martes, 26 de mayo de 2009

El viaje de Hess


"Pese al lugar tan destacado que ocupó Rudolf Hess en la jerarquía nazi, como lugarteniente y segundo sucesor del Führer, hubiera quedado como figura secundaria del Tercer Reich , debido a su sencillez, falta de ambición personal y colorido neutro entre tanto figurón llamativo, si no fuese por su intento, entre heroico y demencial, de conseguir con su intervención personal la paz con Inglaterra, para lo cual emprendió su famoso vuelo a Escocia en 1941”

Así empieza el doctor Vallejo-Nágera el análisis que en su libro “Locos egregios” hace de la figura de Rudolf Hess. En los últimos años han aparecido varias obras que develan nuevos datos sobre este jerarca de la Alemania nazi, pero en este artículo voy a basarme casi exclusivamente en el libro del doctor español.

Hitler y Hess

Según Ilse, la esposa de Rudolf Hess, recuerda acerca de éste, “la primera vez que le vi entusiasmado fue en un discurso en que habló Hitler”. Hess plasmaría dicho entusiasmo en un libro titulado “La naturaleza del hombre que puede devolver a Alemania a su antigua gloria”, versado sobre la figura de Hitler, con el que consiguió un premio en la Universidad de Munich a principios de los años 20. A partir de ahí, Hess se volcará sin reparos en la causa hitleriana, llegando a entregarse voluntariamente a la policía después del Putsch de 1924 para compartir cautiverio con el futuro dictador. Durante la estancia en prisión colaborará con Hitler en la redacción de Mein Kampf y aumentará, aun más si cabe, su lealtad al austriaco.

En 1940, ya con la guerra mundial empezada, Hess visita la Francia recién derrotada y en varias conversaciones y escritos deja ver su desagrado por las consecuencias del conflicto: “hay que terminar con esto e impedir que ocurra con Inglaterra”, “veo con la imaginación interminables filas de madres que siguen lo ataúdes de sus hijos y de niños ingleses y alemanes tras los féretros de sus madres”. En aquel periodo, el Führer realiza varias declaraciones en favor de la paz con los británicos. La sinceridad de las mismas puede ser discutible, pero el hecho es que Hess creía en la franqueza del Hitler.

En los meses posteriores a la Batalla de Inglaterra, Hess va madurando su idea. Está convencido de que la continuación de la guerra se debe únicamente a la obstinación de Churchill. Por ello piensa que “si un ministro del Reich que habla correctamente inglés va ahí, y a través de un enlace adecuado consigue entrevistarse con los demás ministros y políticos ingleses y con el propio Rey...” se podrá poner fin a un conflicto sin sentido.

El viaje de Hess

Hitler, al principio de la guerra, había prohibido volar a Hess. Este prometió aceptar la prohibición del Führer “por un año”. Nadie hizo caso a este matiz pero Hess, transcurrido ese periodo, se sintió autorizado a volar otra vez. Pasados esos doce meses, Hess empieza a prepararse en secreto. Realiza una veintena de vuelos en un ME 110 y, a lo largo de los entrenamientos, ordena que se efectúen una serie de modificaciones el el aparato que incluyen depósitos de combustible adicionales, una cabina preparada para un solo hombre y un equipo de radio especial

El sábado 10 de mayo de 1941, vestido con uniforme de capitán de la Luftwaffe -para no ser tratado como espía por los ingleses-, llega al aeródromo de la fabrica de Messerschmitt en Augsburg. Instantes antes del despegue le entrega a su ayudante, Karlheiz Pintsch, un sobre lacrado con instrucciones de hacerlo llegar a Hitler transcurrido un determinado número de horas. Finamente despega a las 5:45. Dado que no puede pedir orientación por radio ya que su propia fuerza aérea le descubriría, se ayuda mediante una emisora meteorológica noruega que capta gracias al equipo de radio instalado en el avión por instrucción suya. Cinco horas después se encuentra sobre Dungavel, la mansión del duque de Hamilton en Escocia y el destino de su viaje.

