domingo, 20 de diciembre de 2009

Rommel II


Caporetto

Tras la batalla de Monte Cosna, a Rommel le fueron concedidas varias semanas de permiso. El joven oficial estaba agotado y él mismo asumía que no podía continuar al mando. No volvería al frente hasta el otoño de 1917.

Una vez que el suabo estuvo listo nuevamente para el combate, retornó al Gebirgsbataillon en octubre de 1917. Su antigua unidad estaba en esos momentos localizada en la Carintia Austriaca, en el frente italiano. En el momento en que el joven Rommel entró en escena, la línea del frente se hallaba localizada en las cercanías del río Isonzo. En las proximidades de este, ya se habían desarrollado once batallas desde el inicio de las hostilidades y, tras la última, los transalpinos parecían haber logrado por fin la iniciativa estratégica, consiguiendo llegar cerca de Trieste. En esta situación, ante el temor de que una ofensiva italiana consiguiese romper su sistema defensivo, Austria-Hungria solicitó la ayuda de Alemania. Esta nación, a pesar de estar seriamente comprometida en otros frentes, accedió a enviar a la zona a su 14º Ejército, formación en la que se encuadraba el Gebirgsbataillon. Dentro de esta unidad, a Rommel -quien ni siquiera era capitán por aquel entonces- se le concedió el mando de cuatro compañías.

El 24 de octubre comenzó la 12ª Batalla del Isonzo, más conocida como Batalla de Caporetto. Los alemanes cruzaron el río apoyados por un intenso fuego de artillería. A Rommel le exigió el comandante de un batallón bávaro que se pusiese a sus ordenes y le siguiese. Al suabo, como es de suponer, no le hizo mucha gracia. Durante la madrugada del día siguiente, Rommel le expuso la situación al comandante del Gebirgsbataillon -el mayor Sprosser-, y le comunicó cuales eran sus intenciones para librarse de los bávaros. El futuro conquistador de Tobruk pretendía tomar las posiciones italianas que se encontraban frente a él (el Pico de Kolovrat y el Monte Matajur), con un golpe de mano que tendría que realizarse al margén de los movimentos del batallón de Baviera y cuya ejecución debía iniciarse al amanecer. Sprosser accedió.

Antes de salir el sol, el suabo avanzó sigilosamente con sus hombres. Durante los primeros momentos, no se produjeron grandes enfrentamientos sino solo pequeñas escaramuzas en las cuales los germano lograron tomar varios centenares de prisioneros. En esta jornada, los soldados de Rommel consiguieron recorrer una gran distancia, situándose muy por delante del grueso de las tropas alemanas. Los italianos tardaron en reaccionar, pero finalmente lo hicieron con fuerza, enzarzándose en un duro combate cuerpo a cuerpo con una de las compañías germanas. Como ya había sucedido con anterioridad, el extraordinario avance de los hombres comandados por el futuro mariscal había dejado a parte de los mismos demasiado expuestos. A pesar de ello, el teniente reaccionó con gran energía. Con el resto de sus tropas se lanzó a por los transalpinos quienes, sorprendidos por el violento ataque, aflojaron la presión sobre sus oponentes. Finalmente, los soldados de Rommel lograron rechazar a los ataques y tomaron otros 500 prisioneros.

A estas alturas, el número de prisioneros que había tomado Rommel se elevaba a 1500, lo que suponía un éxito considerable, pero el joven oficial alemán no tenía intención de quedarse allí. Continuó avanzando por el accidentado terreno, sorprendiendo una y otra vez a los transalpinos, quienes no se esperaban que una unidad germana estuviese logrando penetrar tan profundamente en sus líneas. Cuando el suabo alcanzó al final del día su primer objetivo, el Pico de Kolovrat, otros 500 prisioneros más habían caído en sus manos. Pero esto no era todo. Al amanecer del día 26, Rommel continuó con su ataque con la vista puesta en el monte Matajur. Los alemanes habían sufrido algunas bajas en los constantes enfrentamientos, pero el destrozo que estaban causando a sus enemigos era incomparablemente superior y, a lo largo de la mañana del día 26, la situación no hizo más que empeorar para estos últimos. Rommel marchaba hacia adelante sin descanso, desarticulando a su paso una unidad italiana tras otra, y causando a estas numerosas pérdidas, principalmente en forma de prisioneros. Cuando a las 11:40 Rommel alcanzó finalmente el monte Matajur, el número de italianos capturados se elevaba a la impresionante cifra de 9000. Era una victoria realmente extraordinaria, y más si tenemos en cuenta que solo les costó a los germanos 6 muertos y treinta heridos.

