidió también de su ayudante, el capitán Aldinger. Finalmente, se dirigió al coche en el que aguardaban Burgdorf y Maisel y la comitiva abandonó el lugar.

Un cuarto de hora después sonó el teléfono en Herrlingen. Llamaban desde un hospital de la reserva en Ulm. El mariscal Rommel había sufrido un ataque al corazón y había fallecido. Su cuerpo había sido trasladado al hospital por dos generales.

El funeral se celebró el 18 en Ulm. Fue una ceremonia perfectamente orquestada que trataba de tapar la responsabilidad de Hitler en la muerte de quién, al fin y a la postre, había sido uno de sus generales favoritos. El féretro del mariscal fue escoltado por tres compañías, dos de la Wehrmacht y una mixta de la Luftwaffe, la Kriegsmarine y las SS. A las 13:00 comenzaron a sonar la “Trauermarsch” y la “Heróica”. Cuando concluyeron, Rundstedt, quién actuaba como representante de Hitler en el sepelio, pronunció un discurso en el que recitó la lista de hazañas bélicas de Rommel, y le definió como “un nacionalsocialista convencido” cuyo “corazón pertenecía al Führer”. El viejo militar colocó sobre el féretro la corona de flores enviada por el dictador al tiempo que los asistentes entonaban el “Ich Hatte ein Kamerade”, el canto alemán por los caídos. Se disparó una salva de diecinueve cañonazos y la ceremonia concluyo con el himno del Reich. Los restos mortales del suabo se trasladaron a un crematorio cercano en medio de calles atestadas de gente. Tras abandonar este lugar, las cenizas del Zorro del Desierto fueron finalmente sepultadas en Herrlingen.

Fue una farsa perfectamente planificada, que su viuda describió duramente:

“así es como terminó la vida de un hombre que había dedicado todo su ser a lo largo de toda su existencia al servicio de su país”.


Conclusión

Rommel fue un soldado y un patriota, y como tal vivió las vicisitudes que atravesó Alemania en la convulsa primera mitad del siglo XX. Como soldado destacó sobremanera en ambas guerras mundiales. Fue un brillante conductor de tropas con un instinto especial para encontrar el momento y el punto esencial de la batalla. Tuvo asimismo fortuna al ser destinado a África, ya que en este continente pudo desarrollar su potencial con mucha más autonomía que los generales destinados en el frente del este, y asimismo su nombre no fue manchado por las atrocidades cometidas por los germanos en la URSS. Al mismo tiempo, los ingleses se encargaron de dar a conocer el nombre del suabo pues, dado que estaban sosteniendo una lucha mucho menor que los soviéticos, se vieron obligados a elevar la reputación de Rommel para hacer ver que se estaban enfrentando a un genio militar, y no a un simple general alemán más. Como patriota, sufrió las dificultades de su nación tras la derrota en la Gran Guerra. El caos en el interior y el desprestigio en el exterior atenazaban al país. Rommel, como un gran número de alemanes, sin ser nazi sí que saludó la llegada de Hitler al poder con sensación de alivio. El dictador, trajo el orden al interior de la nación y apoyó a las fuerzas armadas y su modernización, política que no podía sino contar con el apoyo de la mayor parte de los militares.

Posteriormente, el destino de Rommel como comandante de los cuarteles generales de campaña del Führer dio a este la oportunidad desarrollar su labor cerca de Hitler. En este entorno, el militar y el mandatario pudieron trabajar juntos y desarrollaron una admiración mutua. Esa buena relación duró hasta la segunda batalla de el Alamein. En ese momento, el mariscal no solo se dio cuenta de que el dictador había perdido el contacto con la realidad de la guerra, sino que además empezó a sospechar que Hitler estaba loco; si bien esta sospecha no evitó que a lo largo de mediados de 1943 la relación entre el suabo y el Führer mejorase levemente. Pero tras este periodo, y una vez que el deterioro de la situación militar se hizo palpable, en 1944 el suabo comenzó a adoptar posturas de franca oposición al Führer. La última pregunta es, ¿le llevaron estas a implicarse en el complot del 20 de julio?

La participación de Rommel en el atentado contra Hitler ha sido, y será, objeto de discusión. Desde 1944, el suabo había empezado a mostrar una conducta cada vez más contraria al dictador. El militar llegó a la conclusión de que el Führer estaba llevando a Alemania a la ruina, y asimismo entendio que mientras este siguiese en su puesto el hundimiento sería inevitable. El mariscal posiblemente conoció en mayor o menor medida los manejos de los conspiradores, pero ¿hasta que punto? Es difícil de precisar la respuesta. Generalmente se acepta como cierto el hecho de que Rommel tuvo algún contacto con figuras civiles claves de la conspiración, como el Dr Strollin, alcalde de Stuttgart. Asimismo, parece lógico suponer que conocía en mayor o menor medida lo que los militares conspiradores del oeste, como Stulpnägel y Hofacker se traían entre manos. Pero también todo apunta a que existía una diferencia esencial entre el punto de vista de Rommel y el de aquellos que estuvieron involucrados en el Attentat. Los conjurados querían asesinar a Hitler como paso previo a iniciar las negociaciones para un alto el fuego en el oeste, pero el suabo se oponía al asesinato y sostenía la necesidad de arrestar y juzgar al dictador. En cualquier caso, como indicamos, el grado de implicación del mariscal en la conspiración siempre ha sido objeto de controversia. Simplemente citaremos el hecho de que Speidel, el jefe de estado mayor del suabo otorga a este un papel esencial en el complot, incluyéndolo como coordinador de las actividades; mientras que, por contra, su mujer negó después de la guerra, cuando el hecho de haber participado en el atentado empezaba a ser considerado algo heroico, que Rommel tuviese algo que ver con los hechos.

Lo más factible es suponer que Rommel sí que llegase a tener algún conocimiento de la conspiración, y posiblemente apoyase sus objetivos últimos, esto es evitar el derrumbe de Alemanía; pero al mismo tiempo es altamente probable que se opusiese al asesinato del Führer. En cualquier caso, lo que si parece cierto es que Hitler creía que Rommel era culpable, bien por participar directamente en el intento de asesinato, bien por conocer la trama y no informar de la misma, y esa creencia del dictador fue la que le llevó a ordenar la desaparición del militar. No obstante, la figura de Rommel gozaba de respeto y admiración entre sus compatriotas, y por tanto el mandatario se vio obligado a organizar la farsa de su suicidio y posterior funeral. En definitiva, a la hora de ordenar la muerte del mariscal, Hitler mostró preocupación por la apariencia, pero estuvo lejos de mostrar los escrupulos morales y legales de los que parece que hizo gala Rommel cuando le plantearon la eliminación del Führer.

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Y terminamos aquí. Nuevamente gracias a todos los que habéis aguantado hasta ahora y también gracias a los que os habéis unido al blog mientras aparecían las entradas sobre Rommel. Espero poder empezar a publicar artículos a un ritmo aceptable antes del verano, pero entretanto me temo que va a ser difícil.


Fuente principal:

Rommel, el Zorro del Desierto
David Fraser
La esfera de los libros (2004)

Vease también:

Afrika Korps
Paul Carrel
Inedita (2007)
.
Invasion 1944
Hans Speidel
Inedita (2009)

sábado, 24 de abril de 2010

Rommel XI


Tras abandonar Italia, la misión que se le asignó a Rommel consistía en revisar las defensas del oeste de Europa con vistas a preparar esta zona ante la previsible invasión aliada. El teatro de operaciones, desde los Países Bajos hasta los Pirineos, estaba bajo la jurisdicción del Oberbefelshaber West (Comandante en jefe del Oeste) Gerd von Rundstedt. El suabo estaba obligado a informar tanto a este como al Führer.

Durante los siguientes meses, Rommel revisó las costas y cualquier zona que pareciese adecuada para un desembarco enemigo. Ordenó la construcción de fortificaciones, el tendido de campos minados y sugirió mejoras en las defensas. Además, recomendó que se dispusieran cuatro cinturones de obstáculos en las playas y que se llenasen los terrenos de grandes postes que pasarían a ser conocidos familiarmente como Rommelspargel -“Espárragos de Rommel”-. La finalidad de estos era dificultar el aterrizaje de los planeadores que seguramente emplearían los angloamericanos en su asalto.

Al mismo tiempo que se dedicaba a estas labores de ingeniería, el veterano comandante revisaba las unidades dispuestas sobre el terreno e instruía a los mandos sobre como se debería hacer frente al oponente. Las líneas maestras de Rommel en este punto eran simples, que no sencillas:
-Detener al enemigo inmediatamente en las playas.
-Si los angloamericanos llegaban a pisar tierra, devolverlos al mar con la mayor rapidez posible.

El 15 de enero, además de continuar a la cabeza de los trabajos de inspección mencionados, se le asignó el mando del Grupo de Ejércitos B, cuya zona de operaciones englobaba las costas del Atlántico, desde el norte de la desembocadura del Loira hasta los Países Bajos; es decir, incluía todo el Canal de la Mancha. Las formaciones que componían este grupo de ejércitos eran las siguientes:
-15º Ejército (von Salmuth). 17 divisiones de infantería.
-7º Ejército (Dollman). 13 Divisiones de infantería. Este sería el localizado en Normandía.

Es decir, Rommel seguía teniendo la responsabilidad de inspeccionar toda la zona desde Dinamarca hasta la frontera franco-española en el Atlántico, pero su mando militar se limitaba a una parte de este territorio.

Las divisiones con las que contaban los ejércitos bajo mando de Rommel no eran, por decirlo suavemente, las mejores de la Wehrmacht. Dada la primacía que se le concedía al Ostfront, las unidades destinadas al oeste eran formaciones en periodo de descanso y reestructuración, o con personal de cierta edad. No obstante en los meses siguientes llegaron al norte de Francia varías divisiones acorazadas y de panzergranaderos que sí podían considerarse tropas de primera clase. El mariscal hizo especial hincapié en que tanto el número de formaciones como la calidad y el armamento de las mismas tenía que mejorarse. De otro modo, no se podía esperar que los defensores alemanes aguantasen la embestida de los aliados.

A las dificultades propias de la operación se añadía el hecho de que, mientras que los aliados contaban con unos servicios de inteligencia funcionando a pleno rendimiento y consiguiendo extraordinarios resultados (entre otras cosas, los angloamericanos conocían asombrosamente bien el despliegue alemán en Normandía) los germanos operaban prácticamente a ciegas. A estas alturas de la guerra, las secciones de espionaje del Reich habían dejado de ofrecer información fiable a sus ejércitos. Rommel sufrió esta inoperatividad y se llegó a quejar de no saber con seguridad nada sobre su enemigo.


La cuestión de las reservas estratégicas

Aquí es donde llegamos al punto esencial de la planificación de la futura Batalla de Normandía. El alto mando hizo ciertamente un esfuerzo por atender las peticiones de Rommel e incrementó notablemente sus fuerzas en la zona, tanto cualitativa como cuantitativamente. No obstante, el despliegue de las mismas, al menos desde el punto de vista del suabo no fue el adecuado. El viejo Zorro del Desierto, dada la diferencia entre las capacidades bélicas germanas y las de sus enemigos, concebía como posible el hecho de que los aliados llegaran a desembarcar en las playas. Y dado que Alemania a la larga no podría sostener una guerra en dos frentes, lo que había que evitar era la consolidación de este segundo frente en territorio francés. Consecuentemente, y en esto coincidía con las indicaciones de Hitler, sostenía que si los angloamericanos ponían un pie en tierra, había que echarlos de inmediato. Para cumplir con este propósito, Rommel defendía que era necesario contar con unidades acorazadas desplegadas cerca de las playas que pudieran lanzar un contraataque inmediatamente después del desembarco para evitar que los aliados se afianzaran en sus posiciónes. Estas formaciones, para cubrir el máximo espacio posible, deberían dispersarse en el teatro de operaciones de modo que, fuese cual fuese el lugar elegido por los angloamericanos para desembarcar, pudiesen intervenir en el instante en que estos hiciesen su aparición. Dispersar las tropas blindadas mermaría su fuerza, pero les daría la oportunidad de devolver el golpe de inmediato. A juicio de Rommel, durante las primeras horas la rapidez en la reacción era más importante que la fuerza total que se pudiese emplear en la misma.

