sábado, 14 de marzo de 2009

Operación León Marino I


Introducción


“...las unidades que habían permanecido en París ocupabanse en la preparación de la empresa “Seelöwe”, la que, sin embargo, y ya desde un principio, no consideré seriamente por creer que carecía completamente de posibilidades debido a la falta de aviación suficiente, de bastante tonelaje naval, así como a la evasión de Dunkerque del ejercito expedicionario inglés. En la falta de los dos elementos fundamentales primeramente mencionados está la mejor prueba de que Alemania no tenía intención de continuar la guerra en dirección a Occidente ni se había preparado para ella en lo más mínimo”


Este es el breve análisis que de la operación "León Marino" Guderian nos ofrece en sus memorias. Este gran general, padre de las divisiones acorazadas alemanas y una de las mentes militares más brillantes de su tiempo, hace hincapié en los puntos esenciales que merecen tenerse en cuenta en cualquier estudio de la fallida invasión germana de las Islas Británicas: las carencias alemanas en el aspecto naval y aéreo, y las, cuanto menos, confusas intenciones germanas con respecto al Reino Unido.


Consideraciones previas


Si damos por cierto el hecho de que la Segunda Guerra Mundial empezase con el ataque alemán a Polonia el 1 de septiembre de 1939, tampoco puede obviarse que fueron Francia y Gran Bretaña las que declararon la guerra a los germanos dos días después y no el Reich él que hizo lo propio con ambas potencias. La Alemania de 1939 era demasiado débil (mucho más de lo que el éxito de sus posteriores campañas sugiere) para enfrentarse a una entente franco-británica. Es bastante posible que Hitler confiase en que ni los ingleses ni los galos se embarcarían en una guerra por Polonia, del mismo modo que con anterioridad tampoco lo habían hecho por Checoslovaquia. Si fuese así, la Segunda Guerra Mundial no habría sido más que un error de cálculo. Las razones del cambio de actitud de los aliados, que durante los años anteriores se habían plegado sin ambages a las demandas expansionistas alemanas, son demasiado extensas como para estudiarlas aquí. Simplemente citaré la conclusión a la que llega el historiador Fernando Paz en su obra “Europa bajo los escombros” en los capítulos dedicados a los orígenes del conflicto: “...si la política británica hubiese sido, o más bien dura desde un principio, o más bien blanda hasta el final, la Segunda Guerra Mundial, probablemente, no habría estallado jamás.”


Tras terminar con la resistencia polaca en un mes y repartirse el territorio con los soviéticos, la Wehrmacht no se lanzó inmediatamente contra las potencias occidentales. Hoy día no se rechaza la posibilidad de que Hitler todavía confiase en llegar a un acuerdo con los aliados que le evitase la necesidad de combatir con ellos y le permitiese centrarse en sus propósitos expansionistas en el este. A favor de esto, se puede aducir que, con anterioridad a la guerra, Alemania nunca había solicitado la devolución de Alsacia y Lorena con la misma intensidad con la que reclamó otros territorios perdidos tras el Tratado de Versalles en 1919. Esto es visto por varios historiadores como un intentó de evitar, en la medida de lo posible, los roces con Francia. En cualquier caso, lo cierto es que durante varios meses se extendió un periodo conocido como la “Guerra en broma” caracterizado por una paz relativa, solo interrumpida por acciones a pequeña escala y combates muy localizados a lo largo de la frontera franco-germana. Este periodo no concluiría hasta 1940 con la invasión alemana de Dinamarca y Noruega. Los combates en esta última nación todavía no habían concluido cuando empezó la ofensiva general del Reich en el occidente europeo en mayo de 1940.