Fue la mayor jornada de gloria de Rommel hasta la fecha, pero no trajo consigo el final de los enfrentamientos. De hecho, en las jornadas posteriores continuarían los combates ya que la ofensiva germana se prolongó hasta bien entrado noviembre. Los propios hombres de Rommel seguirían metidos de lleno en la lucha, enfrascándose en los choques que tuvieron lugar en los alrededores de la localidad de Longaronne hasta el 10 de ese mes. Ese día, los soldados comandados por el futuro mariscal de campo recibieron con alborozo la rendición de la guarnición transalpina que defendía el enclave. Tras esta, y aunque parezca extraño, los alemanes entraron en la ciudad siendo vitoreados por la población civil italiana.

La extraordinaria acción sobre Matajur no tuvo para el teniente germano las consecuencias deseadas. El Ejército consideró que el primero en llegar a la posición no había sido él sino Schörner, y fue a este a quién condecoró con la máxima distinción por valentía que Alemania otorgaba: la medalla Pour le Mérite. Como es lógico, el joven suabo se sintió decepcionado. Además, Rommel tenía una notable afición por la gloria personal y entendía que le habían robado unos laureles que por derecho le correspondían. No sería hasta 1918 cuando a Rommel y también al mayor Sprosser les fuese otorgada dicha condecoración. Para entonces, el joven oficial ya se encontraba lejos del frente. Nada más comenzar 1918 al suabo le concedieron otro permiso, y al volver de este no fue asignado nuevamente al Gebirgsbataillon sino que fue destinado a Wurtemberg, donde desempeñó el puesto de oficial de estado mayor. Fue ascendido a capitán, pero no volvería a entrar en combate hasta la Segunda Guerra Mundial.


Rommel en el periodo de entreguerras

Tras la derrota de las Potencias Centrales, Rommel solicitó el ingreso en el ejército de la República de Weimar: el Reichswehr. Este, por las limitaciones impuestas por los vencedores, no podía sobrepasar los 100.000 hombres, y estaba concebido para que Alemania mantuviese el orden dentro de sus fronteras, no para combatir contra enemigos exteriores. A Rommel se le asignó el cargo de comandante de compañía en el 13er Regimiento de Infantería, basado en Stuttgart. Las primeras tareas del suabo en esta unidad consistieron principalmente en reprimir los disturbios que periódicamente se sucedían en aquella convulsa época. Por otra parte, el final de la guerra le dio a Rommel la oportunidad de ser el hombre de familia que, de hecho, le gustaba ser. Pudo pasar mucho tiempo con su esposa con la que emprendió varias excursiones, incluyendo un viaje al norte de Italia realizado en 1927 durante el que visitaron los teatros de operaciones en los que había combatido el militar germano una década antes. Un año después, en 1928, nació el único hijo del matrimonio: Manfred. El capitán suabo tuvo tiempo también para desarrollar su afición por las matemáticas, campo en el que, al igual que su padre y su abuelo, mostraba una notable destreza.

En septiembre de 1929 Rommel fue enviado a dar clases a la escuela de infantería de Dresde. Posiblemente fue en este destino donde Rommel empezó a vislumbrar por vez primera como el nacionalsocialismo estaba calando entre los oficiales más jóvenes del nuevo ejército. Pasaría cuatro años en esta ciudad donde, además de a la docencia, se dedicó a recopilar sus notas y escritos de juventud, que serían publicados bajo el título “Infanterie greift an” (Infantería al ataque) en 1937. Unos años antes, en 1932, había sido ascendido a mayor.