Esta opinión de Rommel se encontraba con numerosos detractores entre el alto mando. La dispersión de las fuerzas acorazadas era contraria a la doctrina ortodoxa del empleo de las mismas. Las divisiones panzer, de acuerdo a las teorías y opiniones de Guderian, debían utilizarse concentradas para poder causar un daño decisivo. Dispersarlas disminuiría su capacidad operativa y no permitiría asestar golpes fuertes tendentes a la consecución de objetivos estratégicos. Las fuerzas blindadas, por tanto, debían agruparse en retaguardia y lanzarse contra el enemigo una vez que el desembarco de este hiciese claro por la vía de los hechos cual era el punto esencial del combate. Sería esta maniobra, y no pequeños enfrentamientos en las playas, lo que causaría una derrota decisiva al oponente. Esta postura, impecable desde el punto de vista teórico, era inaplicable, en opinión de Rommel, al teatro de operaciones del oeste de Europa en 1944. Dicha inaplicabilidad era consecuencia de la abrumadora superioridad aérea aliada, superioridad que impedía el movimiento “clásico” de extensas formaciones de carros de combate. Además, la potencia aérea angloamericana no solo impediría las maniobras ofensivas de grandes masas de blindados, sino que también dificultarían sobremanera el traslado de las divisiones panzer a la línea del frente si estas se emplazaban lejos de la misma.

En este complicado contexto, existía otro problema relacionado con el anterior. Rommel, además de defender la dispersión de las unidades blindadas y su posicionamiento en primera línea, sostenía que dichas unidades debían estar bajo el mando directo del comandante de la zona, esto es del propio Rommel, y no del OB West o de cualquier otra autoridad dependiente del OKW. Pero el suabo tampoco consiguió imponer sus puntos de vista en este aspecto. A la hora del desembarco, algunas divisiones acorazadas estarían incluidas en el Grupo de Ejércitos B, pero otras se encontrarían incluidas en el Grupo Panzer Oeste, al mando de Geyr von Schweppenburg. Estas constituirían las reservas panzer del OKW.

La postura de Schweppenburg era similar a la de Guderian y, por tanto, contraria a la de Rommel. Aquel entendía que, dado el desequilibrio de fuerzas, era altamente probable que los aliados llegasen no solo a desembarcar sino también a hacerse con una posición firme en la zona. En ese caso, emplear las fuerzas panzer en pequeños contraataques locales simplemente conllevaría que se quemasen en operaciones que no lograrían ningún resultado positivo en el panorama global. Asimismo, posicionar los tanques en la línea costera daría a la flota enemiga la posibilidad de martillearlos con sus cañones de gran calibre. Consecuentemente, sostenía la conveniencia de lograr una gran concentración de blindados en algún punto cercano a París -y en esto Schweppenburg coincidía no solo con Guderian sino también con Rundstedt- empleándolos posteriormente en una maniobra de gran envergadura tendente a lograr una victoria estratégica en el oeste una vez que los angloamericanos ya hubiesen desembarcado y mostrado sus cartas. Es decir, al contrario que Rommel, el comandante del Grupo Panzer Oeste entendía que la fuerza a emplear en el contraataque era más importante que la rapidez con la que este se pudiese desencadenar.

Durante los meses de marzo y abril se desarrollaron ásperas reuniones entre todos los implicados, llegando a intervenir también Hitler, y finalmente se llegó a una solución de compromiso. De seis divisiones acorazadas, tres se asignarían al Grupo de Ejércitos B (la 2ª, la 21ª y la 116ª) y tres al Grupo Panzer Oeste (1ª SS Leibstandarte, 12ª SS Hitlerjugend, 130ª Lehr). Como suele pasar en estos casos, se trató de contentar a todos, pero no se contentó a nadie. Guderian entendió que este despliegue suponía una dispersión fatal, Schweppenburg no pudo crear una reserva operativa suficiente y Rommel no contó con las fuerzas necesarias cerca de las playas.


El desembarco

Entretanto, la batalla se acercaba. Rommel, a pesar del éxito que había tenido elevando la moral y la preparación de las tropas, mostraba dudas sobre el resultado final de los combates que estaban por venir. No satisfecho con el despliegue acordado, trató de asegurarse un mayor número de divisiones acorazadas y para lograrlo pretendió utilizar su influencia sobre el Führer. El suabo mantenía una buena relación con Schmundt, ayudante de Hitler, y consiguió de este el compromiso de hacerle un hueco en la agenda del dictador. Rommel se entrevistó con Rundstedt el 3 de junio y obtuvo la autorización para viajar a Alemania. Tenía además la intención de visitar a su esposa, quien el día 6 cumpliría 50 años, y pasar algunas jornadas en familia antes de la tormenta que se avecinaba. Las previsiones germanas señalaban que las mareas de primeros de junio impedirían cualquier operación anfibia, por lo que el militar podía ausentarse unos días sin riesgo.

Rommel viajó al Reich el 4 de junio. Al día siguiente, ya en su casa en Herrlingen (sur de Alemania), telefoneó a Schmundt y le preguntó que día podría organizarse la reunión con Hitler. Se le informó que el día 8. Pero ese encuentro nunca iba a tener lugar.

A las 6:30 del seis de junio sonó el teléfono en casa de Rommel. El jefe de su estado mayor, general Hans Speidel, le comunicó que los angloamericanos habían iniciado intensas operaciones aéreas con éxito en la zona de Normandía. Poco después, una segunda llamada a las diez de la mañana confirmó los temores del suabo. No había duda, era el desembarco. “¡Qué tonto he sido, qué tonto he sido!” le oyó lamentarse Speidel.

Rommel regresó inmediatamente a Francia y verificó que la 21ª Panzer, la división acorazada más próxima a la zona de operaciones, estaba lanzando el contraataque inmediato planeado por el suabo. En las primeras horas, Speidel trató de conseguir de Jodl que autorizase el desplazamiento inmediato de más unidades blindadas al frente, pero no lo logró. El OKW temía que pudiesen producirse más desembarcos en la zona de Calais, en cuyo caso habría que tener disponibles tropas de reserva para hacerles frente. Esta preocupación duraría varias jornadas y era un miedo compartido por el propio Rommel.

El comandante del Grupo de Ejércitos B llegó a la Roche Guyon, lugar donde en marzo había establecido su cuartel general, a las 21:30. Comprobó que para entonces ya sí se había autorizado el desbloqueo de la 12ª SS y la Lehr, unidades que en esos momentos se estaban dirigiendo al teatro de operaciones. Pero, para su desilusión, comprobó que los angloamericanos habían puesto efectivamente un pie en tierra. No era una posición muy firme, pero era evidente que los alemanes no habían podido expulsarlos con sus pequeños contraataques. Por otra parte, la situación no era todo lo mala que podía esperarse. Al este del campo de batalla los británicos no consiguieron tomar Caen y en el oeste los americanos tampoco pudieron hacer lo propio con Cherburgo. Estaban encerrados en un área pequeña y no controlaban ningún enclave importante. El desembarco había triunfado, pero la batalla continuaba.


Los enfrentamientos en Normandía

En los días 7 y 8 se desarrollaron violentos combates. En esta último jornada, Rommel se entrevistó con Dietrich, comandante del I Cuerpo Panzer de las SS (que englobaba las divisiones del Grupo Panzer Oeste) para comprobar el estado de esta unidad esencial. Ese mismo día llegó la Lehr al frente, y el 9 lo hizo la 12ª Panzer de las SS. El día 10 Rommel se reunió con Schweppenburg, y el 11 con Rundstedt. Las líneas parecían sostenerse, pero el enemigo estaba haciendo valer poco a poco su superioridad. Su flota machacaba sin cesar las posiciones alemanas cercanas a la costa y su aviación se enseñoreaba por los cielos ante una Luftwaffe prácticamente inexistente.

En estas jornadas, Rommel hizo lo que buenamente pudo. Ordenó contraataques locales que frenasen el ímpetu aliado y le hiciesen pagar caro al enemigo cualquier avance, pero la fuerza de estos fue demasiado débil para lograr un resultado decisivo. La situación más temida por Rommel, la consolidación de un segundo frente, estaba empezando a hacerse realidad. A pesar de esto, las líneas de la Wehrmacht se sostenían. No obstante, pensar en la resistencia a largo plazo carecía de fundamento. El 12 de junio, según el historiador David Solar, los angloamericanos habían desembarcado más de 300.000 hombres y más de 50.000 vehículos, y era una cifra que continuaba elevándose con asombrosa rapidez. Del lado alemán, el día 13 llegó al frente también la 2ª Panzer, lo que elevaba a cuatro las divisiones acorazadas en la zona de Caen, quedando esta considerablemente bien protegida. Sin embargo, en el terreno próximo a Cherburgo al otro extremo del teatro de operaciones, las defensas germanas era más débiles y estaban siendo superadas por los americanos. Rommel solicitó que se le autorizase a replegar las tropas al interior de la ciudad. Argumentaba que lo esencial era mantener el puerto, no el territorio en torno al enclave, pero Hitler prohibió la retirada el 16 de junio.

Al día siguiente, Rommel y Rundstedt se reunieron con el dictador germano en la localidad de Margival, cercana al frente. Durante la reunión, se repasó la situación global y el mandatario se comprometió a enviar refuerzos a los militares. La 1ª Panzer de las SS Liebstandarte llegó al frente el 18, y la 2ª Panzer de las SS “Das Reich” estaba de camino desde el sur de Francia. También se les prometieron las divisiones 9ª y 10ª de las SS. El Führer finalmente aceptó también la pérdida de la península de Cotentin, (esto es, el terreno cercano a Cherburgo) pero insistió en que había que conservar el puerto el mayor tiempo posible para dificultar el aprovisionamiento aliado. El dictador también hizo notar que los británicos habían lanzado al combate a sus unidades más experimentadas, por lo que la probabilidad de un segundo desembarco era menor, mas no inexistente; y de hecho el propio Rommel siguió temiendo esta eventualidad durante todo el tiempo que pasó en Normandía. Hitler asimismo prometió el empleo de nuevas armas -las novedosas bombas V- contra los aliados. En realidad, las V1 se habían empezado a utilizar ya el 12 de junio, pero dada la falta de precisión de las mismas los resultados militares de estos ingenios fueron escasos.

Con todo, la moral de combate de la Wehrmacht, observó Rommel, se mantenía considerablemente alta y el estado de ánimo era bueno. En lo referente a las SS, al suabo le desagradaba el comportamiento de varias unidades de esta organización que habían dado muestras de mala conducta hacía la población civil, pero el desempeño militar de estas tropas era sobresaliente. El 21 se volvió a reunir con Dietrich, quién le confirmó que confiaba en poder defender Caen con su I Cuerpo Panzer. No obstante, la situación general continuaba deteriorándose. Los alemanes se estaban empleando a fondo, pero la inmensa superioridad material angloamericana iba poco a poco imponiendo su ley. Cherburgo se rindió finalmente el día 27.

La jornada anterior, Rommel solicitó a Rundstedt que viajaran juntos a Alemania para entrevistarse en Berchtesgaden con el Führer. Entre ambos debían exponer con toda crudeza la gravedad de la situación y Hitler no tendría otra opción que hacerles caso. Los aliados continuaban desembarcando tropas y suministros a un ritmo asombroso (los historiadores británicos David Jordan y Andrew West apuntan la cifra de 875.000 soldados a finales de junio). El mando angloamericano había hecho un trabajo excepcional para garantizar el aprovisionamiento de estos hombres, y tanto el puerto artificial “Mulberry” como el sistema “PLUTO” (Pipe Line Under The Ocean) funcionaban a pleno rendimiento. En estas circunstancias, la continuación de la resistencia carecía de todo sentido. El Oberbefelshaber West estuvo de acuerdo con Rommel y ambos se pusieron en camino el día 28.