El avión alemán es detectado por el cuerpo de observación británico, el cual envía varios cazas a interceptarlo y le comunica a Hamilton -quien precisamente es el comandante de ese sector aéreo- que un “ME vuela en solitario sobre un terreno del que no podrá regresar por falta de autonomía de vuelo”. Los aparatos británicos enviados en persecución del alemán solamente llegan a tiempo de verificar que este se ha estrellado. Lo que no sabían es que el piloto ya no estaba en el avión. Hess había saltado en paracaídas instantes antes del siniestro. Su plan consistía en dejarse caer justo sobre Dungavel, pero en el último momento tiene problemas para controlar la trayectoria del aeroplano y tarda más de lo esperado en abandonarlo. A consecuencia de ello, se alejará 30 km de su objetivo. Además, durante el salto, se lesionará el tobillo izquierdo.

La reacción británica.

A las 10:45 David McLean, un campesino local, siente un temblor desde su casa y se asoma a la ventana justo a tiempo para llegar a ver descender un piloto en paracaídas. Sale apresuradamente de su vivienda y se acerca al aviador.

“¿es usted alemán?”

“Si, soy el capitán Alfred Horn. Quiero ir a Dungavel. Tengo un mensaje para Lord Hamilton”

“¿está usted armado?”

“No, solo y sin armas; ayúdeme a doblar el paracaídas”

Entretanto ha llegado al lugar otro campesino a quién Mclean envía a una estación de radar próxima en busca de ayuda. En espera de la misma, conduce al piloto germano hacía su casa, donde poco después llegaran dos técnicos de radar acompañados por dos policías rurales.

“Arriba las manos”

La orden es obedecida por todos menos por el destinatario de la misma.

“Soy el capitán Horn y quiero ver al duque de Hamilton” Reitera tranquilamente el alemán.

Los policías trasladan al piloto a un cuartel cercano, donde toma el mando del grupo un oficial quien, presumiblemente con un par de copas de más, apoya su revolver en la espalda del aviador. Hess escribiría posteriormente a su esposa “al oír sus constantes eructos y tropezones comprendí que solo el dedo de Dios se interponía entre el suyo, temblón, apoyado en el gatillo y el disparo”. En ese momento, el oficial se enzarza en una discusión con un compañero suyo acerca del prisionero quien, a la vez que se abstiene de involucrarse en la misma, les ruega que la terminen con prontitud. La razón es que el dolor de su pierna comienza a ser difícil de soportar.

Al poco rato llegan unos oficiales de la RAF, quienes finalmente trasladan al piloto alemán a la enfermería de otro cuartel en Maryhill. Allí será donde se le indique que está bajo arresto. “No sabía entonces por cuanto tiempo” escribirá Hess después. En esos momentos uno de los británicos sorprende al prisionero:

“¡Cómo se parece usted a Rudolf Hess!”

“Ya lo sé, me han confundido varias veces y no tiene ninguna gracia”

Sera el día 11 cuando Hamilton, quién ha sido informado de la insistencia del prisionero en verle, se acerque picado por la curiosidad al cuartel de Maryhill. Una vez allí, el prisionero solicita que les dejen a solas. Hamilton accede y el alemán desvela finalmente su identidad.

“Probablemente me me vio usted en los Juegos Olímpicos de Berlin de 1936; no se si me reconoce, pero soy Rudolf Hess.”

A continuación el mandatario germano pasa a exponer las razones de su vuelo a Escocia. En esencia, Hess quiere convencer al gobierno británico del sinsentido que supone continuar la contienda. Por ello, y para conseguir el fin del conflicto, el alemán solicita a Hamilton que le prepare entrevistas con el gabinete inglés y que le comunique al rey su mensaje. Asimismo, le pide al duque que, dado que ha venido voluntariamente y en misión de paz, le sea concedida inmunidad.