Una vez que los alemanes finalmente pasaron a la ofensiva, el plan diseñado por Von Manstein llevó a la Wehrmacht a una victoria total y absoluta sobre los occidentales en seis semanas. Dicha operación solo tuvo un error. Un error que sería fatal para la causa alemana y que daría a sus enemigos un golpe de moral enorme: la salvación del ejercito expedicionario británico en Dunkerque -unos 250.000 soldados ingleses y alrededor de 100.000 hombres más (en su mayoría franceses)- gracias a la controvertida orden de detención que Hitler dió a sus tropas el 24 de mayo en el momento en que parecía al alcance de su mano que copasen a sus enemigos y acabasen con sus posibilidades de retirada. Las razones de esta decisión no están claros, pero suelen dividirse en tres grupos:
-Motivos militares.
La séptima división acorazada comandada por Rommel ya había sufrido un contraataque por parte de unidades blindadas británicas en Arras. Este fue posible por los amplios flancos que inevitablemente dejaban los rápidos ataques alemanes en general y por la osada conducción de las operaciones que caracterizaba al que después sería universalmente conocido como el "Zorro del Desierto". La rápida reacción de Rommel desarticuló la maniobra inglesa gracias a la adecuada utilización de los cañones de 88 mm contra los blindados enemigos. No obstante, además de las pérdidas graves que supuso para los alemanes, el ataque dejo en el alto mando germano la sensación de que los espectaculares avances de sus divisiones panzer estaban dejándolas en riesgo de ser cercadas en caso de que los occidentales se decidiesen a efectuar una contraofensiva a gran escala. Cierto es que hoy sabemos que la mayoría de las unidades aliadas se batían en retirada y que no existía una posibilidad real de que montasen un contragolpe amplio y efectivo, pero esto no lo podían saber lo estrategas de la Wehrmacht, quienes ni en sus mejores previsiones habrían supuesto que los ejércitos aliados se descompondrían en poco más de dos semanas de lucha.
Además de lo anterior, según varios autores, Keitel y Rundstedt habían informado a Hitler acerca de que el terreno en torno a Dunkerque, con sus abundantes cursos de agua, no era el más adecuado para las operaciones de los carros de combate. Se sostenía que las dificultades orográficas junto con la acción de la artillería británica provocarían gran cantidad de bajas entre las unidades blindadas de la Wehrmacht, unidades que todavía tendrían que ser utilizadas para derrotar a las fuerzas francesas que estaban tratando de reorganizar sus posiciones al sur de donde se encontraban los germanos con el objetivo de defender París y evitar que Alemania ocupase el resto del Francia.
-Las presiones de Göring.
El Mariscal del Aire presionó a Hitler para que encargase en exclusiva a la Luftwaffe la destrucción de las tropas aliadas cercadas. El prestigio de esta victoria caería de esta manera del lado de las fuerzas aéreas. Hermann Goring ejerció durante todo el conflicto, hasta casi el mismo final, una influencia realmente intensa sobre el Führer. Por ello, no se debe rechazar la idea de que las presiones de Göring afectasen a la decisión del dictador. Además, encomendando al arma aérea la tarea, se conseguía preservar la fuerza acorazada germana para la siguiente fase de la campaña occidental: la toma de París y la derrota total de los franceses. No se preveía que la hasta entonces invicta Luftwaffe fuese a padecer el severo correctivo que los valerosos pilotos de la RAF le hicieron sufrir sobre los cielos de Dunkerque a sus contrapartes alemanes.
-Los motivos políticos.
Varios historiadores destacan el hecho de que en la cosmovisión hitleriana Inglaterra, o más propiamente el Imperio Británico, jugaba un papel esencial. Hitler consideraba a los británicos como parte integrante del tronco ario común del que también formaban parte los alemanes, y entendía que su imperio representaba la superioridad de la raza blanca y su presencia en todos los rincones del globo. Su destrucción solo podía jugar en beneficio de terceros países por los que el mandatario nazi no sentía ninguna simpatía. Esta preferencia que el Führer sentía por los británicos provocó que les permitiese escapar del cerco en Dunkerque. De este modo evitaba infligir a los ingleses una derrota humillante que hubiese terminado con la posibilidad, en la que todavía creía el dictador germano, de llegar a un acuerdo de paz con ellos. Dicho acuerdo garantizaría el respeto de Alemania al imperio colonial británico y la no intervención del Reino Unido en los deseos expansionistas nazis en el este europeo.


Los historiadores y militares no se ponen de acuerdo a la hora de conceder mayor o menor importancia a los factores antes mencionados. Manstein, considerado por muchos historiadores y militares como el mejor cerebro estratégico del Reich, parece inclinarse a aceptar que los motivos políticos fueron los determinantes de la decisión de Hitler. La opinión de Manstein se ve reforzada por el hecho de que el dictador no solo no mostrase desazón tras el éxito de la Operación Dinamo (nombre dado por los ingleses a la evacuación), sino que además se encontraba de un humor extraordinario en aquellos momentos. El historiador y militar español Luis de la Sierra por el contrario considera que si el Führer hubiese estado influenciado por los motivos políticos indicados, no tendría sentido entonces el hecho de que hubiese dejado a la Luftwaffe de Göring bombardear violentamente a las tropas aliadas en Dunkerque.