Durante la marcha, los militares mantuvieron una conversación franca. Rundstedt mostró su falta de entusiasmo por la continuación de los combates y Rommel apostilló:

“La guerra debe terminar de forma inmediata. Así se lo diré al Führer con toda claridad y de forma inequívoca”

Rommel aprovechó el viaje para reunirse el día 29 con Himmler, Göbbels y Guderian, antes de hablar con Hitler. El encuentro con este último comenzó a las seis de la tarde. Estuvieron presentes Keitel y Jodl, y también se les unieron posteriormente Göring y Dönitz. El Führer habló de nuevas armas, 1000 cazas y refuerzos de todo tipo. Sin embargo, el comandante del Grupo de Ejércitos B no estaba dispuesto a dejarse engatusar e intentó esbozar una descripción del desastroso panorama global:

“El mundo entero está contra Alemania, y esta desproporción de fuerzas...”

Hitler le interrumpió bruscamente y le exigió que limitase su exposición a la situación militar y no a la política. El suabo trató de reconducir su discurso en términos más adecuados para el Führer, pero no llegó a buen puerto. La conversación degeneró hasta tal punto que no se podía sacar nada beneficioso de la misma. Rommel no desistió de hacer un último intento y antes de concluir insistió ante el Führer en que no podía marcharse sin haber hablado con él “sobre Alemania”. El dictador le volvió a retirar la palabra limitándose a decir:

“Señor Mariscal de Campo, creo que lo mejor que puede hacer es abandonar la habitación”

Tras esto, Rommel salió de la estancia y no volvió a ver nunca más a Hitler.


El fin

El mariscal germano regresó al teatro de operaciones y se desempeñó lo mejor que pudo, conduciendo a sus tropas de modo que lograran seguir deteniendo a los aliados en la zona de Caen. Al mismo tiempo, se adhirió a las órdenes recibidas y prohibió cualquier retirada, haciendo hincapié en que el frente debía sostenerse a cualquier precio. Pero cualquier esfuerzo carecía de sentido.

Y es que todo se estaba cayendo por momentos. Rundstedt y Schweppenburg habían sido destituidos después de la reunión del 29 de junio, y ambos hicieron legar sendos informes al OKW exponiendo la insostenibilidad de la situación. Keitel preguntó malhumorado a Rundstedt qué quería decir con aquel reporte. Este contestó simplemente:

“Firmar la paz”

El elegido para sustituir a Rundstedt fue el veterano von Kluge, quien asumió el mando el 3 de julio. El nuevo OB West llegó al teatro de operaciones con información sesgada proporcionada por el OKW, y no escatimó reproches hacía el comandante del Grupo de Ejércitos B, indicándole que se acostumbrase a obedecer órdenes. El día 5 de julio, Rommel hizo llegar un informe de respuesta a Kluge con copia al Führer señalando que el éxito del desembarco no se debía a su reticencia a acatar órdenes, sino al hecho de que no le hubiesen asignado más blindados y a que estos no se hubiesen desplegado correctamente.

Kluge pronto se dio cuenta de como estaban las cosas en realidad. Comprendió que la visión de Rommel era, en esencia, correcta y le pidió disculpas. El derrumbe era inminente. Los alemanes habían perdido 117.000 hombres desde el 6 de junio y solo habían recibido 10.000 soldados de refuerzo.

El día 12, ambos mariscales se reunieron en un ambiente más cordial y tomaron una decisión que el suabo describió del siguiente modo a uno de sus antiguos compañeros de armas de África, el coronel Warning, el 15 de julio:

“Mariscal de campo, ¿qué es lo que está pasando aquí realmente? Hay doce divisiones alemanas que están tratando de contener el frente ellas solas” Inquirió Warning.

“Le voy a decir algo. El mariscal von Kluge y yo hemos enviado al Führer un ultimatum. Militarmente hablando, la guerra no se puede ganar y él tiene que tomar una decisión política” contestó Rommel.

“¿Y qué sucederá si el Führer se niega?”

“En ese caso, abriré el Frente Occidental. Solo queda una cosa importante: que los angloamericanos lleguen a Berlín antes que los rusos.”

El ultimátum exponía fríamente que las líneas alemanas no tardarían en derrumbarse y alertaba sobre el hecho de que la ruptura del frente pronto sería un hecho. Al parecer, Rommel quiso que el texto hiciese expresa referencia a que Hitler debía extraer las consecuencias “políticas” de la situación, pero finalmente no se incluyó esta palabra. Según el jefe de estado mayor de Rommel, el informe concluía del siguiente modo:

“Me siento obligado a pedirle que deduzca de inmediato las consecuencias de esta situación. En mi calidad de comandante en jefe del Grupo de Ejércitos B, me siento en el deber de expresarle esto claramente” Mariscal de Campo Rommel.

El suabo les dijo a sus subordinados:

“Le he dado ahora su última oportunidad. Si no sabe sacar consecuencias de ello actuaremos”

Mas el destino quiso apartar al mariscal del curso de los acontecimientos. El día 17, tras su visita al frente, Rommel, su chófer y otros tres acompañantes cogieron el coche para volver a la Roche Guyon. Durante el trayecto, el vehículo sufrió un ataque y fue ametrallado por parte de aviones aliados quedando destrozado. Un oficial de su estado mayor, el capitán Lang, consiguió salir bien parado y logró hacerse con otro automóvil para trasladar a los heridos a un hospital en Bernay. El conductor murió como consecuencia de las heridas; pero el mariscal, aún sufriendo varias lesiones entre las que destacaba una severa fractura craneal, escapó a la muerte de milagro. Al Zorro del Desierto le quedaban menos de cuatro meses de vida y la baraka quiso sonreirle por última vez.

domingo, 11 de abril de 2010

Rommel X


A comienzos de 1943, la estrella de Rommel parecía haber dejado de brillar. En el aspecto puramente militar, los angloamericanos estaban poco a poco apretando el cerco a los ejércitos italogermanos en Túnez, y el mariscal no pensaba que se pudiese defender la posición durante mucho tiempo. En lo referente a su persona, su salud continuaba deteriorándose y, además, tras los últimos acontecimientos bélicos, el otrora optimista general parecía haber perdido definitivamente la fe en la causa del Eje.


La Batalla de Kasserine

Los efectivos germanos y lo transalpinos en África sufrieron una reorganización y quedaron divididos en dos grupos. Al sur del frente, el Panzerarmee se renombró como I Ejército Italiano y cedió la 21ª División Acorazada a la otra agrupación: el V Ejército Panzer, comandado por von Arnim, quien se situaba en el norte del teatro de operaciones. Este fue el que recibió la mayor parte de los refuerzos que el Eje desplazó a Túnez en 1943. Ambas formaciones iban a quedar englobadas en el Grupo de Ejércitos Afrika, al mando temporalmente de Kesselring, pero esta decisión no se llevó a efecto hasta el 23 de febrero. Y antes de esta fecha iba a tener lugar la última victoria del Zorro del Desierto, la Batalla del Paso de Kasserine.

El día 14 comenzaron dos ofensivas paralelas de los germanoitalianos: en el norte, Arnim inició la operación Frühlingswind y en el sur Rommel empleó a sus tropas en la maniobra conocida como Morgenlust. Ambas comenzaron bien, pero pronto comenzaron a fallar por problemas de coordinación. Von Arnim quería realizar un ataque limitado, con el fin de alejar el frente de la zona de Túnez. Rommel, por el contrario, y en línea con su proceder habitual, pretendía ejecutar un movimiento de más calado para así lograr un resultado decisivo. Su intención era asestar un hachazo en profundidad desde el sur hacía el noroeste, envolviendo de este modo a las bisoñas tropas americanas. Con este proceder, se lograría desarticular, al menos por un tiempo, el despliegue estadounidense en África, eliminando así la posibilidad de que estos pasasen a la ofensiva en el corto plazo.

El 15 de febrero, aprovechando el ímpetu inicial de las ofensivas, el Afrika Korps (compuesto ahora por la 15ª Panzer y la división blindada italiana Centauro) toma Gafsa. Tras esto, las tropas de Rommel continuaron su avance y el 17 se apoderan de Feriana. El mismo día cae en sus manos el aeródromo de Thelepte, donde los soldados del Eje se adueñan de varios aviones estadounidenses. Esa misma jornada, visto que el ataque estaba funcionando correctamente, el suabo solicita a Kesselring que le concedieran el mando de dos divisiones acorazadas: la 10ª y la 21ª. Con ellas pretendía realizar una penetración en profundidad y llegar hasta Tebessa, desarbolando las líneas enemigas y causando el caos en las mismas. Es decir, un avance de gran calado basado en la rapidez y la sorpresa como los de Cirenaica en 1941 y 1942. Hasta aquí, todo parecía apuntar a una victoria de los italoalemanes, pero ellos mismos se iban a poner la zancadilla.

El 18 llegan malas noticias al cuartel general del I Ejército Italiano: Arnim se oponía a los planes de Rommel. El comandante del V Ejército Panzer no quería asumir los riesgos que la operación del suabo implicaba. Aquel pretendía un movimiento mucho más limitado en el que, aunque no se pudiese lograr un resultado decisivo, no se corriese el peligro de fracasar. En las discusiones se perdieron 24 horas valiosísimas y, finalmente, se adoptó una solución de compromiso. A Rommel se le asignarían las unidades que había solicitado, pero al mismo tiempo se le forzaba a seguir un plan de ataque más cauteloso similar al propugnado por Arnim. En definitiva, se apostaba por la seguridad en detrimento de la posibilidad de un éxito estratégico. El mariscal, aunque resignadamente, aceptó el arreglo.

Esta extraña situación desembocó en la última victoria de Rommel, victoria que el propio Rommel aceptó no tener posibilidad de explotar. El 20, las unidades del suabo consiguen tomar el Paso de Kasserine, defendido por fuerzas americanas, británicas y francesas. Esa misma tarde, sus tropas de vanguardia entran en Thala, 40 kilómetros al norte de Kasserine. En aquel momento, el mariscal posiblemente podía haber desviado a sus soldados para tratar de alcanzar el que iba a haber sido su ambicioso objetivo inicial: Tebessa. De hecho, Kesselring visitó a Rommel esa misma jornada y se mostró entusiasmado por el altamente favorable desarrollo de los acontecimientos. Sin embargo, y en lo que parecía una decisión sin sentido, el militar germano ordenó detener la ofensiva. ¿Por qué? Precisamente porque la posibilidad de obtener un éxito estratégico, al menos tal y como lo concebía el Zorro del Desierto, se había esfumado. La explicación se podría esbozar del siguiente modo:

-A diferencia de los británicos, cuyos sistemas defensivos se vinieron abajo en varias campañas de Rommel en 1941 y 42, los americanos no se derrumbaron en Kasserine en 1943. Debido a su bisoñez, pagaron la novatada y no supieron encajar bien el gancho de izquierda italoalemán, cierto. Pero se repusieron de manera acelerada (entre otras cosas gracias a las dudas alemanas del día 19) y, aún en retirada, continuaron dificultando el avance del Eje.

-A la tenaz resistencia americana se unía el hecho de que los estadounidenses dispusieran de un material bélico excepcionalmente bueno, que además eran capaces de reponer sobre el terreno con gran rapidez. A Rommel esto no le sorprendió demasiado, pues era algo que ya se temía, pero le desilusionó al compararlo con el estado de sus propias tropas.

-Lo anterior provocaba que los italogermanos fuesen a tener que emplear en la empresa más tiempo y fuerzas que las inicialmente destinadas a la misma. Pero Rommel no andaba sobrado de ninguno de estos dos factores. Cebarse demasiado contra los americanos hubiese supuesto desproteger el frente sur, la línea Mareth, y darle a Montgomery la posibilidad de cazarlos por la espalda.