Hamilton, quien está convencido de que el piloto alemán no miente sobre su identidad, concluida la entrevista consigue telefonear al secretario del primer ministro. Durante la conversación recibe la orden de volar a Oxford, a la mansión de Ditchley Park. Una vez allí se entera de que ese es el lugar donde pasa los fines de semana Winston Churchill, quién le recibe tras la cena. El mandatario británico se muestra incrédulo. No se fiá de que el piloto accidentado sea Hess. Por ello, para disgusto de Hamilton, el Premier interrumpe la conversación para ver la película que se había programado para aquella noche: “Los hermanos Marx en el Oeste”. Hamilton no se da por vencido en insiste en que a él si le ha parecido que el aviador es efectivamente Rudolf Hess. Ante la obstinación de Hamilton, Churchill decide asegurarse. El día 12 envía a Sir Ivone Kirpatrick, quién había sido primer secretario de la embajada inglesa en el Reich y conocía a Hess personalmente, a verificar que el piloto apresado es realmente quien dice ser.

Kirpatrick volará rápidamente a Escocia y, junto con Hamilton, se entrevista con el alemán capturado pasada la medianoche. Durante la conversación les interrumpe le llamada de Anthony Eden solicitando la verificación de la identidad del piloto, ya que la radio del Reich acababa de dar la noticia de la desaparición de Hess. Kirpatrick confirma a Eden la identidad del aviador: sin duda se hallan ante Rudolf Hess. El germano y los dos británicos prolongaran su charla hasta las 4 de la madrugada del martes 13.

Unas horas antes, a las 10 de la noche, la radio alemana daba la noticia que acabamos de mencionar admitiendo que se desconoce el paradero de Hess. Poco después, a eso de las 11:30, los británicos comunican que se halla en su territorio un piloto germano que afirma ser el propio Rudolf Hess. A consecuencia de este anuncio, la prensa británica comienza a solicitar información acerca de la presencia del mandatario enemigo en territorio escoces.

La presión de los medios llegará hasta Kirpatrick, quién no quiere hablar con ellos hasta comunicar con el gobierno. Conseguirá volver a hablar con este a las 8 de la madrugada del día 13. Solicita entonces instrucciones acerca de los pasos a seguir. La respuesta que recibe es una muestra de la sorpresa inglesa ante la acción de Hess: los mandatarios británicos informan a Kirpatrick de que, literalmente, no saben que hacer.

La reacción alemana

El domingo 11 a las 7 de la mañana Pintsch llega a Berchtesgaden con la intención de entregarle a Hitler el sobre que previamente le había dado Hess. Pintsch se las arregla para que Bormann le haga un hueco entre la agenda del Führer y a las 11 se reúne con el dictador alemán. Hitler abre el sobre y lee la carta. Su rostro comienza a mostrar preocupación.

“¿dónde esta Hess?”

“Ayer tarde, mein Führer, salió de Augsburg hacia Escocia para entrevistarse con el duque de Hamilton”

Hitler efectuá algunos comentarios que muestran su desagrado por la decisión de su lugarteniente. En esta fase de la guerra, indica, la acción de Hess es especialmente desafortunada. Solicita a un ayudante que localice a Ribbentrop y a Göring, y relee la carta en la que su subordinado expone las razones de su aparente traición. En resumen, la misiva indica que Hess, quién conoce los deseos de paz de Hitler hacía Inglaterra, no duda en sacrificarse personalmente para conseguir dicha paz. No obstante, es consciente de las pocas expectativas de llevar su aventura a buen fin: “... si este proyecto, que reconozco solo tiene una remota posibilidad de éxito, termina en fracaso, este no tiene porque alcanzar a Alemania ni a su Führer: siempre os será posible eludir toda responsabilidad; decid simplemente que me he vuelto loco...”