Cualquiera que sea el caso, la salvación de los ingleses y la posterior derrota y capitulación de Francia deja, en el verano de 1940, solo dos contendientes en juego: Alemania y el Imperio Británico. El primero, sorprendido por su propio éxito, no tenia ningún plan de actuación para con la Gran Bretaña. Este último, a pesar de las expectativas que tenía Hitler de alcanzar una paz negociada, no parecía muy dispuesto a seguirle el juego al Führer.


La situación tras la caída de Francia


En el momento en que las tropas alemanas comienzan su ofensiva en el frente occidental, el primer ministro británico Neville Chamberlain dimite y es sustituido por Winston Churchill. Chamberlain, principal defensor de la “política de apaciguamiento” en los años 30, es visto como alguien demasiado propenso a entenderse con los germanos, y sus enemigos políticos sospechan que en aquellos momentos puede caer en la tentación de intentar conseguir una salida al conflicto por medio de un acuerdo con la Alemania Nazi. Churchill, por el contrario, había hecho gala durante toda su carrera de un antigermanismo visceral, y se le considera como la persona adecuada para llevar a efecto hasta sus últimas consecuencias el enfrentamiento con el Tercer Reich.


A los pocos días de llegar al gobierno Churchill consigue “salvar los muebles” al lograr llevar a cabo con éxito la operación Dinamo y evacuar las tropas expedicionarias británicas del continente. Esto elevó sobremanera la moral del Reino Unido, hasta el punto de que Churchill se vió obligado a advertir en el parlamento que las guerras no se ganaban con evacuaciones. Poco después, el 5 de Junio, Hitler manifiesta a Göbbels “quiero salvar a Inglaterra. Lo mejor que podemos hacer es lograr una paz equitativa.” Es perfectamente legitimo cuestionar la sinceridad de las palabras del dictador germano y de su voluntad de alcanzar una paz negociada con los ingleses pero, en vista de sus declaraciones y de sus actos en aquellos momentos, cabe concederle el beneficio de la duda. Por contra, no existieron manifestaciones ni acciones de Churchill que permitan concederle al mandatario británico este mismo beneficio.


El 3 de julio, poco más de un mes después de los eventos de Dunkerque, y cuando Francia ya había firmado la capitulación, el Reino Unido atacó sin previa declaración de guerra la flota de su antiguo aliado situada en Mers el Kebir. La flota británica mandada por Sommerville presenta un ultimátum a la francesa comandada por Gensoul y, al ser rechazado este por los galos, se dedica a, “tirando a pichón parado”, hundir los barcos franceses uno tras otro. Además de las perdidas materiales, este ataque a traición costó a Francia 1300 muertos. Esta acción en caso de haber sido cometida por alguna de las potencias que a posteriori resultaron perdedoras hubiese pasado a los libros de historia como un alevoso crimen de guerra. Hoy no ocupa más que unas breves líneas en los libros especializados y a menudo trata de justificarse como una demostración inglesa de su voluntad de luchar hasta el final.


A pesar de esta “demostración de intenciones” Hitler parece reacio a bajarse de la burra y, en un discurso pronunciado en el Reichstag el 19 de julio, sigue conminando a los ingleses a llegar a un entendimiento:
No soy el vencido que suplica misericordia. Hablo como vencedor. No veo ningún motivo para que la guerra continué. Tendríamos que querer evitar el sacrificio de millones de seres humanos. (…)
Es posible que el señor Churchill, una vez más, pase por alto esta declaración mía, diciendo que solo nace del temor y de la duda sobre la victoria. En ese caso, habré tranquilizado mi conciencia sobre lo que vendrá.


No obstante, en esos días el Führer se había decidido finalmente a considerar la posibilidad de invasión de las islas británicas. En una directiva del día 16, se mencionaba la necesidad de preparar “una operación de desembarco en Inglaterra”. En otra directiva del día 1 de agosto se abogaba, por contra, por una intensificación de las acciones ofensivas aéreas y navales.