De haberse perseguido desde el principio el objetivo de lograr un golpe ambicioso y un éxito amplio, posiblemente hubiese sido posible alcanzar una victoria estratégica sobre los americanos antes de que estos hubiesen podido reaccionar. Pero, dadas las circunstancias, ese objetivo no se podía cumplir con las fuerzas y el tiempo de que se disponía. Por estas razones, Rommel decide detener las operaciones y dirige a sus soldados nuevamente a Mareth.


Operación Capri

Tras el canto del cisne de Kasserine, asistimos a los últimos días de Rommel en el continente que vio nacer su leyenda. El día 23, el suabo es nombrado comandante del Grupo de Ejércitos Afrika, puesto que en principio parecía destinado a von Arnim. Al día siguiente, el mariscal germano es informado de que este general pretende lanzar un ataque desde el norte, ataque que efectivamente inició el 26. Esto puso furioso a Rommel, quien entendía que esta maniobra debería haberse ejecutado en conjunción con el ataque sobre Kasserine. El suabo se encontró siendo el comandante supremo de un Ejército que realizaba un movimiento no planeado por él. Dicho movimiento no logró ningún éxito reseñable, y además supuso una merma considerable de las fuerzas disponibles.

Después de la maniobra de Arnim, Rommel iba a cometer un error muy similar. El suabo finalmente ejecutó un ataque concebido por él contra Montomery en la localidad de Medenine: la operación Capri, la cual concluyó en un desastre absoluto. El germano pretendía avanzar preventivamente sobre los británicos antes de que estos pudiesen comenzar una ofensiva potente sobre Túnez, pero lo que tuvo lugar fue un Alamein a pequeña escala. Las unidades de Rommel apenas contaban con 150 carros mientras que los ingleses disponían de 400 tanques y 500 cañones antitanque. Además, Montomery, quien gracias al efectivo espionaje británico conocía las intenciones de su enemigo, le estaba esperando bien preparado sobre posiciones defensivas fuertes. El resultado fue el previsible: las tropas del Eje perdieron la tercera parte de sus blindados sin lograr nada a cambio. Rommel no esperó a continuar entrampado en una maniobra inútil, y dio por terminado el ataque en la misma jornada del inicio. Era el fin. El día 7 recibió la respuesta de Hitler a un plan de repliegue que el suabo había presentado poco antes. Rommel pretendía retroceder hasta Enfidaville, acortando las líneas del frente y, consecuentemente, reforzando el mismo. En esta posición el germano entendía que se podría contener durante algún tiempo más a los angloamericanos, pero el Führer, como era habitual, se negó a autorizar cualquier retirada.
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El día 9 el mariscal abandonó el continente, en teoría solo hasta que su estado de salud, que en los meses anteriores no había hecho sino empeorar, mostrase mejoría. Pero el Zorro del Desierto ya nunca regresó a África.

Rommel voló hacía Roma y se encontró con Mussolini, con quien mantuvo una entrevista cordial pero fría, y después, el 10 de marzo, se dirigió a Ucrania para entrevistarse con Hitler. El día 11 recibió los diamantes para la Cruz de Caballero.

La agonía de las tropas del Eje en África llegó a su fin, ya sin Rommel sobre el terreno, el 12 de mayo. La crónica escasez de suministros atenazó a los italogermanos hasta el final. La efectividad angloamericana en sus ataques contra el tráfico marítimo del Eje fue brutal. En enero y febrero, se perdieron el 22% de los envíos de pertrechos bélicos despachados hacía Túnez. En marzo y abril, la cifra alcanzó el 41%; y en la primera semana de mayo se disparó hasta el 77%.


Hitler y Rommel en 1943

Tras abandonar África, Rommel pasó varias semanas tratando de recobrar su salud. Tras estas, Hitler y Göbbels intentaron evitar la mancha de la derrota para este general por quién ambos, incluso tras las desavenencias sufridas, continuaban sintiendo un respeto especial. En un comunicado redactado por el propio Führer, se hizo saber el 10 de mayo que el mariscal había abandonado el continente Africano dos meses antes, dejando claro que él no estaba al mando de las tropas que estaban siendo vencidas por los angloamericanos.

El dictador germano quiso volver a recuperar la confianza de quien antaño había sido su general favorito. Volvió a contar con Rommel en las reuniones y las conferencias que se mantenían a diario y que versaban sobre la marcha de la guerra, volvió a aceptar su consejo y volvió a interesarse por su opinión. En definitiva, volvió lograr que Rommel confiase nuevamente en su líder. Posiblemente no con una fe tan absoluta como la que sí profesaba apenas un año antes, pero lo cierto es que el suabo volvió a caer bajo el embrujo del Führer.

El historiador David Fraser nos narra un hecho que muestra cual era la opinión de Rommel sobre esta nueva y singular situación. Estando en Rastenburg, tuvo lugar un encuentro fortuito e informal con Manstein. Este se encontraba bañándose en un lago y, al ver al suabo en las proximidades, salió del agua y, sorprendido pero cordial, preguntó a aquel -a quién identificó a pesar de no conocer con anterioridad- que hacía en allí.

“Estoy aquí para hacer una cura de rayos ultravioleta. Me estoy embebiendo de sol y de fe”.

Manstein, entendiendo la ironía, preguntó si volverían a verse, a lo que Rommel respondió:

“Sí, bajo la lampara de rayos ultravioleta”

Ese era el extraño efecto que Hitler tenía en Rommel.

No obstante, a pesar de que la relación entre ambos personajes ciertamente mejoró, no volvió a ser lo que en su día fue. Es más, el militar empezó a entrever detalles del mandatario que le inquietaron. Aquel comentó en varias ocasiones con Hitler que la situación alemana era desesperada pero asimismo le oyó decir “nadie querrá firmar la paz conmigo”. También escuchó al Führer afirmar que si la guerra se perdía, los supervivientes podían pudrirse. Todo esto provocó que subsistiese la semilla de la duda. Rommel incluso rechazó el regalo (una finca) que le indicaron que el dictador pretendía hacerle. El mariscal no quería sentirse como deudor de estos favores.


Operaciones Alarico y Eje

Ya en mayo, a Rommel le asignaron un papel principal en dos operaciones, Alarico y Eje, que en esencia eran dos partes de un mismo plan.

Alarico:
Consistía en realizar un despliegue de fuerzas germanas en territorio italiano en previsión de la más que probable invasión aliada. Alemania desplegaría en el país transalpino una veintena de divisiones, que con anterioridad se habrían concentrado en Austria y en Baviera.

Eje:
Suponía que, en caso de que Italia terminase por pasarse al enemigo, los alemanes tendrían que desarmar a los soldados transalpinos y, al mismo tiempo, mantener el terreno limpio para realizar operaciones bélicas contra las tropas angloamericanas desde la península itálica.

Los acontecimientos iban a dar la oportunidad a los alemanes de lanzar ambas operaciones en breve. El 10 de julio, en plena ofensiva de Kursk, los aliados desembarcaron en Sicilia y pronto fue evidente que no iban a tardar demasiado en poner un pie en la Italia continental. El día 13, después de que Hitler convocase a Manstein y a Kluge (principales comandantes de la Wehrmacht en la operación Zitadelle) y les indicase la necesidad de detener el ataque en el Frente del Este, ambos mantuvieron una reunión con Rommel en la que los tres hablaron con franqueza. Al finalizar la conversación, Kluge le indicó a Manstein:

“Esto va a terminar mal, estoy dispuesto a ponerme a sus ordenes”

Y abandonó la sala dejando a este solo con Rommel. El suabo comunicó asimismo a Manstein su percepción de que todo aquello iba a concluir en un desastre para Alemania y le señaló su disposición a ponerse también bajo sus órdenes. Pero el héroe de Sebastopol, aún contando con el respaldo de estos dos generales, no se decidió a actuar.

El día 15 de julio, Rommel es nombrado comandante del Grupo de Ejércitos B, agrupación que se estaba formando en Baviera y que estaba concebida para intervenir en la península itálica en el momento en que el devenir de los acontecimientos lo hiciese necesario. Sin embargo, de manera un tanto sorprendente, el 23 de abril se le asigna a estas tropas la misión de defender Grecia. Pero poco después, el 26, llega a Berlín la noticia de la detención de Mussolini. Italia se tambaleaba. Inteligencia informaba de los contactos que se estaban llevando a cabo entre el nuevo gobierno transalpino y los aliados. Era el momento de poner en marcha Alarico. La península helénica pasaba a un segundo plano.

A mediados de agosto se inicia la entrada de las tropas germanas en el norte del territorio italiano. Oficialmente no era una invasión, sino una maniobra de colaboración con un estado aliado. Italia seguía en guerra y los alemanes fueron recibidos con regocijo en varias localidades.

El 15 de agosto Rommel se traslada a Bolonia para asumir el mando del Grupo de Ejércitos B en Italia. Nada más llegar, celebra una reunión con los transalpinos para tratar de organizar la defensa frente a los aliados. Roatta, el jefe del estado mayor del Ejército Italiano negó cualquier acusación de traición, pero ese mismo día su gobierno lanzó la primera propuesta formal a Eisenhower. El clima de desconfianza era patente.

El día 3 de septiembre, los angloamericanos desembarcan en Reggio, al sur de Italia. El 9 lo hacen también en Salerno. Veinticuatro horas antes, Roma había anunciado la firma del armisticio. En ese momento se inicia la operación Eje, la cual se llevo a cabo con gran éxito. El 19 las tropas de Rommel anuncian la captura de 82 generales italianos, 13.000 oficiales y 400.000 soldados, de los cuales 183.000 ya se habían enviado al Reich.

Los alemanes no consiguieron expulsar a los angloamericanos de la península itálica pero, gracias a las operaciones Alarico y Eje, lograron asentarse firmemente sobre el terreno a pesar de la defección de su principal aliado. Por lo que se refiere al papel de Rommel, este no ejerció mando de primera línea. Se mantuvo en el norte del país, pero defendió constantemente que se crease un mando unificado para todas las tropas de la zona (el mariscal solo comandaba el grupo de Ejércitos B, que no englobaba a todas las divisiones germanas en aquel teatro de operaciones). Las reclamaciones del suabo surtieron efecto, pero este no se benefició de este triunfo; cuando se unifico el mando, el militar encargado de asumirlo no fue Rommel sino Kesselring.

Los días de Rommel en Italia no fueron felices. Entre otras cosas, El militar descubrió de primera mano los métodos de las tropas de las SS, las cuales asesinaron a varios judíos en las proximidades de su cuartel general, radicado cerca del Lago de Garda. Fue en aquella zona donde se alojó Mussolini tras ser rescatado por comandos alemanes de su cautiverio. El mariscal aprovechó la situación para llamar al dictador y, en una agría conversación telefónica, le reprochó la falta de cooperación italiana en las campañas de África. La crítica no era gratuita. A consecuencia de la operación Eje los soldados de Rommel habían descubierto varios depósitos con pertrechos militares italianos que databan de 1941-42, cuando los transalpinos habían reiterado en numerosas ocasiones a los germanos que no enviaban más suministros al Panzer Gruppe simple y llanamente porque no los tenían.

Finalmente, a Rommel le encomendaron la que iba a ser su última gran tarea. Él, junto con el estado mayor del Grupo de Ejércitos B, debía dirigirse a Francia, donde se preveía un desembarco anfibio angloamericano para la primavera próxima. El 21 de noviembre, posiblemente con alivio, abandonó Italia para no volver jamás.

lunes, 29 de marzo de 2010

Rommel IX


Tras el agotador primer enfrentamiento en El Alamein, Rommel se encontraba derrengado. Su salud había empeorado considerablemente y, tras su prolongada estancia en el desierto, saltaba a la vista que necesitaba alejarse un tiempo del frente. Se designó como sustituto al general Stumme, quien tampoco gozaba de una salud extraordinaria. Este llegó el 19 de septiembre al teatro de operaciones y Rommel le cedió el mando el 22. Al día siguiente, el suabo abandonó África, no sin antes asegurarle a Stumme que tenía la firme intención de volver en caso de que la situación empeorase. El día 23, el Zorro del Desierto se reunió con Mussolini en Roma y después, ya en Berlín, se encontró con Hitler, quien le recibió con palabras de elogio a pesar del fracaso en el asalto a Egipto. El mariscal planteó nuevamente a los dos dictadores el problema de los suministros, y volvió a recibir de ambos garantías de que este asunto mejoraría. En Alemania, el militar se alojó temporalmente en casa de Göbbels -aparte del Führer, el único de los altos jerarcas nazis con quien el suabo mantenía una buena relación- y el día 30 se dio una recepción en su honor. Tras esto, Rommel se retiró a los alpes austriacos a reposar.