Rommel abandonó Dresde en 1933, año en el que fue ascendido a teniente coronel y puesto al mando de un batallón en el 17º Regimiento de Infantería en Goslar. En ese mismo año, Adolf Hitler había sido nombrado canciller de Alemania. Con él, las fuerzas armadas alemanas comenzaron a ver la luz al final del túnel. En 1933 se aprobó la ampliación del Ejército, dando definitivamente por concluido el límite de los 100.000 hombres. Como consecuencia de esta decisión, el número de soldados y de divisiones sería paulatinamente incrementado en los años siguientes.
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Las relaciones con los nazis

Rommel conoció personalmente a Hitler en septiembre de 1934 cuando este, ya convertido en máximo mandatario de Alemania, visitó Goslar y pasó revista a una guardia de honor formada por soldados del batallón comandado por el suabo. La versión más extendida de este primer encuentro sostiene que Rommel, al enterarse de que una fila de miembros de las SS se iba a interponer entre su batallón y el Führer, amenazó con retirar a sus soldados si las SS no se apartaban, ya que entendía como un insulto el hecho de que sus hombres no fuesen considerados como suficientemente adecuados para proteger a Hitler. El militar se salió con la suya.

En 1935, a Rommel le destinaron a la academia de la guerra de Postdam, lugar en el que volvería a desempeñar funciones de instructor durante los siguientes tres años. Es en esta época cuando el militar empieza a mantener una relación más estrecha con los nazis. En 1936, el suabo será nombrado miembro de la escolta militar del Führer durante la reunión del NSDAP que tuvo lugar en Nuremberg. En una ocasión, Hitler le solicitó a Rommel que limitase el número de coches que iban a formar parte de su comitiva en una excursión. El militar, aún sabiendo que causaría malestar entre las personalidades excluidas, siguió las instrucciones recibidas a rajatabla, lo que le valió una felicitación personal del dictador.

En 1937, el militar suabo fue nombrado oficial de enlace del Ministerio de la Guerra con la organización de las Juventudes Hitlerianas. El teniente coronel cuajó adecuadamente en el puesto y conectó bien con los jóvenes, pero la relación de Rommel con el líder de las HJ -Baldur von Schirach- fue problemática en el extremo, lo que hizo imposible la continuación de aquel en esta función a partir de 1938.

Llegados a este punto, conviene hacer un pequeño inciso y dedicar un par de líneas a la actitud del Ejército Alemán hacia los nazis en estos años. Tras la Primera Guerra Mundial, en un intento por mantener al Ejército al margen de lo altibajos políticos de la nación, a los integrantes del Reichswehr se les prohibió apoyar a cualquier partido. Esta estricta norma se cumplió, por regla general, en el pequeño ejército de 100.000 hombres que tuvo Alemania hasta 1933. A partir de esta fecha, con la llegada de los nazis al poder, la vinculación de los militares con las nuevas autoridades se fue haciendo más estrecha. Hitler, en la dura pugna que mantuvo con sus antiguos camaradas de las SA nada más llegar al gobierno, proclamó que el Ejército era el único guardián de la nación, eliminando así las veleidades militaristas de esta organización nazi. Este tipo de actitud, teniendo en cuenta que Alemania acababa de pasar por unos años extraordinariamente turbulentos en los que sus fuerzas armadas habían sufrido numerosas humillaciones, tuvo una gran acogida entre los militares, quienes confiaban en que el nuevo mandatario les devolviese el prestigio perdido.

La llegada de los nazis al gobierno puso fin a gran parte de las convulsiones económicas y sociales que salpicaron la corta historia de la República de Weimar. Además, en lo referente al terreno militar, Hitler no solo dio preeminencia al ejército por delante de los elementos más revolucionarios del NSDAP -las SA-, sino que además le dotó de una fuerza que no había conocido en los últimos años. El dictador aumentó el numero de efectivos de las fuerzas armadas, las modernizó y las empleó en una serie de acciones (ocupación de Renania y unión con Austria) destinadas a devolver a Alemania al lugar que había perdido en el concierto internacional tras la Primera Guerra Mundial. Es fácil entender que esta política no podía sino obtener el apoyo de los antiguos oficiales que, como Rommel, habían conocido al prestigioso Ejército Imperial.