La operación León Marino


Fue el almirante Raeder, un gran estratega maniatado en sus iniciativas tanto por el pequeño tamaño de la flota de superficie alemana como por la mentalidad “continental” de la que hacían gala los jerarcas nazis, el que primero consideró la eventualidad de una futura invasión de Inglaterra. Ya en noviembre de 1939 nombró una comisión para estudiar dicha operación desde el punto de vista “militar, naval y de la técnica del transporte”. Sería también Raeder quien le preguntase a Hitler en mayo de 1940 si se había planteado la posibilidad de asaltar Gran Bretaña por mar; pregunta ante la que el mandatario reaccionó con perplejidad, no dando muestras de haber tomado en consideración tal circunstancia. Nuevamente volvería a hacerlo en junio y julio, planteando entonces sin ambages la cuestión de la invasión y señalando que debería ser la Luftwaffe la encargada de obtener el dominio del aire y del mar antes de pensar siguiera en un asalto al otro lado del Canal de la Mancha. Los efectivos de la Wehrmacht involucrados en la operación, señalaba Raeder, tendrían que ser necesariamente reducidos, ya que la marina alemana no contaba ni con los medios suficientes para trasladar un gran número de tropas y su correspondientes pertrechos, ni con bastantes buques de guerra como para garantizar el éxito del desembarco de un numero elevado de divisiones en un frente amplio.


De todo lo anterior no debe deducirse que Raeder, quien si que fue uno de los principales valedores de la invasión de Noruega unos meses antes, fuese un decidido partidario del desembarco en las islas británicas. Antes al contrario, consciente de las limitaciones de las fuerzas armadas alemanas, defendía que se podía derrotar a Gran Bretaña mediante la utilización del arma submarina para atacar sus líneas de aprovisionamiento y de la Luftwaffe para bombardear sus centros industriales. No obstante, consciente de que antes o después habría que plantearse como algo real la posibilidad de invadir Inglaterra, tomó sobre sus hombros la responsabilidad de comunicárselo él mismo a Hitler, evitando de ese modo que la operación se la propusiese al dictador germano la -citando textualmente a Luis de la Sierra- "fantasía de algún irresponsable".


Hitler finalmente se avendrá a considerar el asalto anfibio, y emite la mencionada directiva del 16 de julio en la que se planea por primera vez el desembarco. Dicha directiva, a pesar de estar posiblemente inspirada por las conversaciones del Führer con Raeder, sostenía que el desembarco debía producirse en un frente de unos 290 km. Además, pocos días después el numero de divisiones necesarias se estimó en cuarenta. Las objeciones planteadas por la marina de guerra hicieron que el ejército de tierra redujese sus exigencias, con lo que la extensión del frente previsto se redujo a 150 km y se aceptó limitar el número de divisiones a trece. A pesar de esto, las discusiones llegaron a un punto muerto. La Kriegsmarine solo garantizaba el éxito del desembarco en un frente muy pequeño (tengamos en cuenta que el desembarco de Normandía se produjo en un frente de 90 km, cuando los aliados gozaban de un control absoluto del aire y del mar), y el Heer consideraba este punto de vista como impracticable. Halder, jefe del estado mayor del ejército, llegó a expresar que “sería como meter las tropas directamente en una máquina de hacer salchichas”. Su contraparte en la marina de guerra, el almirante Schniewind, entendía como igualmente suicida el hecho de intentar el desembarco en un área más extensa dada la enorme superioridad de la armada británica sobre la germana. Por extraño que parezca, cabe considerar que a los dos les asistía la razón.


En estas circunstancias es cuando se emite la directiva número 17 el día 1 de agosto, dando preferencia a las intensificación de la guerra naval y aérea. Dado que no se podía salir de la situación de punto muerto a la que se había llegado en las discusiones entre el ejército y la armada, se encargó a la flota germana que se dedicase a conseguir los medios para el eventual desembarco (barcazas, remolcadores, transportes...) y a tareas de desminado en las aguas del canal; mientras que las tropas de tierra seguían acantonadas en la costa norte de Francia realizando maniobras de preparación para el asalto anfibio. De este modo, se mantenía la apariencia de que Alemania continuaba preparando la operación de desembarco, pero lo cierto era que el peso fundamental de las operaciones pasaría entonces a la Luftwaffe, a la que se encargaba la misión de derrotar a la RAF. Hay que mencionar que, en la actualidad, muchos autores consideran que, aún sin pretender realmente el ataque a las islas británicas, Hitler dio el visto bueno a estas operaciones como un medio más de forzar a los ingleses a entablar negociaciones con el Reich.

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