Segunda Batalla de El Alamein

El 24 de octubre Rommel recibe una llamada telefónica del OKW, concretamente de Keitel. Este le informó de que la situación había empeorado considerablemente. Los británicos habían iniciado lo que a todas luces era una ofensiva de gran magnitud. Keitel preguntó al suabo si, dadas las circunstancias, estaría dispuesto a volver a África. El Zorro del Desierto contestó afirmativamente. Poco después, el propio Hitler llamó a Rommel en dos ocasiones. La primera fue simplemente para informarle del estado de las cosas en Egipto, pero en la segunda le dejo claro que el panorama era realmente sombrío y le pidió que volase al frente y asumiese nuevamente el mando del Panzerarmee. El día 25, el mariscal toma el avión de vuelta.

La Segunda Batalla de El Alamein había comenzado el 23 de octubre, cuando 450 piezas de artillería inglesas rompieron el fuego contra las posiciones italoalemanas. Montgomery lanza entonces un ataque frontal en el que pretende hacer valer su manifiesta superioridad material para atravesar las líneas enemigas. En aquellos momentos, el equilibrio de fuerzas se había decantado definitivamente del lado británico. La RAF era la dueña y señora de los cielos; los carros británicos -más de un millar- duplicaban a los del Eje -quinientos, de los cuales solo doscientos eran alemanes-; y la infantería de Rommel (80.000 soldados) apenas suponía una tercera parte de la del VIII Ejército (250.000 hombres).

Durante la ausencia de Rommel, las tropas italogermanas se alinearon en posiciones defensivas a lo largo del frente de El Alamein y trataron de prepararse para lo que se les venía encima. Su escasez de suministros, principalmente de combustible, continuaba dificultando enormemente las maniobras. No obstante, al haber dispuesto de tiempo para atrincherarse y hacerse fuertes sobre el terreno -se habían tendido campos densamente minados- los comandantes del Panzerarmee confiaban en tener la suficiente capacidad para afrontar una batalla puramente defensiva.

El día 25, al poco de iniciarse el asalto y cuando parecía que se estaba conteniendo el ataque inglés, Stumme apareció muerto, posiblemente por un ataque al corazón. Afortunadamente, Rommel llegó ese mismo día a la zona de operaciones. Nada más hacerse cargo de la situación, el suabo transmitió a todas las unidades un mensaje simple:

“He asumido el mando de nuevo. Rommel”

El mariscal planteó entonces una defensa basada en pequeños contraataques locales para tratar de frenar el ímpetu británico. En parte, y solo en parte, lo consiguió. El 27 Montgomery detiene momentáneamente la ofensiva. Con todo, eso no sirvió para que su oponente se hiciese ilusiones. El alemán llega incluso a escribir a su mujer considerando posible la eventualidad de no volver con vida de África.

El 28 los británicos se lanzaron nuevamente al ataque y, esta vez sí, consiguieron que la presión fuese insostenible para los italogermanos. Montgomery no estaba efectuando ninguna maniobra audaz; simplemente se limitaba a hacer valer sus superiores medios humanos y materiales para derrotar a sus enemigos en una batalla de desgaste. Y en ese momento lo estaba empezando a conseguir. El día 29 Rommel se comunica por radio con Cavallero y solicita urgentemente 6000 soldados de refuerzo y una mejora radical en el aprovisionamiento, pero sus peticiones volvieron a caer en saco roto. El suabo se daba cuenta de que el triunfo de los ingleses era solo cuestión de tiempo y que estos, antes o después, terminarían por desbordar sus líneas. Por ello, ordena que se empiece a explorar la posición de Fuka, 100 Km a retaguardia, como posible punto de reunión tras la inevitable retirada. Pero el militar alemán se daba cuenta de que esta no iba a ser fácil. La mayor parte de las formaciones italianas de infantería carecían de medios de transporte, lo que provocaría sin duda que cayesen en manos de los anglosajones tan pronto como estos se abriesen paso en El Alamein. Además, el comandante del Panzerarmee sabía que, una vez perdido este enclave, el amplio espacio del desierto no le iba a dar ninguna facilidad para establecer un nuevo frente en el que frenar al poderoso VIII Ejército. Pero el momento de la ruptura se estaba acercando sin remedio. Sus soldados no daban para más, y sus fuerzas acorazadas se habían visto reducidas a 230 carros (solo 90 alemanes), mientras que sus oponentes contaban todavía con unos 800.


Operación Supercarga

En la madrugada del día 2 Montgomery inicia la que iba a ser la última fase de su asalto. Rommel se dio cuenta inmediatamente de que era el fin. En los primeros compases de esta operación consiguió provocar considerables bajas a los ingleses, pero no había remedio. Sus fuerzas también se habían visto dramáticamente mermadas y él, al contrario que sus adversarios, no tenía ninguna posibilidad de reponerlas. Tras el combate, al Afrika Korps le quedaban únicamente una treintena de carros, fuerza que el suabo pretendía utilizar como cobertura para permitir que sus formaciones de infantería se retirasen hasta Fuka, salvando de este modo al máximo número posible de estas. A las 11:30 del día 3 transmite sus intenciones al OKW y queda en espera de su aprobación. La respuesta que recibió un par de horas después, procedente del propio Hitler, le dejo completamente descolocado.

“No se debe retroceder ni un paso” ordenaba el dictador germano, antes de concluir “por lo que se refiere a sus tropas, puede enseñarles que no hay más que dos caminos: la victoria o la muerte”

Fue el punto de ruptura en las relaciones entre el militar y el dictador. Hasta entonces, Rommel siempre había tenido fe en el buen hacer del Führer, y este la había correspondido depositando en él una confianza especial. Sin embargo, durante la batalla de El Alamein Hitler no solo desoyó la llamada de socorro del mariscal, sino que además le impuso un proceder que significaba la condena del Panzerarmee a la destrucción. El militar obedeció la orden durante 24 horas, tiempo suficiente para que la desesperada situación se convirtiera en crítica. Durante este intervalo, a pesar de estar agobiado por incesantes dudas sobre la conveniencia de seguir las indicaciones recibidas desde Berlín, se dirigió a von Thoma -comandante en aquel momento del Afrika Korps- y le prohibió terminantemente la retirada. Sin embargo, a pesar de que Rommel cumplió con lo que le mandaban, fue en aquellas horas cuando comenzó a dudar, no solo sobre la manera en que el OKW había encarado esta batalla en concreto, sino también sobre la dirección política y militar de Alemania en general. Fue la primera ocasión en la que, en su cuartel general, le oyeron comentar que el Führer debía ser un lunático absoluto, lo que habría sido impensable hacia apenas unas semanas.

La mañana del 4 de noviembre Kesselring le comunicó al suabo que no era necesario atenerse a las instrucciones de Hitler a rajatabla. No se sabe si esto tuvo influencia en el posterior proceder de Rommel, pero lo cierto es que este ordenó finalmente el repliegue de sus tropas a las tres y media del día 4. Desde el día 2, le estaban llegando informes alarmantes acerca de que las divisiones italianas se estaban viendo dominadas por el pánico y dejaban de ofrecer resistencia. El Afrika Korps estaba destrozado y su comandante, von Thoma, había caído prisionero. Por lo que respecta a sus superiores, el mando italiano, el cual sabía que una retirada condenaba a sus formaciones de infantería a caer en manos de los británicos -lo que de hecho ocurrió-, se opuso a los planes de Rommel. Pero este ya no hizo caso. Había perdido 24 horas irrecuperables y no pensaba desperdiciar ni un segundo más. La noche del 4, el suabo recibió a posteriori desde cuartel general de Hitler la aprobación a sus acciones. Este cambio en la opinión del alto mando alemán posiblemente estuviese influenciado por la actitud de Kesselring, quien ese mismo día había contactado con Berlín dando su apoyo a la retirada del Panzerarmee.

Pocos días después, en concreto el día 8, los angloamericanos desembarcaban en el otro extremo del continente, amenazando de este modo las posiciones del Eje en África también desde el Oeste. Hitler y el OKW tardarían en aceptarlo, pero la cuenta atrás había comenzado sin remedio.


La retirada.

Tras la derrota de El Alamein, Rommel no tenía intención de presentar batalla -ni en Fuka ni en el resto de enclaves que encontrase a lo largo de su marcha- durante más tiempo que el necesario para permitir a los escasos hombres que le quedaban escapar hacia el oeste. El suabo sabía que sus unidades, o lo poco que quedaba de ellas, no estaban en condiciones de enfrentarse al VIII Ejército, al cual parecían no afectarle las bajas. Rommel había perdido a la mayor parte de sus infantes italianos, y sus tropas móviles alemanas eran un espectro del antaño orgulloso Afrika Korps. Cuando el Zorro del Desierto llegó a la frontera libia le quedaban únicamente 7500 hombres (5000 alemanes y 2500 italianos), una treintena de tanques, 60 cañones (entre antiaéreos y anticarros) y 65 piezas de artillería. Fuerzas insuficientes, no ya para iniciar una contraofensiva, sino también para ofrecer algo parecido a una resistencia seria a Montgomery. Por ello, se dedicó a retroceder ordenadamente sin arriesgarse a perder las pocas tropas que le quedaban. Cada vez que los ingleses trataban de tomar las posiciones en las que se hallaban los hombres del suabo, estos la abandonaban y se atrincheraban en otra más al oeste, siguiendo la línea que pocos meses atrás habían recorrido en sentido contrario. La primera fase de esta operación se realizó de forma muy rápida. El 12 la retaguardia del Panzerarmee abandonó Tobruk en dirección oeste, y el 13 sus tropas de vanguardia alcanzaron Mersa el Brega.

Durante esas jornadas Rommel solicitó a Kesselring y a Cavallero que mantuviesen una reunión con él para acordar cual debía ser la misión del Panzerarmee en aquellos momentos, pero ambos se negaron a acudir. El suabo estaba comenzando a intuir que la retirada no podría detenerse hasta la zona de Túnez, lugar donde estaban empezando a llegar considerables refuerzos germano italianos para hacer frente a las tropas desembarcadas recientemente en el occidente africano. El mariscal entendía que cualquier defensa organizada más al este antes de reunirse con estos refuerzos estaba condenada al fracaso. Montgomery avanzaba cautelosamente, pero no daba un solo paso en falso. Cada vez que llegaba a una posición, la tomaba sin prisa pero sin pausa apoyándose en su incontestable superioridad. Mientras no hubiese posibilidad de reducir ese desequilibrio de fuerzas, no tenía sentido enfrentarse a la apisonadora inglesa.

A pesar de la desastrosa situación de sus tropas, el 20 de noviembre Rommel recibe un mensaje de Hitler en el que se le ordenaba mantener la posición de Mersa el Brega “a cualquier precio”. Ese mismo día, el mariscal mantiene una conversación con von Luck (un oficial de la 21ª Panzer) y, entre otras críticas a Hitler, le comunica con franqueza que cree que la guerra está perdida. Pocas jornadas después, el día 24, comandante del Panzerarmee se entrevista con Cavallero y con Kesselring y les muestra sin ambages su preocupación. La británicos, sostiene el suabo, estarán en posición de tomar Mersa el Brega en menos de un mes. En la operación era de prever que empleasen varios centenares de carros, y los italoalemanes seguían disponiendo solo de unos treinta. En el aire, la RAF seguía siendo la dueña del cielo. En definitiva, la situación no había mejorado nada desde la derrota de El Alamein. Dadas las circunstancias, Rommel volvió a insistir en la necesidad de trasladar al Panzerarmee a Túnez para unirlo a los refuerzos del Eje. Juntando estas fuerzas, pensaba el mariscal, se podría hacer frente a los angloamericanos al menos durante algún tiempo.