En esos momentos, llega Eva Braun y anuncia que la comida está en la mesa. El Führer acude al salón donde esperan Bormann, Todt y otras altas personalidades a quienes se les une también Pintsch. Este no puede probar bocado ya que comprende demasiado tarde que ha desvelado su conocimiento del destino de Hess y por ello su deslealtad a Hitler. El dictador, demostrando que la tradición de matar al mensajero nunca pasa de moda, al terminar la comida, efectua una señal a Bormann quién hace que entren dos oficiales y se lleven al ayudante de Hess detenido. Estará así por tres años hasta que lo suelten sólo para enviarlo inmediatamente al frente ruso. Allí será capturado al poco tiempo por los soviéticos, dando comienzo a otro largo cautiverio.

Por la tarde llegan Ribbentrop y Göring además de Keitel y Jodl, quienes se unen a los jerarcas del Tercer Reich que ya se encontraban allí. Ante todos ellos, Hitler muestra su pesadumbre:
“No puede ser, tiene que haberse vuelto loco”, “Pensar que mando comunicármelo cuando ya estaba en Inglaterra”, “...por cierto ¿habrá llegado?” “Göring, ¿es posible el viaje con ese tipo de avión?”
“Muy poco probable, mein Führer”

En aquel momento dado que los ingleses no han dicho nada, la duda acerca de si Hess ha llegado a su destino es la primera que hay que resolver. Por ello, se inicia una investigación para averiguar su paradero. Como parte de las pesquisas, Göring llama a Messerschmitt y acuerda una entrevista con el para el día 12. Durante la misma, el mariscal del aire trata de hacer caer las culpas en el ingeniero:

“Por lo visto, cualquiera puede llegar y marcharse con una de sus máquinas”

“Hess”- replica Messerschmitt - “no es cualquiera”

“Tenía que haberse dado cuenta de que ese hombre está loco”

“¿cómo puede usted suponer que voy a tomar por loco a alguien tan alto en la jerarquía de nuestro Estado? Si ese es el caso, usted, señor Reichmarschall, tenía que haber logrado su dimisión”

Göering, al tiempo que suelta una carcajada, responde “Messerschmitt, es usted imposible. Bueno, ya me las arreglaré para sacarle de este lío”

Al final, la radio alemana emitirá a las 10 de la noche del lunes el siguiente mensaje, al que ya nos hemos referido antes: “Se anuncia oficialmente por el Partido Nacional Socialista que el miembro Rudolf Hess, enfermo desde hace años, y a quién por ello se le prohibió volar..., ha emprendido un vuelo desde Augsburg, del que no ha regresado. Dejó una carta que, por su anormalidad, da muestras desgraciadamente de trastorno mental, temiéndose que sea victima de alucinaciones... Es posible que el miembro del Partido Hess haya saltado del avión, o sufrido un accidente.” Hora y media después, los ingleses afirman que un piloto que afirma ser Rudolf Hess está en territorio británico.

La reacción italiana

Ciano anota en su diario el 12 de mayo “un extraño comunicado alemán anuncia la muerte de Hess en un accidente aéreo. Dudo mucho que sea cierto. Incluso que esté muerto. Todo huele a misterioso”

Ribbentrop acude el día 13 a entrevistarse con Mussolini para ofrecerle la versión oficial alemana “Hess, enfermo somática y mentalmente, y victima de alucinaciones e ideas delirantes, pacifistas, marchó a Inglaterra a intentar una solución negociada. No es un traidor, por lo que no hay que temer que haga declaraciones o confidencias que nos perjudiquen”

El dictador italiano no cree al enviado alemán. A sus allegados les dará el siguiente punto de vista “...creo que Hess iba camino de Irlanda, para dirigir desde allí un levantamiento contra Inglaterra”

Al margen de consideraciones estratégicas, tanto Ciano (“la primera victoria importante inglesa”) como Mussolini (“un gran golpe contra Alemania”) coincidiran en sus valoraciones internas con la visión no oficial alemana expuesta por Göbbels que vió el episodio como “peor que la pérdida de una división”

Las consecuencias para Hess.