No obstante lo anterior, sí es cierto que existieron varios altos cargos militares, como el general Ludwig Beck, que trataron de oponerse a Hitler cuando este decidió invadir Checoslovaquia, pero el éxito del Führer con los acuerdos de Munich les dejó sin argumentos. Todos estos militares irían apartándose paulatinamente de los cargos de responsabilidad, bien por iniciativa propia, bien por las presiones de las autoridades nazis. Aparte de este reducido círculo de altas personalidades, la mayor parte del Ejército era, por lo general, favorable o, cuanto menos, no contraria a Hitler.

Esto, que hoy puede chocar, tiene su lógica si entendemos que la peor cara del nacionalsocialismo todavía no había hecho su aparición. Las atrocidades que llegarían a cometer los nazis aún se hallaban en esta época en estado embrionario. Existía una fuerte tendencia antisemita (como por otra parte existía en muchos países europeos), pero esta todavía no se había traducido en matanzas masivas de judíos. Existía una gran represión policial, pero para gran parte de los alemanes esto era preferible a los constantes disturbios y algaradas callejeras que había sufrido el Reich tras la guerra. Existían incluso los campos de concentración, pero estaban lejos de ser los páramos de exterminio en los que perecerían millones de seres humanos pocos años después. En definitiva, existía una situación que para muchos alemanes, incluidos los militares, era considerablemente mejor que la anarquía, el caos, la hiperinflación y el desempleo que habían sufrido en los años anteriores. Y esa era la posición en la que se encontraba en aquel momento Rommel. El militar suabo, igual que muchos compatriotas y compañeros de armas, percibía más las ventajas que el régimen de Hitler traía consigo en aquel momento que las tragedias a las que iba a dar lugar en el futuro. Y Rommel iba a ser protagonista de ambas.


Los últimos meses antes de la guerra

A finales de 1938, Rommel recibe ordenes de ponerse al mando del batallón de escolta de Hitler durante la ocupación de los Sudetes. Este puesto le dio la oportunidad de entrar nuevamente en contacto con el Führer. Su estancia en este cargo, como la propia campaña de los Sudetes, fue breve. En noviembre será ascendido a coronel y nombrado comandante de la Academia de la Guerra en Wiener Neudstadt, en Austria. El suabo asumió el mando de esta el 10 de noviembre, jornada en la que tuvo lugar la Kristallnacht, la tristemente célebre noche de los cristales rotos. Hitler empezaba a pisar a fondo el acelerador.

En marzo de 1939 el Reich presentó un ultimátum a Checoslovaquia, forzando a este país a aceptar un protectorado alemán sobre su parte occidental: los territorios de Bohemia y Moravia; y la independencia de su parte oriental: Eslovaquia. Alemania, apoyada por Polonia, ocupó de este modo lo que quedaba de territorio checo y Hitler entró en Praga el 15 de Marzo. Para llevar a cabo esta entrada, Rommel volvió a ponerse al mando de la escolta personal del Führer. Pero la ocupación de Chequia, aun habiéndose realizado de forma pacífica, no podía decirse que hubiese sido propiamente amistosa. Por ello, el desfile por la capital del país presentaba inconvenientes para la seguridad del mandatario germano, ya que era posible que se produjese algún incidente hostil. Por ello, el dictador pidió consejo al suabo, quien le recomendó: “vaya usted en coche descubierto y llegue, sin escolta, al castillo de Hradcany”. El militar argumentó que un gesto como ese despertaría la admiración de la gente y Hitler aceptó la recomendación. Concluida la maniobra, Rommel regresó a Austria.

A estas alturas, la relación de Rommel con Hitler era muy buena y, de hecho, todavía mejoraría en los años siguientes, antes de venirse abajo por completo. Pero para eso todavía faltaban años. Años que iban a dar a Rommel la oportunidad de hacerse un hueco en la historia. Y esa oportunidad estaba a punto de llegar.

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