El día 28 Rommel cogió un avión y se plantó ante Hitler. Con anterioridad, en varias ocasiones había enviado a intermediarios para que le explicasen al Führer el desastre que se cernía sobre las tropas del Eje en África. Dada la falta de éxito de estas gestiones, el suabo decidió acudir en persona, confiando en que el mandatario no haría oídos sordos a sus informes si los presentaba el directamente, pero se equivocó. El dictador fue presa de un ataque de ira y reprochó a Rommel el hecho de haber abandonado sin permiso el teatro de operaciones. Y no se paro ahí. Hitler parecía convencido de que el Panzerarmee había tirado la toalla sin luchar, y le echo en cara a su comandante la presunta falta de firmeza de sus tropas. Con todo, tras concluir con su diatriba, el dirigente germano prometió por enésima vez a su mariscal que los suministros mejorarían. Con este fin, ordenó a Göring que se trasladase junto con Rommel a la capital italiana para tratar con Mussolini acerca de la reorganización del abastecimiento a los soldados desplegados en el norte de África.

Tras la reunión con Mussolini, reunión en la que también participó Kesselring, en principio no se autorizó a Rommel a continuar retirándose, postura que se adoptó entre otras cosas debido a la intransigencia de Göring. No obstante, el Duce, quien temía que su infantería volviese a quedar expuesta a caer en manos de los británicos, dio su conforme a que el Panzerarmee emplease una táctica más flexible, permitiendo con ello el repliegue de las unidades italianas en caso de necesidad. Después de esto, Rommel volvió a África el 2 de diciembre.

Amparado en el permiso de Mussolini, el comandante del Panzerarmee empieza a hacer retroceder a sus unidades el día 10. La siguiente posición que eligió Rommel fue la de Buerat. Otro enclave que, en palabras de Göring, “había que conservar a cualquier precio”. Sin embargo, el suabo no pensaba permitir que se aniquilase a sus tropas defendiendo localidades que no tenían la más mínima importancia estratégica y continuó presionando para que se le autorizase a continuar su escapada hacía el oeste. Finalmente el día 27, una vez que Mussolini autoriza el repliegue final hacía Túnez, Rommel se pone nuevamente en movimiento. En esta ocasión, el suabo actuará más despacio, tratando de contener a los británicos lo máximo posible a través del territorio libio. Ya en 1943, el 15 de enero logra incluso ejecutar un exitoso contraataque en el que destruye varios carros ingleses. Pero el Zorro del Desierto no se hacía ilusiones. Tras este contragolpe, retrocede hasta Trípoli, ciudad que empieza a ser atacada por los británicos el 19. Los italoalemanes resisten tres días, hasta que Montgomery inicia una maniobra de envolvimiento y Rommel ordena abandonar la posición el 22. Seguía sin tener ni hombres ni suministros para plantear una defensa adecuada. Y quedarse en la capital libia suponía caer sin remedio en un cerco del que no habría la más mínima probabilidad de salir.

Tras abandonar Trípoli, Rommel ordena iniciar la fortificación de la posición de Mareth, ya en territorio tunecino. No obstante, advirtió al alto mando que esta línea tampoco se podría mantener a menos que se recibieran finalmente los suministros y refuerzos necesarios. Y sobre esto, el Zorro del Desierto no se hacía demasiadas ilusiones. Incluso aunque la situación de su aprovisionamiento mejorase y recibiese tropas de refresco, el suabo ya ni siquiera concebía como adecuada una resistencia indefinida en Túnez, sino que optaba por una defensa flexible que permitiese un repliegue ordenado hacía el sur de Europa. Rommel presentía que sus días en África estaban tocando a su fin.

lunes, 15 de marzo de 2010

Rommel VIII


El 21 de junio, Churchill se encontraba en Washington tratando junto con Roosevelt los planes sobre las futuras operaciones de los aliados. Repentinamente, se acercó un oficial al presidente norteamericano y le alcanzó un papel. Este lo leyó, lo leyó una segunda vez y, sin preámbulos de ningún tipo, se lo paso al premier británico.

“Se ha rendido Tobruk y se han tomado 25.000 prisioneros” leyó el inglés (en realidad fueron mas de 30.000)

Churchill inicialmente se mostró incrédulo. Pidió confirmación a Londres y esta llegó a los pocos minutos. En ella, el almirante Hartwood señalaba:

“Ha caído Tobruk. Situación tan deteriorada que cabe posibilidad de intenso ataque aéreo contra Alejandría en futuro próximo. Como cerca luna llena, envió todas las unidades de la flota oriental al sur del canal en espera de acontecimientos”

El golpe fue demoledor. Tobruk, la fortaleza que el año anterior había resistido durante varios meses a las tropas del Eje, había cedido en esta ocasión al empuje italoalemán en tres días. El líder británico estaba desconsolado y el presidente estadounidense trató de levantarle el ánimo:

“¿Cómo podemos ayudarle?” Preguntó

“Dennos ustedes todos los Sherman de los que puedan disponer y envíelos de inmediato al Próximo Oriente” contestó decidido el inglés

A consecuencia de esta conversación, Roosevelt ordenó que se preparase todo lo necesario para que se despachasen inmediatamente 300 Sherman americanos a Egipto. Estos carros, junto con gran cantidad de pertrechos bélicos de otros tipos, iban a llegar a la zona en el momento crítico. El apoyo estadounidense a la causa británica en el norte de África empezaba a notarse de manera palpable justo cuando sus aliados más lo necesitaban.


¿Malta o Egipto?

Tras la toma de Tobruk, el alto mando germanoitaliano se enfrentó de nuevo al dilema de, o bien dedicar sus energías a tomar Malta deteniendo mientras tanto las operaciones del Panzerarmee; o bien centrarse en aprovechar el impulso de las victoriosas tropas de Rommel para tratar de expulsar a los británicos de Egipto, posponiendo el asalto de la isla para más adelante. El suabo se decantaba por esta segunda opción ya que entendía que dar un respiro a los ingleses suponía perder la iniciativa que tanto le había costado conseguir. Era obvio que los anglosajones, con el apoyo de los suministros americanos que estaban empezando a llegar en gran cantidad, estaban dispuestos a hacerse fuertes en Egipto y a impedir el paso a los soldados del Eje. Y cuanto más tiempo diesen a los Tommys, mejor preparados estarían estos para enfrentarse a los italogermanos. Por ello, aunque con algunas opiniones en contra (como la de Kesselring que optaba por lanzarse a por Malta), tanto Hitler como Mussolini dieron su visto bueno a Rommel para que continuase su avance.

Al suabo su instinto le decía que había que darse prisa. Los británicos, gracias al continuo flujo de suministros que recibían, no tardarían en estar recuperados de sus recientes derrotas. Al Panzerarmee, por el contrario, los pertrechos y refuerzos le llegaban con una lentitud preocupante. El teatro africano era continuamente puesto en segundo planto en beneficio del frente ruso. En este, la Wehrmacht lanzaba el 28 de junio su segunda gran ofensiva contra la Unión Soviética: la operación azul; el plan con el que los alemanes pensaban acabar definitivamente con el imperio de Stalin y que, a la postre, les llevaría a perecer entre la ruinas de la ciudad rebautizada con el nombre el dictador bolchevique.

Pero para esto todavía faltaban varios meses. Y todavía, a comienzos del verano de 1942, parecía que nada iba a poder frenar la victoriosa marcha de las tropas germanas tanto en Rusia como en África.


El final del camino: la primera Batalla de El Alamein

Tras recibir la conformidad de Hitler y Musolini, Rommel se puso nuevamente en marcha. El comandante del Panzerarmee estaba convencido de que no era conveniente conceder ni un minuto a los anglosajones ya que cada día que pasase estos se harían más fuertes. El tiempo, como siempre, volvía a correr en contra del Zorro del Desierto. Y, para complicar más las cosas, la posición del Eje era extraordinariamente precaria. En aquellos momentos, los italogermanos contaban con apenas medio centenar de tanques y con tan disminuidas fuerzas de infantería que, por mucha prisa que se diesen, iba a ser extraordinariamente difícil triunfar sobre sus adversarios.

Los acontecimientos iniciales parecieron dar la razón al mariscal germano. Tras reanudar su marcha, los soldados del Eje lograron otra victoria al rodear y tomar Marsa Matruh, ya en territorio Egipcio, el día 29 de junio. Al día siguiente, las tropas germanoitalianas llegan El Alamein. En esta zona, situada a unos 100 km al oeste de Alejandría, el frente queda reducido a un cuello de botella de 60 km entre el mar al norte y la depresión de Kattara -un terreno arenoso y pantanoso impracticable para los ejércitos- al sur. Y en ese estrecho frente fue donde los británicos se posicionaron para volver a presentar batalla.

Rommel llegó a el Alamein con unas fuerzas reducidas hasta el extremo: menos de cincuenta tanques y 18.000 soldados agotados hasta la extenuación. Sus enemigos alineaban frente a él 40.000 hombres y 150 carros. Además, contaban con alrededor de 800 cañones. Rommel era consciente del desequilibrio de fuerzas, pero se lanzó al ataque confiando en que se pudiese desbordar la posición de El Alamein gracias a la superioridad de maniobra de sus tropas. Se equivocó. El suabo atacó “en caliente” tan solo 24 horas después de alcanzar la posición, el día 1 de julio, pero fracasó. Un intento de relanzar la ofensiva realizado la jornada siguiente fue igualmente frenado por los soldados del Imperio Británico.

Los ingleses sabían que se estaban jugando su supervivencia en Egipto. Su posición no solo en el norte de África, sino en todo el Oriente Próximo, se vería desmontada si Rommel conseguía pasar de El Alamein. Por ello, pusieron toda la carne en el asador para frenar al general germano. Para apoyar a las tropas de tierra, la RAF desplegó en la zona todo lo que fue capaz de conseguir. Esto, unido al hecho de que los aviones británicos operaban desde bases muy cercanas al frente, dio a los anglosajones una superioridad aérea apabullante. Los aparatos ingleses se mostraban eficaces en extremo a la hora de desarbolar las formaciones enemigas. La Luftwaffe, por el contrario, operaba desde aeródromos muy lejanos a la zona de combate y se reveló como incapaz de hacer sombra a sus adversarios. En tierra, los soldados del VIII Ejército se mantuvieron fuertes en sus posiciones defensivas y no dejaron que los ataques de Rommel les hiciesen flaquear. Para el mariscal aleman, aquello era una mala señal. Los británicos se estaban mostrando mas firmes que de costumbre. Algo no marchaba bien. Al Panzerarmee le empezaban a fallar las fuerzas.

Rommel se decidió a dar a sus hombres un respiro y no volvió a pasar a la ofensiva hasta el día 10. No obstante, esta maniobra se vio frustrada porque sus oponentes se lanzaron preventivamente contra las divisiones italianas Trento y Sabratha. Los días 15, 16 y 17 fueron los australianos y los neozelandeses los que atacaron a las tropas del Eje, forzando al Panzerarmme a emplearse a fondo para detenerlos. Le gustase o no, Rommel había perdido la iniciativa. Los italogermanos no consiguieron en ningún momento romper el frente enemigo y se enzarzaron en un toma y daca contra fuerzas numéricamente superiores que además tenían mucha más facilidad para reponer sus bajas.