Hess, el único jerarca nazi que hizo un intento serio de poner fin a la guerra cuando todavía la suerte de las armas sonreía a los alemanes, no recibió ningún tipo de trato preferencial por parte de los aliados. Churchill desde el principio dará las correspondientes instrucciones para evitar que la prensa y el pueblo británico valoren el carácter aventurero y heroico del viaje de Hess, y el martes 13 ordena que sea puesto bajo la jurisdicción del Ministerio de la Guerra. Manda asimismo que se le trate como prisionero de guerra, potencialmente criminal de guerra susceptible de ser condenado al terminar la contienda.

Durante los meses y años posteriores, Hess dará muestras de un evidente trastorno mental. Pese a ello, los facultativos enviados para analizar su estado psíquico son coaccionados por las autoridades inglesas para que en las conclusiones de sus estudios afirmen la cordura del alemán. A pesar de ello, los informes no siempre ocultan los síntomas esquizoides del prisionero germano. Esto no es del agrado del gobierno británico, ya que dificultaría la eventual condena de Hess.

Al llegar el juicio de Nuremberg, los síntomas esquizofrenicos son demasiado evidentes para pasarlos por alto y juzgarle como a una persona cuerda, pero el tribunal se va a encontrar con una inesperada ayuda: la del propio Hess. Este, en una declaración solemne, se responsabiliza de todos sus actos y rechaza que se le trate como enfermo. Los jueces atienden gustosamente la petición de acusado. Durante el proceso, el alemán actuá como si no fuese con él; lee novelas, sestea...
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Hess será condenado en Nuremberg a cadena perpetua. Durante su estancia en prisión, los síntomas de desvarió mental del antiguo mandatario nazi se agudizan. En los primeros años en el penal de Spandau compartirá cautiverio entre otros con Speer quién, cuando abandona la carcel en 1966 dejando a Hess como único prisionero, les pide a los directores del presidio que “procuren no hacer demasiado difícil la vida a Hess”. En aquella época empiezan a surgir las primeras voces que piden la liberación del alemán. Entre ellas, destacó la del fiscal inglés en Nuremberg, Sir Hartley Shawcross, quién declaró que “cuando se le impuso la cadena perpetua fue para dar un escarmiento, pero suponiendo que luego se aminoraría”. A pesar de estas opiniones, los rusos siempre mostraron su intransigencia con respecto a una eventual liberación de Hess, y los británicos nunca insistieron demasiado.

Hess fallece en prision en 1987, parece que por autoestrangulamiento. Sea cual sea el motivo, lo cierto es que fue uno de los jerarcas nazi que más caro pago por sus actos, siendo el único que tenia en su haber un intento real, y sumamente arriesgado para su persona, de poner fin a la guerra. ¿Hess tenía algún tipo de responsabilidad criminal? Sin ninguna duda. ¿Tanta como para pasar media vida en prisión? Aquí la respuesta no puede ser tan tajante.

Fuente Principal:
Titulo “Locos Egregios”
Autor: Juan Antonio Vallejo-Nágera
Editorial Planeta de Agostini 1996

2 comentarios:

  1. La verdad es que merece la pena detenerse a reflexionar sobre este hecho, yo diría que no existe ningún precedente histórico de una actuación similar de un alto jerarca de un pueblo o nación que compromete así su propia seguridad con objeto de evitar una guerra.A mi me parece que si no fue el arrebato de un loco esto es sin duda un acto muy digno de elogio, realmente admirable.

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  2. Gracias por el comentario Opherusis. Por cierto, bienvenido al blog.


    En mi opinión, Hess estaba efectivamente loco. Posiblemente no loco de atar, pero no se le podía considerar cuerdo. El genial analisis de Vallejo-Nagera apunta y razona la hipotesis de la locura de Hess. No obstante, siempre puede quedar la duda.

    El cualquier caso, ya sea con Hess loco o cuerdo, coincido con usted en que es un acto digno de elogio.

    Un saludo

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