Las fuerzas de Rommel continuaban padeciendo su habitual escasez de suministros. Los pertrechos del Eje sufrían un problema similar al apoyo aéreo. Eran desembarcados en puertos que estaban muy alejados de la zona de combate y debían ser trasladados durante centenares de kilómetros por carretera, desde los puertos hasta el frente. Y esta situación se agravaba con cada avance. Cuantos más éxitos conseguía el Panzerarmee y más se alejaba hacía el este, más aumentaban sus problemas logísticos y sus dificultades para seguir en pie de guerra.

El día 17 visitaron a Rommel los generales Kesselring y Cavallero, interlocutores ante los que el suabo no se anduvo con rodeos.

“Si no se hace algo decisivo en el aspecto del aprovisionamiento, estamos ante una derrota total”.

Pero la situación apenas mejoró. Los días 21 y 22 se repitieron los ataques de los neozelandeses y australianos que, si bien lograron ser detenidos por la 21ª Panzer, mostraron definitivamente a las claras que no sería posible atravesar El Alamein en una batalla rápida. El estancamiento, precisamente la situación que el mariscal germano había deseado evitar, era un hecho.

Para empeorar más las cosas para Rommel, su unidad de interceptación de mensajes fue destruida en esta batalla. A esto se unía el hecho de que la fuente que le pasaba informes desde el Cairo se silenció el día 29, justo antes de iniciarse los combates por El Alamein.

Finalmente, tras los últimos enfrentamientos se produjo una pausa en los combates, pausa que ambos bandos necesitaban. La batalla, que pasaría a la historia con el nombre de 1ª Batalla de el Alamein, termino en tablas, pero este era un resultado engañoso. Aunque las bajas en ambos bandos fueron similares, el panorama en conjunto era mucho peor para el Eje que para los anglosajones. Rommel no sabía cuando iba a poder recuperarse de sus pérdidas, mientras que sus enemigos recibían continuamente tropas de refresco y suministros desde todos los territorios y aliados británicos. Los pertrechos bélicos estadounidenses estaban asimismo llegando en gran cantidad a Egipto para apoyar el esfuerzo de guerra de sus compañeros de armas.


Los refuerzos del Panzerarmee por el contrario llegaban con cuentagotas. Había recibido por aire una división ligera y una brigada paracaidista, pero ninguna de estas unidades disponía de armamento pesado. Llegó también al frente la división acorazada italiana Littorio. Asimismo, empezaron a hacer su aparición nuevos carros alemanes a la zona. Pero, pese a los refuerzos, el cansancio empezaba a hacer mella en sus hombres, e incluso en el propio Rommel, quien el 7 de agosto escribía a su mujer:

“Con que alegría pegaría un salto y me plantaría en Alemania. Pero hay demasiadas cosas que dependen de las próximas semanas”.


Montgomery entra en escena

El mismo día en que Rommel escribía a su esposa haciéndole saber sus ganas de volver al hogar, un caza alemán abatió un solitario avión de reconocimiento británico que transportaba al general Gott, militar designado por Churchill para comandar el VIII Ejército. Tras este percance el primer ministro británico, quién inicialmente no sentía ninguna predisposición a otorgarle a Montgomery el mando de esta formación, no tuvo otro remedio que reconsiderar su negativa y dar su brazo a torcer.

El nombramiento de Montgomery fue conocido por los alemanes el 15 de agosto. Nada más enterarse de la noticia, Rommel se hizo traer toda la información que hubiese disponible sobre este nuevo adversario. Tan pronto como la hubo revisado, concluyó:

“Es precavido. No corre ningún riesgo. Su fórmula es la superioridad material. Es un hombre peligroso.”

El juicio era acertado. Los británicos iban por fin a estar comandados por alguien que iba a saber aprovechar la superioridad de la que, tanto en términos humanos como materiales, gozaban. Montgomery estaba decidido a mantenerse en El Alamein hasta que esta superioridad fuese tan aplastante que pudiese abalanzarse sobre el Panzerarmee y partirle el espinazo a la formación italogermana. Y con la gran cantidad de material bélico y tropas que en aquel momento estaban desembarcándose en Egipto, esa situación se daría más temprano que tarde. Rommel decide entonces embarcarse en su última gran jugada. El tiempo apremia y sus informes le indican que para mediados de septiembre la fuerza del VIII Ejército puede ser tal que sea imposible hacerle frente. Por ello, con un ojo en el reloj y otro en el indicador de gasolina, Rommel ordena lanzarse al ataque el 30 de agosto de 1942. Pero esta vez la fortuna no le iba a sonreír al germano.

El último intento de Rommel por desbordar la posición de El Alamein no fue bien. Solo disponía de 470 carros (200 de ellos alemanes) frente a los 700 de Montgomery. El suabo trató de repetir la maniobra de Gazala: amagar en el norte y golpear en el sur. Pero su cauto rival le estaba esperando. Los servicios de espionaje aliados habían alcanzado a estas alturas del combate una efectividad muy superior a la de sus enemigos, lo que daba lugar a que el comandante del Panzerarmee fuese un jugador con cartas marcadas. Sus planes eran conocidos de antemano por sus enemigos, quienes no se dejaron impresionar por las maniobras de distracción en el norte del frente y dedicaron toda su atención a frenar las embestidas del mariscal germano en el sur, en la zona de Alam Halfa. El resultado fue que el ataque fracasó en menos de 72 horas. El suabo, al ver que el enemigo no cedía, dio por terminada la batalla el día 2 de septiembre. Rommel comprendió acertadamente que no tenía sentido continuar empeñándose en atacar un muro cuando era evidente que no tenía fuerzas para romperlo. Por ello, desistió de continuar cuando sus pérdidas todavía no eran graves.

Y ahora la pregunta: ¿cuales fueron las causas de la derrota de Rommel en el Alamein?
Básicamente, pueden resumirse del siguiente modo:

-Las unidades del Eje andaban escasas (incluso más de lo habitual) de suministros y, en especial, de gasolina. Esta escasez dificultaba sobremanera las maniobras del Panzerarmee.

-La potencia aérea aliada. La RAF, por primera vez en la contienda, consiguió una superioridad aérea total en la zona. Los aparatos ingleses hostigaban continuamente a las formaciones italogermanas y las fuerzas aéreas del Eje se mostraron incapaces de enfrentarse con efectividad a los aviones de sus enemigos.

-El espionaje británico. Los ingleses habían logrado que sus servicios de información se enterasen de los movimientos y plantes de sus adversarios con una exactitud impresionante. Montgomery conocía perfectamente las intenciones de Rommel, lo que privó a este de una de sus armas clave: la sorpresa.

-Y por último, Montgomery. El general británico estaba decidido a no seguir lanzando al combate formaciones fraccionadas frente a las que Rommel pudiese lograr victorias. Por el contrario, sabiendo que sus tropas eras superiores en número y estaban mejor pertrechadas, optó por una estrategia que no era en absoluto audaz, pero que, a la larga, le garantizaba la victoria. Esta consistía en mantenerse firme en unas posiciones defensivas fuertes frente a un enemigo del que se conocían los planes y que, además, era inferior en número. El inglés esperaba detener a los italoalemanes en una batalla a la contra tras la que, una vez que se hubiese terminado con la capacidad ofensiva de sus adversarios, sería el momento de lanzar sus unidades al ataque.

El historiador y militar británico David Fraser añade además otra razón. Según él, Rommel “por primera vez en su vida, no creía en lo que estaba haciendo”. Y posiblemente tenga razón. Dados los factores mencionados anteriormente, lanzarse a la ofensiva era algo inusual, incluso para Rommel. El problema es que no tenía otra alternativa. Haber permanecido ante El Alamein sin atacarlo hubiese supuesto que a la larga los británicos serían lo suficiente fuertes como para arrollarle. Es decir, en definitiva, una vez frente a El Alamein, al germano no le quedaba más opción estratégica que atacar a sus adversarios e intentar tomar la posición y sobrepasarla. Hoy sabemos que el mariscal alemán no ganó, y ni siquiera estuvo cerca de alzarse con la victoria, pero esto no implica que en la situación en la que se encontraba -incluso con todos los factores en contra que hemos mencionado- la opción de atacar fuese en absoluto inadecuada. De hecho, era la única manera de actuar en la que cabía pensar si todavía se pretendía lograr una victoria estratégica en África. Y Rommel ya había logrado éxitos en situaciones desventajosas.

Rommel se había enfrentado a fuerzas superiores en los meses previos y había salido victorioso en muchas ocasiones. Rommel siempre había estado escaso de gasolina y, por lo general, logró encontrar el modo de forzar a sus tropas a avanzar manteniendo el ritmo. Rommel continuamente había adolecido de peores servicios de información que los británicos y, a pesar de ello, consiguió ejecutar sus ataques en medio de una sorpresa absoluta de sus adversarios. Pero en El Alamein todo esto se acabó. Era demasiado, incluso para Rommel. Al Zorro del Desierto no le quedaba ningún triunfo por jugarse y no pudo hacer frente a todos los factores que tenía en su contra en el campo de batalla Egipcio. Con su derrota, el Eje perdió definitivamente cualquier posibilidad de lograr un desenlace decisivo favorable a su causa en el norte de África.

domingo, 28 de febrero de 2010

Rommel VII



Cambian las tornas

El principal motivo de los éxitos británicos en las últimas semanas de 1941 no hay que buscarlo en tierra, sino en el mar. Tanto la Royal Navy como la RAF habían impuesto un creciente peaje a los envíos italogermanos de material bélico a África. Durante los meses de julio y agosto, el porcentaje de pérdidas no superó el 20%, pero en septiembre se llegó al 28%, y en noviembre alcanzó la astronómica cifra del 63%. Si además atendemos específicamente a las pérdidas de combustible, estas se elevaban al 92% del total despachado por el Eje al continente africano. En definitiva, Rommel estaba librando una batalla con unas divisiones cuyos depósitos de gasolina estaban en la reserva.

A finales de 1941, la superioridad británica tanto en el mar como en el aire estaba empezando a ser abrumadora; pero del mismo modo que la ofensiva alemana sobre la URSS había trastocado el panorama bélico apenas seis meses antes, el ataque japones a Pearl Harbour en diciembre iba nuevamente a cambiar por completo la situación militar en el teatro norteafricano.

Tras Pearl Harbour, los nipones se lanzaron a una serie de ambiciosas operaciones en el sudeste asiático entre cuyos objetivos se hallaban varias de las posesiones coloniales inglesas en esa parte del globo. Los primeros golpes del nuevo combatiente fueron devastadores. En el mar, el 10 de diciembre aviones japoneses hundían al Prince of Wales -superviviente del combate con el Bismarck- y al Repulse. En tierra, las tropas del Imperio del Sol Naciente toman el 15 de Febrero la ciudad de Singapur, la perla de los territorios británicos en la zona.

La entrada del Japón en la guerra provocó que los ingleses, quienes hasta ese momento habían podido dedicar la mayor parte de sus esfuerzos al Mediterráneo, tendrían a partir de ahora que prestar atención a un nuevo frente. Ciertamente, la entrada de EEUU en la guerra iba a suponer a la larga que la balanza de fuerzas se inclinase irremisiblemente del lado aliado. Sin embargo, durante varios meses el coloso norteamericano no iba a poder desarrollar todo su potencial; y durante ese tiempo, el Reino Unido iba a encontrar más inconvenientes que ventajas en esta nueva situación.

Para tratar de adaptarse al nuevo contexto, los británicos desplazaron varios buques de guerra al sudeste asiático. Este movimiento obviamente redujo las fuerzas del Reino Unido en otras partes del globo, y consecuentemente sus efectos se dejaron notar en el Mediterráneo en forma de merma de efectividad de las acciones sobre los convoyes del Eje. Tras la partida de varias unidades inglesas hacia Asia, la marina italiana volvió a estar en situación de superioridad numérica en el Mediterráneo central. Esta posición se tradujo inmediatamente en una mejora del aprovisionamiento de las tropas del Panzer Gruppe en Libia.

A todo lo anterior, hay que unir la neutralización de Malta. El II Fliegerkorps se trasladó desde Rusia a Sicilia y se empleó a fondo contra el enclave en los primeros meses de 1942. Los aviones germanos consiguieron disminuir la efectividad de los ataques que partían desde esa posición. Durante unos meses la isla estuvo más ocupada pensando en defenderse que en organizar golpes contra los convoyes italogermanos.


Se acaba la retirada del Eje.

La primera señal de que las cosas empezaban a cambiar la recibieron los ingleses el 27 de diciembre de 1941. Ese mismo día, las tropas de vanguardia británicas se encontraron con que los italogermanos, en lugar de continuar retrocediendo, defendían con fiereza la posición de Agedabia. La retirada había concluido. El Eje había sufrido una derrota, pero no había sido expulsado de África. El Panzer Gruppe todavía podía combatir.

El 5 de enero Rommel recibe varios carros de combate de refuerzo. Con ellos, los italoalemanes logran una ventaja numérica en la zona. El general suabo contaba a principios de 1942 con 117 tanques alemanes y 79 italianos. No era una fuerza abrumadora, pero si sirvió para que el militar germano se plantease nuevamente la posibilidad de pasar a la ofensiva. No obstante, la simple idea de un lanzarse al ataque después de las últimas derrotas era, para todos menos para Rommel, una locura impensable. Pero, incluso en esta tesitura, el suabo supo sacar partido de la situación. Hizo correr el rumor de que, dado el precario estado de sus tropas, no podía hacer otra cosa que continuar a la defensiva. Los informes que desde el estado mayor del Panzer Gruppe Afrika se pasaron a los altos mandos alemán e italiano apuntaban en esa misma dirección. Los servicios de inteligencia británicos interceptaron estos informes y los militares ingleses los tomaron al pie de la letra, provocando que ente sus tropas se diese un estado de animo similar al de 1941. Los anglosajones estaban nuevamente convencidos de que, en términos generales, habían ganado la partida en África y creían que Rommel había sido definitivamente neutralizado. Solo quedaba esperar que llegasen desde el Reino Unido los refuerzos que permitiesen iniciar un ataque definitivo contra el acorralado Zorro del Desierto. Los británicos, aunque lentamente debido a que tenían que atender a los nuevos frentes abiertos, comentaron a preparar la que debía ser su ofensiva final.


Rommel contraataca

El día 21 de enero de 1942, el mismo en que a Rommel le conceden las espadas para la Cruz de Caballero, el comandante del que sería rebautizado como Panzerarmee Afrika lanza su ataque contra los Tommys. Como en 1941, el desconcierto británico fue absoluto. Los ingleses habían vuelto a cometer el error de subestimar a su contrincante y sus tropas no se encontraban listas para hacer frente al inesperado y violento ataque alemán. En apenas cuatro días, el militar suabo había cosechado un éxito completo. No solo había logrado llevar a cabo una contraofensiva exitosa, sino que además acabó con cualquier posibilidad que tuvieran los anglosajones de lanzarse en breve sobre Trípoli. El objetivo de echar a los italoalemanes de África, que hasta hace poco se veía factible, ahora volvía a estar demasiado lejos. El Imperio Británico volvía a encontrarse luchando a la defensiva. Rommel fue ascendido a coronel general el día 25, la misma jornada en la que sus tropas tomaron Msus capturando 96 carros de combate enemigos.

Uno de los aspectos más remarcables de esta operación es que se realizó con un Panzerarmee muy reducido, ya que en el no participaban las divisiones italianas. El día 23 Rommel había recibido la visita del mariscal Cavallero, quien ordenó al germano detener la operación. Los transalpinos se sentían heridos en su amor propio y no pensaban dar apoyo a una empresa de la que ni siquiera habían sido informados. No iban a participar en lo que, pensaban, era a todas luces una aventura sin sentido de Rommel. El suabo no aceptó interrumpir la maniobra y, en respuesta, Cavallero retiró al militar alemán el mando de las unidades italianas. Pero el general germano no se arredró. Continuó la ofensiva contando solo con las divisiones del Reich y, visto el éxito, parece que el resultado general del ataque no se resintió.

El 29 Rommel tomó Bengasi haciéndose con una gran cantidad de suministros británicos. En poco más de una semana el díscolo general suabo había vuelto a poner todo patas arriba. Cirenaica volvía a estar bajo control del Eje. El día 31, Auchinleck, renunciando a la idea de pasar a la ofensiva, comienza a reforzar la linea de Gazala con el objetivo de establecer una posición de contención al avance germano. Para ello emplea las tropas que deberían haberse usado en el planeado avance inglés que los alemanes había logrado desarbolar.


“Tobruk debe caer”

Tras el éxito cosechado, Rommel abandonó África el día 16 de Febrero para disfrutar de un merecido permiso, pero antes del descaso tuvo que reunirse con Hitler y otros jerarcas. Del mandatario recibió personalmente las espadas para su cruz de caballero y su felicitación. El dictador alemán, aunque seguía prestando prácticamente toda su atención al Frente del Este, respaldó el proceder de su general. El Führer seguía sintiendo una especial predilección por este impulsivo militar. Asimismo, se comprometió a reforzar la presión sobre Malta, con el objetivo de garantizar al comandante del Panzer Gruppe Afrika una mejora en su aprovisionamiento.

Rommel volvió al continente africano el 19 de marzo. Diez días después se reunió con sus oficiales y les dejó claro que, en cuanto fuese posible, él pretendía continuar la presión sobre los británicos. Pero eso no iba a ser una tarea sencilla. Auchinleck había fortificado extraordinariamente una línea que empezaba en Gazala y se prolongaba por el sur hasta Bir el Hacheim. Por ello, durante casi dos meses, el germano estuvo planificando la manera de superar ese obstáculo. En estas jornadas el militar alemán estuvo preparando el plan de la que iba a ser su maniobra más exitosa. Para llevar a cabo esta, las tropas italianas se volvieron a poner bajo sus ordenes. Con ellas, las unidades al mando del germano quedaron del siguiente modo:

X Cuerpo (Gioda)
XXI Cuerpo (Navarrini)
Entre ambos sumaban 4 divisiones de infantería:
Brescia
Sabratha
Pavia
Trento

Deutsches Afrika Korps
-15ª División Panzer (Von Vaerst)
-21ª División Panzer (von Bismarck)
90ª División Ligera (Kleemann)
División Acorazada Ariete (De Stefanis )
División Motorizada Trieste (La Ferla)

El comandante del Panzer Gruppe Afrika dividió sus tropas en dos grupos. Dejó las divisiones de infantería italiana emplazadas en el norte a las ordenes de Crüwell, al tiempo que el asumía personalmente el mando de las tropas móviles que se desplegarían en el sur. El plan de Rommel era que sus formacions de infantería lanzasen un conato de ataque frontal para entrampar en él al grueso de las tropas aliadas. Mientras tanto, sus unidades móviles debían desbordar la línea defensiva inglesa por el sur, tomando Bir el Hacheim. Una vez sobrepasado este punto, las divisiones del Eje deberían girar al norte, copando a los anglosajones y destruyéndolos. El objetivo del Plan, no obstante, era doble. En palabras del propio Rommel, “el Ejército de campaña Británico debe ser destruido y Tobruk debe caer”.

En lo que respecta a las fuerzas, los británicos desplegaban en la zona 850 carros de combate bajo las ordenes de Ritchie, mientras que los italoalemanes solo podían poner en liza 560 tanques, de los que algo menos de la mitad eran modelos italianos. No obstante, Rommel contaba con 48 poderosas piezas de 88 mm, además de con varios modelos de cañones rusos que la Wehrmacht había capturado en el Ostfront. En el aire, con el traslado de aviones desde el Este, la Luftwaffe logro una superioridad temporal en la zona.


El Plan Venezia

El 26 de mayo, al tiempo que las divisiones de Crüwell iniciaban sus operaciones de diversión, Rommel comenzó su movimiento de flanqueo por el sur del frente. Los ingleses no reaccionaron hasta la madrugada del 27, cuando al mando británico le empezaron a llegar noticias alarmantes. Los informes de las tropas de vanguardia hablaban de un gran número de carros blindados, a la cabeza de los cuales se hallaba el propio Rommel. Y los Tommys, igual que los germanos, sabían que allí donde estaba el Zorro del Desierto, allí estaba el frente.

Las tropas del Eje se toparon con una resistencia feroz, no solo por parte de los británicos, sino también por parte de las fuerzas francesas libres que defendían Bir el Hacheim. Además, para complicar aún más las cosas, las unidades de Rommel tuvieron muchos problemas con el suministro en combate, ya que su intendencia no fue capaz de encontrar rutas de aprovisionamiento adecuadas para las formaciones de vanguardia. Pero los italoalemanes consiguieron mantener la situación bajo control. El 1 de julio conquistaban la localidad de Sidi Muftah, tomando 3000 prisioneros y capturando 124 cañones.

Tras la toma de Sidi Muftah, se suceden varias jornadas de golpes y contragolpes lanzados por ambos bandos. En aquellos momentos parecía que todo terminaría en tablas. La batalla estaba siendo demoledora y a Rommel, cuyas fuerzas mermaban a demasiada velocidad, se le acababa el tiempo. Pero finalmente las tropas del Eje consiguieron tomar Bir el Hacheim el 10 de junio. A estas alturas, al Panzerarmee le quedaban tan solo 160 carros de combate alemanes y 70 italianos. El peaje que habían pagado las fuerzas alemanas era elevadísimo, pero el tenaz suabo no iba a parar ahora que el esfuerzo estaba a punto de dar sus frutos.


Tobruk

El 11 de junio comenzó el último movimiento de la magna maniobra de Rommel. El suabo, considerando que había logrado vencer la principal resistencia anglosajona, se lanzó con sus tropas sobre los desarbolados británicos. No se vio automáticamente, pero ya el día 15 el general germano escribió a su esposa en estos términos: “La batalla está ganada. El enemigo se está dispersando.” Era cierto. El VIII Ejército se batía en retirada, Tobruk se encontraba ante los italoalemalemanes y, para el exigente comandante de estos, no había tiempo que perder.

El día 18 el Panzerarmee había concluido el cerco del puerto norteafricano. El 20 la Luftwaffe lanza un bombardeo sobre la ciudad para “ablandar” las defensas de esta e inmediatamente después se inician los ataques por tierra. La presteza con que los soldados del Eje ejecutaron el asalto impidió que los ingleses repitiesen la gesta de mantener el enclave en sus manos. En esta ocasión, los británicos no tuvieron ni tiempo ni ganas de presentar batalla. El día 21 Tobruk, con su gran depósito de municiones y víveres, se encontraba en manos de Rommel, quien atrapó a 32.000 soldados aliados en la operación. Como curiosidad, varios sudafricanos capturados solicitaron al general suabo que apartase a los soldados negros de los blancos. Rommel se negó alegando que los negros eran también soldados con uniforme sudafricano que, si habían combatido y caído junto a los blancos, debían ir al cautiverio de igual manera.

Tobruk fue la última gran victoria de Rommel. Un triunfo que le supuso el ascenso inmediato a mariscal de campo y le valió las felicitaciones de todas las altas personalidades de la jerarquía nazi: Hitler, Göbbels, Göring... así como Mussolini y varios generales italianos hicieron llegar sus parabienes al suabo, quién se convirtió en un héroe nacional. Tobruk fue el punto culminante de la carrera de Rommel. Fue su mayor momento de gloria, su más grande gesta militar. Al suabo le quedaban dos años de vida y en ellos ya no iba a poder alcanzar un éxito semejante. Estos años siguientes iban a estar salpicados de derrotas militares y desilusiones políticas. Obviamente, Rommel no podía saber nada de esto. En aquellos momentos, el incansable germano solo pensaba en seguir adelante, hacia Egipto. El 21 de junio a las 9:45 de la mañana, aún antes de saber que había sido ascendido a mariscal de campo, radió el siguiente mensaje a sus tropas: “La fortaleza de Tobruk ha caído. Todas las unidades deben reunirse y prepararse para el siguiente avance”.